El padre don Jesús Martí Ballester, nuestro autor –y decano de los colaboradores de Betania—habitual de la sección de Reportaje, ha escrito este texto especialmente para nuestro número especial de la Semana Santa 2010. Son un conjunto de reflexiones muy válidas para la oración personal y comunitaria de estos días. Asimismo, algunos de los argumentos aquí vertidos sería útiles para la elaboración de los comentarios homiléticos referidos a tan especiales y santos días.


TEXTOs: JESÚS MARTÍ BALLESTER


Domingo de Ramos

¡EL REY DE ISRAEL HOSSANA!

"¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!" (Lucas 19,28). Hoy es el domingo de los olivos, de los ramos de olivo, del monte de los olivos. El Olivo es Cristo, el Único que conoce el horror de la pasión, aplastado como una oliva en el molino de la cruz, y también la gloria de la resurrección. El pueblo y los niños le aclaman: "¡Hosanna!". El mismo pueblo, algunas horas después, gritará: "¡Crucifícalo!" (Lucas 23,21). . Vamos a vivir las últimas horas de Jesús sobre la tierra, desde la institución de la Eucaristía hasta la Pascua. Hoy leemos al profeta Isaías: El Siervo sufriente de Yahvé presta obediencia a la Palabra de Dios, que le despierta cada mañana para que se ponga a la escucha. El escucha y la obedece aceptando todos los sufrimientos que comporte su fiel cumplimiento: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos” (Isaías 50,4).

SOMETERSE A LA MUERTE

El Apóstol subraya el premio de los sufrimientos del fiel Siervo de Yahvé. Presenta en dos estrofas rítmicas la doble trayectoria de Cristo humillado y exaltado. Línea descendente: "A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse a la muerte de cruz" (Filipenses 2,6). Contra la actitud de Adán que quiso ser "como Dios" desobedeciendo, Jesús no alardea de ser Hijo de Dios, y se somete a la voluntad del Padre, obedeciendo su designio hasta morir en cruz. Cuando esté clavado en la cruz le tentarán que demuestre que es Dios bajando de la cruz, pero no sucumbe y continúa siendo un hombre cualquiera. Era la mejor y la mayor prueba de que era Dios. Que era el AMOR. Línea descendente. Sólo el amor se hace debilidad. Sólo el AMOR, en su infinidad de amor, es capaz de amar hasta sumergirse en el vientre de la ballena de la muerte para que todos a los que ama, no sufran la muerte eterna. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos" (Jn 15,13). Y ese es Dios. Porque sólo El es el AMOR TOTAL, y los demás amores son parciales, es decir no son DIOS. Línea ascendente: "Por eso el Padre le exaltó concediéndole el Nombre-sobre-todo-nombre de Kyrios o Señor, cuyo señorío se extiende sobre la humanidad y sobre la entera creación, para gloria de Dios Padre".

HE DESEADO ENORMEMENTE COMER ESTA PASCUA CON VOSOTROS"

El amor le urge a entregarse por nosotros: "He deseado enormemente comer esta pascua con vosotros". Iluminada por estas palabras, la pasión ya no es una fatalidad que como un tornado se abate sobre un Jesús abandonado e indefenso, sino que se convierte en un momento del camino de ascenso al Padre, en un cairos. Crucificado por los hombres, Jesús muere porque quiere y así se nos puede entregar todo El en su cuerpo y su sangre, como alimento de vida eterna. Los cuatro evangelistas relatan la misma historia de la pasión, pero con distintos matices según los lectores a quienes se dirigen. Lucas muestra la responsabilidad del Sanedrín y de Pilato en el drama de la pasión, pero recalca que el principal agente invisible es Satanás. Cuando nos relató las tentaciones del desierto, terminó diciendo: “El diablo se marchó hasta otra ocasión” (Lc 4,13). El momento, la otra ocasión, ha llegado: "Satán se apodera del corazón de Judas para que traicione a Jesús y lo entregue a los sacerdotes" (Lc 22,3), y "zarandea a Pedro y a sus compañeros como se criba el trigo" para que lo dejen (22,31). Y de la misma manera que se deslizó entre los árboles del Edén, se desliza ahora entre los olivos de Getsemaní para tentar al segundo Adán. Lucas emplea la palabra “agonía” para describir la intensidad de la lucha en el huerto.

ORAD, PARA NO CAER EN LA TENTACIÓN”

Jesús vence a Satanás con la oración. Al entrar Jesús en el huerto de Getsemaní exhorta a sus apóstoles y a todos nosotros: “Orad, para no caer en la tentación” (Lc 22,40). Después se alejó como a un tiro de piedra. “Y arrodillado oraba. Sumido en agonía, oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo” (Ib 22,41) El médico Lucas, diagnostica la hemathidrosis, ya conocida por Aristóteles. En medio de todo, Cristo es el Maestro-Siervo-Hijo, que pide a su Padre el consuelo: "Abba, Padre, si es posible, pase de mí este cáliz" (Lucas 22,42. 5). Jesús ha penetrado en la soledad de la tentación, donde desaparecen todas las palabras y no queda más que una infinita sensación de ahogo y de fracaso: "Me muero de tristeza" (Mt 26,38). Ahora, cumpliendo él la voluntad del Padre, nos invita a seguir su camino. Jesús vence a Satanás con su paciencia y bondad. En el relato de Lucas, Jesús no aparece tan dramáticamente aislado como en el de Marcos, sino entregado a los que le rodean como durante toda su vida. Dice al traidor: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22,48). Cura al criado del sumo sacerdote que Pedro había herido con la espada (Ib 22,51). Pedro, que dice que está dispuesto a morir por él (Lucas 22,33) lo niega (Lucas ,57). Y Jesús mira con amor amargo a Pedro que le acaba de negar, y Pedro, “saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22.62). ¡Ah, si nosotros miráramos así a nuestros hermanos pecadores, que somos todos!

CUANDO TE CONVIERTAS, CONFIRMA A TUS HERMANOS

Le había dicho a Pedro: "Cuando te conviertas, confirma a tus hermanos" (Lucas 22,32). Cuando te conviertas de tus errores, dudas, huidas, existencia gris y mediocre, adocenamiento y egoísmo, al amor verdadero, confirma a tus hermanos. Ayúdales a ser sólidos, confiados en el amor eterno del Padre, amantes de la vida, acogiendo con humor los roces y fricciones diarias, serenas en los vaivenes del mundo cambiante; dales la mano para vivir juntos la vida eterna de amor, que brotará del sepulcro en la mañana de Pascua. Lleva a tus hermanos al convencimiento de que la comunidad que vas a presidir, vivificada por el Espíritu Santo, no va a ser una empresa en la que vosotros vais a ser los representantes en los lugares de distribución, o un pase de modelos vistosos y espectaculares, sino una comunidad de amor y de servicio y de entrega, que ha de caminar siempre influenciada por los dones del Espíritu Santo. Comunidad de oración y de amor, y no de funcionarios a tiempo reducido.

