V Domingo de Cuaresma
21 de marzo de 2010

La homilía de Betania


1.- LA MIRADA DE JESÚS

Por José María Maruri, SJ

2.- ODIAR EL PECADO Y AMAR AL PECADOR

Por Gabriel González del Estal

3.- NO JUZGUEMOS Y NO SEREMOS JUZGADOS

Por Antonio García-Moreno

4.- VIVIR EN LIBERTAD Y CON NUESTRA DIGNIDAD INTACTA

Por Pedro Juan Díaz

5.- EL PERDÓN DE DIOS NOS REHABILITA COMO PERSONAS

Por José María Martín OSA

6.- ¡QUÉ DISTINTAS LAS MIRADAS DE DIOS!

Por Javier Leoz

7. – LA MALDAD DE LOS QUE ACUSAN

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


QUIEN ESTÉ LIBRE DE PECADO, QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA…

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA MIRADA DE JESÚS

Por José María Maruri, SJ

1. - La trasgresión es clara. La acusada no se defiende. La ley es tajante. Jesús ha venido aquí a cumplir la ley, no a abolirla. Jesús cogió una piedra y la tiró sobre la adúltera y tras ella una lluvia de piedras acaba con la vida de esa mujer. Si el Evangelio de hoy hubiera tenido este final, allí hubiera abortado el cristianismo.

2. - Jesús oye la acusación y se le van los ojos al suelo.

++Jesús siente vergüenza ajena, porque sabe la vida de pecado de los acusadores.

++Jesús siente vergüenza ajena al ver la citada ley contra la bondad de Dios.

++Jesús siente vergüenza de que se manipule la vergonzosa situación de una pobre mujer para condenarle a Él, y, tal vez interiormente, le pide perdón a ella por ser causa involuntaria de aquella escena.

++Jesús siente vergüenza ajena, cuando nos oye hablar de “las mujeres de mala vida”, sin recriminar la fila de hombres que han ido comprando esos cuerpos como se compra un esclavo del siglo XXI.

++Jesús siente vergüenza ajena, cuando miramos con desprecio a una madre soltera, sin acordarnos de ese hombre irresponsable que ha abandonado a su hijo.

3. - El que esté limpio de pecado que tire la primera piedra. Cuando curó al hombre de la mano seca, “Jesús le miró con ira”. Aquí, abochornado por la hipocresía humana, Jesús vuelve a mirar a tierra.

Es el peor castigo contra el hombre: que Dios no fije en él su mirada. En la mirada va el corazón. ¡Cuántas veces en una mirada comienza todo!

—El Señor mira a Juan y Andrés y les hace sus primeros discípulos.

—El Señor mira a Zaqueo subido en el árbol y entra en su casa la Salvación.

—El Señor mira con cariño al joven rico y le invita a seguirle.

—El Señor mira a Pedro que le niega y Pedro llora amargamente.

—El Señor mira a la adúltera y pasa por su pecado sin condenarlo. “No peques”. Y encuentra en ella ese granito de bondad que hay en cada hombre. Y eso lo saca afuera. Lo engrandece y lo proyecta al futuro. “Tampoco yo te condeno, anda adelante, no peques más”. En ti se está realizando algo nuevo que ya hecha sus brotes, como nos ha dicho la primera lectura, olvidando lo que dejas atrás, corre hacia delante como nos ha dicho Pablo.

La mirada de Jesús a la adúltera es de perdón, como Padre del Hijo Pródigo y es alentadora y optimista para el futuro. ¿Olvidaría jamás la adúltera esa mirada?

4. - Aprendamos de esa mirada de Jesús. Desarmemos nuestra mirada de toda carga de odio o desprecio con el que podemos hundir para siempre a una persona que busca nuestra ayuda y cariño. Miremos siempre con bondad aprendiendo del Señor a buscar en cada persona lo poquito de bueno que hay en ella.

Y si nos damos cuenta de que, con dificultad, vemos lo bueno de los demás, posiblemente los que necesitamos de médico, de un buen oftalmólogo somos nosotros. A los que el astigmatismo nos hace ver las cosas deformes o las cataratas nos hace verlo todo con sombras oscuras.

