Jueves Santo: Misa Vespertina de la Cena del Señor
1 de abril de 2010

La homilía de Betania


1.- PERDÓN EN EL JUEVES SANTO

Por José María Maruri, SJ

2.- SE BUSCAN “LAVADORES DE PIES”

Por Pedro Juan Díaz

3.- CRECER EN EL AMOR A LOS OTROS

Por José María Martín OSA

4.- SAN JUAN NOS MUESTRA EL LAVATORIO DE LOS PIES

Por Gabriel González del Estal

5.- BUSCANDO SERVIR MÁS QUE SER SERVIDO

Por Antonio García-Moreno

6.- ¡QUÉ HABLEN LOS GESTOS!

Por Javier Leoz

7.- SIGNIFICADO PROFUNDO, SORPRENDENTE, ROMPEDOR

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN

JUEVES SANTO

(seguramente seis de abril del año 30)

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL PERDÓN EN EL JUEVES SANTO

Por José María Maruri, SJ

1.- Me vais a permitir que la homilía de hoy sea un camino de reflexión para el perdón, para la reconciliación con Dios y los hermanos. Muchos os confesareis hoy; otros, mañana: otros, cuando sea… Pero ojalá estas palabras os puedan servir de algo

Primer Mandamiento: Amarás a Dios. Sin retóricas. Como a tu padre o como a tu amigo. No tengas una Fe que no se traduzca en amor. Porque tu Dios no es la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar.

Segundo Mandamiento: No usarás en vano las grandes palabras: Dios, Amor, Patria, Tocarás esas grandes realidades de año en año y con respeto, como la campana gorda de una Catedral. No las uses jamás contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniencia

Tercer Mandamiento: Piensa siempre que el domingo está muy bien pensado, porque tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir. Impón al éxodo de trabajo que te domina, pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la Naturaleza, con tu propia alma, con Dios. Hay flores que sólo crecen con el trabajo, y otras que solo viven en el ocio fecundo.

Cuarto Mandamiento: Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tus padres. Todos tus esfuerzos personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre, ni la honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre.

Quinto Mandamiento: Vive despierto para no hacer daño a nadie, ni hombre, ni animal, ni a cosa alguna. Sabes que se puede matar negando una sonrisa, y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie.

Sexto Mandamiento: Tu vida no es una película del Oeste, en que el cuerpo sería el malo y el alma sería el bueno. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita tanta limpieza como ella. No temas a la amistad y el amor. Pero no caigas en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo, cuando es transmitir alegría a los demás.

Séptimo Mandamiento: No robarás a nadie nada, ni su derecho a ser libre. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que roba todo aquel que no la reparte.

Octavo Mandamiento: De todas tus armas la más peligrosa es tu lengua. Rinde culto a la verdad sin olvidar que nunca la tendrás completa, y que en ningún caso debes imponerla a los demás.

Noveno Mandamiento: No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni su sueldo. No conviertas tu corazón en cementero de chatarra, de deseos estúpidos.

Décimo Mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos, ni tampoco los propios. Recuerda que sólo los que no desean nada lo poseen todo.


2.- SE BUSCAN “LAVADORES DE PIES”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Dentro de un momento repetiremos el gesto de Jesús de lavar los pies de sus discípulos. Fue una acción simbólica de Jesús, pero fue reflejo de aquello a lo que dedicó toda su vida: lavar pies “sucios”, corazones “sucios”, personas “sucias”. Jesús iba siempre con los “sucios”: pecadores, publicanos, enfermos, pobres, prostitutas…; y había muchas suciedades que lavar: hambre, violencia, exclusión, enfermedad, tristeza...

Cuando Jesús hace este gesto les dice a sus discípulos: se buscan “lavadores de pies”, ¿quién quiere serlo? Hoy de nuevo hace el mismo gesto delante de nosotros y nos vuelve a preguntar: necesito “lavadores de pies”, ¿tú quieres serlo?

2.- AL SERVICIO DE LA HUMANIDAD. - Los “lavadores de pies” que Jesús busca han de ponerse a los pies de la humanidad, a la altura de los más pequeños, de los más necesitados, a los pies del hermano que necesita ayuda. Caritas, en un día tan señalado como hoy, nos recuerda que Dios es amor, que un cristiano que no ama, no está a la altura de Jesucristo. El amor de Jesús por los más pobres nos hace tratar con veneración al prójimo, procurar los cuidados necesarios que toda persona merece, comprometernos con los más necesitados. “Lo que hagáis a uno de estos, a mi me lo hacéis”.

