TALLER DE ORACIÓN

SAN JOSÉ Y EL SACERDOTE

Por Julia Merodio

Todos sabéis que, la Iglesia ha designado la festividad de San José como día del Seminario y esto viene siendo así desde hace tanto tiempo que nos parece algo habitual; pero ¿Por qué relacionar a San José con el sacerdote si él fue un padre de familia? Sin embargo cuando profundizas en las virtudes de San José te das cuenta de que, verdaderamente, son las que debe poseer un sacerdote de Jesucristo. Apuntaré alguna de ellas.

PRIMERO: GENEROSIDAD

Si encontramos una virtud que sobresalga en la vida de San José, es: La Generosidad. Se necesita tener un corazón generoso, para acoger a María, llevando en su seno a un hijo que no era suyo, al cual tendría que aceptar, cuidar, educar y proteger, para que llevase a cabo la misión más sublime que conocería la historia humana.

También el sacerdote ha de llevar a cabo una misión singular, si quiere que las almas busquen a Dios. Tanto S. José como el sacerdote tendrán que fiarse de Dios sin más apoyos que su gran fe.

“Jesús le miró con afecto y le dijo: Una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme” (Marcos 10, 21 – 22)

Todos sabemos que, para llevar a cabo una misión de la envergadura de: la de ser Sacerdote de Cristo, se necesita gente generosa, que quiera darse desde la gratuidad.

Y, el sacerdote es, realmente, una de esas personas que quieren darse sin exigir nada a cambio; pero tiene que vivir y desarrollar su generosidad, en un mundo donde, dicha palabra es repetida con cierta frecuencia, en nuestra manera de conversar, pero muy ignorada cuando se trata de llevarla a la práctica. Por eso creo que deberíamos pararnos a pensar lo que, de verdad, encierra en el fondo esta magnificencia.

No podemos negar que es fácil encontrar personas desprendidas; que es fácil departir sobre generosidad de forma generalizada; pero todo ello tratado someramente y sin que nos implique demasiado.

Porque, cuando la palabra Generosidad implica ir dando retazos de nuestra vida, como los dio San José, preferimos cambiar de conversación y pasar a otro tema. Y, no es que no nos importe lo que pasa en el mundo; no es que queramos obviar el dolor y el sufrimiento de los demás… lo que pasa es que “bastante complicada tenemos ya la vida, como para que nos la compliquen todavía más”

LA ESCALA DE VALORES

En lo que realmente se diferencian, la vida de San José y la del sacerdote es en el entorno donde cada uno desarrolla su función. Mientras en la época de San José la gente gozaba de sosiego, tranquilidad, sobriedad, mesura… La sociedad en la que el sacerdote está inserto, es incapaz de hacer una escala de valores con fundamento.

La gente vive lo inmediato; está acostumbrada al sistema de usar y tirar y, para nada le sirve plantearse, con sensatez, una forma de vida que no sabe si le valdrá mañana. Con esta perspectiva es imposible entrar en la escala de valores que nos brinda la familia de Nazaret. Una escala de valores que tomará Jesús para su predicación y que quedará inserta en su Evangelio, una realidad que va en razón inversa a la que, nos ofrece la sociedad actual.

De ahí que no, siempre, le resulte fácil, al sacerdote, llevar a cabo su misión. Nosotros solemos dar “una de cal y otra de arena” y, queriendo vivir como Jesús nos muestra, vamos intercalando en ello los valores del mundo incluso, a veces, sin ser demasiado conscientes de pretender hacerlo.

Por tanto, no le queda más remedio al sacerdote que recurrir a la Palabra de Dios, escuela de generosidad, para poder ayudarnos, a conocer, valorar y practicar esta virtud tan deseada.

Tendrá que hacernos ver que para ser generoso no tenemos que desplazarnos demasiado lejos, ni hacer un “master” en donación. La generosidad, hemos de hacerla realidad, lo mismo que San José, en cada momento de nuestra vida.

Podemos ser generosos en:

• La familia.

• La Iglesia.

• La vida.

Acostumbrándonos a ver a Dios en todas las cosas, en todos los acontecimientos, en todas las personas…y, el sacerdote, tendrá que ser el primero en dar testimonio, para que esto sea una realidad.

FORMADO EN FAMILIA

Cuando Jesús empieza su cometido en la tierra, no le gusta actuar en solitario. Él ha vivido la vida de familia, ha compartido, ha dialogado, ha colaborado… por eso busca personas que quieran recorrer la vida junto a Él. Pero Jesús, no quisiese seguidores individuales, sino personas que sepan vivir en comunidad.

