Jueves Santo: Misa Vespertina de la Cena del Señor
1 de abril de 2010


No tenemos página de Plegarias del Viernes Santo, donde podrían ir los dos excelentes Via Crucis que publicamos este año, por eso aparecen en la correspondiente al Jueves Santo... De un Via Crucis es autor, don Antonio García Moreno. El otro está dedicado a los sacerdotes, muy conveniente en este Año Sacerdotal y del que es autor el Padre Sergio G. Román del Real y ha sido supervisado por la Delegación de Religiosidad de la Diócesis de Pamplona Tudela que dirige don Javier Leoz. Esperamos y deseamos que ambos formularios --de enorme calidad-- sean de agrado de nuestros lectores.


Plegarias


Todas las misas de Semana Santa y Pascua tienen caracteristicias muy especiales. Por eso el uso de las diferentes secciones, asi como de los textos de esta página tendrán que ser asumidos y aceptados por el celebrante. Téngase en cuenta.


ANTÍFONA DE ENTRADA Gal 6, 14

Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en Él esta nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado

ACTO PENITENCIAL

El Señor Jesús, que se quedó con nosotros en la Santa Eucaristía, nos invita a la paz y a la reconciliación. Usando su misma generosidad nosotros nos reconocemos pecadores.

(Silencio)

Señor, Tú que quieres quedarte con nosotros, Señor ten piedad

R.- Señor ten piedad

Señor, Tú esperaste lleno de amor la celebración de la Pascua con tus discípulos, Cristo ten piedad.

R.- Cristo ten piedad.

Señor, Tú, cuyo sacrificio de amor, demostró que has venido al mundo a hacerlo más justo y solidario, Señor ten piedad.

R.- Señor ten piedad.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios nuestro que nos has convocado esta tarde para celebrar aquella memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse voluntariamente a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alianza Eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleva a alcanzar plenitud de amor y de vida.

Por Nuestro Señor Jesucristo.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, participar dignamente en estos santos misterios, pues cada vez que celebramos este memorial de la muerte de tu Hijo, se realiza la obra de nuestra Redención

Por Jesucristo Nuestro Señor

PLEGARIA EUCARISTICA

El Señor esté con vosotros

Levantemos el corazón

Demos gracias al Señor nuestro Dios

 

Apoyados en nuestra vida, poniendo más énfasis

en las obras que en las palabras,

te dedicamos esta alabanza.

 

Bendito seas Padre, porque nos has dado la vida

y no nos has pedido otra cosa que el esfuerzo de vivirla.

Por medio de Jesucristo, por la Eucaristía,

que el ha establecido para que siempre su presencia

esté entre nosotros,

con ese misterio de amor que es la Comunión

has borrado, en nosotros, la semilla del odio y del desamor

y con la esperanza de la paz permanente y justa

nos presentamos ante Ti

 

Siguiendo el espíritu de Jesús,

presente muy especialmente hoy

que conmemoramos la institución de la Eucaristía

te bendecimos diciendo

que renunciamos a todo poder y fuerza que no sea la de tu amor

que renunciamos a toda riqueza que no sea la de tu generosidad infinita

Porque tú nos quieres y nos sentimos hermanos

Celebramos hoy con gozo el amor compartido

al cantar todos juntos en esta mesa del Pan y de la Palabra

Y así desde lo más profundo de nuestro corazón

pronunciamos en tu honor este himno de alabanza.

SANTO, SANTO, SANTO

 

ANTÍFONA DE COMUNIÓN 1 Cor 11, 24-25

Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que tu presencia indeleble en este sacramento nos haga mejorar en el cuerpo y en el espíritu, sepamos ser ofrenda permanente para la salvación de nuestros hermanos y testigos de tu generosidad sin límites.

Por Jesucristo Nuestro Señor


 

El Vía Crucis según San Juan

Por Antonio García-Moreno

PRESENTACIÓN.- El viernes santo del año 1991, cuando aún podía llevar la cruz de madera, Juan Pablo II estrenó una nueva fórmula del Vía Crucis. Un gesto más de su estilo innovador y ecuménico. Innovador pues proponía, no imponía, una nueva forma de contemplar la Pasión de Cristo. Ecuménico porque prescindía de las estaciones que, aunque presentes en el Vía Crucis habitual, no están en los Santos Evangelios, aceptados por todos los cristianos y base imprescindible para llegar a la mutua comprensión de los hermanos separados, y a ese único rebaño del único Pastor que es Cristo.

En el Vía Crucis antiguo se han eliminado algunas estaciones, suplidas por otros momentos tomados del relato evangélico. De ordinario, al enunciado de la estación se añade un texto alusivo a la Pasión. Por mi parte, considero conveniente que, basado en el Evangelio de San Juan, y según su perspectiva gloriosa, tengamos la frase que da la clave de lectura adecuada para contemplar la Pasión. La dio el Señor al decir: “Cuando yo sea exaltado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Se refería al modo en que moriría, crucificado en lo alto de la Cruz. En ese mismo sentido de exaltación, Jesús dijo a Nicodemo que, lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, de la misma forma sería levantado el Hijo, para que todo el le mirara y creyera en él tenga la vida eterna.

Por lo tanto, conviene recorrer las estaciones del Vía Crucis con visión de fe, de manera que podamos percibir en las sombras de su dolor, los claros fulgores del triunfo de Jesús. Una idea reflejada en el Cristo de Velásquez, tan abatido y doliente, pero al mismo tiempo sereno y majestuoso. Quiera Dios que al contemplar la Pasión gloriosa de Cristo, nos preguntemos cómo correspondemos a tan grande y divino amor.

I ESTACIÓN: ORACIÓN EN EL HUERTO

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio de San Lucas (22,39-43):

“Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos... y, arrodillado, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya...”.

