1.- LAS HERRAMIENTAS DE SAN JOSÉ

Por Javier Leoz

1.- El sueño. Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2). Siempre estuvo dispuesto a escuchar la llamada. Y, cuando despertó, se puso en marcha para cumplir los planes de Dios. Sus sentidos externos parecían dormidos pero, los internos, estaban en comunicación con el Creador.

2.- La disponibilidad. La llamada de Dios informará su vida entera en adelante. Hay un texto de la Escritura que viene aquí a propósito: el anuncio que Jesús hace a Pedro cuando le dice: Te llevarán adonde tú no quieras ir (Jn 21,10). José, con su rapidez, lo ha hecho regla de su vida: porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere. Su vida entera es una historia de correspondencias de este tipo.

3.- El silencio. Ni una sola palabra, los evangelios, ponen en los labios de San José. En su silencio quedarán sepultados todos sus padecimientos y esperanzas. La vida de este hombre no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo, busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar adonde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino cosa que dar (Benedicto XVI)

4.- La humildad. Antepuso, desde el principio, la grandeza de Dios a su propia pobreza. Cuántos interrogantes surcarían su mente: “por qué a mí; por qué yo; por qué a María”. San José nos ha enseñado, con su renuncia y con su abandono que en cierto modo adelantaba la imitación de Jesús crucificado, los caminos de la fidelidad, de la resurrección y de la vida.

5.- La fe. Fue la respuesta de José a todas las exigencias de Dios. También, como María, tuvo su personal anunciación. El seria el padre legal de Jesús, hijo de María, y María su esposa. ¿Cuál fue su reacción? Creyó, se puso en camino y esperó. Respetó, como María, los misterios de la Salvación, los designios de Dios.

6.- El trabajo. Su oficio de carpintero lo plasmó con humildad y generosidad en Nazaret. Fue la escuela y el hogar de Jesús. Trabajo y sufrimiento (todo mezclado) salió al paso de San José. No fue un camino de rosas su existencia pero, por su actitud generosa, encontró siempre la mano de Dios.

7.- El sufrimiento. Los planes de Dios sobre María, las posadas que se cerraban ante el nacimiento de Cristo, la indigna morada donde el Salvador vino al mundo, Jesús perdido entre la multitud. Interiorizó todos estos acontecimientos aunque, a simple vista, le pareciesen incomprensibles e injustos.

8.- La obediencia. Resquebrajados los planes de su vida personal y familiar, José, se abrió sin fisuras a la voluntad de Dios. Soñó, y en esos divinos sueños, entendió y comprendió que Dios le pedía un gran sacrificio: acompañar a María y ser responsable, el padre terreno de Jesús cuando naciera. Facilitó primacía, en todo, a Dios.

9.- El servicio. Fue feliz sirviendo a la causa del Señor. No siempre, el ruido, hace bien y….casi siempre el bien no hace excesivo ruido. San José es el hombre que, sin fuegos artificiales, se entrega con fidelidad y prudencia a los deseos del Señor.

10.- La esperanza. Nada de lo que aconteció a su alrededor le hizo perder la calma ni la serenidad. San José refleja la persona que aguarda, que persevera y que permanece firme en sus convicciones a pesar de las dificultades. Como Abraham, con razón se dice fue capaz de “esperar contra toda esperanza”. Padre por y en la fe.

 

2.- DECÁLOGO PARA UN SEMINARISTA

Por Javier Leoz

1.- El tiempo del seminarista son horas de búsqueda intensa de Cristo, de encuentro con El y con un horizonte: dejarse agarrar totalmente por el para, luego, hablar, ser y vivir en El.

2.- El Seminario no es un lugar. ¡Es mucho más! Es una experiencia irrepetible. Un oasis en el cual, el seminarista, va configurándose con Jesús, aclarando ideas y, sobre todo, ahondando en el deseo de ser discípulo de Cristo.

3.- Como los Magos, el seminarista, pone sus ojos en el Señor; deja la ofrenda de su juventud o de su vida ante aquel Niño que, siendo joven, será salvación de la humanidad. Como los Magos, el seminarista, no debe de perder de vista “la estrella de la fe”.

4.- Jesús gusta de compañía. No quiere llevar adelante el anuncio del Reino en solitario. El seminarista, de igual forma, se deja acompañar, querer, indicar y profundizar por aquellos que conviven con él: formadores, profesores, compañeros, sacerdotes, familiares, etc.

5.- El seminarista sabe que, su trabajo, es perfeccionar su formación espiritual, humana y cultural. Son recursos de los que tendrá que echar mano el día en el que, postrándose en tierra, sea sacerdote para Dios, al servicio de la Iglesia y de los hombres.