La Eucaristía está unida a la Caridad. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Y la Caridad va de la mano con el Servicio. Por eso San Juan sustituye el relato de la institución de la Eucaristía por el gesto del lavatorio de los pies. El “lavador de pies” alimenta su fe y su amor en la Eucaristía, y lo desgasta en el servicio a los demás. Se buscan “lavadores de pies” que no tengan miedo de mancharse las manos en el barro de la vida, ¿tú quieres ser uno de ellos?

3.- COMO PARTE DE UNA COMUNIDAD DE HERMANOS. - El Jueves Santo es el día de la unidad, de la comunidad. Jesús nos invita a vivir su amor en comunidad, fraternalmente, con las manos unidas a las de nuestros hermanos, a los que están a nuestro lado en este momento, uniendo las manos y el corazón y haciéndonos prójimos. Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

El “lavador de pies” que busca Jesús, promueve y procura la unidad. Jesús nos invita a afrontar solidariamente los retos de la vida, a ser Iglesia viva en el corazón del mundo, en comunión, haciendo parroquia, haciendo Iglesia, haciendo comunidad. Se buscan “lavadores de pies” que no vayan a la suya, sino que lo hagan con otros, que inviten a otros a unirse, que siempre sumen y no resten, que acojan a todas las personas sin mirar sus papeles, el color de su piel, su condición sexual, legal, civil o política. “Haced esto en memoria mía”. ¿Quieres ser un “lavador de pies” al estilo de Jesús?

4.- CELEBRANDO LA FE YLA VIDA. No hay nada más grande que vivir la fe con el corazón de par en par, agradecidos por descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas, su paso, su Pascua. El pueblo de Israel recordaba cada año el acontecimiento que les había marcado para siempre, la intervención de Dios a favor suyo liberándolos de la esclavitud de Egipto. “Decretaréis que sea fiesta para siempre”.

Nosotros recordamos su Pascua, pero celebramos la nuestra, la de Jesús, la resurrección. Y lo celebramos hoy y siempre, cada día, en cada Eucaristía, porque Dios sigue vivo y presente en medio de nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra familia, entre nuestros amigos y compañeros. Se buscan “lavadores de pies” que den gracias a Dios cada día por poder hacerlo, que tengan por guía la Palabra de Dios, que se sientan acompañados y acompañantes de otros cristianos que también leen la Palabra, que vivan a Dios en su vida de cada día y lo muestren a los demás con un testimonio valiente y agradecido. “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. ¿Estás dispuesto a responder con generosidad a la invitación de Jesús a ser “lavador de pies”?

Nada de esto ha de ser impuesto, sino como fruto del encuentro amoroso con Jesucristo. En ese momento nos convertimos en “lavadores de pies”, de manera natural, sin forcejeos, sino sólo y únicamente por amor. Por amor a los más pobres, a los más necesitados, a los “sucios”, a los favoritos de Dios, a aquellos con los que iba Jesús. En este momento del lavatorio, que vamos a hacer a continuación, se nos invita a sentir esa cercanía amorosa de Dios con cada uno de nosotros. Siente como te llama y te invita a remangarte las manos, a ser “lavador de pies”. Pero antes, déjate lavar por él. No seas reacio, si quieres ser de los suyos, déjate lavar. Dile como Pedro: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Ahora eres “lavador de pies”, lavador especialmente de los más pobres, por puro amor, como Dios hace contigo.


3.- CRECER EN EL AMOR A LOS OTROS

Por José María Martín OSA

1.- Compartir una comida es signo de fraternidad y de alegría. Cuando alguien celebra algo importante suele hacerlo con una comida. Algunas religiones imaginan la felicidad de la otra vida como una mesa llena de manjares a la que se sientan aquellos que han sido invitados. También los israelitas celebraban, como hemos escuchado en la lectura del Éxodo, la Cena Pascual, recuerdo y actualización de la liberación de Egipto. Pero la invitación de Jesucristo a participar en la mesa de la Nueva Alianza es hoy universal. No hay duda de que Dios no hace acepción de personas, para El todos somos iguales, a todos nos invita a participar en su fiesta.