Él no es solitario ni, mucho menos, egocéntrico. Él es don, salido de sí, entregado sin límites por amor a todos los hombres. Por eso “Elige a doce para que vivieran con él y después nombrarlos para ser enviados a cumplir una misión” (Lucas 10, 16).

Desde entonces, Jesús no ha dejado de elegir a hombres y mujeres, de todos los tiempos, para confiarles su misión y enviarles, como a los apóstoles, a predicar la Buena Nueva del Evangelio. Y les dice: venid, y seguidme. Yo os enseñaré, como a ellos, y os enviaré al mundo como portadores de mi evangelio.

Más, no esperéis que Jesús os dé una doctrina sobre Dios. Cuando Jesús llama a alguien a seguirle no le pide que sepa mucho, ni que tenga buena presencia, ni don de gentes... A Jesús le preocupa, el corazón. Lo que alberga el corazón de la persona; porque, solamente cuando la persona cambie su corazón, podrá cambiar la sociedad recuperando los valores perdidos y será capaz de hacer, cada día, un hueco mayor para que vaya entrando en ella el Reino de Dios. Reino de justicia, de paz, de verdad, de amor...

Las líneas que definen esta decisión son:

• La valentía de responder a una llamada.

• El testimonio, el ejemplo.

• Y el crecimiento.

Aunque parece que no tiene importancia, con frecuencia los seres humanos nos instalamos en lo fácil, en lo que no nos crea problemas, en lo que nos deja tranquilos. Sin embargo responder a nuestra tarea requiere esfuerzo, diálogo, coherencia, confianza, paciencia.

Así vemos en nuestro entorno a gentes que no quieren complicarse, que esperan a que los demás opinen por ellas, trabajen por ellas, sufran por ellas. Pero eso no nos gusta, complican demasiado las cosas, exigen mucho sin dar nada; y ahí estamos, sin terminar de decidirnos, viviendo con “medias tintas”, dando un “sí pero no”; procurando que no se note demasiado nuestra cobardía.

Pero, bien sabemos que, si no vamos a por todas, si seguimos midiendo el riesgo, nuestro testimonio no tendrá mucho que decir. La gente de hoy no quiere teorías; le sobran palabras; quiere vida, gestos, hechos, demostraciones.

Quieren personas que, no escondan la responsabilidad, refugiándose en el activismo para no hacer lo que Dios les pide, hecho frecuente en los que pertenecemos a las parroquias. Trabajamos en múltiples tareas para que enmascaren el no ser capaces de vivir nuestra aventura, ni el valor de la confianza, ni el riesgo de la fe; cubriendo todo esto con ciertas actividades que esconden nuestro vacío.

Sin tomar conciencia de que, si queremos ser testimonio para el mundo, tenemos que aprender a callar alguna vez nuestra propia voz; a decir honradamente no sé; dejando de ser protagonistas; a respetando la opinión de los demás;... a silenciándonos para que llegue a los otros la voz del enviado.

EL SACERDOTE VIVE PARA LA COMUNIDAD

Jesús les dijo: la mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al amo para que mande obreros a su mies. “Id, yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y a cualquier casa que entréis decid primero: La paz sea en esta casa” (Lucas 10, 2 – 6)

El sacerdote ha di vivir para la comunidad; teniendo claro que, la comunidad se forma: juntando personas, una a una, poco a poco, pacientemente…, lo mismo que se van juntando los granos de arena para forman una playa; igual que se unen, una tras otra, las notas musicales para componer una melodía; aportando carismas para realizar un proyecto de vida.

Y será preciso que enseñe a vivir en disponibilidad para que los servicios no los hagan siempre los mismos y se vayan turnando para que llegue a ella la frescura y la novedad.

Es verdad, que llegar a una comunidad nueva, siempre asusta; pero, cuando te encuentras dentro de ella, notas como se van desvaneciendo los obstáculos y empiezas a ver con claridad la grandeza del servicio y el calor de la gente a la que vas conociendo y que está a tu lado como si fueras de su familia.

A cada sacerdote corresponde fijar el objetivo de su comunidad, que dependerá de las realidades que tenga. Pero todas tendrán en común:

• Buscar una buena relación entre los que la forman. (No mirando sólo a los que la frecuentan sino, también, a los que van llegando sea cual sea su bagaje y su realidad).

• Fomentar el compromiso sacramental.

• Hacer que cada miembro sienta la alegría de ser acogido.

• Ofrecer una experiencia de conversión.

Pero además:

--El sacerdote tenderá a que la comunidad sea viva y fecunda, haciéndola crecer en responsabilidad. Tendrá que ser el espejo de donde cada uno tome la referencia; por lo que necesitará “dar vida y darla en abundancia”

Asumirá el aceptar a todos, con respeto y tolerancia, inculcando en los demás este principio y tendrá que celebrar lo que dice, acogiendo los carismas de los otros, aunque algunos, no le agraden demasiado. Dado que el momento que vivimos hace a la comunidad muy plural, hemos de tener muy en cuenta que, cada uno, es un hijo muy querido.

