El Patriarca San José, Custodio del Redentor

Por Jesús Martí Ballester

Los teólogos han tardado muchos siglos en caer en la cuenta de la figura ingente de San José. Absorbidos y preocupados por las controversias, en sus estudios trinitarios, cristológicos y mariológicos, apenas repararon en el papel excepcional del humilde carpintero de Nazaret: "Nunca- escribe Marceliano Llamera en el prólogo a la "Teología de San José" de su hermano Bonifacio- las intuiciones cordiales han llevado tanta delantera a la teología como en el caso de San José. La especulación católica, entretenida con Jesús y María, tardó mucho en reparar en el humilde Patriarca. Era ya el siglo XVI, y en los conventitos teresianos se sabía más de San José que en las aulas de Salamanca y de Alcalá. Santa Teresa sabía más de San José que Báñez. pero, al fin, ha de ser Báñez quien dé la razón a santa Teresa para que se reconozca que la tiene. Una vez pregunté a una viejecita excepcionalmente devota del santo Patriarca por qué lo era tanto, y me contestó: ¿No ve usted que lleva al Niño Jesús en sus brazos?".

DOCTRINA DE SANTO TOMAS

Es doctrina del Angélico que cuanto más una cosa se aproxima a la causa que la ha producido más participa de su influencia. Ninguna criatura, excepto Jesús y María, se ha aproximado más a Dios que san José, pues, en la cuestión 29 de la 3ª parte de la suma teológica sostiene que, por su predestinación a esposo de María, entre María y José hubo verdadero matrimonio, siguiendo a san Juan Crisóstomo, San Jerónimo, San Agustín y a san Ambrosio, y como padre virginal de Jesús, por cuyo derecho será él quien le imponga el nombre designado por el ángel, la santidad de san José excede a la de todas las criaturas humanas y angélicas. En efecto, como esposo de María y padre virginal de Jesús, su intimidad con María y con Jesús, le hace vivir envuelto en sacramento permanente de Dios. Conviviendo pues, con el autor de la gracia y con la llena de gracia, ¿hasta dónde alcanzará la gracia, al que, habiendo sido elegido para esposo y padre de las dos criaturas más amadas del Padre celeste, debe también haber recibido los dones que eran requeridos por esa misión delicada y excelsa?

“HAGASE TU VOLUNTAD”

La de José queda hecha añicos. Sí, mucha alegría, pero también mucho miedo y desconcierto. «Vértigo». Va descubriendo que todos sus planes han sido cambiados. El humilde carpintero, el muchacho simple que hasta entonces había sido, ha muerto. Nace un nuevo hombre con un destino hondísimo. Como antes María, descubre ahora José que embarcarse en la barca de Dios es adentrarse en su llamarada. Tuvo miedo y debió de pensar que hubiera sido más sencillo si todo esto hubiera ocurrido en la casa de enfrente.

 

¿Por qué hube de ser yo?

Como un torrente de cielo roto,

Dios se me caía encima:

gloria dura, enorme, haciéndome

mi mundo ajeno y cruel: mi prometida

blanca y callada, de repente oscura

vuelta hacia su secreto, hasta que el ángel

en nívea pesadilla de relámpagos,

me lo vino a anunciar:

el gran destino

que tan bello sería haber mirado

venir por otra calle de la aldea...

 

¿Y quién no preferiría un pequeño destino hermoso a ese terrible que pone la vida en carne viva? Todos los viejos sueños de José quedaban rotos e inservibles.

 

Nunca soñé con tanto. Me bastaban

mis días de martillo, y los olores

de madera y serrín, y mi María

tintineando al fondo en sus cacharros.

Y si un día el Mesías levantaba

como un viento el país, yo habría estado

entre todos los suyos, para lucha

oscura o para súbdito. Y en cambio

como un trozo de monte desprendido

el Señor por mi casa, y aplastada

en demasiada dicha mi pequeña

calma, mi otra manera de aguardarse.

J. M. Valverde

Pero aún había más: la venida del Dios tonante ni siquiera era tonante en lo exterior. Dios estaba ya en el seno de María y fuera no se notaba nada. Solamente más sobre María, más lejano el fondo de sus ojos. Sólo eso, ni truenos en el aire, ni ángeles en la altura. El trabajo seguía siendo escaso, los callos crecían en las manos, el tiempo rodaba lentamente. Sólo su alma percibía el peso de aquel Dios grande y oscuro a la vez.

