VI Domingo del Tiempo Ordinario
14 de febrero de 2010

La homilía de Betania


1.- HAMBRE Y BIENAVENTURANZAS

Por José María Maruri, SJ

2.- EL PROYECTO DE DIOS

Por José María Martín OSA

3.- LA DOBLE DIMENSIÓN –VERTICAL Y HORIZONTAL- DE LAS BIENAVENTURANZAS

Por Gabriel González del Estal

4.- PONER TODA NUESTRA CONFIANZA EN DIOS

Por Pedro Juan Díaz

5.- PROCUREMOS SER POBRES DE ESPÍRITU…

Por Antonio García Moreno

6.- ¿CONFIAS EN DIOS? ¡QUE SE NOTE!

Por Javier Leoz

7.- “BIENAVENTURADOS LOS HAMBRIENTOS…”

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DE BUENOS Y MALOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- HAMBRE Y BIENAVENTURANZAS

Por José María Maruri, SJ

1.- Os decía la semana pasada que todos estamos atrapados en la red de un egoísmo socializado y todos estamos convencidos que una sociedad fundamentada en la pobreza y el hambre de tres cuartas partes de la humanidad. Y os anunciaba también que la Iglesia celebraría este domingo, el día 14, la Campaña contra el hambre. La humanidad gasta más dinero en armas para segar vidas que en alimentos para que esas vidas continúen desarrollándose. Todos estamos atrapados en la red de un egoísmo socializado.

--todos estamos convencidos que una sociedad fundamentada en la pobreza, en el hambre, de tres cuartas partes de la humanidad, para que una cuarta parte –nosotros—vivamos bien.

--a todos nos horroriza pensar que en ocho días, en esos ocho que han pasado desde que yo os hablaba de este tema, han muerto más de 250.000 niños de hambre o por enfermedades producidas por la desnutrición.

--todos nos agitaremos intranquilos porque sabemos que se pone mucho más interés y se emplean más capitales en el mercado de armas para segar vidas que en el mercado de alimentos y medicinas para conservarlas. La tragedia de Irak se inició con una guerra a la que contribuyeron los países que luego la atacaron, incluida España, pero que habían facultado la venta de armas a ese país para armarse hasta los dientes.

2.- Y es de humor negro pensar que mientras aumentan en los países ricos costosas instituciones para adelgazar son miles de millones los que no tienen ya de qué adelgazar. Que estemos sentados a la misma mesa los que prescindimos del pan por los triglicéridos y los que como aquel Lázaro quisiera comer las migajas que caen de nuestras mesas. Nos inquieta todo esto mucho más porque sucede en una bautizada sociedad cristiana. “Conocerán que sois discípulos míos si os amáis unos a otros”, nos dice Jesús. Pero no parece que le hacemos mucho caso. Reflexionemos especialmente hoy ante este problema del hambre en el mundo y, mientras tanto, seamos generosos hoy que la Iglesia nos pide ayuda para paliar el hambre. Que se vea nuestra oración, que suele nuestra ayuda…

3. - Jesús amaba a los ricos, por eso en su entierro nadie cantó la Internacional, —digo—, ni rezó el rosario. Allí no había un solo pobre de los que Jesús ayudó. Por el contrario, sí había dos burgueses: Nicodemo y José de Arimatea. Bueno, como en el otro entierro había una serie de burgueses de los que no se ha hablado: arquitectos, abogados, empresarios, gracias a los que la obra del Padre fue posible cuando los de la Internacional no conocían el barrio.

También recordáis que Jesús tuvo una familia muy querida que no vivió, precisamente, en Orcasitas, sino en la Florida o Mirasierra (**). Y me refiero a Marta, María y Lázaro que vivían en Betania, una urbanización de ricos. Esto va por delante para que sepamos dar el valor debido de las bienaventuranzas de los pobres y los ¡Ay! contra los ricos. Ni el rico es malo por ser rico, ni el pobre es bueno por ser pobre. Los malos son los idólatras, los que hacen su dios del dinero, o hacen de la pobreza su dios. Cuando el pobre, o el que presume de ello, presupone que se le debe todo —sin dar golpe—, que tiene todos los derechos, hasta el de conculcar los derechos de los demás, cuando no, de disponer de las vidas de los supuestos opresores. Entonces, adora a su propia pobreza y a esos pobres no les corresponden las bienaventuranzas, sino sus “¡Ays!”.

Y cuando el rico se aferra a lo que posee y lo aumenta a costa de la miseria y hambre de sus semejantes, está adorando a Don Dinero, aunque presuma de amistad con Dios. A esos ricos también les corresponden los “¡Ays!” de Jesús.

Como ha dicho la primera lectura: Maldito el que confía en el hombre, pone en él la confianza que debió poner en Dios y en esto caen pobres y ricos. Durante décadas se ha idolatrado a un hombre ateo que se hizo dios de las masas prometiéndoles un paraíso imposible, porque no hay paraíso sin Dios. Allí se adora también al poderoso Don Dinero y ambas idolatrías son malas.

3. - Desde luego que jamás Jesús quiso engatusar a los pobres con unas bienaventuranzas cantadas en clave de resignación. La pobreza es un mal y Dios no lo quiere. Dios quiere el desarrollo de todos sus hijos, y todos, ricos y pobres, deben unir sus esfuerzos para que ese progreso, esa realización de la personalidad de cada hombre, se lleve a cabo.