Jesús se aparta para orar a solas, acompañado por Pedro y los hijos de Zebedeo. Así los que fueron testigos de la gloria del Tabor, son ahora testigos de su profunda tristeza y angustia. Miran en silencio al Maestro que se postra en tierra y suplica al Padre que aleje de él aquel cáliz de dolor que se tiene que beber. Él sabe lo que se le avecina y, como en cierta ocasión le ocurrió, se estremece. Sin embargo, ruega que se haga la voluntad del Padre y no la suya…

Después se acerca a sus tres discípulos preferidos, pero los encuentra dormidos, incapaces de velar una hora y consolarle en aquel momento de tribulación… El Señor se postra de nuevo y repite: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya...”. Mira a los tres discípulos que siguen dormidos. Repite la misma oración con más intensidad y amargura, pero con la firme decisión de cumplir la voluntad del Padre.

San Lucas refiere que un ángel le confortaba. Pero su oración se hizo más intensa, “y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo”. Despertó a los discípulos y les dijo: Levantaos y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil.

¡Señor, pequé; ten misericordia de mí!

II ESTACIÓN: EL BESO DE JUDAS.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio de San Lucas (22, 47-48):

“Se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero y se acercó a Jesús para besarle, Jesús le dijo: "Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre".

En el silencio y la oscuridad de la noche avanzada se oye el rumor de pasos que se acercan entre los añosos olivos, se entrevén las sombras de los soldados y siervos del Sanedrín que, con espadas y palos, se acercaban cautelosos para prender a Jesús, dispuestos a pelear y prenderle por la fuerza. Pero Jesús les sale al encuentro, Judas sale a su encuentro y le saluda con beso. ¿Con un beso, le dice Jesús, entregas al Hijo del hombre?

En realidad hacía tiempo que Judas decidió traicionar al Señor. No estaba de acuerdo con la actitud del Maestro. Poco a poco comprendió que Jesús no sería un rey poderoso y rico, sino humilde y generoso. Entonces decidió vender al Maestro por treinta monedas de plata.

Al ver que los soldados se acercan para prender a Jesús, Pedro saca la espada y golpea a uno de los criados del Sumo Sacerdote cortándole la oreja. Pero Jesús dice: Guarda la espada pues quien a espada hiere a espada morirá. Entonces los discípulos, desconcertados, huyeron. Jesús lo dijo: Herirán al Pastor y las ovejas se dispersarán. El Maestro se rinde y entrega dejándose maniatar. El día más triste de la Historia asomaba entre arreboles por la cima del Monte de los Olivos.

¡Señor, pequé. Ten misericordia de mí!

III ESTACIÓN: LA CONDENA DEL SANEDRÍN

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio de San Mateo (29, 59. 63-64):

“Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban... Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho...” .

El sanedrín era el Tribunal supremo para el estado teocrático de Israel. Los escribas, los sumos sacerdotes y los ancianos formaban el conjunto de sus miembros. Ellos eran los intérpretes supremos de la Ley, así como los jueces de los casos más relevantes. En su mayoría estaban preocupados por la actuación del joven rabino de Nazaret, una insignificante aldea perdida en los montes de Galilea, la región más lejana de Jerusalén. Era llamada “Galilea de los gentiles” por la presencia e influencia de las regiones paganas limítrofes.

Aquel aldeano pretendía ser el Mesías prometido desde hacía siglos, y esperado con ansiedad por todo el pueblo, especialmente en aquellos días cuando Herodes y sus hijos gobernaban, sometidos además al imperio romano. La gente admiraba y seguía al Nazareno. Sus palabras eran claras y contundentes. Pero lo más admirable eran sus obras: curaba a los enfermos, multiplicó unos panes y unos peces para alimentar a una muchedumbre, resucitó a Lázaro ya muerto y, en el colmo de sus pretensiones, perdonó los pecados de un paralítico al que curó.

Durante tres años habían buscado el modo de condenarlo, pero temían al pueblo que lo veneraba. La ocasión se presentó cuando uno de sus discípulos les propuso que, por treinta monedas, lo entregaría aquella noche, en la víspera de la Pascua… Por fin lo tenían en su poder, indefenso y maniatado, traicionado por uno de sus principales discípulos y abandonado por los demás. Además en el juicio no se defiende, calla ante el falso testimonio de los testigos sobornados. Al fin Caifás, el Sumo Pontífice, la pregunta si él es el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús entonces rompe su silencio: “Yo soy y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo”. El Sumo Sacerdote rasga escandalizado sus vestiduras y todos le declaran reo de muerte. Entonces comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas.

¡Señor, pequé. Ten misericordia de mí!

IV ESTACIÓN: LAS NEGACIONES DE PEDRO

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

Del Evangelio de San Mateo (26, 74-75):

“Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: No conozco a ese hombre. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces.» Y saliendo afuera, lloró amargamente”.

Sin duda la figura de Pedro tiene un relieve singular, con unos contrastes que acentúan su fragilidad y también el ardor de su noble corazón. Cuando Jesús dijo que quien comiese su carne y bebiese su sangre tendría vida eterna, fue abandonado por la multitud, por sus discípulos, incluso los mismos apóstoles estaban desconcertados ante semejante propuesta, equivalente a convertirlos en antropófagos.

Jesús advierte que también los doce apóstoles están consternados. Sin embargo, se ve que está dispuesto a quedarse solo y pregunta, casi provocativo: ¿También vosotros queréis marcharos? Entonces Pedro, como en otras ocasiones, interviene en nombre de todos, no para decir de forma contundente que no lo abandonarían, sino para preguntar: “¿A dónde iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna”.