COOPERACIÓN DE SAN JOSÉ AL ORDEN HIPÓSTATICO

San José cooperó a la constitución del orden hipostático de modo verdadero y singular, aunque extrínseco, moral y mediato; y su cooperación a la conservación de la unión hipostática, fue directa, inmediata y necesaria, y pertenece al orden de la unión hipostática, no físicamente como la Madre de Dios, pero sí moral y jurídicamente, afirma Bover. Graciosa y plásticamente, el fecundo autor de las alegorías, san Francisco de Sales, comenta: Si una paloma deja caer un dátil en el jardín de san José, y nace una palmera, ¿acaso ésta no pertenece a san José, cuyo es el jardín? El Redentor es realmente de su padre virginal por derecho de accesión. Es una lástima que el Catecismo de la IC no dedique ni un solo párrafo a san José, habiendo sido tan ensalzado por Juan Pablo II en la Exhortación, dedicada al santo Patriarca, en el centenario de la Encíclica de León XIII, "Quamquam pluries".

LA "REDEMPTORIS CUSTOS" DE JUAN PABLO II

La doctrina más reciente sobre san José es la de Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica "Redemptoris Custos" de 15 de agosto 1989, que hace derivar toda la grandeza de san José del evangelio de Mt 1, 20: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José. Admirables debieron de ser las virtudes escondidas del padre de Jesús, la humildad y la obediencia, testificada en las palabras del evangelio: "José hizo lo que el ángel le había mandado y tomó consigo a su mujer" (ib 24). La tomó con todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el hijo, que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo. Admirable disponibilidad, y entrega absoluta al designio divino, que pide el servicio de su paternidad, para que, como en el principio de la humanidad, exista, ante la humanidad nueva, también una pareja, que constituya el vértice desde el cual se difunda la santidad a toda la tierra.

INTIMIDAD DE SAN JOSÉ CON MARÍA Y CON JESÚS

"Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, "de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra" (Ef 3,15) (Rm 8). Indescriptible nos resulta a los humanos la manifestación del amor y la ternura, la atención y la constante solicitud afectuosa de José con aquellas criaturas inefablemente amadas. misterios de la circuncisión, con José cumpliendo su derecho y su deber de padre, "le pondrás por nombre Jesús"; de la presentación en el templo: "Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de el" (Lc 2,30); de la huida a Egipto: "toma al niño y a su madre y huye a Egipto"; de Jesús en el templo: "Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,48). "Jesús era, según se creía, hijo de José" (Lc 3,23). En realidad así se pensaba en su entorno social. El misterio de la vida oculta de Nazaret, donde José ve crecer al niño en edad, en sabiduría y en gracia. El misterio del cuidado de Jesús, criarle, alimentarle, trabajar para él, vestirle y educarle. Y viendo cómo ese niño, que es su hijo, que es su Dios, y cómo su esposa, más santa que él, le obedecen a él y se le confían, y oran juntos, y juntos van a la sinagoga, y juntos pasean y se distraen y juntos trabajan. y juntos aman, y juntos viven y juntos redimen al mundo. ¡Qué maravilla y cuánto amor!

MARÍA ELEGIDA MADRE DEL REDENTOR, JOSÉ COMO ELLA

Como María fue elegida madre del Redentor, José lo fue para ser su esposo y padre legal de Jesús. Jesús es hijo de David, porque José, su padre legal y María, su madre, son descendientes del rey David: “Ve y dile a mi siervo David: estableceré después de ti a un descendiente tuyo, un hijo de tus entrañas y consolidaré tu reino” (2 Sam 7,4). Como María recibió una anunciación por la cual se le notificaba que iba a ser Madre de Dios, José también tuvo su anunciación en la que se le anunciaba que iba a ser el padre legal del hijo de Dios, e hijo de María, su esposa, a quienes tendrá que cuidar, alimentar, proteger, defender, con quienes convivirá y acompañará. En el momento más amargo de su vida, cuando está dispuesto a dejar a María al verla encinta, le dice el Ángel: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre, Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados" (Mt 1,16). Al ser la imposición del nombre derecho del padre, el Ángel está afirmando la paternidad de José. Sin esperarlo, se ve inmerso en la familia trinitaria. Como Abraham, a quien se le pidió el sacrificio de su hijo, José estaba dispuesto a dejar a su esposa María, que era como morir en vida: “Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos, y llama a la existencia lo que no existe, Abraham creyó” (Rom 4,13).