Tendrá que vivir la alegría del que pone a Cristo como centro de su vida, para desde Él: ayudar a los demás, perdonarlos, sanarlos...

-- El sacerdote tiene que tener el convencimiento, de que puede cambiar al mundo, viviendo con un amor responsable y compartiéndolo con los demás. Entendiendo que, amar significa conocer y, si él dice que ama a la comunidad, tendrá que conocerla al máximo.

Necesitará impregnarse de la realidad de la misma para poder amarla; y, tomando conciencia de que todos formamos la comunidad, asumirá que, todos, somos necesarios.

La tarea que hagamos cada uno será única e irrepetible y lo que no hagamos se quedará sin hacer; por lo que, el sacerdote y los fieles tendrán que llegar a esa sintonía, que no consiste en que no pase nada, sino en estar implicados de lleno en todo lo que suceda, sea bueno o malo.

-- El sacerdote tendrá que catequizar acercándose a la persona, pero habrá de tener un tacto muy delicado; no puede ir presuponiendo que la gente está a su nivel en cuestión religiosa, ha de partir de cero, ya que mucha gente se ha ido porque se sentían aplastadas por nuestros “sabios criterios” y tanta palabrería, lejos de llegar al corazón, las llegaban a anular.

Por muchas palabras que pronunciemos, el lenguaje más común es el de las obras. Si el sacerdote vive el perdón, la gente aprenderá a perdonar y así en todo lo demás.

-- El sacerdote más que pedir a la persona que vaya a la iglesia, tendrá que salir a su encuentro, estimularla, entusiasmarla… lo mismo que Jesús hizo con la mujer de Samaría junto al pozo. Cuidando mucho su manera de dialogar; aprendiendo de Jesús: su tacto, su delicadeza, su respeto, su hondura… Observando que, Jesús no aturde, no impone, no perturba… Como Él, tendrá que dejarnos entrar, paso a paso, en el mundo de nuestros deseos, de nuestras aspiraciones… nos dejará ir descubriéndolas poco a poco, dejará que nos vaya viniendo la luz, la certeza… hasta que un día quedemos deslumbrados, entusiasmados y, ya entregados al Señor, seamos capaces de abrirnos a su gracia y su mensaje.

-- El sacerdote ha de reconocer su capacidad para vivir en relación, para tener la esperanza de que es posible seguir avanzando un poco cada día; para enseñar con su vida y con sus palabras a vivir desde el evangelio de Jesús.

-- El sacerdote ha de aprender a mirar a los demás, con los ojos de Cristo, para que todos los hermanos, se sientan tenidos en cuenta, queridos y valorados.

-- El sacerdote, tiene que estar atento a sus síntomas de desilusión que puedan llegar, a la comunidad, para superarlos sin rendirse; teniendo fe en que, los demás pueden ayudar a solucionarlos; para ello les ofrecerá, de forma sincera, su mano y su colaboración y les pedirá la ayuda necesaria sin miramientos, sabiendo que todos están implicados en la misma tarea y que, todo lo que hagan, es obra de Dios.

Y hoy, día del seminario, no puedo terminar sin hacer una acción de gracias por todos los sacerdotes, en especial por los que Dios ha puesto en mi camino y tanto me han enseñado:

Gracias Señor:

• Gracias por esos sacerdotes que nos acompañan en el camino de la vida.

• Gracias por su generosidad y entrega.

• Gracias por esos años de esfuerzo, de estudio y preparación hasta llegar el momento de la ordenación sacerdotal.

• Gracias por todo eso a lo que tuvieron que renunciar: personas, dinero, lugares, honores, cargos…

• Gracias por ofrecer lo mejor que teníais, vuestra libertad para aceptar cualquier tarea o destino, que pudiesen encomendaos.

• Gracias por las horas pasadas ante el Sagrario, sirviendo de “puente” entre Dios y la persona.

• Gracias por la acogida que dispensáis a cuantos acuden a vosotros, por vuestra ayuda incondicional y vuestro testimonio de humildad y obediencia.

• Gracias por alimentarnos, todos los días, con el Cuerpo de Cristo, y perdonar nuestros fallos en nombre de Dios.

• Gracias por preparar con entusiasmo la liturgia, tratar con esmero la homilía y poner un gran cariño en las catequesis, preocupándoos, de manera muy especial, de los necesitados, los enfermos y de la preparación bautismal y del matrimonio…

• Y, sobre todo, gracias por vuestra valentía de ser: Sacerdotes de Cristo.