PADRE PERDONALOS

Camino del Gólgota a las mujeres que le compadecen y lloran, y les dice: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino por vosotras y por vuestros hijos" (Lc 23,28). Jesús, dejando de pensar en sí mismo, consuela a las mujeres que lloran, y las invita a la conversión, a llorar los pecados propios, y los de los hijos, y los del pueblo, y los de los extraños. Y en la cruz, se dirige al Abba cariñoso y Amado. El que está en la cruz, el que ha fracasado, aparentemente, pide perdón para todos y disculpa a los responsables de su muerte: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen" (Lc 23,34). Vuelve la cabeza ensangrentada y sus ojos llenos de lágrimas y obnubilados miran al ladrón arrepentido y le regala el Reino: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43). El que durante toda su vida ofreció la salvación a todos, acosado ya por la muerte, la ofrece y la otorga al ladrón. Jesús no se va solo al paraíso del Padre. Con él van los que le aceptan, los perdidos y los pobres, los bandidos y los pecadores. Los que no han encontrado salvación en la tierra, y le piden: "Acuérdate de mí". "Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha, y lo libra de sus angustias" (Sal 117,5). Clavado en la cruz, mira silenciosamente a su pueblo que lo presenciaba (Lc 23,35), y aquellos fieles bajan del Calvario golpeándose el pecho (Lc 23,48). Con todo esto, Lucas nos sigue diciendo: Acerquémonos al trono de misericordia, miremos al Crucificado, y golpeémonos el pecho también nosotros, pues todos le hemos crucificado, y todos podemos recibir de él el perdón y la salvación.

"PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU".

Cuando Jesús muere, SE HACE UN GRAN SILENCIO que inunda el universo, porque se apaga LA PALABRA que nos decía la grandeza del mundo y del hombre y del AMOR. Pero en ese silencio y en esa muerte, se desvela el sentido de la vida: el mundo se oscurece, el sol se apaga, el velo del templo que separaba los pueblos, se rasga. Es verdad. Pero sobre la ruina de aquel mundo, se implanta el cimiento de la vida nueva: Jesús que sube al Padre. La muerte que hasta ahora era una derrota, se ha convertido en el verdadero camino de la plenitud definitiva y total. La cara profunda y oculta de lo que hemos visto en el monte Calvario, es la Resurrección y la Ascensión. Es el nacimiento de un mundo nuevo. El misterio lo vamos a representar ahora en la celebración del memorial vivo de la Eucaristía.

TODO ACABARÁ BIEN

En la procesión de las palmas y los Ramos aclamamos la Resurrección por anticipado. Todo lo que va a ocurrir en la celebración litúrgica de la Semana Santa, está lleno de esperanza, porque la muerte va a ser vencida. Cuenta Antonio Burgos en su delicioso libro SEVILLA EN CIEN CUADROS, que escuchó la mejor explicación de la Resurrección a un evangelista anónimo, cuando respondió a un forastero extrañado: "El sevillano ha visto muchas veces esta película de la Pasión desde que era chico. Y sabe que acaba bien, que acaba con la Redención y con la Resurrección... Nuestra Resurrección son las palmas del Domingo de Ramos, porque nos sabemos el final de la película..."

San Pablo nos dice cuáles han de ser los sentimientos con los que hemos de entrar en la Semana Santa: “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Filp 2,5), sentimientos de filial obediencia a los designios salvíficos que Dios tiene sobre cada uno de nosotros, aunque impliquen abrazarnos con la humillación y con el sacrificio. Si Jesús se entregó por los demás hasta morir por ellos, lo mismo debemos hacer sus seguidores: “El dio su vida por nosotros, y nosotros hemos de darla por nuestros hermanos” (l Jn 3,16). Al celebrar la Eucaristía en torno al altar hagamos nuestros los sentimientos del Señor, dándonos generosamente a los demás en forma de servicio por amor.


 

Jueves Santo

CON AMOR INMENSO TE AME: EN EL CENÁCULO

 

Así como este trozo de pan

estaba disperso por los montes

y reunido se ha hecho uno,

así también reúne a tu Iglesia

desde los confines de la tierra en tu reino.

Aquí, como una rosa de fuego,

reventó el amor de Dios.

Aquí se humilló, lloró,

nos dio su Cuerpo y su Sangre,

regalo vivo estupendo

en el atardecer silencioso,

hondo, profundo, oceánico

angustioso.

 

Don sagrado de la Vida,

Sacerdocio en plenilunio,

abismal reconciliación,

plegaria transfigurada,

Espíritu llameante y elocuente.

Hombres rudos elegidos

-Cristo viviente en ellos-

Avanzadilla de Dios

-rosicler auroral con sus poderes

Prolongadores de su obra

sangrienta de zumo vivo

viviente de pan volcánico.

Andad todos los caminos.

¡Sembrad con urgencia el pan!

Escanciad el mejor Vino!

 

HABIA LLEGADO SU HORA

"Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" Juan 13,1. El amor inmenso de Dios a sus discípulos y en ellos a todos los hombres, encerrado en el Corazón de Cristo, como un embalse gigantesco, parece que se va a desbordar en la expresión del evangelista: "los amó hasta el extremo". La manifestación de ese amor extremado va a ser la Eucaristía. San Juan de Ribera lo formuló en su mote episcopal: "Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam". "Después de esto, ¿qué más puedo hacer por ti, hijo mío?" (Gn 27,37).

DE PRISA

La característica más típica de la pascua hebrea era que había de celebrarse "de prisa". Su celebración es anterior a la vida del pueblo de Israel en Egipto. Era una fiesta de pastores, que se celebraba en la primavera. En el plenilunio, sin sacerdote y en familia, se sacrificaba un cordero con carácter propiciatorio, y con su sangre ungían los palos de la tienda. Asaban el cordero y lo comían con pan ázimo y con hierbas amargas. Con la liberación de Egipto, la Pascua ya conocida y celebrada, recibe un significado nuevo y salvífico: Desde entonces, la "Pascua", pasah, es el paso del ángel exterminador de los primogénitos egipcios, pasando de largo ante los casas de los hebreos, ungidas con la sangre del cordero. Israel salió de prisa de Egipto. Cesaba la esclavitud y comenzaba el Éxodo. Ya no se celebraría la pascua hasta que el pueblo haya entrado en la tierra prometida pasado el Jordán, al llegar a Jericó. A partir de entonces, la celebrarán según las prescripciones del Éxodo: con el vestido de viaje, ceñida la cintura, con un bastón en la mano y "de prisa", como peregrinos: "Hora es ya de caminar", dijo Santa Teresa preparándose para la muerte, para el paso. (Éxodo 12,1). Paso del Señor, ahora en el recuerdo, como salvación actualizada. En la historia y en mi historia. Será éste el primer mes del año, el mes de Nisán, coincidiendo con la luna llena, según el calendario babilónico. Será celebrada en familia, por tanto en el amor. La comida pascual era una preparación y un anticipo del largo camino que se debía comenzar.