3. - Y ¿Quiénes son los pobres felices ante los ojos de Dios?

-- Los que saben gozarcon alegría lo poco que tienen y hasta saben compartir.

-- Los que soportan con paciencia y buen humor la senilidad de padres y abuelos, o la larga enfermedad de una tía soltera.

-- Los que sufren la hostilidad o impertinencia de un prepotente jefe de negociado que no aguanta a las personas que no se avergüenzan de ser reconocidas como católicas.

-- Los que por defender una causa justa han sido arrollados por una injusta justicia humana.

3.- Todos estos son los bienaventurados de hoy a los ojos de Dios. Pero ¿quiénes son esos ricos de los “Ays” de Jesús?

-- Los que, individualmente o en grupo, aparcan sus creencias religiosas o políticas apoyando al que más engorde sus cuentas bancarias, pasando por alto las consecuencias educacionales, sociales o religiosas que ese apoyo traiga a la nación.

-- Los que llegan a la trampa y al tapujo por su propio interés aunque arrollen con ello a los demás. Éstos se llaman corruptos.

-- Los alpinistas que suben pisando con una bota a los otros.

-- Los ejecutivos para los que todo es lícito, en defensa de los intereses propios o de la empresa.

Todos estos son los idólatras, adoradores del Becerro de Oro contra los que ya lanzó su juicio el Señor Jesús hace más dos mil años. Éstos son los que promueven, hoy, el hambre en el mundo por su avaricia.

(* *) El Padre Maruri cita dos urbanizaciones de gente rica de Madrid: La Florida y Mirasierra. El dato interesará a nuestros lectores que no conozcan Madrid. Y da una nueva definición de Betania. Según don José María el pueblo de Betania, cercano a Jerusalén, era también una urbanización de ricos. Orcasitas es, igualmente, un barrio obrero de Madrid.


2.- EL PROYECTO DE DIOS

Por José María Martín OSA

1.- Confianza absoluta en el Señor. El Salmo 1, que leemos hoy, nos da la clave para la comprensión del Evangelio y del proyecto de Dios sobre el hombre, La imagen del “árbol plantado al borde de la acequia” responde a la del “árbol plantado junto al agua”, que la primera lectura contrapone al “cardo en la estepa”.El Salmo y el pasaje del libro de Jeremías tienen un claro tono sapiencial. Quieren felicitar a quien acierta en la orientación de su vida. Jeremías presenta el contraste entre el que confía y busca apoyo en «un hombre» o «en la carne», y el que confía o tiene su corazón en el Señor. La invitación de Jeremías es a no confiar en las autoridades de su tiempo que se han hecho débiles, por no defender la Causa de Dios que son los débiles, sino la causa de los poderosos de su tiempo. En este sentido, el que confía en la carne será estéril, es decir, no produce, no aporta, no contribuye al crecimiento de nada. Por eso es maldito. En cambio el que opta por Dios, será siempre una fuente de agua viva que permite crecer, multiplicar, compartir, y sobre todo, no dejar nunca de dar fruto. De esta forma se introduce una reflexión sobre la verdadera felicidad, que solamente el sabio conoce. Cada uno ha de mirar dónde ha echado raíces. Quien confía alocadamente en la acumulación de riqueza se verá reflejado en la imagen del cardo, que ha ido a “habitar” en tierra salobre e inhóspita, un despiste garrafal pues no es lugar ni para vivir ni para prosperar. En cambio, quien pone su confianza en el Señor, ni siquiera en tiempo de sequía “temerá el calor”, “no se inquieta” y seguirá dando fruto. Y esta confianza la hemos de llevar no sólo en lo íntimo del corazón, sino manifestarla en expresiones alegres, exultantes, danzantes. Mientras mantengamos la confianza firme en el Señor, podemos felicitarnos, ya que nuestras raíces se nutren de ríos de agua viva y tienen vida para largo. Mientras sigamos “plantados” ahí, nadie nos hará daño, nadie nos moverá.

2.- Llamados para ser felices. El mensaje de las bienaventuranzas debemos asumirlo como un proyecto de vida, como el mejor camino para seguir a Jesucristo. Tanto en Mateo como en Lucas las Bienaventuranzas vienen a ser el prólogo de una larga instrucción dirigida a los discípulos en sentido amplio, es decir, a todo seguidor de Jesús. San Mateo sitúa la escena en un monte. En cambio, san Lucas sitúa la escena en un lugar “llano”, al cual llega Jesús cuando baja del monte. Por eso el texto de san Lucas se designa comúnmente como "Sermón del Llano". Además del diverso escenario, hay una diferencia más llamativa entre las Bienaventuranzas de Mateo y las de Lucas. Mateo reproduce ocho o nueve y Lucas sólo cuatro, a las que añade cuatro “malaventuranzas”, que sirven de contraste o contraluz. En principio el evangelio de san Lucas ofrecería una redacción más fiel o más “auténtica” de las Bienaventuranzas tal como pudieron haber sido pronunciadas por Jesús. De la predicación profética toma el evangelio el tono amenazador de las malaventuranzas. Lucas propone con realismo un camino en el que no se exige a todos una pobreza total, pues de otra forma el cristianismo hubiera quedado reducido a una secta incapaz de extenderse en el mundo. Pero al mismo tiempo, el Reino de Dios no admite una moral condescendiente con la escandalosa riqueza de los más favorecidos, a quienes apoyan los poderes de la tierra.