2. - San Agustín llama a la Eucaristía: sacramento de amor, símbolo de unidad, vínculo de caridad. Ante la Eucaristía seguidor de Jesucristo, por medio de la fe, puede barruntar algo de la profundidad e intensidad del amor de Cristo, puesto que ese amor es responsable de la Encarnación, de la Cruz, de la Iglesia, de los Sacramentos... "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo…..". Para San Agustín la Eucaristía es signo de unidad:: "Nuestro Señor ha puesto su cuerpo y sangre en estas cosas -el pan y el vino- que, de múltiples que son en sí se reducen a una sola, porque el pan, de muchos granos, se hace una sola cosa; el vino se forma de muchos granos, que hacen un solo licor". Y realiza la unidad: "Puesto que uno es el pan, un solo cuerpo formamos todos los que participamos de ese único pan" nos dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico que formamos con él todos los bautizados. Si recibimos a Cristo en la Eucaristía, recibimos también a todos nuestros hermanos. Comulgamos con todos ellos: santos o no, amigos o enemigos. Vínculo de amor: sin la comunión no habría amor a los demás. Cada comunión debe hacernos crecer en el amor a los otros. El otro debe ser nuestra hostia diaria. La Eucaristía debe crear en nosotros la decisión consciente de ir hacia los otros y entregarnos a ellos.

3.- Amor fraterno. Por encima de las oraciones litúrgicas de acción de gracias, por encima de las plegarias privadas, la verdadera acción de gracias es la caridad. El sacerdote, lo recordamos hoy, es puente de caridad entre Dios y los hombres. ¿Por qué falla la Eucaristía? Porque no nos dejamos transformar. Creemos que al comulgar hacemos a Cristo cosa nuestra, cuando la verdad es otra. Al comer a Cristo somos comidos por Él. Y la Eucaristía falla cuando comulgamos, no cuando somos comulgados. "Como es fuente de vida el Padre que me envió y yo vivo por el Padre, del mismo modo, el que me come vivirá por mí". Cada Comunión debe hacernos crecer en el amor a los otros. El Otro es tu hostia diaria.


4.- SAN JUAN NOS MUESTRA EL LAVATORIO DE LOS PIES.

Por Gabriel González del Estal

1.- La Iglesia quiere que esta tarde, cuando celebremos la Cena del Señor, leamos lo que nos dice San Juan en el capítulo 13. No puede ser casual, sino profundamente significativo, que en el mismo momento y lugar en el que los tres evangelios sinópticos nos hablan de la institución de la eucaristía Juan nos hable del lavatorio de los pies. Que Juan conocía la enorme importancia que, para los discípulos de Jesús, tenía el pan eucarístico nos lo había dejado ya bien claro en el capítulo sexto de su evangelio, cuando nos relata el largo discurso de Jesús sobre el “pan de vida”. El que ahora, en este momento tan trascendente y emotivo en la vida del Maestro, Juan nos hable del lavatorio de los pies, en lugar de hablarnos de la institución de la eucaristía, tiene que tener, por tanto, un significado especialmente grande. Yo creo que la Iglesia y la comunidad cristiana han comprendido perfectamente la intención del evangelista Juan, cuando han querido que a este día lo llamemos día del amor fraterno. En la última reunión que Jesús tenía con sus discípulos, antes de irse al Padre, ha querido dejarles muy claro cuál ha sido su preocupación y su enseñanza, a lo largo de su vida: amar al prójimo y amarle activamente, sirviéndole, “tomando la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. El adjetivo “fraterno” forma aquí una unidad de sentido indivisible con el sustantivo “amor”. Se trata de un amor activo, sacrificado, oblativo, hasta dar su vida por la salvación de sus hermanos, los hombres. El amor que Jesús nos ha demostrado durante su vida y, de manera especial, en su pasión y muerte no fue, en ningún caso, un amor pasivo, ni preferentemente contemplativo. Este es el legado y el ejemplo principal que Jesús quiere dar ahora a sus discípulos. “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado”. Es decir, un amor que busca a la oveja perdida, al enfermo, al pecador, al marginado, al pobre y necesitado, un amor que se manifiesta siempre en obras de ayuda al prójimo. Sólo este amor es, con propiedad, un verdadero amor cristiano, fraterno. Yo creo que esto es algo de lo que quería decirnos San Juan, en su evangelio, cuando nos dice que “antes de la fiesta de la Pascua…estaban cenando y Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y… se pone a lavarles los pies a los discípulos”.