SACRIFICIO DE ALABANZA

"Dentro de poco participaremos ya en la Pascua de una manera más perfecta y más pura, cuando el Verbo beba con nosotros el vino nuevo en el reino de su Padre, cuando nos revele y nos descubra plenamente lo que ahora nos enseña sólo en parte. Qué cosa sea aquella bebida y aquella comprensión plena, corresponde a nosotros aprenderlo, y a él enseñárnoslo e impartir esta doctrina a sus discípulos. Pues la doctrina de aquel que alimenta es también alimento. Nosotros hemos de tomar parte en esta fiesta ritual de la Pascua en un sentido evangélico, y no literal; de manera perfecta, no imperfecta; no de forma temporal, sino eterna. Tomemos como nuestra capital, no la Jerusalén terrena, sino la ciudad celeste; no aquella que ahora pisan los ejércitos, sino la que resuena con las alabanzas de los ángeles. Sacrifiquemos no jóvenes terneros ni corderos con cuernos y uñas, más muertos que vivos y desprovistos de inteligencia, sino más bien ofrezcamos a Dios un sacrificio de alabanza sobre el altar del cielo, unidos a los coros celestiales. Atravesemos la primera cortina, avancemos hasta la segunda y dirijamos nuestras miradas al Santísimo. Yo diría aún más: inmolémonos nosotros mismos a Dios, ofrezcámosle todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones. Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz. Si eres Simón Cireneo, coge tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con él como un ladrón, como el buen ladrón, confía en tu Dios. Si por ti y por tus pecados Cristo fue tratado como un malhechor, lo fue para que tú llegaras a ser justo. Adora al que por ti fue crucificado, e, incluso si estás crucificado por tu culpa, saca provecho de tu mismo pecado y compra con la muerte tu salvación" nos exhorta San Gregorio Nacianceno.

COMER ESTA PASCUA CON VOSOTROS

Los romanos habían enseñado a los judíos que los hombres libres comen sentados; y que sólo los esclavos comen de pie. Y sentados comían ya, en el triclinio, como los romanos, en tiempo de Jesús. De esta manera, reunido Jesús con sus discípulos en el Cenáculo, situado en la parte alta de Jerusalén, se dispone a comer la cena pascual, que había visto celebrar y había celebrado toda su vida. Recostados todos alrededor de la mesa, Jesús recita una breve oración de bendición y todos se lavan las manos. Después bendice una primera copa que hace circular entre los convidados, y dice: "¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua antes de mi Pasión! Porque os digo que nunca más la comeré hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios" (Lc 22,15). Se llevan a la mesa junto con el pan ázimo, hierbas amargas untadas con salsa roja hecha con dátiles, almendras, higos y canela. Después se sirve el cordero asado. Se reparte una segunda copa mientras Jesús explica el significado de la Pascua, recordando los beneficios de Yahvé a su pueblo, y su liberación de Egipto. Recostados como están sobre cojines, comen el cordero pascual asado y las hierbas silvestres, y mientras todos beben la segunda copa, dice Jesús: "Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Porque os digo que ya no beberé el vino de la vid hasta la llegada del Reino de Dios" (Lc 22, 15).

ESCENA IMPRESIONANTE

Los discípulos van a contemplar atónitos una escena impresionante: Jesús se pone en pie, toma una jofaina, comienza a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. Pedro se resiste y Jesús le dice que si no se deja lavar los pies, lo descarta de los suyos. Sólo entonces Pedro deja hacer, aunque no lo comprende. El quiere hacer cosas por Cristo, hasta dar la vida por él. Piensa que puede purificarse él solo; es necesario que Pedro se deje salvar por Jesús. Que se deje amar por el Señor. Que acepte su servicio salvífico redentor. Este lavatorio tiene un sentido más profundo de lo que parece: no sólo es un acto de amor y un humilde servicio a sus discípulos, y acto ejemplar que deben realizar unos con otros; es un bautismo, anticipación y profecía del bautismo de sangre de mañana, Viernes Santo, cuando la derrame por Pedro y por todos los hombres en el Calvario. Lavar es purificar. La misión de Jesús es incorporar a él un pueblo de purificados. Así tienen significado las palabras dichas a Pedro. Que el pequeño se incline ante el grande, no es humildad, es normalidad. Que el que grande se abaje al pequeño, eso es humildad. "Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos" (Flp 2,6). Pero, ni la muerte ni la resurrección simbolizados en el lavatorio, serán eficaces, sin la fe y el amor de los discípulos. Por eso Judas, aunque estaba presente, sigue manchado. Jesús quiere crear una comunidad de amor entre los hombres, desde su amor. Jesús les purifica de todo lo que se opone al amor. Ahora Pedro exagera: los pies, las manos y la cabeza. Basta la aceptación de la purificación.

ROMPE EL MOLDE

Pedro tenía en su mente el esquema jerárquico de su cultura y se extrañaba ante la humildad del Maestro. Por eso, se dirige a Jesús como Señor y, confundido, se porta como un súbdito ante un rey. Jesús le invita a cambiar de mentalidad y a empezar a vivir los valores del reino. Le enseñará con éste y con otros gestos, que en la nueva comunidad el único poder es el servicio. Atrás deben quedar los esquemas jerárquicos, los vasallajes y cualquier forma de dominación. Decía un pastor protestante a un sacerdote católico: A nosotros nos llaman pastores, vosotros decís: Excelentísimos señores. Jesús, rompe su silencio ante el grupo y pregunta si han comprendido lo que ha hecho. Los discípulos siguen callados porque no lo han entendido. Jesús aprovecha ese silencio y muestra con el ejemplo, que en la comunidad del Reino el único gobierno ha de ser el servicio, el amor y la solidaridad. Cada uno ocupa un lugar, pero todos son iguales. "Con vosotros soy cristiano. Para vosotros soy obispo", decía San Agustín. Bueno sería un reajuste crítico de algunos clichés estereotipados, que no están de acuerdo con la veracidad histórica pues ni el marco ni el contexto de la celebración de la pascua de Jesús corresponde a la estampa clásica, del cuadro de la “última cena” de Leonardo Da Vinci: ni una magnífica sala de bella arquitectura, ni lujosas vestiduras, ni una amplia mesa, ni suculentos manjares; la cena de Jesús fue la reunión familiar de los seguidores de Jesús y que en aquella cena no participaron sólo varones; si era la cena pascual, fue la cena de Jesús y sus discípulos, sin discriminación. Lo más verosímil es que María, la madre de Jesús, y otras mujeres que formaban parte de esa comunidad de discípulos, estuvieran presentes en la cena.