JOSÉ, UN HOMBRE JOVEN

Aunque la imaginería se empeñó equivocadamente en representarnos a un hombre anciano para dejar a salvo la virginidad de María, la realidad fue más hermosa, porque José era un joven fuerte y lleno de vida, que amaba profundamente a su novia María. Con una gran delicadeza y ternura, y con gran sentido de responsabilidad, acató por la fe los caminos de Dios. El anuncio de su vocación le causó una alegría inmensa. Y comprendió la gran confianza que depositaba el padre al elegirlo padre de su hijo, asociándolo al orden hipostático, y se entregó totalmente a la misión que le confiaba y pondrá todas sus fuerzas al servicio de Jesús y de María. Trabajará y sufrirá, pero también gozará. Recibirá las humillaciones de Belén, cuando no le quieran dar posada, y sufrirá más por María y el niño que viene, que por él. buscará la gruta para que María pueda dar a luz. La limpiará, buscará la comida, leña para el fuego y luz para iluminar la cueva oscura.

DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

Él será el primero en ver al hijo de Dios, niño recién nacido; en oír sus llantos. Su noble y sensible corazón se sobrecogerá contemplando la pobreza con que viene al mundo el Hijo de Dios y su hijo. Jesús, como todos los niños, tiene que aprender a caminar, a hablar, a leer, a recitar los textos de la Escritura, el “Schema, Israel”, fijándose en los ojos de su padre. y después, Egipto. Como Abraham: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre”. Huída rápida para salvar al niño. Tiene que exiliarse. País desconocido, lengua extraña, tierra idólatra, sin medios, buscando el modo de ganar la vida. Muere Herodes. Y el ángel le anuncia que ha muerto el que quería matar al niño. Y vuelta a su tierra. Pero al enterarse que en Judea reinaba Arquelao, hijo de Herodes, creyó que estaría más seguro en Galilea, y se encaminó a Nazaret. Siempre peregrinando y sin ninguna comodidad. Ve crecer al niño. Ya se lo lleva al taller. Le enseña a manejar las herramientas. A cortar los troncos, a trabajar la madera. A coger el martillo. Hace puertas, ensambla yugos y arados, pule taburetes y encaja ventanas. También trabaja la huerta, y está al servicio de todos, y a veces tiene que discutir su jornal. Es pobre, pero justo. Se suda en el pequeño taller.

JOSÉ, EDUCADOR DE JESÚS

José educa a Jesús, que va creciendo. José le va enseñando la belleza de los campos, las higueras que apuntan sus brotes en la primavera, las vides con sus pámpanos y racimos. Le explica la necesidad de la poda para que den uvas, le muestra las ovejas en el ganado, y las que se escapan, la belleza de los lirios del campo, la cizaña en el trigo, la semilla sembrada en la tierra, el aspecto del cielo, si rojo, o azul, si raso o con nubes. El peligro de la tormenta, la gallina y los polluelos. Lo que después improvisará en sus parábolas y predicación, se lo enseñó su padre. “Les estaba sujeto”. Es decir, no hacía nada sin contar con sus padres.

Con deferencia respetuosa, con sencillez y docilidad. Jesús ama a su padre. ¡y cómo ama José a Jesús! "Por el paterno amor con que abrazasteis al niño Jesús", escribió el papa León XIII, expresando el inmenso cariño y ternura de José por su hijo Jesús. Jesús va a la sinagoga cogido de la mano de su padre. Jesús ora en familia con José y María. Dice de su padre santa Teresa del Niño Jesús, que bastaba verle rezar para saber cómo rezan los santos. ¡qué sería ver rezar a José, el más santo de los santos! La vida de José es una vida de oración y de trabajo, de hogar y de amor, de austeridad y de pobreza, pero de alegría inmensa como consecuencia de la profundidad de su vida interior y de saberse entregado por completo al primer hogar cristiano, semilla de la Iglesia, de la cual es también Patrono. "Proteged a la Iglesia santa de Dios, la preciosa herencia de Jesucristo". El papa Sixto IV decretó en 1480 la fiesta de san José.

