TALLER DE ORACIÓN

¿TODAVÍA GUARDAS LO INSERVIBLE?

Por Julia Merodio

La Vida se compone de: DAR Y RECIBIR, la vida se vive de verdad, cuando se sabe COMPARTIR.

A nadie le resulta complicado entender que, la vida se compone de estas dos realidades: lo que quizá nos parezca más novedoso, es realizarlo tomando conciencia de que lo hacemos así.

Por eso me parece importante pararnos ante esta situación, que se repite asiduamente en la vida de cualquier comunidad y que tantas veces nos presenta el sacerdote, debido a la pluralidad de entornos con que se encuentra.

Si le preguntásemos a él por esta circunstancia, quizá dijese que todavía quedan bastantes personas sensibilizadas con las situaciones de pobreza; que existen personas generosas, que hay gente ayudando con sus donativos y que también hay personas, totalmente altruistas, capaces de dejarlo todo por ayudar a los demás; que en definitiva, todos deseamos un mundo más justo y más fraterno. Pero ¿a este simple hecho vamos a reducir, lo que debe de ser para nosotros, el dar y el recibir?

Lo primero que hemos de tener claro es, que para compartir se necesitan, al menos dos personas: la que da y la que recibe; por tanto, lo mismo el sacerdote que nosotros, estamos implicados en ello.

-¿En qué lugar, nos parece que se encuentra el sacerdote, en el de dar o en el de

recibir?

-Y nosotros ¿dónde estamos situados?

-¿Somos más dados a dar o a recibir?

DAR

Cuando se requiere de la comunidad alguna ayuda, la mayoría de la gente trata de implicarse, siempre que no le lleve un gran esfuerzo; pero cuando la ayuda se precisa en el ámbito eclesial la cosa cambia radicalmente.

Unos más y otros menos, todos oímos con frecuencia esta expresión: “Ya están pidiendo, los curas no saben hacer otra cosa” ¿No será que esta manera de defendernos implica el quitarnos de encima la responsabilidad?

DAR, es algo: más hondo, más largo, más ancho y más profundo de lo que queremos reflejar; pero no sólo para nosotros, también para ellos.

Por eso si queremos pertenecer a la comunidad y vivir todos unidos, tendríamos que revisar estas premisas:

• ¿Cómo voy de generosidad?

• ¿Por qué doy?

• ¿Qué doy?

• ¿A quién doy?

• ¿Para qué doy?

Si somos sinceros con nosotros mismos nos damos cuenta de que, no siempre damos con generosidad, no siempre damos de manera gratuita, no siempre damos a los más necesitados…Es más, normalmente cuando damos esperamos que nos lo agradezcan; que nos recompensen; que, al menos, se note que hemos obrado bien y, si no lo hacen, nos sentimos desilusionados, desencantados: ¡Para esto me he molestado! ¡Vaya desagradecidos!

En esta comunidad es en la que se forma y vive el sacerdote; y también él tendrá que hacerse esas mismas preguntas. Sin embargo, al contrario que nosotros, él ha optado por darlo todo, desde la gratuidad y no espera recompensa alguna.

Pero ahondando un poco más nos vemos sumergidos en la campaña contra el hambre donde ya, no se nos pide para los cercanos, sino para esos que carecen hasta de lo más necesario.

Yo creo que La Campaña de Manos Unidas es bien acogida, en general por todos y me parece que este año todavía la acogeremos mejor dado que se trata de algo, en lo que verdaderamente estamos sensibilizados, como es la tragedia de Haití, pero a pesar de todo, deberíamos seguir preguntándonos ¿qué damos? Quizá, lo que más fácil resulta, es dar algo de dinero para quitarnos de encima el problema; pero el dar, únicamente será una realidad, cuando seamos capaces de tener en cuenta a los destinatarios, de ponernos en su lugar como si fuésemos nosotros los que lo recibiésemos.

Para el sacerdote, todos tenemos que ser iguales; él tiene que huir de los privilegios; ha de llegar a todos y tendrá que escuchar más de una vez: sabemos que vives en comunidad, entre nosotros; y, también, que nos sirves desde ella.

-Pero, ¿dónde estabas cuando yo sufría?

-¿Dónde estabas cuando pasaba hambre? Porque: no sólo he pasado hambre de pan, sino hambre de cercanía, de escucha, de acogida, de amor…

-¿Dónde ibas cuando quise hablarte y no pudiste escucharme porque tenías demasiada prisa?

-¿Dónde estabas cuando buscaba a Dios sin encontrarlo…?

-¿No os parece, que esas mismas preguntas, las oiremos nosotros algún día?

No se trata, por tanto, de saciar solamente el hambre física y cubrir el cuerpo con una ropa, se trata de dar alimento, cultura, valores… se trata de dar lo esencial, lo de dentro, lo que no puede cambiar… Para ello es necesaria la aproximación a cada uno personalmente.

El sacerdote, tiene que estar lo suficientemente cerca de cada persona, como para que se sienta segura, atendida, tenida en cuenta… pero ha de hallarse lo suficientemente lejos para que no coaccione su libertad. El sacerdote, con su forma de actuar tiene que cuestionarnos e interrogarnos; tendrá que llevarnos a observar: Por qué huimos de los que no nos gustan, de los que no son como nosotros, de los que nos resultan incómodos, de los que tienen otra forma de pensar, de los que, de verdad, nos comprometen…; por qué nos atrevemos a hablar, ligeramente de ellos, juzgándolos cuando ni si quiera los hemos escuchado.

