Viernes Santo: Celebración de la Pasión del Señor
2 de abril de 2010

La homilía de Betania


1.- JESÚS PASÓ POR ESA ZONA TENEBROSA DEL DOLOR

Por Antonio García-Moreno

2.- EL RUEGO DOLIENTE DE CRISTO

Por José María Maruri, SJ

3.- LA CRUZ, SIGNO DE SALVACIÓN

Por José María Martín OSA

4.- HEMOS SIDO SALVADOS POR LA CRUZ

Por Pedro Juan Díaz

5.- EL AMOR CLAVADO

Por Javier Leoz

6.- SITIO PARA LA ESPERANZA EN ESTA TARDE TAN TRISTE

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


VIERNES SANTO

(seguramente el 7 de abril del año 30)

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS PASÓ POR ESA ZONA TENEBROSA DEL DOLOR

Por Antonio García-Moreno

1.- EL DOLOR INCOMPRENSIBLE.- Es verdad que los sufrimientos del Señor nos desconciertan, nos entristecen y abaten. Como a los discípulos de Emaús, se nos llena el corazón de tristeza. La visión de Cristo flagelado y coronado de espinas, las burlas y ultrajes de los soldados nos abate el ánimo. Pero todo ello no puede traducirse en una tristeza sin salida, en una sensación de fracaso y derrota. Eso sería no comprender el sentido profundo del padecer de Cristo y de quienes, por amor suyo, están también dispuestos a dar la vida por El.

Sí, es preciso recordar, también en este día, que los sufrimientos del Señor tenían, y tienen, un valor salvífico universal. Son el precio, altísimo si se quiere, de nuestra propia redención, son el precio costoso de la gloria. Los santos han descubierto el valor supremo del sufrimiento de Cristo, y de cuantos como él sufren por amor, aceptando serenos los planes del Padre, por muy incomprensibles e intolerables que nos parezcan.

2.- VALOR SALVÍFICO DEL DOLOR.- Misterio del dolor y de la aflicción. Cómo es posible que Dios permita tanto quebranto y tanta pena. Si nos ama por qué permite que lloremos anegados por el sufrimiento, cuando El que es Todopoderoso podría ahorrarnos las lágrimas y los gemidos. Y esto ocurre no sólo en los que son malos y se merecen un duro castigo. También el justo sufre a veces de modo intenso y agudo. El mismo Jesús, el Hijo Unigénito, el Amado, pasa por esa zona tenebrosa del dolor.

Primero hay que recordar que Dios que da la llaga, da también el remedio. Es decir, el sufrimiento es siempre llevadero si uno recurre al Señor y le pide con la confianza y la sencillez que un hijo recurre a su padre. Y luego hemos de tener en cuenta que esos sufrimientos son a menudo el remedio para nuestros males. Sobre todo, hay que tener presente el valor salvífico del sufrimiento y saber, además, que no son comparables los dolores de la vida presente con los goces de la vida futura.

2.- UN SEPULCRO NUEVO.- San Juan dedica pocos versículos al sepelio de Jesús. Era un hecho de poca importancia, un acontecimiento pasajero ya que muy pronto aquel lugar sepulcral quedaría vacío. Recuerda que era un sepulcro nuevo, sin estrenar. De esa forma se destacaba, por una parte, la santidad y grandeza de aquel cuerpo inmolado por nuestra salvación. Pero, por otro lado, se dejaba bien claro que no había nada en dicho sepulcro una vez que Cristo resucita. Es cierto que es la última estación del Vía Crucis. Sin embargo, hoy se tiende a terminar ese piadoso ejercicio con una décimo quinta estación en la que, de una forma o de otra, se reacuerde que aquello no es el final sino simplemente el principio, el prólogo del triunfo de Cristo, las sombras densas que dan mayor contraste a la luz. Pronto aquella piedra que tapaba la puerta del sepulcro sería removida. Pronto aquel cuerpo exánime se alzaría lleno de vida, mostrando todo su poder y su gloria.


2.- EL RUEGO DOLIENTE DE CRISTO

Por José María Maruri, SJ

1.- ¡Gracias, Señor, por tu vida y por tu muerte! Tu sangre es respuesta a los porqués de nuestros llantos aunque no ilumine tus propios porqués. El Hijo de Dios es hombre como nosotros, no se vistió de hombre como se viste de minero el visitante oficial para bajar a la mina.