3.- “¡Contra el hambre, defiende la Tierra!” El lema de Manos Unidas de este año propone una manera concreta y actual de vivir las bienaventuranzas. Es necesario un modelo de desarrollo limpio y sostenible, que armonice la actividad económica con las exigencias de la ética y con los derechos fundamentales de la persona. Manos Unidas propone un cambio de actitudes y de estilos de vida, tanto en el Norte como en el Sur; sólo así se podrá lograr un mundo más justo y solidario para todos. Exige respuestas que ayuden a paliar los efectos de los cambios en las condiciones del clima, basadas en la reducción de consumo energético, en una mayor financiación del desarrollo y en la transferencia de tecnologías limpias a los países en desarrollo. Ha de promoverse la gestión austera y coherente de nuestros recursos (reducir, reutilizar, reciclar). El Señor nos ayuda a los creyentes a comprender bien que las bienaventuranzas son Evangelio, alegre noticia dirigida a los pobres. Por ello las bienaventuranzas se han de convertir todos los días en programa de vida. Jesús ha propuesto este modelo de vida con su propio ejemplo, y lo ha hecho para todo hombre y mujer que quieran pisar su mismo camino, pues las instrucciones que nos presenta son las actitudes básicas para matricularse como su discípulo, para asimilar el espíritu del reino y alcanzar la felicidad en plenitud. El programa de las bienaventuranzas presentado por el Señor esta semana, nos obliga a meditar y aplicar a la situación particular que vive cada uno, la verdad de que la dicha total está en Dios. El Padre del cielo, es el único capaz de llenar todos los vacíos del corazón, y para llegar a El existen determinados caminos que exigen de nuestra parte desprendimiento, disponibilidad y abundante generosidad


3.- LA DOBLE DIMENSIÓN –VERTICAL Y HORIZONTAL- DE LAS BIENAVENTURANZAS

Por Gabriel González del Estal

1.- Durante bastantes siglos los teólogos y predicadores cristianos hablaron de las Bienaventuranzas en un sentido vertical. Cuando digo vertical quiero decir trascendente y escatológico. Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: los pobres, los que ahora pasáis hambre, los que ahora lloráis, los que sois odiados por mi causa, sois dichosos, bienaventurados, porque mi Padre os dará un reino donde viviréis felices y llenos de gozo. En cambio, los ricos, los que ahora viven saciados y llenos de consuelos, después harán duelo y llorarán. Desde esta interpretación de las Bienaventuranzas, era bueno y espiritualmente rentable pasar hambre, sufrir y padecer persecución en esta vida, porque así tendríamos asegurado un tesoro de felicidad en el cielo. La ascesis y la mortificación eran las virtudes más importantes que debía practicar el cristiano para asegurarse la vida eterna. En estos últimos tiempos, hablamos, casi siempre, de las Bienaventuranzas en un sentido preferentemente horizontal y social. Jesús, levantando sus ojos hacia nosotros, nos dice: los que hagáis una opción preferencial por los pobres, los que saciéis el hambre de los hambrientos, los que deis consuelo a los afligidos, los que seáis modelo y ejemplo de solidaridad para los demás, por vuestra condición de cristianos, sois dichosos, bienaventurados, porque mi Padre os pondrá a su derecha en el Reino de los cielos. Desde esta interpretación de las Bienaventuranzas, las virtudes principales del cristiano son hoy la solidaridad, la fraternidad y el amor hacia sus semejantes. Evidentemente, estas dos interpretaciones de las Bienaventuranzas tienen su justificación teológica, pero yo creo que nosotros, cristianos de aquí y ahora, es bueno que insistamos preferentemente en la interpretación horizontal de las Bienaventuranzas.

2.- Maldito quien confía en el hombre… bendito quien confía en el Señor. El profeta Jeremías, probablemente en un momento de frustración y desconsuelo, presenta de forma antitética dos actitudes posibles: confiar en Dios y no hacer caso de lo que digan los hombres, o confiar en los hombres y apartar la mente y el corazón del Señor. Por experiencia propia, el profeta Jeremías prefiere confiar en Dios, ya que los hombres, sus paisanos, no sólo no le escucharon, sino que le despreciaron y persiguieron. En nuestra vida ordinaria, de cada día, no suelen darse estas dos situaciones de forma tan excluyente. Debemos confiar en Dios siempre, aunque a veces no entendamos el proceder de Dios, pero muchas veces tenemos también que confiar en los hombres, porque, después de todo, con ellos convivimos y son nuestros hermanos. En fin, que “a Dios rogando y con el mazo dando” y “ser cándidos como palomas y astutos como serpientes”.

3.- Si nuestra esperanza en Cristo acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados. A San Pablo le tocaba predicar las Bienaventuranzas desde una dimensión preferentemente escatológica. Él creía que Cristo aparecería pronto, en la segunda y definitiva venida, para llevar con él, a su Reino, a todos los que le habían permanecido fieles; no merecía la pena, por lo tanto, preocuparse demasiado de las cosas de este mundo. Sin embargo, San Pablo nunca descuidó la atención a los más pobres y necesitados y supo llorar con los que lloraban. La fe de San Pablo en la resurrección era, como sabemos, la piedra angular sobre la que construyó el gran edificio de su doctrina cristiana: si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. Hoy, nosotros, estando totalmente de acuerdo con San Pablo en la importancia de la resurrección de Cristo y de nuestra propia resurrección, creemos que hacer el bien, y atender a los pobres, y dar consuelo a los afligidos, tiene y tendrá siempre sentido, aunque no creyéramos en la resurrección de los muertos. La vida de Cristo y la vida de San Pablo nos animan a actuar de esta manera.