También en otras ocasiones manifestará Pedro su amor al Maestro, así como su obediencia incondicional a cuanto Jesús indicaba. En efecto, cuando toda la noche estuvo pescando sin lograr nada, echó las redes de nuevo porque Jesús se lo dijo. En la última cena, se negó a que el Señor le lavara los pies, pero ante la insistencia de Jesús accedió… El Maestro Jesús anuncia uno de ellos le entregará y los demás le abandonarán, Pedro protesta y dice que aunque todos le dejen él no le abandonará jamás… Unas horas más tarde, cuando está en el atrio del Sumo Sacerdote, la portera le pregunta si él pertenece al grupo de los galileos, discípulos de Jesús. Pedro no lo duda un momento, niega y reniega de su Maestro… Un gallo canta el final de la noche… El rudo pescador galilea recuerda entonces el anuncio de Jesús, el cual, en aquel momento, pasa por el patio y cruza su mirada con la de Pedro… Cuando la alborada descendía luminosa por el torrente Cedrón, el pescador de Betsaida sigue llorando. Cuenta la tradición, que al oír el canto del gallo, Pedro no podía contener las lágrimas.

¡Pequé, Señor, Ten misericordia de mí!

V ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO POR PILATO

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo

Del Evangelio de San Juan (18, 28. 29. 38. 39):

"Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?... Yo no encuentro en él ninguna culpa. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Volvieron a gritar: A ése no, a Barrabás. El tal Barrabás era un bandido”.

Ellos, los suyos, ya le habían condenado a muerte, pero era necesario el consentimiento del Pretor romano. Además pretendían crucificarle, una pena típicamente romana, más cruel y humillante que la lapidación. Pilato escucha a los acusadores y pregunta al reo. Pero el acusado calla, no se defiende… A mí no me contestas -dice Pilato- ¿No sabes que tengo poder para condenarte o para librarte? No tendrías ningún poder, responde Jesús, si no se te hubiera dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado tiene una culpa mayor…

Pilato pregunta si es rey y Jesús le responde que para eso ha nacido, para eso ha venido al mundo. Pero su Reino no es de este mundo. Pilato no comprende nada, pero se da cuenta de que ese reino no es un peligro para el imperio que domina el mundo. También comprende que Jesús es inocente y que los Sumos Sacerdotes y les escribas le odian y envidian. Avisado, además por su mujer, trata de no condenarlo a muerte y limitarse a castigarlo con la flagelación.

¡Señor pequé, ten misericordia de mí!

VI ESTACIÓN: FLAGELACIÓN Y CORONACIÓN DE ESPINAS

!Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo¡

Del Evangelio de San Juan (19, 1-5):

“Pilato tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espina, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura... Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo...: "Aquí tenéis al hombre".

Esta escena, en la estructura del relato de la Pasión según San Juan, ocupa el centro del “chiasmo”, narración cruzada, frecuente en la Biblia para resaltar el acontecimiento relatado. Los azotes con el flagelo era uno de los castigos más duros previstos por el derecho romano. Inclinado sobre un lugar de apoyo, el reo dejaba su espalda desnuda que era entonces golpeada sin piedad. Al poco tiempo la carne desgarrada formaba un amasijo sanguinolento. Además le coronaron de espinas, burlándose así de aquel delincuente con pretensiones de ser el Rey de Israel. A ello se añadían las burlas y los golpes en la cabeza con la caña que hacía de cetro.

Las profecías de Isaías sobre el Siervo paciente de Yahvé describen la figura de Jesús escarnecido: “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable… (Is 53, 3). Pensaría el Pretor que aquel castigo sería suficiente para acallar aquellos gritos, pues quizás al verlo vencido y destrozado por la terrible paliza, lo compadecerían. Por eso lo presenta ante la gente diciendo: Ahí tenéis al hombre, “Ecce homo”. Era tal su presencia que en el lenguaje ordinario esas palabras (“Ecce homo”) significan el límite de la desgracia, el paroxismo de un cuerpo torturado.

Pero los Sumos Sacerdotes no ceden y azuzan a la muchedumbre para que sigan pidiendo su muerte: !Crucifícalo, crucifícalo¡ Ante lo cual Pilato se acobarda y no está dispuesto a enfrentarse con aquellos judíos, para defender a un pobre iluso galileo. Se lava las manos imaginando, inútilmente, que así quedaba limpio de la sangre de aquel inocente. Mientras Jesús, maniatado e indefenso, quedaba a merced de sus feroces enemigos

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

VII ESTACIÓN: JESÚS CARGA CON LA CRUZ

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio de San Juan (19, 16-17):

Tomaron, pues, a Jesús y el, cargando con su cruz, salió al lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota.

La escena de Jesús con la cruz a cuesta es uno de los momento más impresionante de la religiosidad popular en las procesiones de Semana Santa. Gabriel y Galán describe emocionado esos momentos con unos versos de alta inspiración poética y religiosa: “Cuando pasa el nazareno/ de la túnica morada, /con la frente ensangrentada, /la mirada del Dios bueno /y la soga al cuello echada, /el pecado me tortura, /las entrañas se me anegan /en torrentes de amargura, /y las lágrimas me ciegan /y me hiere la ternura...”.

La cruz era el patíbulo más degradante que existía para castigar los crímenes más graves. Un castigo singularmente notorio, considerado como buen escarmiento de los delitos cometidos por los condenados. El delito de Jesús fue reconocer su condición de Hijo de Dios. Cuando las pronunció ante el Sanedrín, sus palabras sonaron como una blasfemia y como a un blasfemo le tratan. Le hacen cargar con la cruz y caminar hacia el Calvario, avanzando con dificultad entre la gente.

Es muy posible que la Virgen y las demás mujeres que seguían a Jesús durante su vida pública se mezclaran entre la multitud, procurando estar cerca del Maestro para animarle con su presencia. Aunque los evangelistas no dicen nada, es fácil imaginar que Jesús al pasar mirase a su Madre, pidiéndole con su mirada que aceptase serena los planes del Padre, por extraños y dolorosos que fueran. De hecho María se mantuvo de pie cerca de la cruz sin apartar sus ojos del Hijo que agonizaba.

!Señor, pequé, ten compasión de mí¡

VIII ESTACIÓN: SIMÓN DE CIRENE CARGA CON LA CRUZ

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio de San Marcos (15, 21):

Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevar detrás de Jesús.

