PECADOS Y DECRETOS

Por Ángel Gómez Escorial

Como en ocasiones anteriores quiero advertir que los argumentos de esta Carta del Editor han sido ya expuestos por mí en otros trabajos de Betania, pero que merece la pena en este final de la Cuaresma volver a ponerlos de manifiesto. En fin, en este Quinto domingo cuaresmal, el Evangelio de San Juan nos habla del intento de implicar a Jesús en un juicio público contra una adultera. El relato nos llega inmediatamente después de la prodigiosa escena del Hijo Pródigo --leída el domingo pasado-- y se relaciona por el perdón sin condiciones que aparece en ambos pasajes. El padre perdona al hijo que regresa. Jesús perdona a la mujer tras la "huida" de sus acusadores y le pide que "no peque más".

Vivimos en tiempos de una muy habitual permisividad en los que ejemplos de públicos adulterios llegan, por ejemplo, perfectamente reflejados en la llamada prensa del corazón. Los famosos inician nuevas aventuras amorosas al "calor y al color" del papel brillo de las revistas. Lo que llamaríamos realidad habitual es más diferente, porque es obvio que la pareja, en general, se defiende de esa práctica: es el adulterio la causa más extendida de las separaciones matrimoniales. Hombre y mujer se siguen exigiendo fidelidad a pesar del ambiente proclive a disculpar los asuntos contrarios a dicha fidelidad.

¿LOS CRISTIANOS CONTRA LA LEY?

Por otro lado, el cristiano de hoy se enfrenta diariamente a la enorme diferencia que existe entre sus posiciones personales, religiosas y morales y a un ambiente que tiende a disculpar la mayoría de los comportamientos que San Ignacio llamaría desordenados. Y que sin duda es un término muy bien usado, aún hoy. Hay desorden en muchas conductas. Se viene, no obstante, de una etapa en la que el adulterio, por ejemplo, era delito penal. De hecho, la mayoría de la gente en España considera que es positiva dicha despenalización. Pero hay confusión. En la medida en la que el divorcio existe en la ley es difícil, entonces, condenar el adulterio.

Y todo esto, si se quiere, es una maraña, porque el cristiano podría ver con simpatía una lógica correspondencia entre lo que dicta su conciencia y las leyes civiles. El equilibrio no es fácil, a no ser que se admitiese por parte de los cristianos una doble moral con efluvios de diferente naturaleza de la conciencia, bien se esté en la Iglesia o en la calle. Podría decirse que una cosa son pecados y otra decretos... o las leyes. Pero antes de seguir, hay que hacer una salvedad importante en el caso del aborto, donde la mayoría de los católicos consideramos que no es una permisividad moral, sino un homicidio. Y al considerar al feto en todos sus momentos como un ser humano vivo, entendemos que la ley se equivoca y confunde un homicidio con una decisión personal no grave.

REPRESIÓN Y PERMISIVIDAD

La identidad entre la ley civil y la moral sexual pública llegó a tener principios represores graves. Y eso era malo. Asimismo, ahora, la excesiva tolerancia en cuanto a la promiscuidad sexual ataca directamente a la estabilidad del matrimonio y de la familia, afectando por igual --ello es obvio-- al matrimonio basado solo en el régimen civil, como el contraído dentro de la Iglesia. Tampoco esto es bueno, y sí muy malo. Pero hay más: en el pasado las leyes civiles represoras de la sexualidad: adulterio, practicas homosexuales, prostitución, etc.… tenían su límite en una tolerancia obvia y frecuente, que podía modificarse y convertirse en fuerte represión, si a alguien con poder le interesaba. Pero, como podrá entenderse, hace 50 años ni los adúlteros, ni los homosexuales, ni las prostitutas estaban continuamente en la cárcel. Solo se producían acciones penales ante un gran escándalo público o como medio falsamente ejemplarizante que ponía de manifiesto el abuso de la propia autoridad establecida. Hay --si se quiere-- en los ejemplos anteriores unas buenas dosis de comportamiento farisaico.

EL FARISEISMO

El fariseísmo viene a ser la transformación a ultranza del pecado en delito penal. Hay matices farisaicos más complicados como un falso elitismo, con desprecio del prójimo, surgido por una pretendida perfección personal que, cuando menos, es muestra de soberbia. El fariseísmo es lo que pulveriza más el sentimiento religioso de los cristianos basado en, sobre todo, el amor. Y es que cuando Cristo despide a la adultera no la condena, ni la reprende, ni la afea su conducta, solo le pide que no peque más. El pecado -el adulterio- existe, pero el perdón y el amor también.

El amor de los cristianos tiende al aprecio de la persona e "impone" la necesidad de un acercamiento a la misma. Plantea el diálogo y solo con la ayuda de Dios y en su presencia se entenderá bien la castidad, la fidelidad y la entrega a los demás. Y disfrutando de esa fe en Dios será mucho más fácil acometer esas posiciones morales. Y el camino será convencer a los demás de nuestra posición y no tanto del valor de nuestro alejamiento de algunas prácticas. Aquí es donde palabras tales como "pecados" y "decretos" comienzan a tener sentido entre sí.

LA LIBERTAD

La libertad solo puede ejercitarse donde hay posibilidad de elección. Lenin pronunció una frase importante y nefasta: "Libertad, ¿para qué?" No hay duda de que alguien muy convencido de sus ideas religiosas podría también llegar a pronunciarla ante el comportamiento contrario de algunos. Tal vez, uno de los mayores pecados del hombre sea, precisamente, conculcar la libertad de sus semejantes. Los cristianos en algunas ocasiones anhelamos --por otro lado-- el aislamiento interesante del convento o la semipenumbra del templo. Es cierto, pero hemos de comprender que tampoco ahí estamos libres de pecado. Y como en cualquier otro momento, necesitaremos pedir a Dios, con la oración que Jesús nos enseñó, que no nos deje caer en la tentación. Porque también somos libres para pecar o no.

Los judíos del relato evangélico de la misa de hoy querían, por un lado, comprometer a Jesús y, por otro, utilizar para sus fines ideológicos el problema de una mujer sorprendida en adulterio. El perdón no estaba previsto porque no se buscaba la salvación de la mujer, ni tampoco el diálogo constructivo con Cristo. Era, pues, una trampa más contra quien se declaraba Mesías. Razones de "alta política" empujaron a empellones a esa mujer a la presencia de Jesús. Y la respuesta no pudo ser otra: "El que esté sin pecado que tire la primera piedra". Los fariseos tenían pecado, sin importar cual fuera la naturaleza del mismo. Y solo el "sin pecado" podría juzgar. Hay pocos humanos capaces de auparse como ejemplo de sus semejantes. Todos somos pecadores y, por tanto, antes de mirar a alguien por encima del hombro tendremos que reflexionar si no somos nosotros más pecadores que a quienes miramos mal.