El Señor nos mire con bondad y cure nuestros ojos de forma que podamos mirar a los demás con limpieza y bondad.


2.- ODIAR EL PECADO Y AMAR AL PECADOR

Por Gabriel González del Estal

1.- Tampoco yo te condeno, anda y no peques más. Jesús de Nazaret sabía muy bien lo que decían el Levítico y el Deuteronomio sobre las mujeres sorprendidas en flagrante adulterio. Conocía también las torcidas intenciones de los escribas y fariseos que colocaron ante él a la mujer adúltera. Seguro que, en aquel momento, Jesús sintió una profunda compasión hacia la mujer adúltera y un profundo desprecio hacia sus hipócritas acusadores. Jesús no aprobaba el adulterio, pero sentía compasión y amaba divinamente a aquella mujer adúltera; Jesús no reprobaba a la Ley, pero despreciaba a aquellas personas que querían usar la Ley con intenciones egoístas e hipócritas. Jesús condena el pecado de adulterio, pero ama y perdona a aquella mujer, a la que exhorta a no pecar más. Cuando ahora nosotros, aquí en occidente, escuchamos o leemos que una mujer ha sido apedreada, por adúltera, en un país musulmán, sentimos un espontáneo horror y desaprobamos, instintivamente, esa macabra y criminal acción. Pero, en nuestra vida diaria, condenamos muchas veces inmisericordemente a las personas, cuando no piensan y actúan como a nosotros nos gusta. Tendemos, con una facilidad asombrosa, a justificar nuestras acciones y las acciones de nuestros amigos, pero somos inmisericordes cuando juzgamos las acciones de los que consideramos nuestros enemigos, o rivales políticos, religiosos, culturales o deportivos. “Si la culpa fuera moza, dice el refrán, soltera se quedaría”. Nadie queremos cargar con la propia culpa y la mandamos rápidamente al campo contrario. Debemos acostumbrarnos a distinguir siempre entre pecados y pecadores, entre hechos y personas. Hay acciones objetivamente malas, que merecen siempre ser condenadas, pero la persona es siempre un recinto interior y sagrado en el que nosotros no podemos entrar. Condenemos siempre el pecado, pero amemos siempre al pecador, y dejemos que sea Dios el que, cuando llegue el tiempo, nos juzgue a todos.

2.- No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo. Mirad que realizo algo nuevo. Esto les decía el profeta Isaías a sus paisanos, cuando estaban desesperanzados y oprimidos. Esto mismo tenemos derecho a pensar que nos dice Dios a nosotros, cuando estamos dentro del túnel y no vemos luz, ni salida posible. La desconfianza y el pesimismo profundo son siempre indicios y consecuencia de nuestra poca confianza en Dios. No me refiero, claro está, a la desconfianza y al pesimismo en cosas accidentales y banales, sino a la desconfianza y al pesimismo sobre nuestro futuro como personas morales y religiosas. Siempre podemos cambiar, siempre podemos mejorar. El hecho de que hasta ahora muchas veces nos hayamos equivocado no quiere decir que vayamos a seguir equivocándonos en adelante. Debemos ser religiosamente optimistas, respecto a nosotros mismos y a los demás. Dios no nos va a soltar de su mano, mientras nosotros queramos seguir fuertemente agarrados a ella. El vaso de nuestra vida moral y religiosa siempre está medio lleno, nunca medio vacío.

3.- No es que ya haya conseguido el premio; yo sigo corriendo a ver si lo obtengo. Lo que dice San Pablo a los Filipenses, respecto a sí mismo, debemos pensarlo y decirlo nosotros respecto a nosotros mismos. La vida es una lucha, desde que nacemos hasta que morimos. Una lucha de la que saldremos victoriosos con la gracia de Dios. Dios promete el premio a todos los que, con corazón sincero, corren hacia él. Apoyados siempre en la fe y en la justicia, que nos vienen de Dios, no en nuestra propia justicia. El premio es Cristo, que se nos da gratuitamente, porque fue el mismo Cristo el que lo obtuvo para nosotros. Si nosotros estamos dispuestos a comulgar con sus padecimientos, también participaremos de su resurrección. Todo lo podemos en Aquel que nos conforta.


