LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO


Como ya anunciábamos, el padre Antonio Pavía ha terminado sus comentarios sobre el Libro de la Sabiduría y tiene previsto comenzar otra serie referida al Libro del Éxodo. Pero va a descansar un tiempo antes de comenzar su nueva serie. Mientras tanto, iremos dando, de manera aleatoria, algunos de los comentarios que hizo sobre los 150 Salmos. Aquellos comentarios que se convirtieron en un libro que ha editado Ediciones San Pablo.


SALMO 68. DIOS VIVE EN LOS PEQUEÑOS.

POR ANTONIO PAVÍA. MISIONERO COMBONIANO.

Éste es un canto épico que narra las maravillosas y deslumbrantes hazañas de Dios para con su pueblo. Se cantan, no solamente los hechos extraordinarios que Yahvé ha realizado con Israel a nivel de lo que pudiéramos llamar una protección divina. Es mucho más que eso. Se hace hincapié en la constatación que supera toda protección que cualquier pueblo pueda atribuir a sus dioses. Se entona con gozo exultante el hecho sin par de que Dios protege al pueblo, no desde arriba, sino actuando en medio de ellos. Dios mismo, al sacar a su pueblo de Egipto, está presente en Israel; más aún, va delante de él conduciéndole a la libertad y posesión de la tierra prometida: “oh, Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo, cuando pasabas el desierto, la tierra retembló... tú derramaste, oh, Dios, una lluvia de larguezas, tú reanimaste a tu heredad extenuada; tu rebaño encontró una morada...”

Ya Moisés, cuando entonó el canto triunfal de alabanza a Yahvé al dividir las aguas del mar Rojo para que su pueblo pudiera abrirse a la libertad, hace presente con énfasis que es Yahvé el que lleva y planta a su pueblo en la heredad que sus propias manos prepararon. Escuchemos esta elegía lírica de Moisés: “Tú le llevas y le plantas en el monte de tu herencia, hasta el lugar que tú le has preparado para tu sede, ¡oh, Yahvé!, al santuario, Señor, que tus manos prepararon.” (Ex, 15,17).

Dios, lleno de bondad y de misericordia, ha puesto sus ojos en este pueblo porque amó su pequeñez y debilidad: “No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahvé de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene...” (Dt, 7, 7-8).

Además, como vemos en el salmo, Dios volvió su mirada hacia su pueblo no sólo por ser el más pequeño de todos, sino también porque es un rebaño humano totalmente desvalido. Es tal su impotencia que no tiene dónde apoyarse, nadie a quien pedir ayuda. Pues bien, Dios mismo será su apoyo y su ayuda, y les proporcionará el cobijo de una casa, una morada protectora donde reposará su Gloria. Dios establecerá su propia morada en medio de ellos: “Padre de los huérfanos y tutor de las viudas es Dios en su santa morada; Dios da a los desvalidos el cobijo de una casa, abre a los cautivos la puerta de la dicha”.

La majestad de esta epopeya tiene su momento culminante cuando Dios mismo escoge su lugar para habitar. En todos los pueblos primitivos, las montañas aparecían como signos de la presencia de las divinidades. Esta presencia era tanto más convincente cuanto más altas e imponentes eran, cuando sus cumbres tocan casi al cielo. Es normal que, ante la majestuosidad de estas montañas, los diversos pueblos hayan visto en ellas representados a sus dioses. El Dios de Israel cambia estos conceptos de los hombres. Habiendo en Samaría los montes altos y escarpados de Basán, Dios los excluye para fijarse en lo que no era ni siquiera monte, apenas una colina, la de Sión en Jerusalén. Allí será edificado el templo de su Gloria. En él reposará la gloria de Yahvé. Vemos cómo el salmista transcribe poéticamente esta decisión de Dios: “¡Monte de Dios, el monte de Basán! ¡Monte escarpado, el monte de Basán! ¿Por qué miráis celosos, montes escarpados, al monte que Dios escogió por mansión? (la colina de Sión). ¡Oh, sí, Yahvé morará allí para siempre!”.

Dios escoge siempre lo más débil e insignificante para manifestarse y salvar. Si escogiera lo fuerte y lo grandioso, lo fuerte y deslumbrador, serían las fuerzas y poderes del hombre lo que se manifestaría, y no Dios; si lo que se manifiesta es la fuerza y grandiosidad de los hombres, la salvación no acontece. Sólo Dios salva, y Él sabe muy bien a quién escoge para que el hombre no quede deslumbrado por fuerzas y poderes que no son Él. Ningún ser humano, por extraordinario que sea, puede salvar a otro; o, como dice Jesús, un ciego no puede guiar a otro ciego. (Lc, 6,39).

De la misma forma que Dios escogió a Israel, débil e impotente, para manifestar su gloria, también hoy día escoge a hombres y mujeres débiles y sin pretensiones. Hombres y mujeres “de barro”, para que la Luz y la Fuerza de Dios sean visibles a todos.

El apóstol Pablo es perfectamente consciente de esta forma de actuar de Dios. Hablando de él mismo y de todos aquellos que se dedican al anuncio del Evangelio, define cómo son los evangelizadores: “recipientes de barro”. Y tiene que ser así para que aparezca que la fuerza del Evangelio viene de Dios y no de ellos: “pero llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios, y no de nosotros”. (2Co, 4, 7).

Jesús mismo compara al Reino de Dios a una semilla de mostaza, que es la menor de todas las semillas. Sin embargo, al desarrollarse, echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan en ellas: “el Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza... es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol hasta el punto que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas” (Mt, 13, 31-32).