¡OH JERUSALEN!

"Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron a la fiesta según la costumbre" (Lc 2,41). La caravana ha partido de la fuente de Nazaret y su alma de niño ha comenzado a estremecerse al comenzar el viaje. Un muchacho en Oriente, a su edad, es tan maduro como uno de 16 ó 20 en occidente. Los caminos de Jerusalén estaban atestados de gente, que caminaba a pie, o a caballo de asnos y de camellos. El polvo subía al aire y se esparcía por los campos, por los olivos verdes, por las alquerías cúbicas. La gente cantaba salmos. Al borde de los caminos los comerciantes vendían frutas y pan. En las alforjas sonaban los timbales y los platillos. En una de esas caravanas va Jesús de 12 años. A los 13 quedará constituido miembro de pleno derecho del pueblo sacerdotal. nunca un niño se ha parecido tanto a su madre. Cuanto más iba creciendo, más se le parecía. Cuando sea un adulto, toda su naturaleza humana reflejada en su cuerpo, en actitudes, biológicas y espirituales, será el puro espejo de su Madre. Sólo su cuerpo, sus cromosomas y genes, son los que han formado aquella naturaleza bella y armoniosa que le hacía el propio retrato de su madre. Sus mismos ojos profundos, sus mismas manos. Sus gestos idénticos. Jesús observa con mirada penetrante. Jerusalén es una ciudad en fiestas.

Cuando entra en el templo y ve que la sangre de los corderos viene corriendo desde el altar de los holocaustos, experimenta una inmensa emoción. Aquellos miles de corderos degollados, le representan a él... ¡qué momento más intenso! Nunca en la historia un muchacho ha sentido una conmoción como la suya. María, que conocía como nadie la intimidad de su hijo, le observaba, extasiado en Dios, su Padre, su vida, su amor. A las tres de la tarde comenzó el sacrificio vespertino. A Jesús le saltaba el corazón en el pecho adorable. Contemplaba por primera vez el cortejo de los oficiantes dispuestos a sacrificar los corderos. Vio al sacerdote con el cuchillo en la mano, hundirlo en el cuello del cordero. Vio correr la sangre y derramarla los sacerdotes sobre el altar. El amor le subía en oleadas por su ser entero. No se queda en el templo por casualidad, sino que su alma hambrienta lo necesitaba. Ni sus padres habían descubierto el terremoto espiritual producido en la conciencia humana de su hijo.

EL REGRESO. NO SE HA PERDIDO, SE HA QUEDADO

"Y cuando terminaron, se volvieron; pero el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, caminaron una jornada, y se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos; al no encontrarlo se volvieron a Jerusalén en su busca". Miles de peregrinos van saliendo de Jerusalén. Hombres por un lado, mujeres por otro y los niños, con unos o con otros. Los caminos se llenaban de gente; las caravanas se mezclaban. cuando se reunieron para el descanso, Jesús no apareció. José y María fueron preguntando a parientes y conocidos, alarmándose progresivamente. ¡Nadie había visto al niño durante todo el camino! desolación. hay que volver a Jerusalén, aquella misma noche. En Jerusalén preguntan en la casa donde habían comido el cordero pascual, entre conocidos y amigos. Cuando María ve a un muchacho, se sobresalta. en su alma se ha desatado un huracán de angustia y dolor: "una espada de dolor te atravesará el corazón".

¿A dónde te escondiste, Amado,

y me dejaste con gemido?...

como el ciervo huiste

habiéndome herido

salí tras ti clamando

y eras ido...

Después de tres días de busca y de agonía, lo encontraron por fin, en el templo. Los rabinos que comentaban las Escrituras los días festivos, ofrecían la oportunidad a los forasteros de que les escucharan en estas ocasiones. Era como un cursillo o unos ejercicios espirituales.

"Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados" (Lc 2,41). La palabra padre en labios de María, tiene una significación plena en el orden espiritual, moral y afectivo. María le da la preferencia a José. Le honra, le pone delante. Ni en el orden ontológico ni el de la santidad le corresponde esa preferencia, pero sí en el orden jurídico familiar y social. la frase "nos has tratado así", indica la unión de corazones; José es verdadero esposo de María y está unido a ella en el dolor. Como hay unión de corazones, sufren juntos por la pérdida y separación de Jesús.