3.- NO JUZGUEMOS Y NO SEREMOS JUZGADOS

Por Antonio García-Moreno

1.- JUVENTUD, DIVINO TESORO.- Cualquier tiempo pasado fue mejor, dijo el poeta. Y antes que él, seguro que muchos lo pensaron. Es un fenómeno general en la humanidad ese mirar con añoranza el pasado, olvidando lo malo que hubo, recordando sólo lo bueno. Lo contrario que pasa con el mirar el presente. En él se suele ver sólo lo desagradable, lo negativo, sin vislumbrar lo mucho bueno que sin duda tiene el tiempo que nos tocó vivir. Y con esa actitud se fomenta la desilusión, la desesperanza, se impide la objetividad para juzgar, se origina la impotencia para afrontar el futuro.

No es de cristianos vivir de recuerdos, pasarse la vida suspirando por lo que pasó, encerrado en un pasado que ya no existe. Hay que mirar con ilusión nuestra propia época, tratando de mejorarla, luchando para que haya más justicia, más amor, más paz. Es lo que Dios pone en nuestras manos, el talento que ahora tenemos que negociar hasta conseguir el máximo rendimiento.

El pasado no es más que eso, pasado. Lo que realmente nos pertenece es el presente, de esto es de lo que tenemos que responder ante Dios. Lo pasado ya no tiene remedio, mientras que lo que ocurre ahora es susceptible de hacerse bien… Es señal de vejez el mirar atrás. De esa vejez caduca y decadente que afecta no sólo al cuerpo, sino también al espíritu. Esa es la peor forma de llegar a viejo, vivir del pasado, sentirse desfasado en el presente, no mirar con esperanza y con serenidad al futuro.

Eterna juventud. Si tuviéramos fe y confianza en el poder de Dios seríamos siempre jóvenes, tendríamos el corazón lleno de esperanza, de perenne ilusión. Y aunque el cuerpo esté torpe, inútil casi, la mirada sería clara, iluminada, transida de juventud. Parece una utopía lo que estoy diciendo, pero no lo es. Seguro... Es más, a medida que pasan los años tendríamos que estar más llenos de juventud, de alegre confianza. Comprendo que sean palabras absurdas y extrañas para muchos. Para mí mismo, quizás, cuando la juventud se me terminado del todo...

Ríos en el yermo, caminos por el desierto, agua para calmar la sed de tu pueblo. Una vida nueva que irrumpe impetuosa en la vieja vida de los hombres. Vida sin fronteras, sin esta continua amenaza de muerte. Un agua viva, un agua que corre por entre los montes hasta desembocar en la vida eterna, un agua que calma la sed insaciable del corazón del hombre. Es posible el milagro, el prodigio tantas veces intentado por la quiromancia de todos los tiempos. Existe el elixir de la eterna juventud, de la auténtica juventud. Seremos capaces de mantener la juventud a fuerza de irnos transformando en la nueva criatura, la creada según Dios, en justicia y santidad verdaderas.

2.- NO JUZGUÉIS.- Nos dice hoy el texto sagrado que todo el pueblo acudía a Jesús. La gente intuía en Él algo distinto, que otros maestros de Israel no tenían. Con razón afirmaban que el Rabí de Nazaret enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas y fariseos. Y, sin embargo, aquel Nazareno no había realizado estudio alguno. En realidad su ciencia era distinta, no era humana sino divina. La razón última por la que la gente acudía no era otra que la fe. Esa misma razón es la que ha de movernos a nosotros también a la hora de escuchar a Jesús que, también hoy, nos habla por medio de su Iglesia. Esa es la gran diferencia entre cualquier sabio de ciencia humana y el creyente conocedor del Evangelio. Aquel por mucho que sepa carece de la sabiduría divina. De modo especial la sabiduría divina la ha recibido de Dios la Iglesia de Cristo. Expuesta y difundida por el Papa y los obispos en comunión con él. El Sumo Pontífice merece nuestro respeto y acatamiento siempre, mientras que el científico sólo será aceptado cuando sus razones nos convenzan y simple que no diga lo contrario de lo que la Iglesia enseña.