2.- Pedro le dijo: no me lavarás los pies jamás. El comportamiento de Pedro, en aquel momento y en aquellas circunstancias, fue un comportamiento normal y consecuente. En aquel tiempo y en aquellas circunstancias, eran los esclavos los que lavaban los pies a los señores, no al revés. Lo que fue novedoso y fuera de lo normal fue el comportamiento de Jesús. Y Cristo sabía muy bien lo que hacía y el momento en el que lo hacía. Los discípulos de Cristo, los cristianos, ya no podemos tener dudas sobre la doctrina y enseñanzas del Maestro. Nuestra principal vocación es servir amando y amar sirviendo a los demás. El amor que Cristo nos enseña y nos deja como testimonio, en esta tarde de Jueves Santo, es un amor de servicio, un amor fraterno. Jesús quiso que el amor fraterno fuera, desde entonces, la seña y distintivo por el que los demás nos conocerán a los que nos llamamos sus discípulos.


5.- BUSCANDO SERVIR MÁS QUE SER SERVIDO.

Por Antonio García-Moreno

1.- LA SANGRE DEL CORDERO.- En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, se dan las normas que regulan uno de los sacrificios más importantes del antiguo culto, el sacrificio pascual, el sacrificio que de modo singular prefiguraba el sacrificio de Cristo, presentado por el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La primera condición requerida es que el animal no tenga ningún defecto, pues no se podía ofrecer una víctima que tuviera alguna tara. Ello desdecía de la dignidad de Dios, al que hay de ofrecer lo mejor.

Se sacrificaba al atardecer, y con su sangre se tiñeron las jambas de las puertas, como un signo de salvación. En efecto, ante esa señal el ángel exterminador pasaba de largo, a diferencia de las casas de los egipcios en las que entraba para matar al primogénito, en aquella terrible plaga que, por fin, doblegaría la terquedad del cruel faraón. Con Cristo, nuestro Cordero pascual, somos también librados del poder destructor del pecado, del demonio, nuestro terrible e incansable enemigo.

2.- LA ENTREGA AMOROSA DE CRISTO.- Jesús conocía de antemano lo que iba a ocurrir. San Juan en su relato de la Pasión lo repite varias veces, pone así de relieve que el Señor se entrega a la muerte de modo consciente y libre, llevado sólo por la fuerza de su inmenso amor y no por la fuerza o violencia de sus verdugos. Es cierto que ese conocimiento le hizo sufrir antes de que llegase, tanto en el huerto, como al recordarlo cuando el día de su inmolación estaba cerca.

Pero ese temor que le estremece primero y luego le hace sudar sangre, no fue razón para echarse para atrás a la hora de la entrega. Al contrario, en cierto modo se adelanta a esa donación suprema de sí mismo. En definitiva eso es lo que hace al instituir la Eucaristía, darse por entero como alimento del alma y como compañero de camino, como viático en el recorrido de nuestra tortuosa vía. Y lo hace precisamente cuando lo iban a traicionar.

3.- EL CLARO EJEMPLO DEL MAESTRO.- Qué lógica fue la reacción de San Pedro al ver a Jesús a sus pies. Lo que el Maestro intentaba era el oficio propio del último de los esclavos. Incluso la Mishná prohibía que se obligase a un israelita a desempeñar ese menester en contra de su voluntad. Pero ese gesto de Cristo es inaudito y desmesurado, y al mismo tiempo altamente pedagógico. De otra parte, el Señor no admite la resistencia del discípulo que, llevado por su estima al Maestro, quiere evitar semejante humillación.

Pero el Señor no cede en lo más mínimo. Reacciona de forma parecida a como lo hizo cuando también San Pedro quiso disuadirle de entregarse en manos de sus enemigos. Satanás le llamó entonces. Ahora le asegura que si se somete al rito del lavatorio de los pies, ya puede marcharse pues no podrá tener parte con él. El pobre Pedro se somete sumiso, comprende la decidida actitud del Maestro, aunque aún no entienda ese modo de actuar, buscando servir más que ser servido.


6.- ¡QUÉ HABLEN LOS GESTOS!