EL RELATO DE LOS TESTIGOS

De Mateo, Lucas y Marcos, recibimos la narración escalofriante, hecha con toda sencillez y laconismo: "Mientras comían, Jesús cogió un pan, pronunció la bendición y lo partió; luego lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la pasó, diciendo: Bebed todos, que esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" (Marcos 14, 22). Veinticinco años más tarde, Pablo testifica que él ha recibido la misma tradición del Señor (1 Corintios 11,23). Juan no nos relata la institución de la Eucaristía, como hizo con la oración del Huerto, porque cuando él escribe su evangelio, ya lo han hecho los tres sinópticos, y porque sus oyentes ya la conocían, y practicaban la fracción del pan. Y también porque en su evangelio el lavatorio de los pies hace el papel de la consagración del Cuerpo y la Sangre del Señor. La Eucaristía en Juan expresa y constituye el sacramento del amor, de una manera "visible", pues todo sacramento es un "signo sensible". Jesús "parte y reparte" el pan y el vino, y dice: "haced esto en memoria mía", o sea, para recordarme, haced esto; es decir, la mejor forma de seguirme, de dar testimonio y hacer memoria de mí, será dar vuestra propia vida a pedazos. "Celebrar" la Eucaristía, la fracción del pan, será siempre mucho más que "oír misa": "Cada vez que comemos de este pan... anunciamos la muerte del Señor hasta que venga".

REUNIDOS PARA CELEBRAR EL SACRIFICIO DEL SEÑOR

Hoy, estamos reunidos para celebrar el sacrificio del Señor, cuyo amor inmenso al que apenas podemos asomarnos, nos produce vértigo. Al comer este pan y beber este cáliz esta tarde y quedar incorporados a su misma vida y a su mismo amor, y todos incorporados unos con otros, cantemos de corazón con el salmista: "El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor" Salmo 115. Una palabra más: El Nuevo Testamento sólo emplea la palabra sacerdote cuando designa a Jesús y al Pueblo de Dios en su conjunto, pero nunca dirigida a cristianos individuales; a partir del siglo IV se introduce esa palabra en el vocabulario cristiano. Jesús dejó discípulos y apóstoles. La casta o sector segregado por un estatus superior privilegiado, es ajeno al Evangelio. Lo que deja Jesús es un ministerio ordenado de servicio a la comunidad cristiana, que reproduce y continua su presencia en medio de la comunidad.

JUAN PABLO II EN EL CENÁCULO

En su reciente a Tierra Santa en el año del Gran Jubileo, Juan Pablo II pudo celebrar la Eucaristía en el Cenáculo. Era la primera vez que un pontífice lo pudo hacer en el mismo lugar en el que Cristo celebró la Última Cena e instituyó el sacerdocio. Juan Pablo II aprovechó la oportunidad de penetrar en el misterio que se vive en el altar, para decir: «Esta presencia es la riqueza más grande de la Iglesia». Reunidos en el cuarto de arriba, dijo el Papa, hemos escuchado la narración del Evangelio de la Última Cena. Hemos escuchado palabras que surgen de las profundidades del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Jesús toma el pan, lo bendice y lo parte, después se lo da a sus discípulos, diciendo: «Este es mi cuerpo». La alianza de Dios con su Pueblo está a punto de culminar en el sacrificio de su Hijo, la Palabra Eterna hecha carne. Están a punto de ser realizadas las antiguas profecías: «No has querido sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Heb 10,5). En la Encarnación, el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre, se hizo hombre y recibió un cuerpo de la Virgen María. Y ahora, en la noche anterior a su muerte, les dice a sus discípulos: «Este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros». Con gran emoción escuchamos una vez más estas palabras que fueron pronunciadas aquí, hace dos mil años. Desde entonces han sido repetidas, generación tras generación, por los que compartimos el sacerdocio de Cristo a través del sacramento del orden. De este modo, Cristo repite constantemente estas palabras, a través de la voz de sus sacerdotes, en cada rincón del mundo.

ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE

“Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”. En cumplimiento del mandato de Cristo, la Iglesia repite estas palabras cada día en la celebración de la Eucaristía. Palabras que emergen de las profundidades del misterio de la redención. En la celebración de la cena pascual en el cuarto de arriba, Jesús tomó el cáliz lleno de vino, lo bendijo y lo pasó a sus discípulos. Formaba parte del rito pascual del Antiguo Testamento. Pero Cristo, sacerdote de la Alianza nueva y eterna, pronunció estas palabras para proclamar el misterio de la salvación de su pasión y muerte. Bajo las especies de pan y vino instituyó los signos sacramentales del sacrificio de su cuerpo y su sangre. “Por tu cruz y resurrección sálvanos, Salvador del mundo”. En cada santa Misa, proclamamos este «misterio de fe», que durante dos milenios ha nutrido y sostenido la Iglesia que peregrina en medio de persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, proclamando la cruz y muerte del Señor hasta su venida (Lumen Gentium, 8). En un cierto sentido, Pedro y los apóstoles, en las personas de sus sucesores, han vuelto hoy a la sala del piso superior, para profesar la fe perenne de la Iglesia.

LA PRIMERA COMUNIDAD CRISTIANA

La primera lectura de la liturgia de hoy nos remonta a la vida de la primera comunidad cristiana. Los discípulos «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hech 2,42). “Fractio panis”. La Eucaristía es un banquete de comunión en la Alianza nueva y eterna, y el sacrificio que hace presente el poder salvífico de la cruz. Desde un principio, el misterio de la Eucaristía ha estado siempre ligado a la enseñanza al seguimiento de los apóstoles y a la proclamación de la Palabra de Dios, que habló en el pasado por medio de los profetas y ahora, de manera definitiva, en Jesucristo (Hebr 1, 1). Allá donde se pronuncien las palabras "Este es mi cuerpo" y la invocación del Espíritu Santo, la Iglesia se ve fortalecida en la fe de los apóstoles y en la unidad que tiene en el Espíritu Santo su origen y vínculo. San Pablo comprendió claramente que la Eucaristía, al ser participación en el cuerpo y la sangre de Cristo, es también un misterio de comunión espiritual en la Iglesia. “Porque aún siendo muchos, somos un sólo pan y un sólo cuerpo, pues todos participamos de un sólo pan” (1 Cor 10,17). En la Eucaristía, Cristo el buen pastor que dio su vida por su rebaño, se queda en su Iglesia. ¿No es acaso la Eucaristía la presencia sacramental de Cristo en todos los que participamos del único pan y del único cáliz? Esta presencia es la riqueza más grande de la Iglesia. Cristo edifica a la Iglesia mediante la Eucaristía. Las manos que partieron el pan a los discípulos durante la Ultima Cena se extendieron sobre la cruz para reunir a todos los pueblos a su alrededor en el Reino eterno del Padre. A través de la celebración eucarística, Él nunca cesa de guiar a los hombres y mujeres para que sean miembros efectivos de su Cuerpo.