En este pasaje que consideramos, el de la mujer adúltera, son los letrados y los fariseos quienes tratan de comprometer al Señor. Ellos, desde su peana de peritos de la Ley, tratan con desprecio y crueldad a esa desgraciada. Jesús, en cambio, se inclina en silencio hacia el suelo. Cuando le insisten para que se pronuncie, se incorpora y dice que quien no tenga pecado le tire la primera piedra. Luego vuelve a inclinarse y continúa escribiendo con el dedo en la tierra. No sabemos qué es lo que escribía, lo cierto es que todos se fueron escabullendo, uno a uno, empezando por los más viejos, hasta dejar sola a la adúltera frente a Jesús.

Es una gran lección para cuantos nos erigimos a veces en jueces de los demás. Con qué facilidad sometemos la conducta ajena a nuestro propio juicio. Olvidamos que el Señor nos ha dicho que no juzguemos y no seremos juzgados, y que con la misma medida con que midamos a los demás, seremos nosotros medidos. Nos resulta más fácil ser fiscales que no defensores, tendemos a resaltar las circunstancias agravantes y a olvidar las atenuantes. En el fondo, trasladamos a la conducta del prójimo nuestra propia malicia y hacemos realidad aquello de que se cree el ladrón que todos son de su condición. Vamos a rectificar, vamos a ser benévolos a la hora de juzgar; dentro de lo posible abstengámonos de hacerlo, dejemos que sea Dios quien emita su justo juicio y seamos misericordiosos para que el Señor lo sea con nosotros, que falta nos hace.


4.- VIVIR EN LIBERTAD Y CON NUESTRA DIGNIDAD INTACTA

Por Pedro Juan Díaz

1.- “Sólo desde el amor la libertad germina”. Es el inicio de un himno de la liturgia de las horas que siempre he rezado con mucho cariño y que hoy me ha venido al pensamiento al fijarme en la mujer del Evangelio, una pecadora a la que el amor de Jesús, y no su condena, la convierte en una mujer nueva y libre para seguirle. A las puertas de la semana santa, de la semana del “amor más grande”, la Palabra de Dios nos invita una vez más a la conversión sincera, esa que sólo se puede hacer desde el corazón, cambiando nuestras actitudes.

2.- El Evangelio nos presenta a una mujer “sorprendida” en adulterio y a la que la ley manda apedrear. Los letrados y fariseos se la llevan a Jesús para ver cómo responde. Pero Jesús guarda silencio, omite la condena y vuelca en ella toda la misericordia de Dios, lo que hace que hasta los más viejos del lugar den un paso atrás y se retiren, dejando a la mujer sola con Jesús. “¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno”. Sólo un amor que no juzga nos deja con esa sensación preciosa de vivir en libertad y con nuestra dignidad intacta, ya que un amor así nos dignifica y es un estímulo para vivir nuestra fe. Pero esto requiere un paso de madurez en nuestra fe, una gran dosis de conversión.

2.- Nos dará mucha luz en este sentido la segunda lectura, las palabras de ánimo que San Pablo da a los cristianos de Filipos, a los que tanto quiere, y también a nosotros que hemos escuchado con atención esta Palabra. Pablo dice que vive la fe como si de una carrera se tratara, y que el amor y la entrega son el esfuerzo que el pone para llegar a la meta. Pero ese esfuerzo no es una condición para alcanzar la salvación, sino que es como fruto de ella, es decir, corre sabiendo que ya tiene ganada la carrera, y ese esfuerzo se convierte en amor y en entrega libre y generosa hacia los demás, y no en una carga voluntarista y pesada que termina por no dar vida.

¿Nuestra fe es así? ¿Vivimos la fe desde el amor y la entrega a los demás como fruto de la salvación que Dios nos regala en Cristo? ¿Estamos convencidos de que la salvación es gratuita y de que no nos viene por los muchos y grandes esfuerzos que nosotros podamos hacer? ¿Convertimos nuestros esfuerzos por “correr en la carrera de la fe” en amor y entrega generosa y libre a los demás? ¿O seguimos pensando en clave voluntarista y condenatoria de los que no son ni piensan como nosotros?