6.- El amor y el conocimiento de las escrituras, el amor a la Iglesia y la noción de su historia, ha de llevar y empujar al seminarista a comprender el Dios revelado en Jesucristo.

7.- El seminario es un tiempo propicio para forjar la personalidad del futuro presbítero. Una etapa en la que se disipan dudas y temores y en la que, lejos de sentirse prepotente, el seminarista contempla a un Jesús humilde que quiere formar parte de su existencia.

8.- Quien no descubre a Jesús… ¿puede hablar de El? ¿Está capacitado para dar testimonio de su Reino y de su justicia? Vivir con Cristo, bajar hasta lo más profundo de su corazón, debe de ser para el seminarista una aventura constantemente inacabada. A Dios nunca se le termina de abarcar ni de conocer totalmente. El seminario promueve, incentiva con cuantos medios sean necesarios, el deseo de conocer más y más a Cristo.

9.- Amar a María supone acoger una de las últimas voluntades de Jesús “ahí tienes a tu Madre”. El seminarista no se siente sólo en la cruz, en las pruebas, en la noche oscura. María le acompaña siempre en su búsqueda. Le sostiene porque sabe que, el seminarista, ama y quiere seguir los pasos de su Hijo.

10.- Los Magos, después de adorar, volvieron a su tierra por otros caminos. El seminarista, después de una intensa etapa de formación, adoración, conocimiento, oración y maduración personal….ha de volver a la vida por caminos muy distintos a los que el mundo desea. Ha de ser, sobre todo, “alter Christus”.

 

3.- CALLADAMENTE

Por David Llena

Desde la perspectiva de los pocos días que quedan para la pasión y la resurrección, observamos la fiesta que el próximo viernes celebra la Iglesia: la Solemnidad de San José Esposo de la Virgen. Y sabemos que San José no estuvo en esos momentos de la pasión de Jesús como sí estuvo María, pero forma de ser de S. José si puede verse reflejada en los momentos de la Pasión de Jesús.

San José, fue fiel y obediente al Padre. La duda humana de su corazón, fue superada con creces al acoger a María en su casa. También Cristo fue obediente al Padre hasta la muerte. Aceptó su papel en la historia de la Salvación, que muchas veces requirió sudores y esfuerzos: aquel viaje a Belén, la huida a Egipto… también pasó angustias cuando el niño se perdió en el templo. Todo ello lo soportaría también Cristo en su camino al Calvario.

No lo dice la Biblia, pero tuvo que sufrir las habladurías, murmuraciones y quizá insultos de la gente cuando acogió a María en su casa. Igualmente Cristo sufrió salivazos, y desprecios…

Y todo ello Jesús lo sobrellevó en silencio, con infinita paciencia, con infinita confianza. Tampoco de San José se conserva palabra alguna en los evangelios y no es por falta de ocasiones. Cuando San Lucas relata el episodio del encuentro en el templo tras varios días de desesperada búsqueda, le cede la palabra a María para recriminar a Jesús: “Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Es curioso que, en aquella época donde la figura del padre era tan importante, Lucas ponga la reprimenda en labios de María. Seguramente San José también regañase al joven Jesús, pero Lucas no hace mención de esas palabras. No se recoge ninguna conversación de María y José, ni ninguna noticia de San José después de este acontecimiento.

San José cumplió con creces su cometido y para ello no es necesario apuntar ninguna de sus palabras. Sin embargo, la infancia de Jesús está llena de gestos de San José que sí nos dicen mucho: José era justo (Mt 1,19) cuando guardó confuso el secreto de María. ¡Qué gran lección, hoy que enseguida protestamos ante cualquier cosa que no entendemos! José era obediente (Mt 1,24 y Mt 2,14) hizo lo que el Ángel le había ordenado. Fue fiel a María. ¡Qué distinto serían los matrimonios si los maridos fuesen fieles! Fue casto y esto es ejemplo y modelo para los sacerdotes y seminaristas. San José, parafraseando a S. Pablo, lleno de Dios estima todo lo demás como inútil para su labor y la acepta con obediencia. ¡Señor, danos también, sacerdotes obedientes y llenos de Dios que hagan crecer a Jesús en medio del mundo como hizo San José!