CRISTO HA MUERTO, CRISTO HA RESUCITADO,

Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo vendrá nuevamente. Éste es el “misterio de fe” que proclamamos en cada celebración de la Eucaristía. Jesucristo, el Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, ha redimido al mundo con su sangre. Resucitado de entre los muertos, se ha ido a prepararnos un lugar en la casa de Su Padre. Esperamos su venida con gozosa esperanza en el Espíritu que nos ha hecho hijos amados de Dios, en la unidad del Cuerpo de Cristo. Celebrando esta Eucaristía en el cuarto superior, en Jerusalén, estamos unidos a la Iglesia de todo tiempo y lugar. Unidos con la cabeza, estamos en comunión con Pedro y los apóstoles y sus sucesores por los siglos. En unión con María, los santos y mártires, y todos los bautizados que han vivido en la gracia del Espíritu Santo, alzamos nuestra voz para gritar: «Marana tha!»; «¡Ven Señor Jesús!» (Ap 22,17). Llévanos, a nosotros y a todos tus elegidos, a la plenitud de la gloria en tu Reino eterno. Amén.


 

Viernes santo

DIOS SE HA HECHO DEBIL, HASTA MORIR: EL REDENTOR

 

¿Qué pluma se atreverá

a escudriñar el misterio?

Y no desfallecerá?

¿Qué lengua podrá narrar

la agonía soterrada,

el volcán en hervor desbocado

en el corazón de Cristo,

el volcán en hervor

de un Dios embriagado,

de un Dios en locura,

de un Dios surcado

de árboles de sangre,

entenebrecido de lepra negra,

callado entre los látigos verdugos,

ensombrecido por un mar

de nubes negras,

que saborea hieles negras,

zarandeado en ciclón

por todos los túneles negros

que danzan en torno a la cruz negra,

todas las injusticias, las hipocresías,

las soberbias, los crímenes negros,

los espasmos de la noche negra;

negra noche, oscurísima noche

de un cosmos sumergido en las tinieblas?

Las manos crucificadas

siguen bendiciendo.

Los pies, raíces secas,

siguen caminando

en busca de ovejas rotas.

Sus ojos enturbiados

por la lluvia de sangre,

mares de lágrimas amorosas,

me siguen mirando.

Su jadeo es el latido de Dios

clavando una saeta de oro

de amor, de misericordia,

en el corazón del universo.

 

LA MUERTE

La muerte de una persona siempre es un misterio incomprensible. A medida que se va sumergiendo en las aguas del mar de la muerte, su experiencia se va haciendo más impenetrable: ¿qué siente? ¿qué sufre? ¿que piensa? ¿cuánto pasa? El misterio es mayor en la muerte de Cristo. Imposible penetrar en su hondura. El Dios del Antiguo Testamento es un Dios grande, poderoso, vencedor de sus enemigos. Es el Dios del Sinaí, que viene acompañado de rayos y truenos, que se manifiesta en la zarza ardiente, y en el monte humeante. El Dios que arranca los cedros de raíz, que se sienta sobre el aguacero. El Dios de las plagas de Egipto, que mata a los primogénitos del país, el Dios que separa las aguas del mar Rojo. El Dios que hace caer serpientes en el desierto, el Dios que hace brotar agua de la roca.

EL DIOS HUMILLADO

Pero he ahí que el Dios que los judíos nunca pudieron comprender que tuviera un Hijo, Jesús, es un Dios débil y humillado, anonadado. Vendido por Judas, negado por Pedro, juzgado por el sanedrín, por Herodes y por Pilato. Condenado a muerte, escarnecido en la Cruz, insultado por los ladrones y por los Sumos Sacerdotes: "Si eres hijo de Dios, sálvate y baja de la Cruz" (Mt 27,40). Movían la cabeza. No se puede salvar. Jesús callaba. Dios muere. Su muerte no es una muerte heroica y grande, sino humillante y dolorosa.

La inspiración del poeta ha intuido la inmensa e infinita angustia del hombre Jesús:

"El subía bajo el follaje gris,

todo gris y confundido con el olivar,

y metió su frente llena de polvo

muy dentro de lo polvoriento

de sus manos calientes (Rilke).

Se eclipsó en el Hombre Dios.

Cortinas espesas de sangre

oscurecieron la faz del Padre...

 

El Hombre tirita despavorido...

Asombroso desconcierto

De un hombre titubeante

Entre el pavor y el torbellino

De un huracán infernal.

Debilidad de un enfermo

que, agarrotando con la fiebre

sus miembros temulentos,

tiembla de frío y de miedo

ante un dragón que lo engulle.

Torturada Lámpara de sangre

que amanece como rocío

de inmensas gotas redondas

formando ríos desolados y dolorosos

de un planeta hundido

en la soledad sideral.

Desolación inmensa de un océano

de torturas diabólicas

de campos de exterminio.

Presencia mística de todo el pecado

en la imaginación cinematográfica

del Hombre que ve lúcidamente

resquebrajarse horrorosamente

los cimientos del cosmos.

 

La negra traición disfrazada,

los matorrales espinados del odio,

la cínica hipocresía, el fariseísmo

de todas las inmensas injusticias.

Soledad, silencio, angustia...

Abandono, desolación, sequedades.

Llamada a participar en el trago

amargo del Maestro,

hasta que te haga feliz

ser latido en su estertor.

(Jesús Marti Ballester)

 

LA SUERTE DE LOS PROFETAS

Jesús aceptó la dureza de lo inevitable. Conocía perfectamente la suerte de los profetas que le precedieron. No había pasado mucho tiempo desde que Juan Bautista fuera degollado por Herodes. Los gobernantes pretendían escarmentar al pueblo torturando atrozmente y asesinando a los profetas. Jesús es arrestado y llevado ante el tribunal de la ciudad. Luego viene el juicio injusto. Testigos falsos, infracción del derecho de defenderse y, por último, condena a muerte. Todo estaba preparado de antemano. Por ello, Jesús no insiste en su defensa. Él sabía perfectamente que su condena estaba decidida con anticipación por el sanedrín. Después, llevan a Jesús ante Pilato, hombre violento y precipitado. Como él no podía enemistarse con el sanedrín, el juicio resulta ser sólo una farsa. Iban a matar a Jesús porque ponía en riesgo la credibilidad del sistema religioso, político y económico. Luego, le cagan la cruz y lo empujan, junto con otros dos, hacia el lugar de la ejecución. Los condenados siempre andaban con paso vacilante porque habían sido flagelados. El paso vacilante de los condenados a muerte causaba una fuerte impresión entre los espectadores. Algunos de ellos percibían la injusticia que se le infligía a Jesús. Ellos sabían que Él era un hombre que únicamente "pasaba haciendo el bien y sanando a cuantos estaban oprimidos" (Hch 10, 38). Una y otra vez cae por tierra. Cae por tercera vez y es levantado a fuerza de gritos, insultos y golpes. El camino se desdibujaba ante sus ojos doloridos. La vía hacia el calvario fue un lento y tortuoso avance hacia la muerte. La colina del Gólgota o "calavera" es símbolo del exterminio humillante. Jesús despojados de todo y del todo, incluso de las ropas que le quedaban. Jesús lo entrega todo hasta el límite.