“No recordéis lo de antes –dice el profeta Isaías en la primera lectura--, mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Ese “algo nuevo” es Jesús que vivió su vida desde el amor y la libertad y que vino a mostrarnos a un Dios que no quiere nuestra condena, sino nuestra salvación, y que nos quiere libres, y no sometidos a unas prácticas y unas leyes que nos atan porque no las vivimos desde el amor y la libertad.

3.-“Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe”. Y la fe de Cristo no es otra que la fe en el crucificado/resucitado que ha entregado su vida por nosotros para que tengamos Vida Eterna. Sólo desde un amor tan grande puede germinar la libertad necesaria para vivir la fe de manera gratuita y generosa para con los demás, especialmente para con los más pobres.

En la Eucaristía, cada domingo, recordamos la entrega generosa de Jesús, anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección. Nos unimos a Él al comulgar su Cuerpo y nos comprometemos a vivir nuestra fe en la vida desde el amor y la libertad que Él nos enseñó. Proclamemos juntos nuestra fe en el Dios de la vida, que está en la vida de cada día y que nos invita a vivirla con mucho amor.


5.- EL PERDÓN DE DIOS NOS REHABILITA COMO PERSONAS

Por José María Martín OSA

1.- ¿Cuál es la novedad que anuncia el profeta? La novedad es la gracia que nos transforma y "nos ayuda para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo" (Oración Colecta). Sólo en la medida en que estemos dispuestos a recibir esta gracia será posible olvidarse de lo que queda atrás y lanzarse a lo que está por delante, como nos recuerda San Pablo en la Carta a los Filipenses.

2. - ¡Qué fácil es condenar al otro y disculpar nuestro propio comportamiento! "El que esté sin pecado que tire la primera piedra". Hoy día seguimos condenando, somos jueces implacables de los demás. Los males, decimos, son muchos, pero los culpables son los otros, o las estructuras... No queremos reconocer que todos somos corresponsables, por acción o por omisión, del mal y de la injusticia que sufre nuestro mundo. Esto se llama hipocresía. Hay quien dice que Jesús cuando escribía con el dedo en el suelo (por dos veces) estaba señalando los nombres de los acusadores, que se convertirían de este modo en acusados. Creo que no es éste el estilo de Jesús. Quizá lo único que pretendía era dar tiempo para suscitar la reflexión y hacerles caer en su incongruencia. Tal vez escribía el nombre de los muchos pecados que habían cometido. Jesús les invita al examen personal de conciencia para que reconozcan también la hipocresía social que condena a la mujer. Desenmascarados, van saliendo de uno en uno.

3- La palabra y la mirada tierna y misericordiosa de Jesús es la que salva y levanta a la mujer pecadora de su postración. Sólo el Señor es capaz de reconstruir a la persona por dentro para convertirla en nueva criatura. Sólo Jesús puede cambiar la orientación de nuestra vida para que podamos cantar que "El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres".


6.- ¡QUÉ DISTINTAS LAS MIRADAS DE DIOS!

Por Javier Leoz

¡Qué distintos los pensamientos de Dios a los que nosotros tenemos! ¡Qué distintas nuestras miradas, sobre el mundo o sobre las personas, a las que Dios posee! ¿Por qué será?

1.- Nuevamente, en total sintonía con aquella impresionante parábola del Hijo Pródigo que, el domingo pasado contemplábamos, escuchamos el relato evangélico de este cuarto domingo de cuaresma: la misericordia de Dios es tremenda, infinitamente inalcanzable. ¿Cuándo entenderemos que, el Señor, tiene corazón de padre, manos que acogen y ojos con los que, siempre, mira con amor?

Una vez más, camino de la Semana Santa, Jesús –Hombre y Dios- nos va mostrando con más nitidez y con asombrosas pistas el rostro auténtico del Padre: aborrece el pecado pero ama al pecador. Poco le importan las historias pasadas de aquella mujer. Para el Señor, el momento presente, es lo más esencial. Y, lo más deleznable, aquellos que sin tener potestad para ello, se erigían en jueces de los defectos de los demás.

Cuántas veces, como a esta mujer adúltera, muchas personas, instituciones (también la misma Iglesia o el mismo Papa como recientemente denunciaba la Santa Sede) son presentados en medio de la plaza del mundo (a través de los medios de comunicación social) con la única intencionalidad de desgastar, de juzgar, de condenar o, simplemente, de hacer daño.