4.- PONER TODA NUESTRA CONFIANZA EN DIOS.

Por Pedro Juan Díaz

1.- Ya sabéis vosotros que hay dos pasajes de las bienaventuranzas, uno de Mateo y otro de Lucas. El primero es más conocido y el segundo es más breve, y precisamente por esto último, se cree que es más fiel a las palabras pronunciadas por Jesús. Pero que sea más breve no quiere decir que sea menos contundente. Las tres primeras bienaventuranzas hablan de los pobres, los hambrientos y los que lloran (los afligidos), y luego aparece una cuarta que habla de una situación de persecución, que se da posteriormente en la comunidad cristiana. El pasaje termina con unos “ayes” dirigidos a los ricos, a los saciados, a los que ríen y a aquellos de los que todo el mundo habla bien, que serían un reflejo de la preocupación del evangelista Lucas por las diferencias sociales que existían en su comunidad. Tanto las bienaventuranzas como los “ayes” son breves, concisos y contundentes.

Las bienaventuranzas hablan de que las cosas pueden ser de otra manera, que Dios quiere que las cosas sean distintas a como son. Las bienaventuranzas hablan de un Reino, el de Dios, en el que se pondrá la historia del revés y los últimos serán primeros y los pequeños, grandes. Pero ese Reino tiene dificultades para crecer entre nosotros, ya que se enfrenta a un ambiente contracultural y aparece como algo utópico para el tiempo de hoy. No obstante, el Señor, que es fiel a sus palabras y a sus promesas, sigue suscitando personas y moviendo sus corazones para que colaboren en esta tarea.

2.- Una de las claves para esto está en la primera lectura, cuando el profeta Jeremías dice que lo importante es poner nuestra confianza en Dios, y no en los hombres. No se trata de desconfiar de las personas, sino de saber que Dios siempre permanece fiel y sólo Él puede ser el motor de nuestras vidas y de nuestras acciones, si queremos hacer crecer su Reino entre nosotros. “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua”, nunca le faltará la fuerza y el ánimo de parte de Dios. Pero también está la otra actitud, como si fueran dos caminos: “Maldito quien confía en el hombre… apartando su corazón del Señor. Será como un cardo… habitará en el desierto”. Desde nuestra libertad, desde la libertad que nos ha dado Dios, nos enfrentamos cada día con esta elección, con estos dos caminos.

3.- Optar por las bienaventuranzas y por el Reino de Dios supone poner toda nuestra confianza en Dios. Pero también a sabiendas de que vamos a caminar contra-corriente. Optar por las bienaventuranzas supone reconocer a un Dios que está a favor de los empobrecidos, de los más desgraciados de la vida. Optar por las bienaventuranzas es optar por un camino de felicidad que pasa por ayudarnos unos a otros a ser felices, sin necesidad de llenar nuestra vida de cosas y más cosas que nos proporcionan una felicidad pasajera y trivial. Y aunque sea contra-corriente, merece la pena, porque estamos confiados en que el Señor nos lleva a su plenitud. Dios nos trae nos trae su presencia salvadora, su Reino. Pero una presencia que exigirá de nuestra autonomía, de nuestra capacidad, para que optando por ella, trabajemos en contra de todo lo que se opone a la dignidad y a la verdad, es decir, a la vida plena.

4.- De nuevo las paradojas de Dios entran en juego, y en textos como este de las bienaventuranzas saltan a la vista. No se trata de sacar “moralinas para ser mejores”, se trata de hacer una lectura que nos anime a vivir, a ser de otra manera. Se trata de que los cristianos vivamos en la mística de la felicidad, en la mística de un Dios que, por encima del dolor y el sacrificio, le gusta que sus hijos e hijas vivamos felices y gozosos. Ahí está nuestra tarea, nuestra opción por las bienaventuranzas: ayudarnos unos a otros a ser felices, crecer en fraternidad, llevar hasta el extremo el mandamiento único, el del amor. Esto es el Reino, en esto consiste decir que sí a la oferta salvadora de Dios. Esto es lo que precisamente hizo Jesús, el bienaventurado.

5.- Que al participar hoy en esta Eucaristía salgamos decididos a optar por este proyecto de felicidad de Dios, que pasa también por construir un mundo y una vida más dignos para las personas que menos la tienen. Así estará creciendo el Reino de las bienaventuranzas, el proyecto de felicidad de Dios para todos nosotros.


5.- PROCUREMOS SER POBRES DE ESPÍRITU…

Por Antonio García Moreno

1.- NECESITAMOS CONFIAR EN ALGUIEN.- Jeremías nos dice hoy: "Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor" (Jr 17, 5). Sin embargo, hay momentos en los que necesitamos confiar en alguien; momentos en los que todo parece hundirse a nuestro alrededor. Necesitamos entonces un apoyo, un amigo al que recurrir. Es la hora de descubrir dónde está la verdadera amistad. ¡Y cuántos desengaños se sufren! Uno comprende que las palabras que prometían no eran más que palabras hueras, sonidos articulados carentes de sentido.