Simón de Cirene, tras haber trabajado todo el día en el campo, vuelve a su casa. En una de las estrechas calles de Jerusalén se encuentra con la comitiva que llevaba a Jesús el Nazareno, con la cruz a cuesta, camino de la puerta judiciaria donde estaba el cerro del Calvario. Se le ve extenuado, a punto de tropezar y caer otra vez. Sus verdugos temen que se le queda muerto en el camino. La gente se agolpa para ver al famoso rabí de Nazaret. También Simón de Cirene se acerca curioso.

Entonces su aspecto de robusto hombre de campo llama la atención de los soldados que conducen penosamente a Jesús, y se les ocurre la idea de que aquel campesino ayude al Nazareno a llevar la cruz… Simón accede obligado, pero al hacerlo siente compasión por aquel pobre hombre que, callado y abatido, apenas si se tiene de pie. Jesús le miró agradecido y aquella mirada penetró hasta lo más íntimo de su noble corazón.

La tradición refiere que dos de sus hijos se hicieron cristianos. Ciertamente la cercanía de Jesús le cautivó, le hizo comprender que ayudar a quien lo necesita llena de paz y de gozo íntimo a todo nuestro ser… También cada uno de nosotros al caminar nos cruzamos a menudo con alguien que necesita ayuda, o somos nosotros mismo los necesitados. Dejémonos ayudar, y al mismo tiempo veamos los ojos de la fe el rostro de Cristo sufriente. Si nos decidimos a ser como el cirineo, sentiremos renacer en nuestro corazón el gozo y la paz de Dios.

!Señor, pequé, ten compasión de mí¡

IX ESTACIÓN: JESÚS Y LAS MUJERES DE JERUSALÉN.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio De San Lucas (23, 28-30):

“Le seguían una gran multitud y mujeres que se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: "Hijas de Jerusalén no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos... Porque si el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué harán?"

Narra San Lucas que le seguía una gran multitud del pueblo, con mujeres que lloraban y se lamentaban por el condenado a morir en una cruz. En cierto modo, esta escena donde las lágrimas de la mujer brotan ante Jesús doliente se repite cuando se recorren las estaciones del Vía Crucis. Es llamativo y conmovedor el silencio y la profunda piedad que se respira en la noche del viernes santo, de modo particular en Via Crucis presidido por el Papa en el Coliseo de Roma, donde tantos mártires cristianos fueron crucificados. Allí se reaviva el recuerdo de la presencia misteriosa, y redentora al mismo tiempo, de la Santa Cruz .

En esta estación recordamos el papel que ocuparon las mujeres en la vida de Cristo, especialmente en su Pasión, Muerte y Resurrección. En Primer lugar tenemos a la Virgen María que con su “fiat” (hágase) hizo posible la encarnación del Hijo de Dios. Después de la vida oculta, la Virgen aparece y propicia el primero de los milagros de Cristo. En el Calvario estará al pié de la Cruz pendiente del sufrimiento de su Hijo. Con ella estaban las otras santas mujeres que ayudaron al Señor y a los discípulos en sus correrías apostólicas.

Luego ellas serían la primeras en ver a Jesús resucitado. Desde el primer momento creyeron en él y lo anunciaron a los apóstoles, que no les creyeron. María Magdalena lo pudo incluso tocar, rendida a sus pies. Tampoco a ella la creyeron… A lo largo de la historia de la Iglesia la mujer ha sido fiel al Maestro, y lo sigue siendo con una gran abnegación y eficacia, como factor complementario e imprescindible en la tarea de proclamar e implantar el Reino de Dios, en el anuncio gozoso de Cristo resucitado.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

X ESTACIÓN: JESÚS ES CRUCIFICADO

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

Del Evangelio de San Lucas (23, 33-34):

“Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen".

Clavado de pies y manos en el madero de la cruz, alzado su cuerpo escarnecido y surcado por los golpes de la flagelación, para que todos vieran el fracaso de quien se decía ser el Hijo de Dios, aclamado pocos días antes por la multitud como Hijo de David y Rey de Israel… Ignoraban que aquel hecho cruel y deleznable ocurría por voluntad de Dios, como la culminación del plan divino para redimir y salvar al hombre, era momento culminante del triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. Más aún, era la prueba irrefutable y definitiva del amor de Dios Padre, que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito.

Con la crucifixión de Jesús se cumplían sus mismas palabras al decir: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”… También dijo el Señor a Nicodemo: “Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

Santa María, Virgen de los Dolores, de la Soledad, de las Angustias, del Mayor Dolor, de la Piedad, en los días de la Pasión estás presente, cerca de tu Hijo flagelado, crucificado, exánime y muerto en tus brazos. Déjanos estar cerca de ti, queremos como tú y contigo, venerar y adorar a Cristo crucificado, aquel primer Crucifijo que jamás podrá desaparecer ni olvidarse en la Historia.

!Señor, pequé, ten compasión de mí¡

XI ESTACIÓN: EL BUEN LADRÓN

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

Del Evangelio de San Lucas (23, 39-43)

“Uno de los malhechores le insultaba... Pero el otro le reprendió diciendo: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena...? Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino. Jesús le dijo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Como un delincuente más, puesto en el centro para destacarlo como el más peligroso y merecedor del supremo castigo. Mientras que los otros dos condenados protestaban y maldecían, Jesús callaba lo mismo que en el Pretorio ante Pilato, o delante del rey Herodes Antipas. Quizás ese silencio irrita a uno de los malhechores y le injuriaba: “¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros”… El otro condenado mira a Jesús que sufre sin protestar, incluso pide perdón a Dios para aquellos que le han crucificado.