Es necesario, por supuesto, una autocrítica. Preguntarnos hasta qué punto, nuestra vida cristiana, se encuentra un tanto adulterada. Pero, no es menos cierto, que también estamos llamados a ser comprensivos con los demás y, por supuesto, a ser conscientes de que –si nosotros tenemos mil poros abiertos en nuestra piel- también los demás pueden tenerlos ¿O no?

2.- En la quinta estación del vía crucis contemplamos a Simón de Cirene ayudando a llevar la cruz. Esa debe ser la actitud nuestra cuando, a nuestro paso, salen situaciones que nos pueden parecer llamativas o pecaminosas. De nada sirve airearlas, publicarlas. ¿No sería mejor ayudar? A aquellos escribas les importaba un bledo la vida de aquella mujer (entre otras cosas porque sabían perfectamente que el adulterio ya estaba sentenciado de antemano sin necesidad de recurrir a Jesús). Pretendían una excusa para coger fuera juego al Señor. En definitiva, para dejarlo al descubierto. No lo consiguieron.

3.- Siempre, cuando leo este evangelio, recuerdo aquella anécdota de un confesor. Se le acercó un penitente y, después de confesarse sobre una difamación, el sacerdote le ordenó lo siguiente. En penitencia tráeme una gallina. Extrañado por tal mandato, el penitente, no lo dudó dos veces. Seducido de la facilidad para redimir su grave falta le presentó, al instante, una gallina blanca. El sacerdote, de nuevo, le indicó: ahora camina por las calles del pueblo y vete desplumando, poco a poco, el ave. Extrañado de nuevo, pero sonriendo por el poco coste de la carga impuesta, así lo hizo. Cuando volvió al confesionario, de nuevo el confesor, le añadió: ahora te falta lo más importante. Regresa por todas las calles y plazas y guarda en una bolsa todas las plumas que has arrancado a la gallina. ¡Eso es imposible! Contestó el penitente. ¿Imposible? Tan imposible y difícil como recuperar la fama de aquella persona a la cual tú tanto daño has hecho.

Y es que muchas veces, queriendo o sin querer, con verdad o sin ella, podemos hundir a muchas personas; sentenciarlas o enterrarlas en vida. El morbo, y más con los poderes mediáticos llamando a nuestra puerta, se convierte en algo muy apetitoso pero también muy perjudicial para la salud pública y para la paz social.

4.- Que nosotros, como cristianos, busquemos siempre lo que Jesús ofreció a esta mujer, su compasión y comprensión. Qué bien lo expresa San Agustín “Sólo dos quedan allí: la miserable y la Misericordia”. Qué bien nos vendría una reflexión al hilo de este tiempo cuaresmal: ¿Cómo nos posicionamos frente a los defectos de los demás, cómo jueces o como personas que saben comprender y arrimar el hombro?

5.- AYUDAME A MIRAR COMO TU, SEÑOR

A no dejarme llevar por mis juicios,

interesados, duros y excesivamente crueles.

A observar, no tanto los aspectos negativos,

cuanto la bondad y lo noble de los que me rodean.