Y como hombre conoció el hambre, la sed, el cansancio, la soledad y tuvo que aguantar la muerte como parte de su condición humana. Él supo de ese largo miserere de dolores humanos, ancianos abandonados en urgencias de hospitales, recién nacidos tirados en cubos de basura, calles asaltadas de travestis prostituidos y por mujeres de la vida, amasijo de hierros abrasados en accidentes de carretera, drogadictos moribundos en el césped de los parques, hospitales abarrotados de enfermos terminales.

Y comprendió que su paso por la vida no podía ser fácil y sencillo, que no tenía derecho a dejarnos en la estacada del dolor, que como hermano mayor tenía que ser el Cristo de Pascal, crucificado hasta el fin de los tiempos. Jesús vivió lleno de preguntas y porqués, pero no quiso sepultarnos bajo el peso de razones, prefirió ahogarse en nuestras lágrimas para que cuando no entendiéramos nuestras penas supiéramos al menos que no las vivimos solos.

Así hizo veraz la oración del que arrastra su dolor y al ver a su espalda huellas estampadas en la arena recrimina al Señor. “Tú prometiste acompañarme en mis penas y ahora que miro la arena no veo en ella más que mis pisadas”. Y el Señor le contesta: “Hijo, las pisadas son mías, porque te llevo en brazos desde que empezó tu dolor.”

Pero así no entendemos, porque en la cruz no hay más lógica que la del amor, que es sufrir con el que sufre y morir con el amigo. ¡Gracias, Señor, por tu vida y por tu muerte!

2.- Apoyada la frente en el duro madero de la cruz comprendemos lo que con su muerte hemos perdido, al compañero de la vida y la muerte, al amigo sin el que la vida no tiene sentido.

--Compañero de tantas conversaciones, partícipe de mis alegrías y consuelo de mis desconsuelos.

--Los ojos en que siempre encontré comprensión están ahora entre abiertos, fijos, vacíos de sentido.

--La tierra que Él pisó, donde yo me lo encontré, es casa desalquilada, y en un eco burlón es la respuesta a mis llamadas silencio, soledad, separación, fin de una incomparable compañía.

--Como Marta podremos decir: “Ya sé que resucitarás” pero eso no quita la realidad de un Jesús muerto, cadáver, objeto de cuidados funerarios, rigidez, abandono, silencio frío de cementerio.

--¿Por qué tenía que morir? “Me amó y se entregó a mi”, razón ilógica del corazón.

3.- Esa cruz en la que apoyamos nuestra frente con agradecimiento y dolor, se enraíza en nuestra tierra, como si ese Jesús sufriente no quisiera ser arrancado del dolor de los hombres, esa cruz más que levantarse señera hacia el cielo se agarra con fuerza a la tierra, al hombre, al hermano, y los brazos de Cristo no se alzan al cielo, se abren queriendo acoger al universo poblado de hombres que suben su Calvario.

Esa cruz es un mandato sin voz, un ruego doliente de Cristo, que acabamos su obra, que suplamos lo que queda por hacer a su Pasión, que enraizados en la tierra que sufre dolores de parto abramos nuestros brazos al dolor de cada hermano. Gracias, Señor, por tu vida, por tu dolor y por tu muerte.


3.- LA CRUZ, SIGNO DE SALVACIÓN

Por José María Martín OSA

1- La cruz de Jesucristo y nuestra propia cruz. La muerte victoriosa de Cristo vence a la misma muerte en su propio terreno. Estamos celebrando una muerte con sentido, que salva a los hombres y los prepara para la relación con Dios, con los demás y con el universo entero. Es en la cruz donde se le abren al ser humano, las puertas de la Resurrección gloriosa. Todo el evangelio de san Juan, no solamente el texto de la Pasión que hemos proclamado, es la realización de estas palabras: “mirarán al que atravesaron”. El evangelio de san Juan nos anima a orientar nuestras miradas y nuestros corazones hacia Jesucristo. Convencidos de que solamente el Señor salva y que sólo en El encontramos la realización de nuestra vida, la salida de nuestras oscuridades. “Mirarán al que traspasaron”. Así lo hacemos nosotros en esta tarde del Viernes Santo. El nos ayuda a llevar nuestra propia cruz, que seguro que no es la peor de todas las posibles. Esta historia nos puede ayudar a comprenderlo

2.- “Un joven, que no sabía que hacer con tantos problemas, oraba en su cama, y así cayó en un profundo sueño. En sus sueños él ve a Dios, y le dice: "Señor, no puedo seguir, mi cruz es demasiado pesada".