Por Javier Leoz

1.- El Señor se dobla, y al hacerlo, nos recuerda que los cristianos hemos de aprender a no cansarnos por acercarnos a los que sufren o a los más necesitados. Hoy, en Jueves Santo, habla el amor y la fraternidad. Si el Señor ha hecho algunas cosas llamativas en estas horas (las va a realizar ahora con el lavatorio de los pies) es para sugerirnos el camino para ser como El: no quedarnos en simples gestos y, hacer de nuestra vida cristiana, una ofrenda.

En Jueves Santo, con un gesto asombroso y desconcertante, el Señor lo dice todo: “en esto conocerán que sois mis discípulos”. Pero, por qué no reconocerlo, nos cuesta torcer el espinazo, perder de nuestros derechos, dejar a un lado nuestra comodidad, servir sin más ni más. El Señor, expresa su más íntima convicción: hay que desgastarse y con generosidad. El mandamiento del amor se escucha y se visualiza por los cuatro costados de esta celebración.

Si el Señor lo hizo, lo tendremos que imitar también nosotros. En el amor estará nuestro escudo y nuestra defensa. Quedarán para siempre en la memoria del Señor cinceladas aquellas escenas en las que, nuestras manos ayudaron; en las que nuestros brazos levantaron; en las que nuestros pies señalaron el camino a los demás.

Si el Señor lavó los pies, también nosotros tendremos que limpiar: los ojos de aquellos que están tristes o amargados de la vida. Los pies de tantos hermanos nuestros que ya no desean caminar y que han preferido quedarse en el estiércol de lo exclusivamente aparente. ¡Qué gran testimonio! ¡Dios, una vez más, a los pies de los hombres! ¡Pobre en Belén y….nuevamente como siervo a nuestros pies! ¿Y todavía no entendemos lo mucho que Dios nos quiere? Abramos los ojos. El Señor se arrodilla ¿Seremos capaces de no enternecernos ante su cuerpo en tierra?

2. En este Año Sacerdotal, el Jueves Santo, adquiere también unos tintes muy especiales. NO podemos menos que, dar gracias al Señor por los sacerdotes. En este día nace el sacerdocio del Nuevo Testamento. Es el día del sacerdocio que germina y se lanza en la mesa de Jueves Santo. El sacerdocio que se identifica plenamente con el de Cristo. El sacerdocio que, como Cristo, quiere ofrecer y ofrecerse por la vida de los creyentes. Y, por ser el Año Sacerdotal, no solamente damos las gracias a Dios por todos aquellos que presidimos en el nombre del Señor las comunidades cristianas sino que, además, pedimos perdón por nuestros errores. Por nuestra falta de caridad o por todo aquello que empaña u oscurece lo que debiera de ser un testimonio permanente y transparente de la presencia de Cristo: la santidad. Perdón, por todo ello, Señor. Pedir, al Señor, por nosotros y por aquellas veces en las que no estamos a la altura del Ministerio al que hemos sido llamados.

3.- Y, en Jueves Santo, el Señor desplegó un inmenso altar. Un mandamiento nos dejó al calor de la última cena: “amaos” y, un deseo nos pidió: “haced esto en memoria mía”. El celebrar esta eucaristía, cuando entramos en total comunión con Cristo, nos sentimos insignificantes. ¡Es tan grande el Misterio de Jueves Santo! ¡Es tanto lo que encierra esta celebración!

En Jueves Santo, el Señor, nos dejó la clave para estar permanentemente con El: el amor y la eucaristía. Por el amor intuirán los que nos rodean que somos de los suyos y, con la eucaristía, al entrar en comunión con El, nos da la fuerza y el impulso necesario para no cejar en ese empeño de entrega, generosidad y ofrecimiento de nuestra vida. ¿Somos conscientes del valor infinito de la Eucaristía?

“Haced esto en memoria mía” Y, cada día más, existen hombres y mujeres que han ido olvidando y dejando por el camino este sacramento de salvación y de eternidad, de vida y de Palabra y de verdad, de muerte y de resurrección: la Eucaristía. ¿Mantenemos vivo en nuestras familias, en nuestros amigos, en nuestras parroquias este deseo de Jesús…”HACED ESTO EN MEMORIA MIA”? No seamos desagradecidos.

4.- TE QUEDAS, SEÑOR

En el pan, para calmar nuestra hambre espiritual

Y, cuando te vemos partir y repartir así la hogaza,

vemos que nos amas hasta el extremo

que tu Cuerpo, se desangra y se derrama en sangre,

para que, nosotros tus amigos,

tengamos asegurado alimento en nuestro caminar.