AYUDAME A MIRAR COMO TU, SEÑOR

A no conspirar ni levantar castillos

en las ruinas sufrientes de tantos hermanos

A no señalar defectos e historias pasadas

que, entre otras cosas,

sólo sirven para causar sensación o daño

AYUDAME A MIRAR COMO TU, SEÑOR

A ser prudente, como Tú lo fuiste

con aquella mujer, que adulterada en su vida,

comenzó otra vida nueva

ante tu forma de mirarle y corregirle

AYUDAME A MIRAR COMO TU, SEÑOR

A ver el lado bueno de las personas

A no recrearme con el sufrimiento ajeno

A no ser altavoz de calumnias y mentiras

A ser hombre y no jugar a ser juez

AYUDAME A MIRAR COMO TU, SEÑOR

A no manipular ni airear

las cruces de las personas que las soportan

A no enjuiciar ni condenar

los defectos de tantos próximos a mi vida

A no hacer estandarte ni burla

de los que están hundidos en sus miserias

AYUDAME A MIRAR COMO TU, SEÑOR

Para que, frente a la mentira, reine la verdad

Para que, frente a la condena, brille tu misericordia

Para que, frente a la burla, salga la comprensión

Para que, frente a la humillación, despunte la bondad


7. - LA MALDAD DE LOS QUE ACUSAN

Por Ángel Gómez Escorial

1. - No se puede obviar la capacidad descriptiva de San Juan en el fragmento de su evangelio que acabamos de escuchar. Jesús escribe en el suelo con el dedo. Enfrente un grupo vociferante arrastra a una mujer hasta Él para acusarla de adulterio. Jesús los ignora. Sigue trazando signos en la tierra. Continúa escribiendo ante el estupor de los que gritan. No se esperaban esa aparente pasividad. Está claro que los que gritan no buscan ninguna clase de justicia y menos alguna suerte de perdón para la mujer que traen. Sólo pretenden atrapar al Señor al algún juicio no adecuado a la Ley oficial. O indisponerle con el pueblo que en esos tiempos le sigue enfervorizado Podían prever que la misericordia de Jesús buscaría argumentos exculpatorios divergentes con la mencionada Ley. Pero Jesús expresa lo único que se puede decir un grupo de hombres cuando intentar culpar o ejecutar a uno de sus prójimos. "El que esté sin pecado que le tire la primera piedra..." ¿Quien de nosotros puede juzgar como pecador a sus semejantes? Pues, nadie, porque todos somos pecadores. Y pobre de aquel que no repare en su condición de pecador. Jesús, a su vez, no minimiza, ni por un momento, el pecado, porque le dirá a la mujer: "Tampoco yo te condeno. Y en adelante, no peques más". Jesús no tiene pecado, pero tampoco condena. Y le pide que no vuelva a pecar.

2. - Es muy hermosa la escena y es muy notable la posición general de Jesús: desde su pretendido ensimismamiento hasta el desenlace final que purifica los pecados de la mujer. Este Jesús de Nazaret que escribe en la arena sabe que la maldad es muy superior en el interior los que desean equivocarle que dentro de una mujer que traen como pecadora.

3. - El tiempo de cuaresma debe producir reflexión sobre nuestras faltas y ausencias de amor. Hace unos días oíamos a un santo sacerdote decir que la conversión era un camino para acrecentar nuestro amor hacia Dios y hacia el prójimo. El amor cada vez más grande nos alejará de esos planteamientos erróneos y desordenados que producen nuestras faltas. Y es que el camino final de esta cuaresma --la Pasión de Jesús-- es una impresionante Sinfonía de Amor que nos traerá un Jueves el testamento de la Eucaristía, un Viernes la muerte por todos en terrible soledad telúrica y cósmica, un Domingo, antes de amanecer, con el Triunfo definitivo de la Vida y del Amor. Y, sinceramente, nada de esto son eufemismos. Son realidades palpables. Nuestra conversión estará en amar más, y mejor a Dios, y a nuestros prójimos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN

QUIEN ESTÉ LIBRE DE PECADO, QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA…

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La frase ha pasado ya al lenguaje popular, desconociendo muchos su origen. Os advierto que a Jesús no le gustaba demasiado permanecer en el Templo. Nunca demostró simpatía por él. Cuando le tocó entrar en el recinto, lo hizo. Unas veces piadosamente, otras purificando con energía aquel espacio sagrado, que sus contemporáneos habían convertido en cueva de bandidos, según Él mismo sentenció. Quiero recordaros, mis queridos jóvenes lectores, que el de Jerusalén, era una inmensa explanada, rodeada por soportales, que los traductores llaman atrios y que servían para cobijarse, protegiéndose de las inclemencias, y reunirse alrededor de un rabino, los que querían aprender o profundizar en el conocimiento de la Ley. En el centro de esta enorme terraza, limitada por una balaustrada, se levantaba el Santuario, lugar reservado a los judíos. Ningún gentil podía franquear esta barrera. (Se conserva en Estambul una lapida con una inscripción que advierte que el que se adentre sin ser fiel, se juega la vida). Se trataba de unos edificios adosados, con sus plazoletas, que precedían al lugar sagrado, el recinto vacío, donde habitaba el Dios espiritual, Señor de Israel. En los espacios circundantes, fuera de la baranda, es donde se asentaban los cambistas, los vendedores de animales, aptos para ofrecerlos en sacrificio. Era lugar muy apropiado para la convivencia ciudadana.