-El Señor, lo lleva ante un ángel, el cual le muestra una opción y le dice:

"Joven, si no puedes llevar el peso de tu cruz, puedes guardarla dentro de esa habitación que ves ahí. Después, escoge de entre todas las demás cruces que ahí se encuentran, la cruz que tu quieras".

-El joven suspiró aliviado.

-"Gracias", dijo, e hizo como le indicó el ángel. Entró a la habitación y entregó allí su cruz y continuó su recorrido a través de toda esa enorme habitación buscando una cruz que le viniera más cómoda de llevar. Vio muchas cruces, algunas tan grandes que no les podía ver la parte de arriba, pero siguió su búsqueda por la habitación que pareciera no tener fin, probó toda clase de cruces que ahí se encontraban.

Algunas fueron muy pesadas, otras tan pequeñas que le parecían muy fáciles de sobrellevar, y él no quería decepcionar al Señor, así que siguió caminando hasta que vio una cruz apoyada en un extremo de la habitación, al probarla sintió que le quedaba muy bien, no era ligera y sin embargo no pesaba demasiado, así que decidió tomarla con un poco de esfuerzo…se la acomodó a su espalda y buscó al ángel.

"Ángel", susurró, "quisiera ésta".

El ángel empezó a exclamar algunas palabras, pero el Señor se dirigió al joven diciéndole:

-"Hijo mío, no existe mejor elección, felicidades". -El joven se retiró lleno de alegría.

El ángel le dijo a Dios:

"Pero Señor, el joven se lleva la misma cruz con la que llegó aquí."

3.- Cualquiera que sea tu cruz, cualquiera que sea tu dolor, siempre brillará el sol después de una tormenta. Cuando los problemas de la vida nos parecen abrumadores, Debemos, estar felices y agradecidos porque sabemos que el Señor no nos va a dar más carga que la que podamos llevar, y aún, con nuestras cargas, sus brazos estarán alrededor de nuestra vida para ayudarnos a llevarla.

3.- Vivimos en un mundo y en una cultura que quiere suprimir la cruz, que la oculta a toda vista, que considera que es una pérdida de tiempo inútil fijarse en el crucificado. Nunca, olvidemos lo más esencial de la llamada de Dios al hombre, El nos quiere a nosotros mismos, quiere que le adoremos con actitud de un amor sin reservas. No queramos hacer sustitutivos como hacían en el mundo antiguo con animales sacrificados o como lo hacemos nosotros hoy, con otros sustitutivos de Dios. Fuera de la ciudad muere el hijo de Dios asesinado por los que creen honrar a Dios. La cruz de Cristo nos salva y nos libera, no es un signo negativo, es signo de amor, no nos debe dar vergüenza portarla.

4.- De la herida del costado de Cristo brota sangre y agua: surgen los dos sacramentos fundamentales, Eucaristía y Bautismo, la esencia misma de la Iglesia. Bautismo y Eucaristía son las dos formas en que los hombres nos introducimos en el ámbito vital de Jesucristo. En el Bautismo nos hacemos cristianos y nos situamos en la órbita de Cristo. En el Bautismo Jesucristo nos penetra con su existencia. Por otra parte, en la Eucaristía nos sienta el Señor a su mesa y nos une a todos los hombres, pues al comer el mismo pan, el Cuerpo del Señor, no sólo lo recibimos sino que nos saca de nosotros mismos y nos introduce en El. Sobre la cruz de Cristo que hoy adoramos brilla ya el resplandor glorioso de la mañana de Pascua. Vivamos con El la cruz, vivir así es vivir bajo la promesa de la felicidad.


4.- HEMOS SIDO SALVADOS POR LA CRUZ

Por Pedro Juan Díaz

Hoy es un día de CONTEMPLAR la cruz, de mirarla más en profundidad y descubrir su verdadero sentido. Cuando hoy miramos a la cruz vemos a un hombre clavado en ella; pero si miramos más, vemos que es el Hijo de Dios, el Mesías, del que ya hablaban las escrituras, y que ese suplicio ha sido un acto redentor.