Por eso es desdichado el que confía en el hombre, el que busca su fuerza en la carne. Y es lógico que sea así. El hombre es frágil por naturaleza, se sostiene en pie con dificultad. No puede dar mucho de sí, no es capaz, aunque quiera, de sostener por mucho tiempo a los demás. No hay que extrañarse ni desalentarse. Y sobre todo no hay que pedir a los hombres lo que no pueden dar, lo que ellos mismos necesitan porque no lo tienen.

De lo contrario, nos dice hoy el profeta, serás como un cardo en la estepa, habitarás la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Serás un pobre desdichado que saborea la amargura de la ingratitud. Un pobre corazón sin ilusión que mira torvamente a cuantos se le cruzan por el camino.

Un árbol plantado cerca del agua, con sus raíces metidas en tierra húmeda y blanda. Su hoja estará verde en verano, en los años de sequía seguirá dando fruto abundante y bueno. Así ve Jeremías al hombre que confía en Dios, que pone en el Señor su refugio.

En efecto, Dios no cambia. Él ama de verdad. También cuando las cosas van mal, también cuando el ser querido le traiciona, le falla. Basta con que vuelva arrepentido para que Dios le perdone y se olvide de todo. Y le limpie las lágrimas, le cure las heridas, le llene, una vez más, el corazón de paz y alegría.

Además él es fuerte, recio, es el apoyo firme del mundo entero. Todo lo que existe se apoya en él y él en nada tiene que apoyarse. Si él escurriera el hombro todo se vendría abajo, aun lo que más seguro nos parece. Sí, es cierto. Dichoso el que confía en el Señor y pone en él su confianza. No se verá jamás defraudado. Dios no le falta a nadie. A nadie que cuente con él. Y aunque parezca que el mundo se hunde a nuestro alrededor, el corazón estará sereno, confiado en la fortaleza de Dios, seguro de su amor sin fin.

2.- POBRES Y RICOS.- Hoy es un monte el lugar donde Jesús se reúne con los suyos. De nuevo su palabra resuena en el aire libre y limpio de los campos de Galilea. Desde aquella cumbre se divisa un panorama extenso, que tiene como fondo la lejanía azulada de las aguas del lago de Genesaret. Está rodeado de sus apóstoles, y también de aquella muchedumbre que le admira y le ama, esa gente sencilla que ha sabido ver en él un refugio para sus penas y una solución para sus problemas. Son hombres y mujeres de pueblo en su mayoría, esos que eran llamados con cierta ironía 'am ha'ares, "el pueblo de la tierra". Para todos ellos, y también para nosotros, pronuncia uno de sus más bellos discursos, el Sermón de la Montaña.

Sus palabras son llamativas. Comienza proclamando que los pobres son dichosos. Luego explica que no lo son por ser pobres precisamente, sino porque de ellos es el Reino de Dios. San Mateo completa la frase que nos transmite san Lucas, y aclara que esos pobres son los de espíritu, es decir, los que reconocen su indigencia radical, los que se sienten tan débiles y miserables que sólo en Dios tienen puesta su esperanza. Éstos, en medio de su pobreza, incluso podríamos decir que gracias a esa indigencia interior, son dichosos, bienaventurados porque Dios les reserva un puesto de privilegio en su Reino.

También son felices los que tienen hambre y sed de justicia, los que ansían con todas las fuerzas de su ser el cumplimiento de la voluntad de Dios. Esa justicia de la que habla en otra ocasión el Señor, cuando dice al Bautista que es preciso cumplir toda justicia; esto es, realizar los planes de Dios, que en realidad son los únicos realmente justos. Sigue el Maestro proclamando dichosos a los que lloran porque ellos serán consolados, reinarán cuando llegue el momento decisivo del juicio final, cuando cada uno recibirá el premio o el castigo por sus obras.

En contraposición, el Señor exclama: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! Son aquellos que, como el rico Epulón, se olvidan de los demás y sólo viven para satisfacer su propia ambición. Los que sueñan con ampliar más y más sus graneros, sin pensar que un día cualquiera han de rendir cuenta a Dios de la administración de todos esos bienes, que en realidad les fueron confiados para que contribuyeran no sólo a su propio provecho, sino también al de los demás... Tratemos de sacar propósitos concretos de estas palabras del Señor. Procuremos ser pobres de espíritu, y si somos ricos tratemos de enriquecer a los que tienen menos que nosotros.


6.- ¿CONFIAS EN DIOS? ¡QUE SE NOTE!

Por Javier Leoz

No es fiéis del que de nadie se fía. Arturo Graf (1848-1913) Escritor y poeta italiano El mundo, lo miremos por donde lo miremos, anda deficitario en confianza. Como mucho, cada uno, descansa y pone recursos, ideales o éxito en sí mismo. Pero ¿y los sistemas de nuestra sociedad? ¿En quiénes tienen depositado su victoria, sus resultados, su aparente felicidad?

1.- La confianza en Dios no es caer la inactividad o dejadez. Entre otras cosas, la confianza en Dios, implica –además de abandonarnos en El- plantearnos pequeñas metas que denoten que somos de los suyos, que Dios no es una simple quimera o un sueño fugaz. Que es Alguien que lo sentimos cercano a nuestra vida y a nuestra realidad. Alguien, con cierta razón, llegó a decir: “la confianza en Dios es la mayor prueba que le podemos dar de que somos sus hijos”. Y hoy, por si no nos queda suficientemente claro, Jesús nos señala unos caminos para llevarnos hasta Dios: es el mensaje denso pero nítido de las bienaventuranzas.