 

4.- AVE JOSÉ

Por Pedrojosé Ynaraja

El Universo no existía. Se trata de este en el que nosotros estamos sumergidos. El Tiempo tampoco había iniciado su monótono progreso. Dios era Dios. Proyectó que se iniciase el espacio y el tiempo. Los astrofísicos a esta circunstancia la llaman hipotéticamente big-bang. A este proyecto Dios le dio la orden de existir, fue un inmenso Sí. Impresionante. Se inició un progreso de esta existencia. Llegó un momento que decidió insuflar en un rinconcito, en un tipo de este progreso, el espíritu. No era el suyo propio, pero de él participaba. Fue la hominización. Continuó el progreso. A trancas y barrancas, pues, desde el inicio, sin que Él se lo propusiese, se coló el pecado. Era cuestión de extirparlo, pero sin prisas. El tercer Sí quiso Dios que fuera compartido. Misterios suyos. Admirables, incomprensibles. Quien acompañaría el progreso, quien ayudaría a extirpar el infortunio, fue una jovencita. Predilecta aun antes de nacer, inmaculada. Su nombre era María. Supo ser digna compañera del proyecto. El Sí de Dios, en este caso, era un interrogante. Desde el momento que María pronunció su Sí, se convirtió en un SÍ salvador de la humanidad y con ella una exaltación del Universo. Todo marchaba bien, pero Dios tenía previsto contar con otro colaborador. Sumergido en el tiempo, situado en un lugar de la Alta Galilea, vivía un joven llamado José. Un sencillo trabajador de buenas costumbres, hábiles manos y honrada responsabilidad. Dios mandó a un mensajero. Quería proponerle que fuese su colaborador, que acogiera junto a sí a la joven María, con la que él se había prometido. Lo había hecho pensando que era una buena chica, capaz de acompañarle, de hacerle feliz, si él pretendía siempre la felicidad que ella merecía. También José dijo que Sí y la amparó a ella y al que de ella nacería. Dedicó su vida a proteger, a cohesionar, a presidir y en todos los aspectos, mantenimiento y compañía, permitir que subsistiera a los ojos de los hombres la familia, aunque no se percataran de que era una familia diferente. Cumplió bien su cometido, era un hombre justo.

En Nazaret, muy cerca de donde vivió, hay una tumba sumergida en el silencio. De antiguo la llaman unos la del Justo, otros la sepultura luminosa. Posiblemente es la de José. Impresiona su visita. Mucho más que la de cualquier monumento al soldado desconocido, por importante que sea el país que la albergue y la ilumine con lámpara perenne.

Murió José acompañado del que creían que era su hijo biológico y nosotros sabemos que era el Unigénito de Dios. Con él también estaba su esposa la Virgen-Madre. Tal muerte no sería un percance. La envidiamos todos. De aquí que le invoquemos como el protector de este momento trascendente. De aquí que celebremos su fiesta solemnemente.

DEL AVE DE SAN JOSÉ

San José, te tenemos presente en nuestra plegaria y queremos saludarte, pero en tu modestia te escapas y dejas el lugar principal libre, tal como corresponde objetivamente, a María tu esposa y a su Hijo, al que tu también adoras. Aunque ellos sean los más importantes, no queremos ignorarte y te dirigimos nuestro saludo.

José, el trabajador de Nazaret, que con seguridad eras barbudo, como tantas veces recuerdan los villancicos. No podía ser de otra manera, eras de familia sencilla y rasurar la barba era un lujo que no podías permitirte. Queremos ponernos a tu lado, tu eres uno de los nuestros (no eres tan bueno como tu esposa, ni santísimo como el Niño, pero eres justo, que no es pequeña cosa) así pues bajo tu protección nos sentiremos más seguros si algo malo se avecina. En Nazaret, en Belén o en cualquier sitio, se siente uno bien estando próximo a ti.

LLENO DE GRACIA

San José, gozas del cariño de Dios-Padre, que te ha confiado lo que más quiere, su Hijo Unigénito, el Eterno. Te ha confiado también el Omnipotente a Santa María, su hija amada, la que aceptó un día ser en el tiempo la madre de su Hijo, engendrado en la eternidad desde el principio. Se ha hecho hombre, será el más perfecto de todos los humanos, el ejemplo que todos debemos imitar. Se ha hecho ciudadano digno de su pueblo, goza del privilegio de la estirpe de David, gracias a ti. Correspondiendo a tu entrega, a tu responsabilidad, seriamente aceptada, te llenó, dentro de tu capacidad limitada, de su gracia.

EL SEÑOR ESTÄ CONTIGO

Nunca hubo nadie que tuviera tanta responsabilidad en el oficio sencillo de canguro como a ti se te ha encomendado, de aquí que goces de su predilección. Después de ellos, de Jesús y de María, eres el más santo de entre los hombres y gozas de un lugar preeminente en el Universo. Te sientes el más afortunado y sin duda lo eres.

Eres tan santo que tienes a Dios a tu lado y los demás imaginan que es tu hijo. A Dios esto no le enoja, no le apura, y deja que hablen, que supongan, que lo piensen. Callar, en este caso no es otorgar.