LA PÉRDIDA DE JESÚS

Cuando perdemos a Jesús, sufrimos. Me diréis que hay muchas personas que están apartadas de Dios y no sufren por ello. Sí que sufren, aunque no se dan cuenta. puede uno no darse cuenta de que está tragando veneno, pero se envenena sin darse cuenta. Dicen que el sida puede estar latente en un organismo durante años. Cuando se quebrantan los mandamientos se produce un desequilibrio, un desquiciamiento de la persona. se da la esquizofrenia, que consiste en la disociación del deber y del hacer. Los mandatos de Dios no son arbitrarios. El sabe lo que nos conviene y lo que nos daña. Por eso manda lo que nos conviene y prohíbe lo que nos daña. La ausencia, la pérdida de Jesús causa dolor, angustia: "te buscábamos angustiados". El amor espiritual es más fuerte que el natural. "Los amores de la tierra le tienen usurpado el nombre" al amor, dice santa Teresa. "El que ama con amor espiritual, dice san Juan de Ávila, necesitaría dos corazones: uno de carne para amar; otro de hierro para recibir los golpes por la pérdida de los hijos espirituales”.

El corazón de María estaba ya desbordado de amargura cuando prorrumpe en estas palabras de queja, reprensión cariñosa y respetuosa. ¿Por qué nos has tratado así, a los dos? unidos en la misma duda. Y unidos en la misma acción: "te buscábamos angustiados". José y María, como Abraham, tienen que recibir la herida dolorosísima de la separación del hijo: "¿por qué me buscabais? ¿no sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". -¿qué dice? ¿qué lenguaje es éste?- este Jesús no es el Jesús que ellos conocían. Jesús ha marcado una línea clara de separación. Se les exige el desprendimiento total. La noche del espíritu, que María vivirá en el Calvario, se le adelanta a José en este momento. La colaboración de José a la redención alcanza ahora mismo un nuevo dolor. Y así fue en toda su vida. En el viaje a Belén, en la noche del nacimiento, en el día de la presentación en el templo, en la huída a Egipto, ante la profecía de Simeón, en Nazaret, en el templo con los doctores.

JOSÉ, PADRE DE FAMILIA, LLORADO POR SU HIJO JESÚS.

La paternidad de José va más allá de la de todos los padres terrenales, aún sin ser su filiación carnal, ya que en él se refleja la paternidad de Dios mismo constituyéndolo en cabeza de la familia con un corazón a la medida del hijo de Dios y de su madre María. Así pues, Dios dio a María a José por esposo no sólo para su apoyo en la vida sino para hacerlo participar del sagrado vínculo del matrimonio. la familia santa de Nazaret trabaja, cumpliendo el mandato del creador: "comerás del fruto de tu trabajo"; allí la fecundidad es mirada y valorada como bendición del señor: "tu mujer como parra fecunda; tus hijos como brotes de olivo, alrededor de tu mesa. donde Dios derrama su bendición: "que el Señor te bendiga y veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida" (sal 127).

Cuando ya no era tan necesario, por ser Jesús adulto y capaz de proteger a su madre, José, se sintió cansado con un cansancio que hasta entonces no conocía, agotada su vida en el taller, sintió frío y Jesús y María, alarmados y llenos de pena, corrieron a su lado y asistido por ellos cuidadosamente y con inmenso cariño, murió en la paz de Dios. Jesús, que lloró con tanta emoción ante el sepulcro de Lázaro, ¿cómo lloraría al morir su padre, a quien tanto amaba? Y las lágrimas de su esposa María, se unieron a las de su Hijo, porque se les iba el esposo y el padre, compañero de la peregrinación. Por eso, por el consuelo que tuvo al morir en brazos de su hijo y de su esposa, es el patrono de los agonizantes. Jesús, José y María, asistidnos en nuestra última agonía. Vio la siembra y supo que se acercaba la cosecha, que no pudo ver.

 

EFICACIA DE LA INTERCESION DE JOSÉ

Santa teresa promotora de la devoción a San José

Juan Pablo II, en la "Redemptoris Custos", al señalar el clima de profunda contemplación en que vivía san José, dice: "Esto explica por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental". Ella había experimentado la eficacia de la intercesión de san José y principalmente, quiere que lo tomemos como maestro de oración. José, padre de Jesús, que entregó al Redentor su juventud, su castidad limpia, su santidad, su silencio y su acción, puede hacer suyo el Sal 88: "El me invocará: tú eres mi padre, mi Dios, mi roca salvadora".