2. - ¿Confías en Dios? No pongas tu centro en el dinero. Tampoco digas que “no es importante”. Entre otras cosas porque, puedes engañar a algunos de los que te rodean, pero a no Dios que siempre ve en lo escondido.

¿Confías en Dios? No te preocupes si no posees todo aquello que tú desearías alcanzar para una felicidad completa. Un día, en el abrazo saciativo que Dios te dará, entenderás muchas cosas.

¿Confías en Dios? No olvides las lágrimas. Sé solidario. No te justifiques sobre el mal del mundo con un “yo no puedo hacer nada”. Que tu llanto sea sinónimo de tu solidaridad con los que más sufren.

¿Confías en Dios? Da razón de tu esperanza. No escondas tu carnet de identidad cristiano. El Señor puso por nosotros su cara en una cruz. ¿Por qué nos cuesta tanto a nosotros dar testimonio de que somos cristianos o católicos?

¿Confías en Dios? Si a El lo insultaron antes, subiendo y estando colgado en la cruz... ¿pretendes, pretendemos ser más que el Maestro? A veces, cuando no somos más increpados, tendríamos que preguntarnos si no será porque presentamos de una forma, demasiado dulce o descafeinado el mensaje del Evangelio.

¿Confías en Dios? No anhelemos puestos de primera o reconocimiento público por parte de instituciones políticas, económicas, culturales o sociales. Nuestra recompensa, y que no sea un tópico, está en el cielo. Hacia él, donde habita la gloria de Dios, vamos caminando con el espíritu de las bienaventuranzas.

3.- Seguimos acompañando al Señor en su vida pública. Hay cosas de su evangelio que nos seducen, otras nos escandalizan. Existen palabras de Jesús que nos reconfortan, otras nos producen vértigo, esperanza o deserción. Pidamos al Señor que nuestra confianza la tengamos puesta siempre en El y, Jesús, nos dará la fuerza necesaria para perseverar y alcanzar esa riqueza de contemplar cara a cara al mismo Dios. Que la próxima cuaresma nos ayude a poner en el corazón de nuestra vida a ese Cristo que se fía de nosotros y camina junto a nosotros para salvarnos. ¿Confiamos en El? ¡Vayamos con El!

4.- MI CONFIANZA ERES TU, SEÑOR

Frente a la riqueza que todo lo invade,

dame tu pobreza que todo lo enriquece

Frente a los manjares que el mundo me ofrece

dame el hambre de Ti para no perderte

 

Antes que la alegría en sonrisas fingidas

da a mis ojos lágrimas y pena con los que lloran

Antes que cobardía frente a los que me insultan

dame valentía y perseverancia en tu camino

 

Antes que deseos de poder y de apariencia

dame humildad y saber siempre estar de tu lado

Antes que vanidad o ansias de aplausos

dame la satisfacción de ser tu amigo

 

Que mi confianza, Señor, seas Tú

Que mi riqueza, Señor, seas Tú

Que mi alimento, Señor, seas Tú

Que mi alegría, Señor, seas Tú

Que mi fortaleza, Señor, seas Tú

Que mi horizontes, Señor,

ahora y siempre seas tú

Amen


7.- “BIENAVENTURADOS LOS HAMBRIENTOS…”

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Hoy, en este domingo VI del Tiempo Ordinario, se juntan dos cosas que, desde luego, están muy relacionadas. La Iglesia nos recuerda que celebramos la Jornada Contra el Hambre. Y en el evangelio Jesús nos relata las bienaventuranzas. ¿El hambre, por qué se enseñorea en el mundo? Pues por el egoísmo de unos pocos que atesoran riquezas y que su avaricia impide que hasta lo más mínimo para subsistir llegue a los más necesitados. Y cuando dice que “bienaventurados los que tienen hambre” nos recuerda directamente que hay hambrientos y sedientos que poca gente ayuda. Porque el hambre y la sed por la justicia han tenido antes su consecuencia en el hambre y en la sed físicas. Las Bienaventuranzas no son parábolas. No son afirmaciones hiperbólicas. Son realidades que están entre nosotros.

Se ha hablado muchas veces de las diferencias entre las bienaventuranzas que nos transmite Lucas y las que nos relata Mateo. Parece como si Mateo quisiera matizarlas más o alejarlas de una concreción total. Pero no es así. Son idénticas, aunque el lenguaje de Lucas –que escuchamos hoy—las haga más directas. Y es que, verdaderamente, quien sea pobre en el espíritu, terminará siendo pobre de verdad, porque esa pobreza de espíritu le impedirá tomar actitudes de rico, seguro. Y cuando alguien tiene hambre y sed de justicia, sin duda está experimentado el tormento del hambre y la sed físicas.

2.- Lo terrible para la conciencia de cualquier cristiano cabal es que hambre, desnutrición, enfermedad se faculten –o no se atiendan—desde tantas sociedades que se llaman cristianas. Y no nos engañemos, los esfuerzos de Cáritas y de otras muchas organizaciones de la Iglesia dedicadas a luchar contra el hambre son una excepción, casi una rareza. La mayor parte de los que se dicen cristianos no tienen este problema como de solución prioritaria. Pero también es verdad que a Jesús de Nazaret tampoco le entendieron sus coetáneos. Y si somos sinceros, tampoco le hemos entendido muchos de sus seguidores de hoy.