JESÚS REY DE LOS JUDIOS

Sobre la cruz fue colocado un letrero que decía: “Jesús rey de los judíos” escrito en latín, griego y hebreo. Y la burla no podía ser mayor. Tenía por trono un patíbulo y por comitiva dos criminales proscritos crucificados. La crucifixión era la máxima pena que imponía el Imperio. Era un castigo tan denigrante que estaba reservado únicamente para los esclavos. Tener algún parentesco, familiaridad o amistad con un condenado a la cruz era causa del repudio social. Jesús fue condenado a morir en la cruz, como sedicioso. A la comunidad de seguidores de Jesús le costó un enorme esfuerzo explicar el sentido de la crucifixión de Jesús. Ellos proponían como salvador de la humanidad a un hombre que murió proscrito por la ley. Los discípulos tenían que anunciar al "Dios crucificado". La cruz se convirtió, con el tiempo, en el símbolo de los cristianos. Ya no tiene el significado de rebeldía y maldición que tenía en el mundo antiguo. Hoy es inclusive un artículo forjado en metales y piedras preciosas. Hoy, las cruces ya no son de madera. La cruz es la realidad cotidiana de dos personas que se atormentan mutuamente sin llegar a formar un hogar. La cruz es la falta de oportunidades para desarrollarse como personas. La cruz es la realidad de miseria que inunda calles, montañas y ciudades como un torbellino incontenible. El paso vacilante de los emigrantes y de los desplazados por la violencia marca el ritmo de la civilización occidental. La humanidad ha ganado en derechos y en conciencia de su acción en el mundo. Pero, también ha multiplicado la miseria y el sufrimiento. Hoy sigue siendo Viernes Santo.

JUAN PABLO II EN EL SANTO SEPULCRO

El Siervo de Dios Juan Pablo II en su visita a la Basílica del Santo Sepulcro, dijo: Siguiendo el camino de la historia de la salvación, narrado en el Credo de los apóstoles, mi peregrinación jubilar me ha traído a Tierra Santa. Desde Nazaret, donde Jesús fue concebido de la Virgen María por el poder del Espíritu Santo, he llegado a Jerusalén, donde “padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”. Aquí, en la Iglesia del Santo Sepulcro, me arrodillo delante de su sepultura: “Ved el lugar donde le pusieron” (Marc 16,6). La tumba está vacía. Es un testigo silencioso del acontecimiento central en la historia de la humanidad: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Desde hace casi dos mil años, la tumba vacía ha sido testigo de la victoria de la Vida sobre la muerte. Junto a los apóstoles y a los evangelistas, y junto a la Iglesia en todo tiempo y lugar, nosotros también hemos sido testigos y proclamamos: ¡El Señor ha resucitado!”. Resucitado de entre los muertos. Él ya no muere más; la muerte no tiene ya dominio sobre Él (Rom 6,9). «Mors et vita duello conflixere mirando; dux vitae mortuus, regnat vivus» El Señor de la Vida estaba muerto; ahora reina, victorioso sobre la muerte, la fuente de vida eterna para todos los creyentes. En esta iglesia, «la madre de todas las Iglesias» (san Juan Damasceno), donde nuestro Señor Jesucristo murió para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11,52), le pedimos al Padre de las misericordias que fortalezca nuestro deseo por la unidad y la paz entre todos los que hemos recibido el regalo de una nueva vida por medio de las aguas salvadoras del Bautismo.

DESTRUID ESTE TEMPLO

«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). El evangelista Juan nos dice que después de la resurrección de Jesús entre los muertos, los discípulos se acordaron de estas palabras, y creyeron (Jn 2,23). Jesús había dicho estas palabras para que sirvieran como señal para sus discípulos. Cuando Él y los discípulos visitaron el Templo, arrojó fuera del santo lugar a los cambistas y vendedores (Jn 2,15). Cuando los presentes protestaron diciendo: “¿Qué señal nos muestras para obrar así?”, Jesús respondió: «Destruid este templo y, en tres días, lo levantaré». El Evangelista advierte que «Él hablaba del Templo de su cuerpo» (Jn 2,18). La profecía contenida en las palabras de Jesús se realizó en la Pascua, cuando «al tercer día resucitó de entre los muertos». La resurrección de nuestro Señor Jesucristo es la señal que pone de manifiesto que el Padre eterno es fiel a su promesa y engendra una nueva vida de la muerte: «la resurrección del cuerpo y la vida eterna». El misterio se refleja claramente en esta antigua Iglesia de la «Anástasis», que contiene ambas, la tumba vacía, signo de la Resurrección, y el Gólgota, lugar de la Crucifixión. La buena nueva de la resurrección nunca se puede separar del misterio de la Cruz. Hoy, san Pablo nos dice en la segunda lectura: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Cor 1,23). Cristo, se ofreció a sí mismo como oblación vespertina en el altar de la cruz (Sal 141,2), ahora ha sido revelado como «el poder y la sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24). Y en su resurrección, los hijos e hijas de Adán participan de la vida divina que era suya desde toda la eternidad, con el Padre, en el Espíritu Santo.

EL SELLO DEFINITIVO

"El velo del Templo se rasgó" La resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada, la promesa de una historia caracterizada por los dones mesiánicos de paz y gozo espiritual. En la aurora del nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar el futuro con una confianza firme en el glorioso poder del Resucitado, quien hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Él libera a la creación de la esclavitud de la caducidad (Rom 8,20). Con su Resurrección, abre al camino al descanso del Gran Sábado, el Octavo Día, cuando la peregrinación de la humanidad llegue a su fin y la voluntad de Dios sea en todo en todos (1 Cor 15, 28). Aquí, en el Santo Sepulcro y en el Gólgota, mientras renovamos nuestra profesión de fe en el Resucitado, ¿podemos poner en duda que el poder del Espíritu de la Vida nos dará la fuerza para vencer nuestras divisiones y trabajar juntos en la construcción de un futuro de reconciliación, unidad y paz? Aquí, como en ningún otro lugar en la tierra, escuchamos a nuestro Señor decirle de nuevo a sus discípulos: «No tengáis miedo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

"EL VELO DEL TEMPLO SE RASGÓ"

"El velo del Templo se rasgó" (Lc 23,45). Ante la debilidad de Dios, debe rasgarse también nuestro concepto de Dios. Debemos aceptar a un Dios humillado, que se encarna en la debilidad humana y que quiere ser el servidor y el que está en los pequeños, en los sin cultura, en los marginados: "lo que hacéis a uno de mis pequeños, a mí me lo hacéis" (Mt 25,40). Los personajes que intervienen en la Pasión y Muerte de Jesús, no son extraordinariamente malos, sino personas normales y corrientes. Y esta reflexión nos ayuda a aceptar que nos puedan vender, juzgar, traicionar y crucificar las personas normales que están junto a nosotros. ¿Por qué tanta sangre, Señor? ¡Qué gran amor el tuyo y el de tu Padre, que te entrega para que participemos de vuestra vida trinitaria y feliz por siempre! Te adoramos, Cristo y te bendecimos porque por tu santa Cruz has redimido al mundo.