Compadecido sale en su defensa. “¿Ni siquiera tú, que estás en el mismo suplicio, temes a Dios? Nosotros estamos aquí justamente, pero él no ha hecho ningún mal…”. El Señor le mira agradecido. Entonces aquel bandido de buen corazón descubre que ese crucificado es de verdad el Rey de Israel, una luz interior ha encendido su fe: “Jesús- exclama-, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

Con la voz quebrada le dice Jesús: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Era alrededor de la hora sexta, cuando el sol llegaba al cenit del día y su luz iluminaba con gran esplendor la escena del Calvario… El Maestro por excelencia, desde la cátedra de la Cruz, nos señalaba una vez más su camino de amor y de perdón, de entrega confiada de todo nuestro ser y nuestro tener en las manos de Dios nuestro Padre.

!Señor, pequé, ten compasión de mí¡

XII ESTACIÓN: LA VIRGEN Y EL DISCÍPULO AMADO JUNTO A LA CRUZ.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio de San Juan (19, 26-27):

“Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo, a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo." Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. (Jn.19, 26-27)

En la vida de Jesús la Virgen María ocupa un lugar preeminente, casi siempre en la penumbra, pero al mismo tiempo fundamental. Así, a solas, recibió el mensaje del arcángel Gabriel de Nazaret. Sorprendida y temblorosa pregunta, y al oír la respuesta se entrega sin condiciones, rendida ante el querer divino. Luego en Jerusalén no entiende las palabras de Jesús adolescente, pero calla y guarda en su corazón lo que no le cabía en la cabeza.

En Caná muestra su confianza y su fe en Jesús, aunque tampoco entonces entiende la extraña contestación de Jesús. De nuevo aparece cerca de Jesús, acompañada de sus parientes que intentan disuadirle de que vaya a Jerusalén por el peligro que suponía. María aceptaba la ausencia de su hijo, permanecía en un discreto segundo plano, en los momentos de gloria cuando la gente le seguía entusiasmada. Se alegró al saber que había resucitado a Lázaro, el hermano de Marta y María, aquellas mujeres que querían a Jesús y le recibían en su casa de Betania.

Su alegría, sin embargo, se empañaba por el odio y la envidia de los enemigos de Jesús. Cuando se enteró que lo habían capturado y le habían condenado a muerte de cruz, acudió presurosa y estuvo presente junto a la cruz de Jesús. “Mujer, le dice, ahí tienes a tu hijo”. Y a Juan, el Discípulo amado: “Ahí tienes a tu madre”. La Virgen escuchó en silencio y, anegada en lágrimas, guardó aquellas palabras en su corazón, aceptando ser desde entonces Madre de la Iglesia.

¡Señor, pequé, ten compasión de mí!

XIII ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ.

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo!

Del Evangelio de San Lucas (23, 44-46):

“Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, la oscuridad cayó sobre la tierra... El velo del santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" y, dicho es, expiró”.

El sacrificio se consumó. Dado el poder que había mostrado Jesús, alguno podría pensar que en el último instante todo cambiaría, incluso era posible que el Padre enviara una legión de ángeles para librarlo, como había dicho el mismo Jesús, cuando Pedro quiso defenderlo a golpe de espada. Pero el tiempo pasaba y todo seguía cada vez peor. Jesús se desangraba, se moría a chorros. Su clamor preguntando a Dios por qué lo había abandonado se quedó sin respuesta. Jesús se da por vencido y pide clemencia para los que le han crucificado pues no saben lo que habían hecho.

Su insistente oración, rogando por tres veces al Padre que lo librara de beber aquel cáliz, se perdió en el silencio de los olivos de Getsemaní, bajo la luna llena del mes de Nisán. Los Sinópticos narran sin reparo el lado dramático de la Pasión, Hablan de su tristeza de muerte, del sudor sangriento que experimentó, de las injurias de los Sumos Sacerdotes y de los soldados, provocándole para que mostrara el poder que la gente le atribuía.

San Juan, en cambio, recuerda cómo Jesús salió al encuentro de los que venían con armas y palos para prenderle. Su presencia desconcierta a los soldados que retroceden y caen cuando el Señor responde: “Yo soy”. Al morir, según San Lucas, Jesús exclama: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Sin embargo, San Juan recuerda como poco antes de morir Jesús dijo que todo estaba cumplido. Son palabras de victoria, declarando la culminación de su entrega. Por otro lado, teniendo en cuenta que había hablado del agua que brotaría de su costado herido, como símbolo del Espíritu Santo que habían de recibir, al decir que inclinó la cabeza y entregó su espíritu el evangelista está sugiriendo el cumplimiento de su promesa en la Fiesta de los tabernáculos, incoada en el Calvario y culminada en Pentecostés.

!Señor, pequé, ten compasión de mí¡

XIV ESTACIÓN: JESÚS ES SEPULTADO

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos

porque con tu santa cruz redimiste al mundo¡

Del Evangelio de San Lucas (23, 50-54)

“José de Arimatea se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana, después de descolgarlo, lo puso en un sepulcro excavado en la roca... era el día de la preparación y apuntaba el sábado".

Los ortodoxos llaman “Anástasis” (Resurrección) al Santo Sepulcro, el lugar más importante de Tierra Santa. Ya desde el principio del cristianismo fue venerado de modo particular por ser testimonio, al estar vacío, de la resurrección del Señor. También por esa razón fue execrado por el emperador Adriano que, al destruir a Jerusalén desde los cimientos, construyó un templo a la diosa Venus en ese sacrosanto lugar.

Su intención era borrar todo vestigio religioso, tanto judío como cristiano. En el lugar del Templo construyó otra a Zeus, mientras que en la Piscina probática cuyas aguas eran consideradas curativas, la convierte en lugar de culto a Esculapio el dios de la medicina en el imperio romano. La nueva ciudad se llamó “Aelia capitolina”. En un célebre mosaico de Madaba se conserva una representación de aquella nueva ciudad y en ella se pueden ver los lugares donde estuvo tanto el Templo como el Santo Sepulcro, señalado por Adriano con nuevos templos paganos, cuando su pretensión era borrarlos del mapa.