Se ha querido ver en las Bienaventuranzas una especie de profecía para el tiempo futuro, para aquello que nos encontraremos cuando abandonemos este mundo. Y no es así. Jesús estaba hablando de su tiempo presente. Y nos interpela a nosotros para que pongamos ese mensaje en nuestro tiempo, en nuestro quehacer diario. Merece la pena reflexionar sobre las bienaventuranzas a corazón abierto, sin excesivos tecnicismos, ni interpretaciones exegéticas de alta teología. Pobres, hambrientos, gente que llora, personas perseguidas por su fe… ¿No es un panorama que conocemos perfectamente? ¿No está nuestro entorno rodeado de gentes que sufren por esos problemas? La otra pregunta es: ¿y nosotros, que nos consideramos seguidores de Cristo, que hacemos para luchar contra el hambre, la pobreza, la injusticia…? Poca cosa. Y, desde luego, mucho menos que lo que verdaderamente podríamos hacer.

3.- El salmo 1 nos dice. “Dichoso (bienaventurado) el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” y se acerca muy claramente al contenido de la segunda lectura, del Libro de Jeremías, que habla, asimismo, de que será bendito todo aquel que confíe en el Señor. Y plantea Jeremías imprecaciones que son como los “Ays” que pronuncia Jesús de Nazaret al desarrollar el efecto contrario de sus bienaventuranzas. En el fondo, es lo mismo. Jeremías plantea que será maldito quien confíe en el hombre y no en el Señor. Y Jesús afina mucho más dicho contenido y se opone drásticamente a los causantes de los problemas de los hermanos, que se reflejan en las bienaventuranzas. Confiar en Dios es un camino seguro para hacer brotar en nuestros corazones el amor hacia el propio Dios y hacia los hermanos. Sin esa confianza no habría amor y sin amor nos convertimos en enemigos de la humanidad. No es una afirmación excesivamente drástica. Los que no sienten amor por sus semejantes siempre estarán tentados a utilizarlos, a esclavizarlos, a herirlos, sin con ello se puede obtener algo de provecho.

4.- Y partiendo de esa necesidad de amar nos damos de bruces con el problema del hambre. La pobreza, la marginación, el hambre son producidos por la opresión de algunos. La injusticia trae esa escasez. Es verdad que a veces son problemas de otro tipo los que agudizan el hambre, aunque no sean sus productores en primera instancia. Me refiero a las sequías que producen las hambrunas. Pero si es verdad que existiera un mejor reparto de las riquezas los problemas de escasez podrían ser evitados. Este año el lema de Manos Unidas es: “¡Contra el hambre, defiende la Tierra!” Es un eslogan de alto contenido y gran sagacidad. La injusticia llega a la propia Tierra. La mayor parte de las agresiones que recibe nuestro planeta son propiciadas por la injusticia y por el deseo de lucro excesivo. El planeta puede dar alimentos para todos, aunque algunos lo nieguen. Pero hay que cuidad la Tierra que es nuestra casa, nuestra herencia y nuestro legado para las generaciones venideras.

No se puede separar el sentido de la justicia del cuidado de la Tierra. Y eso lo ha definido con gran brillantez nuestro Papa Benedicto es su ultima encíclica “Caritas in veritatis”. En serio, no podemos luchar contra el hambre solamente con limosnas y ayudas materiales –que, sin duda, están muy bien--, no es suficiente. Hemos de mentalizarnos profundamente en las causas de las hambrunas, en la insuficiencia de alimentos que sufren los más desfavorecidos. Y está claro que una causa es la explotación económica y social. Pero si profundizamos más nos podemos cuenta que la causa fundamental es el ataque a la Tierra, a nuestra casa. Meditemos sobre ello para que cambien nuestras conciencias. Y mientras que eso no llega está bien ayudar con nuestros recursos a los que pasan hambre, soltarse un poco el bolsillo en la campaña contra el hambre que, con sus colectas, se nos propone hoy. Y además rezar ardientemente al Dios de todas las causas, para que cambie el alma de los que abusan, de aquellos que Jesús de Nazaret, hace más de dos mil años, denunció con fuerza y justicia.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DE BUENOS Y MALOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El inicio de la primera lectura, mis queridos jóvenes lectores, os puede parecer injusto. Decir que es maldito el que confía en los hombres, sin duda, suena mal. Hoy diríamos que es políticamente incorrecto. Para que entendáis un poco porque se expresa así el autor inspirado, de verdad inspirado por Dios, pero sin perder su propia idiosincrasia, os diré dos cosas. Primero os advierto que Jeremías era un hombre apasionado y que toda su vida fue una aventura arriesgada y solitaria. Os añado a vosotros, los que ya habéis superado los 13 o 14 años, que os conviene recordar los berrinches que habréis sufrido algún día al sentiros traicionados por vuestro entorno y, en consecuencia, caído en profunda, y pasajera, depresión. Nuestro Profeta tenía muchos más motivos para sentirse misántropo. Lo malo es que, a diferencia nuestra, que nos empecinamos frecuentemente en la angustia, él si que sabe dar un paso adelante y confiar plenamente en Dios y reconocer que nunca engaña, por difícil o imposible que resulte entenderlo. Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta… reza el poema de Teresa de Ávila, que muchos hemos cantado con melodía de Taizé.

