LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: TUS CAMINOS SON RECTOS
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra” (Sb 9,18a).

Esta apreciación del monarca no sale de sus labios a la ligera. Conoce bien la historia de su pueblo y. por extensión, la del hombre en general. Sabe, pues, que rectitud de corazón y de camino son inseparables, van de la mano. Sabe también que la fuerza que endereza los pasos del hombre no nace del padre de la mentira (Jn 8,44), sino de Dios que es verdad y rectitud, tal y como lo expresa Moisés en uno de sus cantos de alabanza: ¡Voy a aclamar el nombre de Yahvé; ensalzad a nuestro Dios! El es la Roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia. Es Dios de lealtad, no de perfidia, es justo y recto” (Dt 32,3-4).

Salomón tiene conciencia clarísima de que, cuando Dios exhorta a su pueblo a seguir su camino recto, a no desviar sus pasos ni a derecha ni a izquierda, no lo hace para tenerlo sometido. No hay en sus mandatos arbitrariedad alguna. Desea que su pueblo camine en rectitud porque la vida y prosperidad que tanto anhela depende de ello: “Cuidad, pues, de proceder como Yahvé vuestro Dios os ha mandado. No os desviéis ni a derecha ni a izquierda...: así viviréis, seréis felices y prolongaréis vuestros días en la tierra que vais a tomar en posesión (Dt ,32-33).

Conocemos la historia. Todo le iba bien al pueblo hasta que quiso vivir por su cuenta. Llegó así a pensar que, de cara a su paz y prosperidad, Dios había llegado a ser un estorbo. Envidiaban a los pueblos de alrededor quienes, si bien tenían sus dioses, estos no se metían mucho, incluso nada, en sus vidas. Entendámonos bien, no eran dioses que conducían a sus pueblos, sino que eran éstos los que les conducían a ellos les marcaban su sitio y su ámbito. Algo parecido al becerro de oro que Israel se hizo en el desierto. Fue fabricado para ser llevado por ellos, ya que estaban hartos de que Dios les dijese y les indicase por dónde tenían que caminar. Escuchemos lo que se podría llamar extractos del diario de Moisés en la marcha de Israel por el desierto: “Vi que vosotros habíais pecado contra Yahvé vuestro Dios Os habíais hecho un becerro de fundición: bien pronto os habíais apartado del camino que Yahvé os tenía prescrito (Df 9, l6)

Se podría pensar que este acontecimiento fue más que suficiente para que Israel aprendiera que sus errores habían de servirles, de darles sabiduría para rectificar Pero no, a Israel le pasa como a todo el mundo. Una vez que ha pasado el susto, vuelve a las andadas, a lo que parece que está más inclinado, a la desobediencia, a ser dueño y señor de sus caminos... Y es que el hombre no acepta órdenes de nadie..., ni siquiera de Dios.

Dios, que ama al pueblo de sus entrañas, le envía a profetas para que le hagan caer en la cuenta de que los pasos de luz que creían dar, en realidad les han llevado al sin sentido, a la oscuridad y las tinieblas. “Caminos de paz no conocen, derechos no hay en sus pasos. Tuercen sus caminos para provecho propio, ninguno de los que por ellos pasan conoce la paz… Palpamos la pared como los ciegos y como los que no tienen ojos vacilamos. Tropezamos al mediodía como si fuera al anochecer, y habitamos entre los sanos como los muertos” (Is 59,8-10)

No hay historia de amor más bella, más intensa y excitante que la existente entre Dios e Israel. Dios que ama e Israel que se resiste a ser amado. No por maldad sino porque no comprende por qué los demás dioses dejan en paz a sus gentes el suyo no. Israel se rebela, grita, vuelve, hace penitencia, ora, suplica, vuelve a rebelarse... Lo dicho, no hay historia de amor tan rica y bella en sentimientos y obras corno la tejida entre Dios e Israel.

Nos interesa, y mucho, esta historia porque es la nuestra. Todos somos el Israel amado; mas también el Israel impotente para amar. Hay, sin embargo, un dato importantísimo en esta historia que querernos señalar con énfasis. Es necesario señalarlo pulque nos pertenece. Me explico. De la misma forma que nos identificamos con las rebeliones y desobediencia del pueblo santo, justo será, y lo es, identificamos también con la inigualable sabiduría e intensidad de su oración. Es inigualable porque no la aprendió de hombre alguno sino del mismo Dios.

Qué decir, por ejemplo, de esta del profeta Isaías: “La senda del justo es recta tu allanas la senda recta del justo. Pues bien, en la senda de tus juicios te esperamos, Yahvé: tu nombre y tu recuerdo son el anhelo del alma. Con toda mi alma te anhelo en la noche, y con todo mi espíritu por la mañana te busco” (Is 26,7-9).

Sólo Dios es el camino recto, acabarnos de oír de labios del profeta. Pues bien, ni él promete ni hace prometer a nadie que van a seguir el camino recto de Dios. Isaías pasa por alto cualquier propósito o compromiso moral, En un arranque de audacia y confianza, parece que le está diciendo a Dios: ¡Tus caminos son rectos! ¡Aquí nos tienes! No sabemos caminar por ellos, pero aquí nos tienes esperándote a ti para que nos enseñes a caminar. Aquí nos tienes deseando confiar tanto en ti que podamos llegar a aceptar tu mano tendida para apoyarnos.