Y nos tendrá que ayudar a ahondar en esta situación; a caer en la cuenta de que, no sólo se trata de dar cosas, sino de danos nosotros. Que podemos ayudar, con generosidad a Cáritas, a Manos Unidas, a una ONG, a los mismos pobres y eso es perfecto; pero es necesario abrir más los ojos, para ver que, quizá se estén muriendo de inanición los que viven a nuestro lado, los que comparten con nosotros la eucaristía, los que pertenecen a nuestro mismo grupo… porque carecen de: cariño, de atenciones, de escucha, de ser tenidos en cuenta…

Será momento para pensar, juntos: qué doy ¿Lo que me sobra? Es cierto que, por poco que sea, a alguien le vendrá bien; pero recordemos, la Palabra de Dios, ella nos lo muestra de esta manera: “El que siembra tacañamente, tacañamente recogerá” ¿Tanto nos cuesta ofrecer: una mirada, un abrazo, un rato de conversación, una simple llamada de teléfono…?

Sin embargo pasamos por alto, aunque todos lo hemos comprobado que: Cuánto más damos más satisfechos nos sentimos. Y esto es así porque, cuando se da algo, pronto o tarde, repercute en bien nuestro.

¡Qué fácil sería todo, si lo entendiéramos de esta manera!

Por tanto, si todos somos capaces de ofrece respeto y cuidado, la convivencia nos responderá gratamente. Mas, si por el contrario creamos situaciones incómodas, cada vez serán más insostenibles.

De ahí la importancia de que ofrezcamos lo que tenemos; porque eso:

• Crea.

• Potencia.

• Alegra…

• Esto es hacer un mundo más justo, más humano.

• Y afirma que, todos somos hijos de un mismo Padre: DIOS.

 

RECIBIR: TODO TE HA SIDO DADO. ¿DE QUÉ TE GLORÍAS?

Sabemos por experiencia, que recibir no siempre resulta fácil. Tenemos muy metido en la mente que cuando nos dan algo, es para pedirnos otra cosa mayor. Incluso encontramos mucha gente que no permite coger nada de lo que se le ofrece porque se sienten inferiores y aunque les llegue un mal momento no son capaces de pedir ayuda, de acoger una oferta y, lo están pasando fatal pero quieren sentirse suficientes y no son capaces de dejarse ayudar.

Es que, para recibir hay que abrirse y acoger; pero en ello, se corren riesgos, llega el miedo a que te desinstalen, te incomoden, te perturben, se metan en tu vida... Llega el miedo a que quieran cambiar tu manera de vivir. Porque sabemos bien, que para recibir hay que abandonarse en manos de otro, hay que dejarse amar… y eso, no es fácil.

Todos estamos abiertos a recibir una buena noticia, una herencia, un premio… algo que cambie nuestra vida de forma substancial; pero ponernos la ropa de otro, comernos un bocadillo de alguien que no conocemos, recibir un consejo… eso ya es otra cosa.

Tampoco nos importa recibir un halago, un regalo, un elogio… pero un reproche, una corrección, una limosna en céntimos y, a veces tirada a distancia, consideramos que, degrada bastante a la persona.

Es la realidad del mundo de hoy. Cuando vemos a alguien que pide medimos si debemos de darle o no, pero no medimos la humildad que requiere el recibir.

Y es que no nos lo ponen fácil. Llama alguien a tu puerta regalándote cualquier cosa y cierras enseguida; seguro que viene a venderme algo –es lo mejor que piensas- Así que cuando el que llama a tu puerta es Dios, también cierras por lo que pueda pasar.

Dios nos ofrece, cada momento, sus dones pero no nos atrevemos a cogerlos porque creemos que Dios, al igual que nosotros, los da a cambio de… y Dios no espera nada a cambio. Dios da y basta.

De nuevo el sacerdote inmerso en este contexto lleno de sospechas, recelos y desconfianzas. Pero es el sitio donde “Dios lo ha plantado” y desde él, por muy incómodo que le parezca, tendrá que hacernos ver que: Dios es gratuidad, regalo, don, gracia…: que Dios es amor ofrecido, donación total y a eso debe tender él, desde su limitación y sus carencias.

VUESTRA RECOMPENSA SERÁ GRANDE

¡Cuántos pasajes encontramos en el evangelio en los que Jesús nos habla de recompensa!

Pero seríamos injustos si solamente ayudásemos y diésemos esperando ser recompensados. Lo importante es responder, con la mayor generosidad a tantos dones recibidos.

Para ello, lo primero que tendríamos que hacer es callarnos y observar, todo lo que el Señor nos ha dado en cada momento y la manera que hemos tenido de recibirlo. Porque el dar y el recibir fluyen de manera cíclica. El que se acerca a Dios y abre las manos para recibir, no le importa volverlas para dar: Así lo dice, Jesús, a los suyos: “Todo lo habéis recibido gratis, dadlo también gratis”

Cuando el dar a los demás surge de nuestra manera de vivir, nos estamos dando grandeza a nosotros mismos y cuando recibimos de ellos, les estamos regalando nuestra acogida, nuestro desinterés y nuestra apertura.

Porque hay cosas que, al darlas, no disminuyen si no que aumentan. Son las generosidades de la persona: al amor, la amistad, la bondad, la luz… y, además, engrandecen al recibirlas.

No esperes a que el sacerdote dé para luego dar tú, no esperes a ver como acoge lo recibido, para hacer tú lo mismo. Normalmente, todos esperamos a que nos amen antes de amar nosotros; pero ¿acaso empezamos a bailar antes de que suene la música?

Por eso, este año, cuando nos presentes la Campaña de Manos Unidas recordemos que:

No puede haber en nuestra vida una experiencia de dar y recibir, si antes no hemos sido capaces de compartir con los demás, todo lo que tenemos.