 

Vigilia Pascual

ESPERAR EN SILENCIO

 

Sola está la Esposa

y amargamente llora...

El Esposo ennegrecido

en el sepulcro está.

¿Qué será de la Esposa?

Sin sentido ya

la vida de la Esposa.

¿Qué será?

¡Pobre Esposa!

Sola quedas.

Llora, Esposa,

que el Esposo

muerto está.

 

¿Qué le diremos a la Esposa?

¿Con qué consolaremos

a la que de amor desfallece,

si el tesoro de su amor

que como el grano de trigo

en la tierra sembrado está?

¡Pobre Esposa! Tan afligida,

Me acongoja la pena que me das!

Lienzos blancos,

Sábana perfumada

Olorosos áloes silvestres,

campanillas azules

alhelíes morados,

Llagas adorables,

Que por amor nos han curado

Corazón traspasado,

¡yo quiero verte!

sorberte con mis besos,

No tardes a la cita

Que mi amor desfallece!

Vamos, Esposa,

velemos ante el muerto

con alma incandescente,

con ojos escocidos

y rodillas dolientes.

 

Monte Calvario inmenso;

mar con Jonás en el vientre;

el silencio trágico...

la esperanza enciende,

esperanza de la vida

que, de un momento a otro,

matará a la muerte.

Porque el lirio del campo,

rompiendo su humilde oscuridad

tras la espera bajo tierra,

en triunfante gloria irrumpirá.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

"Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno" (Génesis 1,1) - "Envía tu Espíritu y repuebla la faz de la tierra" (Salmo 103,1).”Dios puso a prueba a Abraham” (Gen 22,1) (Salmo 1,15) "Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto" (Éxodo 14,15). "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más" (Romanos 6,3). “El que te hizo te tomará por esposa” (Isaías 54, 5) “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”/Salmo 29,2) “Venid sedientos todos” (Isaías 55,1)”Sacaréis agua con gozo” (Isaías, 12, 23)"El resucitado va por delante de vosotros a Galilea" (Marcos 16,1)). 6. "Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra del sepulcro, y se sentó encima" (Mateo 28,1). "Al mirar vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron un joven sentado a la derecha, vestido de blanco: "¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde le pusieron" (Marcos 16,1). "Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando no encontraron el cuerpo del Señor Jesús"(Lucas 24,)1. Con la resurrección de Cristo, el Padre rompe el silencio y expresa su juicio sobre la acción de Cristo, y naturalmente sobre quienes le crucificaron. Estos son los textos que leemos en la Vigilia Pascual.

REUNIFICACIÓN DE LOS DISCÍPULOS

La primera consecuencia de la resurrección de Jesús fue la reunificación del grupo de los discípulos. La pequeña comunidad no sólo se había disuelto por la crucifixión de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes. Hay que recomponer el cántaro recogiendo uno a uno los pedazos. Las mujeres, encabezadas por la Magdalena, no se resignaron a convertir a Jesús en un recuerdo lejano. Lo continuaban buscando, aunque fuera en el sepulcro. Afortunadamente, descubrieron que el Maestro, que les había enseñado a vivir como hijos de Dios, no estaba muerto. Él continuaba convocándolos en torno al evangelio y los llenaba de su espíritu. Y se animaron a volver a reunir al grupo en Galilea. Donde todo había comenzado y podía volver a empezar. Venían todos con el corazón destrozado por la desesperanza, la rabia y la impotencia. Quien no lo había traicionado, lo había abandonado a la hora de la tempestad. Todos habían sido infieles y todos necesitaban el perdón. Humanamente era imposible volver a dar cohesión al pequeño grupo de amigos, y crear entre ellos unidad con él, sin embargo, la presencia y la fuerza interior del resucitado lo consiguió.

LA FUERZA DEL RESUCITADO

La fuerza del Resucitado preside y guía la comunidad peregrina y pecadora. Si ella sabe mantener viva la presencia de Jesús Resucitado, se mantendrá viva y fuerte aun en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. El cristiano no debe tener miedo a nada ni a nadie; pues su destino no es la muerte, sino la resurrección. A la comunidad cristiana no la preside la muerte sino la vida. Ha sido convocada para vivir, no para morir, Y precisamente a partir de la vida, en cuyo servicio está, es de donde procede su fuerza. Para nosotros es una fuente de esperanza y de alegría, pues la Escritura nos asegura que lo que Dios hizo con Jesús lo hará con nosotros: un día se acercará a nuestra tumba y nos dirá lo mismo que le dijo Jesús a un muchacho muerto: "Hijo, soy yo quien habla: levántate". Así también resucitaremos nosotros.

TOTALITER ALITER

Se lee la historia de dos monjes que habían pasado su vida imaginando como sería la vida eterna después de la muerte. Hicieron un pacto: el primero en morir se le aparecería al amigo y, si la vida en el cielo era como habían pensado, debería decir simplemente «taliter» «así es». Por el contrario, si la eternidad era diferente a lo que habían imaginado, entonces debería decir «aliter». El primero que murió se apareció a su amigo. El otro monje le preguntó inmediatamente: «¿Es como nos lo habíamos imaginado?». El otro movió la cabeza y de sus labios entrecerrados salieron las palabras «totaliter aliter», «es así es pero totalmente distinto». Pero no tenemos que esperar a encontrarnos con la Trinidad después de nuestra muerte, sino que tenemos que encontrarla en este mundo; y no fuera de nosotros, sino en nuestro interior. Esta es la meta más profunda que por desgracia alcanzan pocos cristianos en este mundo, y sin embargo debería estar al alcance de todos nosotros. Todos, en esta tierra, deberíamos ser peregrinos en marcha, como en un éxodo, hacia la Trinidad.

ENCUENTRO CON CRISTO VIVO

Hemos leído los tres textos de los evangelios que nos relatan el hecho del encuentro de las mujeres con el sepulcro de Jesús vacío. Pero ellas aún no creen en la Resurrección. La certeza de la Resurrección de Jesús no se basa, pues, sobre el sepulcro vacío, sino sobre un encuentro con Cristo vivo. Marcos nos relata que el joven vestido de blanco, después de serenar a las mujeres para que no se asusten, les dice que están buscando a Jesús donde no está. A Dios hay que buscarle donde está: En la Eucaristía, en la Iglesia y en los pobres, que somos todos. Dijo el Siervo de Dios, Juan Pablo II en la Basílica del Santo Sepulcro: Resplandeciente con la gloria del Espíritu, el Señor Resucitado es la Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo Místico. Él la sostiene en su misión de proclamar el Evangelio de la salvación a los hombres y mujeres de todas las generaciones, ¡hasta que vuelva en gloria!