TE QUEDAS, SEÑOR

Y, al quedarte entre nosotros,

lo haces como el que siempre sirve y se da

Como el que, arrodillándose o inclinándose

nos indica que el camino de la humildad

es el secreto para llegarnos hasta Dios

y para mitigar penas y sufrimientos.

TE QUEDAS, SEÑOR

Con un amor tremendamente asombroso

nos enseñas el valor de la fraternidad

la clave para vivir contigo y por Ti

La llave para, abriendo la puerta de tu casa

contemplar que, el interior de tu morada,

está adornado con el color del amor

y con la entrega de tu Sacerdocio

o con el sacrificio de tu vida donada

TE QUEDAS, SEÑOR

Para que, sin verte,

te adoremos en tu Cuerpo en tu Sangre

Para que, al llevar el pan hasta tu altar,

nos acordemos que es signo de tu presencia

Para que, al repartirlo entre los necesitados,

comprendamos que es sacramento de tu presencia

TE QUEDAS, SEÑOR

Y nos dejas un mandamiento: ¡Amaos!

Y nos sugieres un camino: ¡El servicio!

Y te quedas para siempre: ¡La Eucaristía!

Y eres, sacerdote que ofrece

Y eres, sacerdote que se ofrece

por toda la humanidad

Gracias, Señor


7.- SIGNIFICADO PROFUNDO, SORPRENDENTE, ROMPEDOR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Todas las actuaciones de Jesús de Nazaret tenían un significado profundo, sorprendente, rompedor para las personas de la comunidad judía de aquellos tiempos. Está claro que muchas de las cosas que nos narran los evangelios adquieren para nosotros una dimensión profunda, grande y que nos deja huella, pero, tal vez, no apreciamos esas fórmulas radicales que afectaban, sorprendían y, por supuesto, irritaban a muchos judíos de entonces. En fin… es sabido pero es bueno reseñarlo. Entre el pueblo judío solo los esclavos lavaban los pies al resto de los mortales. Si no había esclavos en una casa, cada uno limpiaba el polvo del camino de sus pies por si mismos. Cuando Jesús, anudándose una toalla a la cintura, decide lavar los pies a sus discípulos sabe lo que hace: se convierte en esclavo de sus discípulos, de sus “alumnos”. Por eso Pedro se escandaliza. Comprende perfectamente el gesto y con su habitual sinceridad se opone a que Jesús, su Maestro, le lave a él los pies. Y este episodio de una gran belleza plástica nos lo narra el Evangelista San Juan. Su evangelio se escribió mucho después de los otros tres Sinópticos y por eso Juan pudo meditar más ese significado de servicio de Jesús a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

2.- El lavatorio se produce durante la cena de Pascua y fue durante su celebración cuando Jesús realizó otra prueba de amor, perfectamente correspondiente –y aún superior, si se quiere—con el regalo sublime de dejarnos su presencia total en el Pan y en el Vino consagrado. Fue la primera Eucaristía de la historia y el relato preciso de la misma la hemos escuchado en la Primera Carta a los Corintios, uno de los textos más antiguos de los evangelios. Y, obviamente, el texto nos resulta conocido porque las palabras de Jesús, que transcribe San Pablo, son la fórmula litúrgica utilizada para la Consagración, para la conversión del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La primera lectura, procedente del Libro de Éxodo narra las instrucciones dadas por Dios a Moisés para la celebración de la Pascua y es correspondiente, entonces, con la Cena que celebró Jesús y cuyo ritual utilizó.

3.- Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la muerte y la Resurrección de Jesús. Esta celebración nos prepara para esas horas y nos deja con la tristeza de lo que ocurrirá un poco después de la cena. Getsemaní aparece en el horizonte y también la detención, la tortura y la falsa condena a muerte de un hombre justo. No hemos de perder la oportunidad de entrar fuerte, con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, en lo que se abre para nosotros a partir de esta hora. El sacrificio de Jesús nos ha hecho libres, pero hemos de tener conciencia y consciencia de lo que significa. No perdamos, hoy esa oportunidad. No es difícil es tan sólo un lenguaje de amor, de supremo amor.