Por uno de estos ámbitos muy concurridos, sería donde encontraron al Maestro, los que buscaban su perdición. Gente distinguida era la que le llevó a una mujer hallada adulterando y se la presentaron a Jesús. Se trataba de descubrir si era correcto intérprete de la Ley, pero falto de sensibilidad humanitaria. O, contrariamente, condescendiente bondadoso, pero transgresor de los preceptos de Moisés. Jesús no tenía escapatoria. Aparentemente, al menos. Hay que advertir que una esposa, en aquellos tiempos, su única ocasión de pecado, su única tentación, era esta profanación del matrimonio. Ciertamente que era un pecado contra el sexto precepto de la Ley, pero esto no importaba demasiado a esta gente, lo que les indignaba es que un ser tenido por inferior, la mujer, se atreviera a traicionar a su marido, al que le debía total sumisión. Se consideraba tan grave el delito, que los desobedientes, ella y él, se hacían merecedores de la muerte por lapidación pública y popular. Aunque a decir verdad, el varón tenía múltiples escapatorias. En la práctica, los maridos podían repudiar a la mujer, abandonarla al ostracismo, era menos cruel y más cómodo. Y esperar impunemente otra ocasión.

2.- Jesús escucha y entiende la trampa que le han puesto, pero no pierde la calma ni el humor. Se agacha y escribe en el suelo. No adivinan los comentaristas el significado de este comportamiento. Seguramente sería un gesto de desdeño. Como el del que en vez de contestar a una pregunta estúpida, enciende su pipa y con parsimonia, antes de pronunciar una palabra, va fumando. Es una manera de enervar al respetable, sin aparentemente hacerle daño.

Adivinan ellos por donde va la cosa. Sentencia el Señor, cual sabio mediador, que quien esté libre de culpa, empiece de inmediato a lapidar. Y con flema sigue garabateando, sin siquiera mirar a los denunciantes, que, prudentemente “hacen mutis por el foro” como dicen los guiones teatrales, cuando el personaje debe desaparecer de escena de inmediato.

A nuestro Maestro no le ha faltado la peculiar sagacidad semítica, pero no olvida a la mujer. Podía haberla ignorado y dejada abandonada, para desprecio del populacho. No hubiera por ello dejado de obrar bien. Pero no era este su estilo. Sin prepotencia, le pregunta por los que hasta allí la han conducido, los que ya la tenían previamente condenada. Han desaparecido, le contesta. Nadie se ha atrevido a condenarla. Él tampoco lo hará, es hombre bondadoso. Pero como es bastante más, ha querido escuchar su voz, antes de despedirla y darle ánimos para el futuro, añade: en adelante no peques más.

3.- ¿Aprobaba el adulterio? Ciertamente que no. ¿Abandonaba a su suerte a la mujer que, por serlo, poco pintaba en aquella sociedad? Tampoco. Hablar públicamente con ella, por pocas palabras que le dirigiera, suponía un riesgo, máxime tratándose del lugar donde sucedía la escena, pero lo acepta.

Ni vosotros, mis queridos jóvenes lectores, ni yo mismo, somos adúlteros. Pero el no serlo no nos excusa de examinar nuestro comportamiento. La adultera buscó seguramente una aventura placentera, apetecible, aunque ilegítima. ¿No es semejante nuestro obrar, cuando nos entregamos al deleite abusivo: sea en comida, bebida, fiestas injustas por sus lujos, dinero malgastado, aduciendo que por ser nuestro, uno puede hacer con él lo que quiera? ¿No es semejante nuestra desidia, olvidando la ayuda que debemos prestar, los deberes respecto a nuestra familia o amigos? ¿Nos resulta fácil acusar a los demás de sus delitos, olvidando, o queriendo ignorar, los nuestros?

Es preciso presentar nuestra realidad ante el Señor, ser nosotros mismos los que nos acusemos, para que sea Él el que nos perdone y nos dé ánimos.