DIJO JUAN PABLO II

Desde este lugar, donde primero se dio a conocer la Resurrección a las mujeres y luego a los apóstoles, yo insto a todos los miembros de la Iglesia a renovar su obediencia al mandato del Señor de llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra. En el amanecer del nuevo milenio, hay una gran necesidad de proclamar a toda voz la «Buena Nueva» de que «tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16). «Señor, tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Hoy yo, como el indigno sucesor de Pedro, deseo repetir estas palabras mientras celebramos el sacrificio eucarístico en el lugar más sagrado en la tierra. Junto a toda la humanidad redimida, yo hago mías las palabras que Pedro, el Pescador, le dijo a Cristo, el Hijo del Dios Vivo: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna». Christós anésti. Alithos Anesti!" ¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! La fe descansa no sobre un sepulcro vacío, sino sobre un encuentro con Cristo vivo, como el que tuvo Agustín, cuando la voz del niño le invitó en el huerto: "Tolle, lege", a abrir el libro de la Palabra de Dios y a leerlo. O como el que tuvo Santa Teresa, ante la imagen de Cristo muy llagado. O el que ella misma tuvo cuando, leyendo las Confesiones de San Agustín, le pareció que aquella voz se le dio a ella. Hasta que el cristiano no tiene un encuentro con Cristo vivo, seguirá viviendo en la mediocridad. Y ese encuentro sólo se tiene en la oración constante. Que el Señor nos de su llamada en esta noche al recibirle en la Eucaristía resucitado.


 

Domingo de Pascua

¡ALELUYA! CRISTO HA RESUCITADO. ALELUYA!.

Los enemigos de Jesús habían conseguido lo que tanto tiempo pretendían y creían que todo había terminado. Ahora, ya están tranquilos. También los amigos de Jesús creían que con su muerte había llegado el final. La fe de todos se tambaleó. Sólo María, la Madre de Jesús, se mantuvo firme, sin ninguna sombra de vacilación. La vela del tenebrario que queda encendida después de todas apagadas en maitines. Se lleva detrás del altar y se saca después. Es la fe de María. María Magdalena no hacía más que llorar. Para ella nada tenía ya sentido. Jesús ya no está con ellos. Su cadáver está en el sepulcro. Ella hacía poco tiempo que había derrochado una fortuna para ungirle con perfume. Judas la criticó y Jesús la defendió porque le había perfumado ungiéndole para la sepultura. El viernes, a las tres de la tarde, todo se había consumado. José de Arimatea y Nicodemo le amortajaron y le enterraron. María Magdalena quiso perfumarle también, después de muerto, una vez transcurrido el descanso legal del Sábado judío.

MARIA MAGDALENA

Cargada iba de perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! Juan 20,1.Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto a los Apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María Magdalena y van corriendo al sepulcro. "Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó". Sólo en esta ocasión dice el Evangelio que alguien cree en la Resurrección al ver el sepulcro vacío. El evangelista tiene en cuenta que la mayoría de lectores a quienes no se les ha aparecido Cristo Resucitado, han de creer. Juan quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el sepulcro vacío, no es necesario verle resucitado, para creer en la resurrección. Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: "No había aún entendido la Escritura que dice que El había de resucitar de entre los muertos". Los Apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro, llorando... "Se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: "¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?". -"María". -"Maestro" (Jn 20,11). Cristo se aparece a una mujer, porque fue una mujer la causa del pecado de Adán, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto la liberación del pecado.

SUELTAME

"Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro" (Jn 20,17). María deja alejarse a su Amado, y en esa privación se encierra el más hermoso homenaje que una mujer haya hecho a un hombre, porque es su Dios. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime el alejamiento del Amado: "¿Adónde te escondiste, Amado, - y me dejaste con gemido? -Como el ciervo huiste - habiéndome herido, - salí tras ti clamando - y eras ido". Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo, no puede estar quieto. "Qui non zelat non amat", dice San Agustín. El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle. La experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo puede anunciar a Cristo con fruto, quien ha experimentado su amor. Los apóstoles son testigos de la resurrección porque han visto a Jesús, el que bien conocían, vivo entre ellos después de la resurrección. Vieron que no estaba entre los muertos, sino vivo entre ellos, conversando con ellos, comiendo con ellos. No anunciaron una idea de la resurrección, sino al mismo Jesús resucitado, con una nueva vida, que no era retorno a la mortal, como Lázaro, sino inmortal, la vida de Dios. Ha vencido a la muerte y ya no morirá más. Pedro, testigo de la resurrección, repite una y otra vez: "que lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros que hemos comido y bebido con él después de la resurrección. Los que creen en él reciben el perdón de los pecados" Hechos 10,34. En consecuencia: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra" Colosenses 3,1.

ESTE ES EL DIA GRANDE QUE HIZO EL SEÑOR

Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el mejor remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja "el intenso moverse" contra la desolación (EE 319). De esta manera, la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo Resucitado. Proclamemos que "este es el día grande en que actuó el Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo" Salmo 117. Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque éste es el gran día de la actuación de las maravillas de Dios. "¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" (Pregón Pascual). Hay que profundizar en el misterio de belleza que encierra la resurrección de Jesús. Según los autores bíblicos «bello es todo aquello que ha sido tocado por la presencia de Dios». Según el mundo y la mentalidad dominante de la actual sociedad de la imagen, saturada de erotismo, la belleza parece ser el valor más buscado, hasta llegar a la idolatría, usurpando el puesto de Dios, con una extraña indiferencia por el bien y la verdad.

LA BELLEZA

Existe una ambigüedad intrínseca en la belleza, cuando sólo se la mira bajo el aspecto sensual, como lo demuestra la publicidad, el mundo del espectáculo, los medios de comunicación, la moda, e incluso el mundo telemático de Internet. Es decir, cuando la belleza se concentra únicamente en el cuerpo humano y en el erotismo. Ha escrito un autor ortodoxo: Dios no es el único que se reviste de belleza. El mal le imita y hace la belleza profundamente ambigua. Eva fue seducida por la belleza, se dio cuenta de que el fruto era bello, deseable, estéticamente atrayente. Esto quiere decir que, si bien la verdad siempre es bella, la belleza no siempre es verdadera. Esta ambigüedad es superada por Jesús, quien redimió la belleza privándose de ella por amor en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. De este modo, el Hijo de Dios demostró que sólo hay algo precioso: la belleza del amor que pasa a través de la cruz y que es purificada por la cruz. Más que cerrar los ojos ante la belleza ambigua hay que abrir de par en par la mirada a la belleza de Cristo resucitado.

ANUNCIAMOS TU MUERTE PROCLAMOS TU RESURRECCION

Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia siempre actuante en nosotros. "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, Señor Jesús". “Cristos anesti.- Alithos anesti”.