Hoy sigue viva la fe y la veneración del Santo Sepulcro, una abigarrada construcción testimonio de una fe de siglos, viva y pujante a pesar de los años y de los ataques sufridos. En uno de los altares cercanos al Santo Sepulcro hay uno dedicado a María Magdalena, la primera que vio a Jesús resucitado. En efecto, aunque Pedro y Juan se marcharon al ver el sepulcro vacío, ella se quedó llorando para buscar el cuerpo del Señor. Por qué lloras le pregunta alguien y ella sin darse cuenta de quién era, ruega que le devuelva a su Señor si ha sido él quien se lo ha llevado.

María, le dice entonces Jesús. Rabboni, exclama gozosa la Magdalena… Era el amanecer del primer domingo de Pascua, cuando la Luz venció a las Tinieblas, y la muerte fue vencida por la Vida. Estaba culminada la salvación, y el Camino de la cruz, el Vía Crucis, se cerraba, y se abría el Via Lucis, el Camino de la Luz

!Señor, pequé, ten compasión de mí¡

EPÍLOGO: RESURRECCIÓN

Es cierto que el Vía Crucis, el camino de la Cruz, termina en el Santo Sepulcro. Pero este es sólo el lugar donde resucitó el Señor, el umbral de la gloria de Cristo, y también de la Humanidad redimida. San Juan relata que cuando él vio la sábana plegada y el sudario puesto aparte, comprendió y creyó que el Señor había resucitado. Aquella Sábana Santa, doblada y vacía era la huella de la incorporación prodigiosa de Jesús, atravesando los lienzos que envolvían su cuerpo glorioso sin desdoblarlos ni arrugarlos... Luego el Señor estuvo con ellos cuarenta días, antes de subir a los Cielos, hablándoles del Reino y animándolos a ser los testigos de su Muerte y Resurrección ante todos los hombres, en Jerusalén, Judea, Samaría y hasta el confín de la tierra. Aquellos primeros apóstoles y discípulos cubrieron los hitos de aquella hoja de ruta que, aún hoy, sigue abierta para nosotros, a fin de que la dicha de ser cristianos la vivamos y la difundamos, no sólo con palabras sino también con obras.


 

Via Crucis Sacerdotal

ORACIONES CONCLUSIVAS PAPA BENEDICTO XVI

Por Sergio G. Román del Real

Delegación de Religiosidad Popular Diócesis Pamplona/Tudela

ORACIÓN INICIAL

¡Oh Jesús, sacerdote sumo y eterno!

me llamaste a compartir tu sacerdocio

no por mis méritos, sino por tu gran misericordia.

Y con tu llamado llegó también tu gracia,

la gracia de actuar en tu nombre,

de enseñar en tu nombre, de santificar en tu nombre,

de perdonar en tu nombre.

Todo eso, Jesús, es el lado amable de mi sacerdocio.

Gracias.

Pero hay otro lado que me llena de temor:

tal parece que también me llamaste para sufrir en tu nombre.

Y es lógico;

si ser sacerdote significa ser otro Cristo,

también tengo que ser otro Cristo en el camino al Calvario.

También estoy llamado a sufrir en tu nombre.

No me gusta, Jesús, y tan sólo lo acepto

si me das tu gracia para sufrir contigo.

Contigo tomaré mi cruz para salvarme

y para salvar contigo.

Primera Estación

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Pilato mandó sacar a Jesús y dijo a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Pero ellos gritaban: “¡Fuera, fuera, crucifícalo!”. Pilato les dice: “Pero, ¿cómo he de crucificar a vuestro rey?” Respondieron los príncipes de los sacerdotes: “Nosotros no tenemos más rey que al Cesar”. Entonces se los entregó para que fuera crucificado (Jn 19, 14-16).

Oración

Jesús, me han condenado a muerte, como a ti y quisiera ser inocente, como Tú. He visto la mirada de mis hermanos, los hombres y, su mirada grita: “¡reo de muerte, crucifíquenlo!”

A ti te acusaron de hacerte pasar por Dios, ¡y eres Dios!; a mi me acusan de no ser como Dios,¡y no soy más que un simple humano!, tan débil y pecador como cada uno de esos mis hermanos cuya mirada me condena. Pero para mí no hay misericordia, porque soy sacerdote, y me piden que sea como Tú. Y, en cierto modo, tienen razón. ¡Yo debería de ser como Tú!

ORACIÓN

Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados.

Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz.

Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación.

Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión. Señor pequé, ten piedad y misericordia de nosotros pecadores. (Padrenuestro)

Segunda Estación

JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Los judíos tomaron a Jesús y cargándole la cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario (Jn 19, 17).

Oración

Jesús, Tú dijiste: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame” (Lc 9, 23).

Aquí estoy, Jesús,

yo, tu discípulo por excelencia,

tu discípulo por oficio.

Aquí estoy y, aquí está mi cruz.

Cruz sacerdotal

tan difícil de cargar,

tan pesada y tan molesta.

Cruz labrada con maderos

de soledad y desamor,

cruz de debilidad humana

y de pecado,

cruz de egoísmo

y de infidelidad.

Ésa es mi cruz de cada día,

la que tengo que cargar

para caminar contigo

el camino de la cruz.

Y esa cruz tan mía

se vuelve cada vez más pesada,

porque además de cargar con ella

yo, sacerdote,

tengo que cargar, también

con la cruz de mis hermanos.

¡Cuánto pesa mi cruz!

pero, en la medida en que la cargo

me voy dando cuenta

de que ¡cómo se parece a la tuya!

ORACIÓN

Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad.

Tú has llevado la cruz

y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38).

Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría. Señor pequé, ten piedad y misericordia de nosotros pecadores. Padrenuestro

Tercera Estación

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba, no aparté la cara ni de los ultrajes ni de las salivas que me echaban (Is 50, 6).

Oración

¿Te enteraste, Jesús?

¡Salió en todos los periódicos!

¡Durante días y días fui primera noticia en la televisión!

¡Todo el mundo lo comentaba!

Tal parece que al mundo le da gusto que yo caiga.

Tal parece que están esperando,

están deseando que yo caiga.