1.- Se cumplen las escrituras.- Ciertamente, si no vemos al Mesías, la cruz es puramente un castigo inhumano. Pero al verle ahí, hacemos un “flash-back”, como en las películas, nos vamos al principio, y vemos que se cumplen las escrituras. La entrada de Jesús en Jerusalén, con el ambiente tenso; la celebración de la Pascua, con sus discípulos, rompiendo moldes, haciendo una pascua nueva… Podemos releer la primera lectura y ver como el profeta Isaías, que habla del Mesías, está hablando de Jesús:

--Muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre

--Despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado

--Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores

--Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes

--Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron

--El Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes

--El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación

--Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos

--Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre

--Porque tomo el pecado de muchos e intercedió por los pecadores

2.- Cruz redentora.- Precisamente lo que Isaías quiere decir es que el sufrimiento del Mesías es redentor. Y redimir, en su sentido más originario, significa rescatar a los esclavos o cautivos mediante un precio; y también librar de una obligación. Por eso Jesús en la cruz nos redime, es decir, nos rescata de la esclavitud del pecado, nos devuelve nuestra condición de HIJOS DE DIOS, perdona nuestras culpas, nos hace libres ante Dios, nos regala la salvación.

Ante un acto de amor tan grande, que Jesús hace sin esperar nada a cambio, nuestro agradecimiento ha de nacer también de la libertad y del amor. A partir de ese momento nuestra fe ya no es igual, ya no se mueve por imperativos, mandamientos u obligaciones, sino desde el amor y el agradecimiento a Jesucristo que ha dado su vida por mi.

Hemos sido salvados por la cruz redentora de Jesucristo. Por eso la cruz es nuestro distintivo como cristianos. Esa cruz da sentido a la vida y a la muerte. Es una cruz redentora, salvadora. Contemplémosla con amor, porque en ella nos han sido perdonados todos los pecados y se nos ha devuelto nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios.


5.- EL AMOR CLAVADO

Por Javier Leoz

1.- Atrás quedaron los triunfos y las glorias. Enmudecieron los “hosannas”. La mesa de Jueves Santo quedo vacía, sin comensales y, algunos de ellos, pendiendo de un árbol o llorando su deslealtad a Jesús. La jofaina todavía conserva algunas gotas del agua que no pudo ser derramada. Se mantiene en el aire el testamento espiritual de Jesús: “te ruego, Padre, por ellos” “que sean uno”.

Quedaron atrás las traiciones y las negaciones, los encuentros y desencuentros, las palabras de más….y las ausencias de aquellos que debieron de haber estado, más que nunca, cerca del amigo. No pudo ser. Todo se ha consumado. Todo se ha cumplido.

Lo establecido y anunciado por los Profetas ha llegado a su culmen. El Siervo de Yahvé, humilde y obediente, ha sido elevado en una cruz.

--¿Dónde están los cientos de enfermos por Él sanados? ¿Dónde los que, siendo sordos, ahora desde lejos escuchan el martilleo sobre los clavos del madero?

--¿Dónde los que fueron rescatados de aquella muerte que dejó fríos sus cuerpos? ¿Dónde están aquellos hambrientos que fueron saciados por la abundancia de pan y de pescado? ¿Dónde?

--El amor, en el silencio y ante un puñado de curiosos, ha sido clavado.

2.- Nos debe de conmover este momento de pasión y de muerte. Aquel que no hizo otra cosa sino hacer el bien, es incomprendido y alzado en una infame cruz. Aquel que, en el encanto de una noche estrellada, se hizo niño en Belén, cierra los ojos de nuevo con escasas siete palabras de confianza, misericordia, perdón.

En la cruz, Dios ofrece, en pro de la humanidad, todo lo que más quiere: a su Hijo. ¿Sentimos esa donación solidaria, por parte del Creador, en señal de lo mucho que nos ama?

3.- Al mirar a Jesús, muerto en la cruz, llegamos a comprender que es consecuencia de una vida entregada. De unas palabras que, al ser pronunciadas con y en verdad, dejaron al descubierto (y lo siguen haciendo) las mentiras de tantas gargantas. La muerte de Jesús es el premio por su fidelidad a Dios. Podía, perfectamente, haber renunciado a ella pero, abrazado a esa lealtad, quiso ir hasta el final. Dios, y su empeño por la salvación de los hombres, puso a prueba una obediencia, sin fisuras y con sufrimiento, por parte de Jesús.