DIOS NO NECESITA NUESTRAS OBRAS SINO NUESTRO AMOR

San José nos enseña que lo importante no es realizar grandes cosas, sino hacer bien la tarea que corresponde a cada uno. "Dios no necesita nuestras obras, sino nuestro amor" dice Santa Teresa del Niño Jesús. La grandeza de san José reside en la sencillez de su vida: la vida de un obrero manual de una pequeña aldea de Galilea que gana el sustento para sí y los suyos con el esfuerzo de cada día; la vida de un hombre que, con su ejemplaridad y su amor abnegado, presidió una familia en la que el Mesías crecía en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres (Lc 2,52). No consta que san José hiciera nada extraordinario, pero sí sabemos que fue un eslabón fundamental en la historia de la salvación de la humanidad. La realización del plan divino de salvación discurre por el cauce de la historia humana a través, a veces, de figuras señeras como Abraham, Moisés, David, Isaías, Pablo; o de hombres sencillos como el humilde carpintero de Nazaret. Lo que importa ante Dios es la fe y el amor con que cada cual teje el tapiz de su vida en la urdimbre de sus ocupaciones normales y corrientes. Dios no nos preguntará si hicimos grandes obras, sino si hicimos bien y con amor la tarea que debíamos hacer. El evangelio apenas si nos dice nada de san José. Poquísimo nos dice de su vida, y nada de su muerte, que debió de ocurrir en Nazaret poco antes de la vida pública de Jesús. Sólo Mateo escribe de José una lacónica frase que resume su santidad: “Era un hombre justo”. Acostumbrados a tanto superlativo, esta palabra tan corta nos dice muy poco a nosotros, tan barrocos. Pero a un israelita decía mucho. La palabra "justo” ciñe como una aureola el nombre de José como los nombres de Abel (He 11,4), de Noé (Gn 6,9), de Tobías (Tb 7,6), de Zacarías e Isabel (Lc 1,6), de Juan Bautista (Mc 6,20), y del mismo Jesús (Lc 23,47). “Justo”, en lenguaje bíblico, designa al hombre bueno en quien Dios se complace. El Salmo 91,13 dice que “El justo florece como la palmera”. La esbelta y elegante palmera, tan común en oriente, es una bella imagen de la misión de san José. Así como la palmera ofrece al beduino su sombra protectora y sus dátiles, así se alza san José en la santa casa de Nazaret ofreciendo amparo y sustento a sus dos amores: Jesús y María.

EL TRABAJO ORDINARIO

La santidad de José consiste en la heroicidad del monótono quehacer diario. Sin llamar la atención, cumplió el programa de quien es "justo” con Dios mediante el fiel cumplimiento de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad; y con el prójimo por medio de su apertura constante al servicio de los demás. Como se construye la casa ladrillo a ladrillo, el edificio de la santidad se va realizando minuto a minuto, haciendo lo que Dios quiere. “San José es la prueba de que, para ser bueno y auténtico seguidor de Cristo, no es necesario hacer "grandes cosas", sino practicar las virtudes humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (Pablo VI).

EL SANTO DEL SILENCIO

José es el santo del silencio. Hay un silencio de apocamiento, de complejo, de timidez. hay también un silencio despectivo, de orgullo resentido. El silencio de José es el silencio respetuoso y asombrado, que escucha a los demás, que mide prudentemente sus palabras. Es el silencio necesario para encauzar la vida hacia dentro, para meditar y conocer la voluntad de Dios. José es el santo que trabaja y ora. Trabajar bajo la mirada de Dios no estorba la tarea, sino que ayuda a hacerla con mayor perfección. Mientras manejaba la garlopa y la sierra, su corazón estaba unido a Dios, que tan cerca tenía en su mismo taller. Una mujer santa decía a sus compañeras de fábrica: "Las manos en el trabajo, y el corazón en Dios”. El humilde carpintero de Nazaret fue proclamado por Pío IX Patrono de la Iglesia Universal, y Custodio del Redentor por Juan Pablo II. Es muy coherente que el cabeza de la Sagrada Familia sea el protector y el Custodio de la Iglesia, la gran familia de Dios extendida por toda la tierra.