Para placer del mundo,

para burla,

para justificar sus caídas,

¡he caído, Jesús!

Y yo sé que no te causa placer,

y yo sé que no te burlas ni me señalas,

y yo sé que te ha dolido más que a mí.

¡He caído, Señor... y tú conmigo!

ORACIÓN

Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra.

La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído.

Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo. (Señor pequé……) Padrenuestro

Cuarta Estación

JESÚS ENCUENTRA A SU SANTÍSIMA MADRE

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Simeón les bendijo y dijo a María su Madre: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, ¡y a ti, una espada te atravesará el alma!, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).

Oración

¡Qué pesada es mi cruz, Madre mía!,

esa cruz sacerdotal que sobre mis hombros llevo

por amor a tu Hijo.

Cuesta trabajo seguir a tu Hijo,

va tan de prisa,

pareciera que no se cansa,

y yo no puedo seguir su paso,

bajo el peso de la cruz

tropiezo y caigo,

y ya caído, ¡no me quiero levantar!

Duelen las caídas, Madre mía,

duelen las críticas y las burlas,

duele la indiferencia de los hombres.

Cuando pienso en darme por vencido,

en tirar mi cruz

y quedarme allí tendido,

a medio camino hacia el Calvario,

noto tu maternal mirada,

alzo mis ojos y busco los tuyos:

¡tu mirada es el beso de una madre

sobre las heridas de su hijo!

Ya no me duele, Madre mía,

mira, me levanto, recojo mi cruz

y sigo mi camino,

el camino de tu Hijo.

ORACIÓN

Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que serías la madre del Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación.

Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.

Quinta Estación

EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Cuando llevaban a Jesús al Calvario, detuvieron a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para llevarla, detrás de Jesús (Lc 6, 31).

Oración

Detrás de ti, Jesús, camino hacia el Calvario,

como nuevo Cireneo, te ayudo con tu cruz.

No me lo agradezcas, porque en realidad

esa cruz no es tuya,

esa cruz es la mía

y Tú la llevas voluntariamente sobre tus hombros.

Tú, inocente, no mereces ninguna cruz.

Me parezco a ti, yo sacerdote,

porque sobre mis hombros llevo

la cruz de mis hermanos

unida a la mía, que sí merezco,

¡y cuánto pesa mi cruz sacerdotal!

Tú tuviste un Cireneo

que a pesar de su cansancio

llevó detrás de ti la cruz.

En mi vida sacerdotal

has puesto muchos Cireneos

que alivien mi cansancio

y que alienten mi camino.

Caminan detrás de mí,

junto a mí o delante de mí.

Cireneos mis padres y hermanos,

Cirineos esos buenos amigos

que aman a los sacerdotes,

Cirineos algunos obispos

y algunos hermanos sacerdotes,

que también aman a sus hermanos sacerdotes,

Cirineos los buenos laicos

que con su entrega, me dan ejemplo.

No voy solo hacia mi Calvario,

conmigo van tus Cirineos.

ORACIÓN

Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.Padrenuestro

Sexta Estación

LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Muchos se horrorizaban al verlo; tan desfigurado estaba su semblante que no tenía ya aspecto de hombre (Is 52, 14).

Oración

Buscan mi rostro, Jesús.

La fe hace que los fieles

miren mi rostro

queriendo ver el tuyo.

Me buscan buscándote a ti.

Te buscan y se encuentran conmigo.

¡Cómo quisiera que mi rostro

reflejara fielmente el tuyo!,

que la chispa de mis ojos

fuera una chispa de tu amor

y que mi cara se iluminara

con la sonrisa de tus labios.

Pero mi rostro, Jesús,

es tan sólo mi propio rostro,

afeado por todos mis pecados.

ORACIÓN

Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen. Padrenuestro

Séptima Estación

JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

¡Y con todo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, y nuestros dolores los que soportaba! (Is. 53, 4).

Oración

He caído Jesús,

por segunda, tercera...

por incontable vez.

He caído, ¡y estoy triste!

Mi amor a ti es tan pequeño,

y tan grande el amor a mí mismo.

He caído y me da pena;

pena con los demás

que se han dado cuenta,

y si no se dieron cuenta,

pena conmigo mismo.

Yo no esperaba eso de mí,

me he decepcionado,

me doy vergüenza.

“Sí, me levantaré,

iré hacia mi Padre

y le diré:

‘Padre, he pecado,

no merezco ser tu hijo”.

¡El Padre me ha levantado,

me ha besado!

Ya puedo volver a ocupar mi lugar,

allí, junto a ti,

en tu mismo camino.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver.

Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable.

Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo. Padrenuestro

Octava Estación

JESÚS CONSUELA A LAS PIADOSAS MUJERES

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Seguía a Jesús una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él. Pero Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: “¡Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí!; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos” (Lc 23, 27-28).

Oración

También yo, Jesús,

en mi vía dolorosa

me encuentro con las mujeres piadosas,

que olvidándose de sus propios problemas,

generosamente me tienden la mano,

a mí, sacerdote, el otro Cristo.

Oran por mí,

me ayudan con sus ofrendas de viudas,

maternalmente me cuidan,

me aconsejan y corrigen.

Ellas nunca faltan a mis solitarias misas,

están allí, omnipresentes,

y siempre presentes

con su fe sencilla

y su preocupación maternal.

Perdón, Jesús, porque no las valoro,

porque a veces las ridiculizo

y porque no colman mis ambiciones de pastor.

Perdón porque considero

que el tiempo que me exigen

es tiempo perdido.

Gracias, Jesús, por las mujeres piadosas

de mi parroquia

y de todas las parroquias.

ORACIÓN

Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar una concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio.

Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (Cf. Jn 15, 1-10). Padrenuestro

Novena Estación

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos y yo os aliviaré. Cargad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas (Mt 11, 28-29).

Oración

Estoy cansado, Jesús.

Física y espiritualmente.

Cansado de arar y arar

y. al final de la jornada,

volver la vista atrás

y ver que no he hecho nada.