--Hoy, al contemplar la cruz, vemos que Dios llora cuando nosotros lloramos. Que, nuestro dolor, a sus ojos es comprensible: también El vio como su Hijo perdía la vida en plena juventud.

--Hoy, al besar la cruz, nos emocionamos ante el amor gigantesco que yace en el madero. Un amor que, por ser tan grande en el nazareno, a la fuerza ha de ser del cielo.

--Hoy, al postrarnos ante la cruz, nos compadecemos e impresionamos por esas otras estampas sufrientes que se dan en nuestro mundo. Nos comprometemos a mirarles de frente, y no darles la espalda, a esas otras cruces que se alzan en tantos montes calvario y con miles de hermanos nuestros. ¿Nos damos cuenta que, mirar a la cruz de Cristo, conlleva abrir nuestros ojos al Cristo sufriente que padece, sufre y muere en nuestro tiempo?

--Hoy, al acercarnos a los labios de Jesús, llegamos a escuchar un gemido, último y verdadero: “se ha cumplido”. Y, por cumplir como Dios manda, lo vemos así: derrotado ante los ojos del mundo pero aguardando la victoria definitiva de la Pascua, la Resurrección.

Miremos a la cruz. Adoremos a la cruz. Recemos a la cruz. Busquemos la cruz de Cristo en la realidad sufriente de nuestro alrededor. Amén

4.- CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

La inocencia que, siendo bueno,

aparece como culpable

el delincuente como honesto

y, el justo, odiosamente maltratado

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

La humillación sin límite

y, la voz del que ya no dice nada,

en nombre de aquellos que son silenciados

acallados y apartados en un mundo arrogante

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

Dios, una vez más, desciende y asciende

Desciende ante los ojos de mundo,

envuelto en llanto y sangre

Y asciende, en un madero,

como precio del rescate para todo hombre

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

Cesan los griteríos,

¿Dónde están sus amigos?

No se escuchan los cantos,

¿Dónde las palmas, músicas y los júbilos?

No hay milagros aparentes

¿Dónde la fe de los que fueron favorecidos?

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

Soportas nuestros sufrimientos

Aguantas nuestros dolores

Cuelgan de ti nuestros pecados

Depende de ti la mañana radiante de la Pascua

Cargas, en tu agrietada madera,

nuestra existencia, a veces, cómoda y vacía

CUÁNTAS COSAS NOS REVELAS, OH CRUZ

Dios se hace solidario con nosotros

Vive, lo que nosotros viviremos

pero, por la muerte de Jesús en ti, cruz

un día nos levantaremos en triunfo definitivo

Agradecemos tu amor, oh Dios

Bendecimos la Santa Cruz de Cristo

pues, bien sabemos que en ella

nos vino el fruto de la Redención.

Amén.


6.- SITIO PARA LA ESPERANZA EN ESTA TARDE TAN TRISTE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Desde los primeros tiempos de la Iglesia no se celebra Eucaristía hoy, Viernes Santo, ni mañana, Sábado Santo. Y las normas y costumbres litúrgicas son iguales que desde hace siglos. Ayer, Jueves Santo, el Altar quedó desnudo, sin mantel, sin candelabros, sin cruz y el Cuerpo de Cristo se reservó en el “monumento”, sagrario especialmente adornado para el culto de los fieles. Esa desnudez del altar nos ha conmovido, sin duda. Es ya una imagen de soledad que no podemos obviar. Sabemos que estamos solos y una tristeza enorme llena nuestra alma. No puede ser de otra forma. A las tres de la tarde murió Jesús y desde esa hora –salvo por cambios por razones pastorales—los fieles de todo el mundo no unimos para dar los pasos junto a la cruz.

2.- Hemos comenzado con la liturgia de la Palabra. El cuarto canto del Siervo de Yahvé que es la profecía que manera prodigiosa narra la Pasión de Jesús, su sufrimiento y sus efectos salvadores. Dicen que los antiguos judíos jamás repararon en estos cantos del Siervo de Yahvé y mucho menos le dieron aplicación mesiánica. Esperaban un triunfador. El Salmo 30 reproduce las palabras de Jesús al expirar. “Padre a tus manos encomiendo mi espíritu. Sin duda él rezaba este salmo en esos momentos, lo cual también puede enternecernos. La Carta a los Hebreos nos comunica la sublime obediencia de Cristo a la misión encargada por el Padre y de ahí nace nuestra salvación. Nadie como el autor de la Carta a los Hebreos ha penetrado tan profundamente en el papel de Cristo como víctima, altar y sacerdote.