Y hemos de ser coherentes con ese amor. No sólo vivir esta celebración como un culto más, como un rito al uso. Jesús de Nazaret nos ha dado una lección de amor supremo. Se ha hecho esclavo de nosotros al lavarnos los pies. Y si esa radicalidad sorprendía al pueblo judío de hace más de dos mil años, el amor por los hermanos, y a toda costa y con un muy alto precio, también marca una diferencia radical con nuestro tiempo, en el que cada uno va a lo suyo, y a lo sumo se practica una solidaridad pública, por ser lo habitual y políticamente correcto. No se trata de decir que nadie ama. No es así hay muchos ejemplos del amor de Cristo a nuestro alrededor: aquellos que cuidan enfermos hasta enfermar ellos mismos, esas madres –y padres—que en estos tiempos de crisis comen menos de lo necesario, para que sus hijos no noten que hay menos alimentos por culpa de la crisis, esas personas que dan –como la viuda del templo de Jerusalén—todo lo que tienen para las víctimas de Haití y Chile… Pero también –tal vez nosotros mismos—que ejercita su egoísmo en todo momento, que hace un uso farisaico de ese principio un tanto dudoso de que “la caridad comienza por uno mismo”. Lo he dicho antes. Hoy el Día del Gran Amor. Entremos en ello. No lo dejemos a un lado. Nadie es cristiano de verdad si no ama. Y hoy en ese día especial que el desamor se presenta como el gran mal de la humanidad. ¡Remediémoslo!


LA HOMILIA MÁS JOVEN


JUEVES SANTO

(seguramente seis de abril del año 30)

Por Pedrojosé Ynaraja

Del documento antiguo.

1.- Nos reunimos en la casa de una familia amiga. Nos cedieron la habitación superior, aquella que todo judío que se precie, guarda y ofrece al amigo que viene de fuera. El cuarto de huéspedes, dicho de otra manera. El Maestro decía y repetía que íbamos a celebrar la Pascua, pero nosotros no entendíamos nada de nada. Desde los inicios de nuestra estirpe, el cordero era imprescindible en la celebración de esta fiesta y nosotros no habíamos traído ninguno. A Él esto le era indiferente. Alguna ocurrencia gorda bailaba en su interior. No íbamos a pasar hambre, pues algunos compañeros habían traído por lo menos pan y vino. El amo de la casa nos subió gozoso algunos manjares. Llegó un momento que se hizo entre nosotros un tenso silencio. No temíamos, pero estábamos convencidos de que alguna cosa importante iba a suceder. El Maestro no quería desvelarnos el misterio todavía. Lo traído estaba en la mesa.

2.- Primera sorpresa, el Señor toma una jofaina y un trozo de tela y se acerca al que está su lado, le pide que se descalce y el otro sorprendido, accede sin rechistar, y el siguiente y el de más allá hacen lo mismo. A cada uno les lava los pies. Quedan pocos, uno de ellos es Pedro, se niega. No puede soportar ver al Maestro oficiando servicio de esclavo o del más ínfimo criado de una estancia rica. Jesús no se enoja por su gesto, pero severamente le advierte que no consentir le alejará de Él, entonces, aunque nada, ni él ni nosotros, se haya entendido, permite que le lave y se presta a ser aseado todo el cuerpo, si conviene. El Señor le advierte que no es necesario, que con aquel simbólico hacer, es suficiente. Respiramos satisfechos y acaba con los que faltaban.

Estábamos sentados, reclinados más bien en cojines, cuando Él nos mira a todos fijamente y nos dice emocionado: os preguntabais qué hacíamos reunidos en este día sin un cordero degollado y asado. Ahora os voy a descubrir un secreto que hace tiempo os tenía reservado. No hace falta ni cordero, ni cabrito, porque la víctima pascual es este pan que tengo en mis manos, que, aunque os extrañe, es mi mismo cuerpo, tomad, pues, y comedlo. En vuestras entrañas será alimento espiritual. Y la sangre que rocía los dinteles, tampoco es necesaria. Este vino es mi sangre, pronto sabréis que la voy a derramar para que sea salvación. Bebedla sin escrúpulos y aunque no lo entendáis. Es suficiente que confiéis en mí. Llegará el día que en mi nombre continuaréis haciéndolo.

¿Quién se iba a atrever a llevarle la contraria? Lo hicimos y en nuestras miradas se notaba que algo trasformaba nuestro interior, pero nadie se atrevió a decirle nada.