Quisiera dividirme,

multiplicarme,

porque por más que me esfuerzo

siempre hay mucho que no puedo hacer.

Y los hombres, mis hermanos,

me piden,

me exigen,

me devoran.

Todo lo he dado,

ya no tengo tiempo para mí.

Estoy cansado, Jesús.

Quisiera caer

y ya no levantarme.

ORACIÓN

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos.

Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre.

Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos. Padrenuestro

Décima Estación

JESÚS DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Ahí lo crucificaron, y después echaron suertes para repartirse las ropas de Jesús (Mt 27, 35).

Oración

Cada día, antes de la misa

gozo el momento de revestirme;

con mi estola y mi casulla

me siento Tú.

Yo, el sacerdote, canal de la gracia;

yo, el maestro, veraz y certero;

yo, el pastor, más rey que pastor.

Y las vestiduras sacras se me han hecho piel,

las llevo aunque no las lleve,

me sacralizo

y exijo que me sacralicen.

Para mí, el mejor lugar en las mesas,

el saludo respetuoso de mis fieles,

la atención especial en mis asuntos,

la deferencia de las autoridades,

la excepción en las leyes.

Me gusta ser como Tú

y que me traten como a ti,

¡mientras no se les ocurra

despojarme de mis sacras vestiduras!

ORACIÓN

Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas.

Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.Padrenuestro

Décima Primera Estación

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, lo crucificaron a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda (Lc 23, 33).

Oración

Me da miedo seguirte, Jesús,

he puesto mis límites

dictados por esa seguridad

a la que tengo derecho,

y subir al Calvario contigo,

subir a la cruz,

es mucho riesgo.

Tengo miedo.

Me da miedo tu cruz sobre el Calvario.

Pero yo sé que no puedo decir que no,

me has escogido

y yo he aceptado.

Ayúdame a aceptarte

con todas las consecuencias,

¡hasta la última consecuencia!

ORACIÓN

Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti.

Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad. Padrenuestro

Décima Segunda Estación

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Como al mediodía, se ocultó el sol y todo el país quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. En ese momento la cortina del Templo se rasgó por la mitad, y Jesús gritó muy fuerte: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”, y, al decir estas palabras, expiró (Lc 23, 44-45).

Oración

Has muerto, Jesús,

¡y está bien!

Así tenía que ser,

así estaba escrito,

que Tú murieras por mí.

Está bien que mueras por mí,

pero nunca permitas

que Tú mueras en mí.

¿Qué sería de mí, sacerdote,

si fuera por el mundo

con un Cristo muerto

en el corazón?

¿Cómo compartirte,

si no te tengo?

¿Cómo hablar de ti,

si no hablo contigo?

Mi sacerdocio sería

un absurdo vacío,

un completo sin sentido.

Muere por mí, Jesús,

pero no mueras en mí.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer.

Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación. Padrenuestro

Décima Tercera Estación

EL DESCENDIMIENTO

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Intervino entonces un hombre del Consejo Supremo de los judíos que se llamaba José. Era un hombre bueno y justo que no había estado de acuerdo con los planes ni actos de los otros. Este hombre, de Arimatea, pueblo de Judea, esperaba el Reino de Dios. Fue a presentarse ante Pilatos para pedirle el cuerpo de Jesús. Habiéndolo bajado de la Cruz, lo envolvió en una sábana... (Lc 23 50-53).

Oración

De tu cruz a los brazos de tu Madre.

Inerte, insensible, flácido, ¡muerto!

María, Madre dolorosa,

¿cómo no conmoverme ante tu pena?,

¿cómo no llorar contigo

la muerte de tu hijo,

de mi hermano,

de mi Dios?

Madre de Cristo Sacerdote,

Madre mía heredada en el Calvario

en la persona de Juan sacerdote,

concédeme, como a Juan,

poder llevarte conmigo

a mi casa...

¡a mi vida!

ORACIÓN

Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto.

Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno.

Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección. Padrenuestro

Décima Cuarta Estación

JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

Y José, tomando el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo colocó en un sepulcro nuevo, cavado en la roca, que se había hecho para sí mismo. Después movió una gran piedra redonda para que sirviera de puerta y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro (Mt 27, 59-61).

Oración

¡Se acabó!

Allí estas Tú, Jesús, en el sepulcro,

como todos los demás hombres,

como yo a mi tiempo.

Tu historia debió haber terminado allí,

en ese lugar y en ese momento.

Y, en realidad, allí comenzó todo,

tu historia continuó

y se prolonga hasta nuestros días

y se prolongará más allá

del final de los tiempos.

Vencido, resultaste vencedor.

No se acabó,

tu historia no se ha terminado;

la sigues escribiendo

a través de los hombres, tus hermanos

y a través de mí,

a pesar de mí,

y es una historia de salvación.

Estás vivo, Jesús,

y caminas con nosotros en nuestra ciudad.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo.

La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo.

Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10).

No, tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección. Padrenuestro

Decimoquinta Estación

EL SEPULCRO ABANDONADO

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado (Lc 24, 5-6).

Oración

¡Qué difícil es encontrarte, Jesús!

Por ti madrugo

y me adelanto al alba;

te busco muerto,

yaciente en el sepulcro,

y no estás.

¡Ya no estás!

Poco a poco

tu verdad penetra en mi mente

y se hace la luz.

Enjugo las lágrimas

y recompongo el rostro;

ya no es una fúnebre máscara

de circunstancias,

mis labios intentan la sonrisa.

¡Estás vivo!

Libre de la tumba

has vuelto a la vida

y andas por ahí

revuelto con los hombres,

tus hermanos.

Y yo miro a mis hermanos

buscando tu rostro,

pero todavía no aprendo

a descubrirte.

Yo pensaba que era un jardinero,

y eras Tú,

yo pensaba que era un caminante

y eras Tú.

¿Cuándo aprenderé

que Tú eres

cada uno de mis hermanos?