Hemos escuchado la Pasión según San Juan. Como se sabe la otra jornada de la Semana Santa en la que se proclama completo el relato de la Pasión ha sido este pasado Domingo de Ramos. En su liturgia se lee, según el ciclo (A, B y C) los textos evangélicos de Mateo, Marcos o Lucas, de los llamados sinópticos. Y si hoy leemos a Juan es porque expone la exaltación hacia la gloria total del Señor Jesús. Escrito el Evangelio de Juan muchos años después que los sinópticos ya ha habido tiempo para conocer los dones maravillosos de la Pasión salvadora de Cristo. Y por eso la Iglesia nos la ofrece, para que en esta tarde tan triste haya sitio para la esperanza.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


VIERNES SANTO

(seguramente el 7 de abril del año 30)

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Segundo encuentro del Señor con el gobernador. Es un secreto a voces que se trata de un hombre perverso, tan cruel, como miedoso. Vive con el temor de que un desliz o una equivocación, puedan ser la causa de que le llamen a Roma y pierda así su cargo y su rango. No admite consejos de nadie. En este caso, en el proceso que le han incoado al Maestro, hasta ha intervenido privadamente, pero con contundencia su esposa, pero, aun viniendo de ella, no le ha hecho ningún caso.

2.- Vuelve a encontrarse con este reo que tanto le molesta. Roma lo tiene todo muy bien establecido, es un pueblo de estrictas normas, severas y precisas. Pero este Galileo le saca de quicio, no encaja en ninguna ley que le permita condenarlo y, si fuera el caso, de que lo perdonara y lo soltara en libertad, le causaría seguramente a él un daño personal impredecible, es lo que piensa. Esta vez, por fin, le acusan de algo a lo que puede atenerse. Le han dicho que no respeta la autoridad del Cesar, pues si es así, que lo azoten. Para los soldados romanos hacerlo es una rutina. Su estatus les ha privado de sensibilidad humanitaria. Azotan a un hombre, como hierran un caballo o afilan una espada. Ni se fijan en quien es, ni oyen sus lamentos. Lo hacen, hasta que el que manda dice basta. Pilatos concluida la tortura les ordena que lo muestren al pueblo. No es cosa a la que estén acostumbrados y peligra que les manche el uniforme, tomarán precauciones. El populacho no tiene suficiente. El gobernador, harto ya, da la orden de que sea crucificado. En el calabozo tienen a dos más y aprovecha esta sentencia para que también acaben con ellos. Han buscado, y por fin encontrado en un rincón de la fortaleza, los tres troncos, son de unos dos metros, pesan bastante. Les cargan a cada uno el suyo, les dicen con sorna que vayan preparándose, que les clavarán los brazos a ellos. Los otros dos lo hacen sin rechistar, ya lo esperaban y saben que la orden es inapelable, de manera que negarse lo único que les ocasionaría sería añadir una paliza. Si les toca morir que al menos no les torturen. Nadie los conoce y no sienten vergüenza de que los vea el populacho, solo temor, pánico a la cercana muerte. Ya esperaban que llegara este momento. Pero ahora más vale no pensar, lo que sea sonará. El caso de Jesús es diferente. Ha sido azotado y no saben si a consecuencia del suplicio, podrá llegar vivo al lugar asignado. Si se muriera por el camino, a ellos les castigarían. La ayuda del ciudadano de Cirene no es compasión. Son precauciones que ellos se toman.