2.- La segunda lectura trata el tema de la resurrección. No ignoro lo difícil que nos resulta tratar de entenderla, si pensamos en términos de física o biología tradicional. No me gusta hablar de “la otra vida”. Nosotros existimos como individuos individualizados, valga la redundancia, aprisionados en el espacio y el tiempo. Si escuchamos a los físicos modernos, ambos conceptos no son tan fáciles de entender como parece, pero continuamos imaginando la vida encasillados en mentalidades de filósofos griegos, desde Aristóteles a Plotino. Todos habréis oído hablar de la reencarnación y del Nirvana y hasta, tal vez, en algún momento, os habrá encandilado la idea. Hay que reconocer que estas nociones, llegadas de oriente, sufren, a la luz de la ciencia, las mismas dificultades que la ideología clásica, con el agravante de que no reconocen la individualidad. Perdonadme estas disquisiciones, quisiera iluminar un poco los problemas que sobre la resurrección se os puedan plantear, al pensar en la corrupción del cuerpo o en la incineración de los cadáveres. Nuestra Fe nos dice que, acabada la estancia en la cárcel del espacio-tiempo, quedamos libres y existimos, en otra realidad, más que en otra vida. Os cuento esto para que no os pase lo que le ocurrió a San Pablo en el Areópago.

3.- Esto es tan cierto, como la existencia de Jesús en la pequeñez del Sagrario. Yo le rezo cada día, convencido de que está presente con su Cuerpo, Alma y Divinidad, pero sin existir aprisionado en la ficción espacio-temporal, en la que yo sí estoy. Y mi experiencia de casi 77 años, me lo asegura cada vez más. Y si Él existe y se comunica, y se me comunica, tengo la esperanza de también un día existir de una manera semejante, aun sin gozar de su categoría divina.

¡Ay, mis queridos jóvenes lectores! La lectura evangélica de este domingo requeriría un comentario inmenso. Cuando yo era pequeño y estudiaba con el catecismo de Astete-Vilariño, debía aprender de memoria las bienaventuranzas. ¡Qué galimatías! A lo mejor os pasa a vosotros algo semejante. Y os advierto que, aunque estuvierais en este momento en Tierra Santa, próximos al Lago, con el texto en la mano, no cambiaría vuestro estado de ánimo.

4.- Os lo he dicho más de una vez, las películas que narran la vida de Jesús, nos lo presentan siempre caminando o discurseando textos. La vida del Señor estuvo llena de silencios, en solitario y compartidos. Y de confidencias entre amigos, de las que nos dan alguna noticia los evangelios. Por aquellas tierras se expresó con sencillez, lo hizo a unas gentes que eran capaces de escucharle horas y horas, porque lo que les decía les encandilaba. Perdían la noción del tiempo y de las distancias. Por otra parte no existían ni taquígrafos, ni grabadoras. Algunos, afortunadamente, anotaron las ideas clave y nos las legaron. Las pocas líneas del fragmento de hoy, ocuparían páginas y más páginas, si se hubieran transcrito textualmente las palabras del Señor. Pero su corta extensión, no quiere decir que seamos incapaces de sacarle jugo con acierto. Hay que leerlo a la luz de otros pasajes y del testimonio que con su vida Él nos dio.

5.- Y al leer pobreza, recordar aquello de que las raposas tienen guaridas y los pájaros nidos, pero el Hijo-del-Hombre no tiene don reposar la cabeza. Y que de la pequeñez de cinco panes y dos peces, se sirvió para compartir con una multitud. Creo yo que más que analizar si nuestros bolsillos, o nuestra cartera, tienen monedas, debemos examinarnos de nuestro proceder en este sentido. Puede uno hacerse rico, le puede caer en suerte una fortuna, y lo que se le pedirá no es que queme el papel-moneda, convirtiéndose así en pobre, sino que lo comparta. Un terreno del que os puedo poner un ejemplo, por minúsculo que sea. Debía, por razones profesionales, adquirir una nueva cámara fotográfica. Pensé en vender la vieja, o en regalarla. Descubrí que lo mejor que podía hacer era ponerla a disposición de aquellos a quienes nadie se atrevería de dejarla, a chiquillos ilusionados, pero incapaces de que sus padres se la compren o de que alguien se atreviera a prestársela. Ser pobre, es beber agua de una fuente, que tal vez no esté muy fresca, pero que “está húmeda” y satisface las necesidades de nuestro organismo. Sin negar alimentarse e ingerir lo que nos pongan en la mesa del que nos ha acogido, como lo hizo el Maestro. O humedecer los labios, ansiosamente, agua con vinagre, en los momentos de la agonía de la cruz. Ser pobre, creo yo, es tener muy en cuenta no malgastar agua del grifo, y, menos aun agua caliente, pensando en que el hombre puede vivir sin petróleo, pero no sin agua y que en nuestro planeta no todos disponen de ella (basta que una mariposa mueva las alas en Tokio, para que se desate una tempestad en el Caribe, decía aquel. Algo semejante se podría afirmar del ensuciar el agua).

6.- ¡Podría, porque soy viejo, no por sabio, continuar escribiendo tanto sobre esta primera bienaventuranza! Pero debo acabar y os invito a que continuéis por vuestra cuenta y que lo hagáis de manera semejante con las otras, sin olvidar las amenazas que, nos gusten o nos irriten, se añaden al final. Se me ocurre en este momento, y es paradoja que lo diga ahora, que podríais empezar y hasta limitaros, mis queridos jóvenes lectores, a meditar esos “ay” (ricos, saciados, reís, homenajeados…). Si otro día tengo ocasión, os prometo que os los comentaré.