BENDITO ENTRE TODOS LOS HOMBRES

Ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni David, ni Salomón, gozaron de tu ventura ¡y hay que ver lo grandes que ellos fueron! Tuya es la suerte, pero grande también es la de Dios al haberte encontrado y haber tú aceptado con sencillez, lo mismo que había hecho tu esposa, el día de aquel encuentro con el ángel, cuando no estabas presente. Notamos en nuestro interior un sentimiento de admiración y envidia y sinceramente no nos lo queremos quitar de encima.

ES BENDITO TU HIJO ADOPTIVO

Casi nadie de este mundo está enterado, pero las promesas que se hicieron a los antiguos se empiezan a realizar en este recién nacido, que tu ya has tenido entre tus brazos. No sabes acariciar, los hombres sólo saben hacerlo cuando son, o están en la edad de ser, abuelos, pero tu corazón ama y esto es lo que cuenta a los ojos del Señor. Nunca habías imaginado pensar lo que has pensado, mientras lo tenías entre tus brazos, y sábelo que no estás enterado, no entiendes bien, el don tan grande que se te ha concedido. Ya te hablarán de ello unos pastores que llegarán y que están siendo instruidos por unos ángeles. De aquí a un tiempo serán unos magos los que te hablarán de Él a ti, y te felicitarán, mientras les escuchas asombrado

SAN JOSÉ, JEFE DE LA SAGRADA FAMILIA

Ningún hombre ha sido tan afortunado como tu. Tienes a tu lado a quien es más grande que el Universo entero. No eres ni científico, ni artista, ni guerrero, ni político, ni deportista y, no obstante, todos ellos quisieran tener a Dios-verdad, a Dios-belleza y a Dios-bondad, tan cerca como lo tienes tú. Superas a todos aquellos a quienes a través de todo el mundo y de todos los tiempos, han recibido los mayores galardones.

San José, a los ojos de los demás, excepto a los de Dios y de tu esposa, eres el padre biológico de Jesús. Para la Ley y las normas sociales, lo eres de verdad y lo que nadie puede negarte es que durante mucho tiempo serás su protector. Protector de Dios en el planeta Tierra ¡Título sin par! A nadie se le ha dado tal privilegio, tu si has sido escogido para ello.

RUEGA HOY POR NOSOTROS

Tu que has tenido a Jesús cerca de ti durante mucho tiempo, que le enseñaste un oficio, que aprendió de ti a vivir gracias al trabajo de sus manos, que aprendió los usos y costumbres del pueblo donde habitabais, los nombres de las aldeas que os circundaban, los tiempos del segar, el valor de la moneda y las características de los materiales que hay que usar en la construcción. Háblale de cuando en cuando de nosotros, recuérdale que tenemos de Él mucha necesidad. Todas las edades, todos los pueblos necesitan su salvación. Piensa en las desgracias actuales que nos asolan, la pobreza de los países del Tercer Mundo, el horror del terrorismo, la desolación que siembra el sida, la decadencia e injusticia que representan las drogas, que destruyen familias y estamentos, la soledad que sufren los ancianos, aparcados en residencias, incomunicados de los suyos, para los que ya son sólo un estorbo.

La invasión de la frivolidad, la exaltación de valores de poca monta, que se convierten en la máxima admiración de juventudes no preparadas para la vida responsable. El fomento del consumo, sin otro interés que el llenar las arcas de los ricos, la exaltación de la política que, lejos en muchos casos de ser un servicio social, se convierte en provecho de grupos y en satisfacciones propias, utilizando influencias que llevan a la corrupción, con la consiguiente degradación de los estamentos inferiores, que viviendo en países ricos, sufren marginación y hambre. El desprecio de los emigrantes, las prevenciones que se tienen con respecto a ellos ya que podrían invadir nuestros ambientes. El egoísmo de tantos matrimonios que no se abren a la esperanza de la vida, que no engendran hijos, futuros ciudadanos responsables o santos para el Cielo.

San José, después de todo lo que te hemos dicho y para lo que hemos solicitado tu influencia, debemos reconocer que no todo lo nuestro es negativo, que muchos quieren superarse y mejorar su entorno, que muchos han asumido las doctrinas que Jesús enseñó y se entregan al estudio, a la oración y al servicio a los demás. Pide también para que a todos estos no les falte el coraje.

RUEGA POR NOSOTROS EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE

San José, sabemos que la muerte, ya sea consecuencia de un accidente o de una enfermedad, consecuencia de costumbres perniciosas o de la vida en lugares que entrañan peligros, la muerte de cualquier persona y en cualquier circunstancia, siempre es un enigma, un acontecimiento que todos tememos. Tu que tuviste la mejor compañía que uno pueda soñar, cuando nos llegue, procura que los dos que con ti estuvieron, Jesús y María, estén junto a nosotros, acompañándonos y ayudándonos. Facilita con tu intercesión nuestra entrada en la eternidad.