3.- Llegan al lugar de ejecución, que ya conocen de sobras, todo el mundo un día u otro pasa por allí y ve a algún crucificado retorciéndose de dolor. Es la manera de que escarmienten, piensan los romanos. Pero hoy debían acabar pronto, esas enigmáticas celebraciones de la Pascua, les exigen ejecutar el trabajo rápidamente. Saben de sobras su cometido, no es la primera vez. Ya ni se preocupan de enterarse de quien se trata. La gente observa con curiosidad. Los gritos de los reos son objeto de mofa, bien lo saben y hasta a veces para satisfacer a la chusma, aumentan su labor con algún que otro detalle. Su única preocupación es que los reos se dejen crucificar, sin oponer demasiada resistencia. Hay que desnudarles y conviene hacerlo sin que se rasguen los vestidos, es de lo único que se aprovecharán, las normas se lo permiten. No dejan acercarse a nadie, crucificar es una tarea concienzuda y nadie les debe molestar. Yo veía al Señor retorcerse de dolor. Como soy joven, he podido colarme. Hubiera deseado que el Maestro me viera, pero temía herir su sensibilidad. Había sido generoso toda la vida, lo había dado todo a los demás, había curado y alimentado gratis a las multitudes. Ahora desnudo e inmovilizadas sus muñecas por aquellos clavos que las traspasaban, no podía hacer nada. Se oían los gritos de los otros y el gentío reía al escucharlos. Al Señor nadie oyó una queja. Me he dado cuenta de que cerca estaba su Madre y las otras mujeres que nos venido acompañando siempre. Han sido más valientes que nosotros. Él no podía todavía verlas, echado como lo tenían en el suelo. Han comprobado que el palo vertical estaba firmemente clavado en el suelo y que resistiría el peso, le han levantado hasta tener sus pies a la altura de sus ojos. No ha gritado. Tal vez ni tenía fuerzas. Rectifico, las tenía, pues ha dicho algo. Jesús ha mirado a las mujeres, ellas también, pero, avergonzadas al verle como estaba, han desviado la vista. Pero no, debían mirarle. Era mejor que se sintiese acompañado, a la vergüenza que pudiera sentir. Al fin y al cabo, eran miradas de ternura, de aquellas que alivian. Como pronunciaba palabras que la multitud no les permitía escuchar, me han hecho señas para que tratase de entenderlas. En otro lugar las tengo anotadas. Me ha costado saber con precisión qué decía, pero estoy seguro de lo que ha dicho. De lo que a mí me ha dicho me acuerdo muy bien y del encargo que a su Madre le ha dado también… Lloraba ella, pero ha querido permanecer de pie, para darle entereza. Las compañeras han estado todo el rato a su lado. El Señor era consciente del momento. Las frases que ha dicho las pronunciaba convencido. Ha muerto, no creía que llegara tan rápidamente su hora. Todo me daba vueltas, se me oscurecía la vista y flaqueaban mis piernas.

3.- Después ha venido vuestra intervención, mis respetados señores. Ya os lo he contado todo. He visto que ante vuestro fracaso, víctimas del destino que no os ha permitido defenderle ante el tribunal, como lo teníais previsto, habéis querido al menos darle digna sepultura. De esta labor no anoto nada, sabéis mejor que yo lo que habéis hecho. Con rapidez, que el día declinaba. No tengo fuerzas para continuar…

***** Hasta aquí el relato, mis queridos jóvenes lectores. Al oscurecer hoy, día dos de abril de 2010, os toca recluiros. Tal vez os ayude tener algún Crucifijo, o una simple cruz hecha con dos maderas. Si conseguís unos clavos grandes los podéis apretar en vuestros puños. Ya sabéis lo que pasó aquel día en el Calvario y lo que se consumó en el sepulcro cercano, a escasos 80 metros. Allí fue enterrado. Lo ocurrido tenía trascendencia para cada uno de nosotros. Murió cargado con nuestros pecados, sepulto consigo nuestras ofensas. Examinaos con severidad y escoged aquellos de vuestros pecados que deseáis que este año sean sepultados con Él, definitivamente. La muerte de Jesús exige nuestra total conversión, pero hemos de ser modestos y contentarnos con que alguna cosa, alguna decisión, algún propósito, cambie el rumbo de nuestras vidas. Tomad un papel y escribid vuestra conclusión. Como va a acompañar místicamente a Cristo, impregnadlo de perfume o, si podéis, que envuelva unos granos de incienso o un bastoncito de sándalo, que conseguiréis con facilidad. Prenderle fuego y mirad como sube el humo. El pecado escrito desaparece, el perfume primero sube hacia el cielo, luego se esparce y goza uno de su aroma. Muerto el Señor de la Vida, muerto el pecado, queda el gozo. El Santo entierro, María lo intuía, no acabaría en podredumbre del Cuerpo. Podéis ir a dormir esperanzados. Si queréis ser fieles a la tradición, practicad un riguroso ayuno.