3.- El Maestro emocionado se puso a hablar. Hora se dirigía a su Padre, hora a nosotros. En otro documento he recogido el contenido. A decir verdad entendíamos muy poco el significado de su discurso pero a todos nos contagió su emoción y estábamos convencidos de que algo muy importante había cambiado. Él decía que era la Nueva Pascua. Si lo decía Él, debía ser verdad, Él siempre tiene razón.

Cantamos los himnos que tocaban y nos fuimos a un lugar que todos conocíamos. Allí, en Getsemaní, todo cambió, nunca había visto al Maestro de aquella manera. Os lo debo explicar en otro momento, ahora anoto que sufrió lo indecible, que, estúpidos de nosotros, nos dormíamos, que llegó un pelotón de uniformados y lacayos, y se lo llevaron.

Jesús había perdido la libertad. Aunque de poco le sirviera, también perdió nuestra compañía. Lo encerraron en una prisión. Era un simple y grande hueco en la montaña, bajo el palacio de los jefes, cerrada la embocadura por una verja. Estaba solo, a oscuras, solo, vuelvo a repetirlo. Había añorado la compañía de su Padre, y ahora parecía que lo tenía abandonado. Nosotros esto no lo entendíamos, pero a Él, la unión con su Padre le era indispensable y ahora no lo sentía a su lado.

4.- Anás y Caifás se confabulaban en sus ricas estancias. Quisieron que los soldados los dejaran solos a ellos dos. Hablaban y hablaban. Abajo en la mazmorra temblaba y sollozaba Él. Ni ellos ni el Señor tenían sueño, frío sí que Él tenía mucho, y tiritaba, pero al final, todos dormitaron. No se que soñarían los de arriba, ni tampoco Jesús. Pero se dice que el hambriento en sus delirios, sueña comida, Él, con seguridad, soñaría libertad y ser amado, nunca como entonces había sentido la necesidad de dejarse querer y a nadie tenía junto a sí que le abrazara.

Convocaron al Sanedrín y allí le condujeron. Nunca uno se siente tan solo, como cuando esta rodeado de una multitud de enemigos. Discutir y discutir, ese era su macabro juego. Decidieron implicar a otras autoridades. Fue conducido ante el sanguinario gobernador romano, este al reyezuelo Herodes, quien para mayor escarnio le vistió de loco…

Sólo, hambriento, todo su cuerpo dolorido por la tortura. El sueño no le venía, hubiera sido una especie de anestesia pasajera, pero su ausencia sensibilizaba su piel. En un determinado momento del proceso al que le tenían sometido, nos miró. Fue angustia lo que inundaba sus ojos o reproche, no lo sé. No soy capaz de continuar… Proseguiré otro rato…

5.- ***** Mis queridos jóvenes lectores, esta noche del paso del seis al siete de abril (en realidad es del uno al dos abril del 2010), no es digno que la pasemos frívolamente. Sería profanarla si nos dedicásemos a divertirnos. Os propongo que salgáis, si podéis, al aire libre. Pero también os puede servir un rincón silencioso de una iglesia o cerrar los ojos en cualquier sitio, estirados en el suelo o acurrucados, os propongo que vayáis tratando de contemplar, meditando intensamente. Que sintáis un poco de frío, que os quedéis solos, os ayudará. La oración nos libra del espacio y del tiempo, en que nuestra vida transcurre aprisionada. No es preciso que gocemos de éxtasis, tampoco podemos pretenderlo, es suficiente la imaginación y un sincero deseo de conseguir una unión espiritual. Quedamente, dile al Señor: quisiera estar junto a ti. Se que todo esto, por mí lo soportaste, te prometo que lo que te ocurre, no me deja indiferente y que quiero cambiar… Ya que no puedo llevarte ni un vaso de agua, ni siquiera un bocadillo, de ahora en adelante viéndote a ti en los necesitados, satisfaré el hambre y la sed de quienes me encuentre. No dejaré perder ni una sola de agua del grifo, pensando que tú en la mazmorra tanto ansiabas poder mojar tus labios y nadie se acordaba de tu sed, recordaré que dijiste que tu estás presente en mis contemporáneos pobres, así pues, no tiraré nunca comida, recordando que nadie te llevó alimento a la cárcel, pero, pensando en que si alguien recibe hoy mi ayuda, como estás, según nos dijiste, entre los pobres, te sentirás un poco de aliviado por mi gesto.