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EL CONOCIMIENTO COMO EXPERIENCIA HUMANA

Hace unos años coincidí con unas estudiantes preuniversitarias que, presas de la ansiedad ante el examen de selectividad, repasaban en una biblioteca pública las fechas relevantes de la historia española. Al llegar a la fecha del 18-julio – 1936 se bloquearon. Sus cabezas, atiborradas de datos, no supieron dar razones causales de esa fecha. No aguanté la tentación de permanecer callada y les insinué que se lo preguntasen a sus abuelos. Sus caras reflejaron admiración. ¿Es usted profesora de Historia? fue su pregunta. Esa fecha, para ellas, había dejado de ser el humus ecológico de generaciones pasadas.

Aquella anécdota me hizo pensar. Algo tan cruel como una guerra civil, tal como fue la nuestra y que marcó a tres generaciones, por lo menos, a ésta de nueva hornada, sólo era olvido e ignorancia.

Ángel Gómez Escorial tocaba la semana pasada la gran ignorancia religiosa que sufre esta última generación. Posiblemente de Jesús sepan que nació en época romana porque alguna vez han visto un nacimiento o una procesión de Semana Santa en su ciudad. La vinculación entre Cristo y la Iglesia, eso ya es mucho pedir para estar generación, más que atea, indiferente.

No me quiero centrar en la falta de interés por las cuestiones religiosas de los alejados de cristianismo. Bibliotecas y librerías están abarrotadas de libros que analizan el problema desde todas las ciencias sociales posibles. Me quiero centrar en la falta de interés por madurar su fe en aquellos que confesamos la fe cristiana.

Durante siglos la Iglesia ha potenciado un cristianismo piadoso en los creyentes. Oraciones y devociones a santos y vírgenes era todo su quehacer cristiano en aras de una salvación ultraterrena. A mediados del siglo pasado, bien por la apertura del Concilio Vaticano II, bien por el peso de la teología de la Liberación se entendió el cristianismo como una ortopraxis, es decir, el calibre del buen cristiano era el compromiso social con los desfavorecidos. Al cabo de la espiritualidad se añadió el cabo del compromiso. Pareciera que ambos cabos permitiesen una identidad completa del ser cristiano. Rahner, el teólogo cumbre del siglo XX llegó a decir: “El cristiano del siglo XXI será místico y hermano o no será nada”. De acuerdo con el maestro. Pero ¿está completo el trazado de la identidad cristiana con estos dos cabos? ¿No falta el cabo del conocimiento, el saber “dar razón de la esperanza” como se afirma en 1ª Pd, 3,15?

Ciertamente la jerarquía de la Iglesia, al menos hasta hace pocas décadas, con esa definición polarizada de Iglesia docente y discente no animaba a que el cristiano se interpelara sobre su propia fe. Dudar era pecado y así nos quedamos en una fe de carbonero. ¿Nos podemos permitir el lujo de seguir manteniéndonos en esa postura de “indiferencia” en esta época donde se nos pide a los cristianos saber explicar lo que creemos? No niego que el testimonio de vida sea nuestra mejor arma apologética, pero me temo que en un coloquio sencillo no sabríamos dar una respuesta verbal convincente de porqué creemos en Dios, en Jesús como plenitud encarnada de Dios o en la Iglesia.

Mi pregunta expresa lo que evidencio cada día. Muchos de los cristianos que me rodean han leído con fruición la novela “El código da Vinci” y otras novelas por el estilo.

A nadie le he escuchado que, por propia iniciativa, haya necesitado un libro sencillo de teología para reformular su fe con criterios maduros. He dicho a nadie y no es cierto. A raíz de la tragedia de Haití a un creyente cercano a mí, como en cascada, se le han precipitado miles de preguntas, miles de dudas de fe. Benditas dudas si le llevan a encontrar respuestas más creíbles, que no demostrables, para confesar a un Dios salvador del hombre.

San Anselmo de Canterbury afirmaba que la fe necesita de la inteligencia para ser comprendida. Necesitamos de la fe inteligente para saber, o al menos intentar, responder a las tres preguntas vitales de Kant: ¿de dónde venimos?, ¿qué podemos hacer?, ¿qué podemos esperar?

Difícilmente podrán entender su presente histórico aquellas adolescentes que ignoraban lo ocurrido del 1936 al 1939 en España. ¡Y es que también el conocimiento es fuente de experiencia!

Feli Alonso Curiel

Bilbao, España

NOTA DEL EDITOR.- Feli hace referencia a la Carta del Editor de hace un par de semanas. Y se lo agradecemos. Su comentario es muy interesante y amplía el tema con cuestiones del interior de la propia Iglesia. Está muy bien.


LA CULTURA RELIGIOSA

Desde hace algo más de un año, descubrí a través del párroco de mi parroquia en Tordesillas, a Betania.es. A parte de ayudarnos cada domingo a preparar la misa de niños, me traen sus contenidos la meditación y el conocimiento de vivencias y reflexiones que me llenan de satisfacción (como los artículos de Feli).

En el número de esta semana del cuarto domingo del tiempo ordinario, me ha llamado la atención la carta del editor. En ella dice extrañarle que los jóvenes no tengan una cultura religiosa, y aunque mi experiencia como catequista apenas ha comenzado, a mi no me sorprende y después de cada sesión, reflexiono sobre cómo ha ido, que debiera mejorar, recuerdo los momentos graciosos que tienen mis niños y sobre todo lo comparo con la aptitud que los padres tenemos, a mi misma me analizo puesto que mi hijo es uno de los que estoy preparando para hacer la primera comunión. Por ello los pensamientos que aquí escribo son como madre que da catequesis.

Nuestros niños y posteriormente nuestros jóvenes (porque los niños crecen) nos imitan. Simplemente hacen y dicen lo que ven en sus casas y en sus familias. Cuando leemos algún texto de las fichas para luego pensarlo y compararlo con momentos que ellos tienen con amigos-as, en el cole, en otras actividades, ellos saben que aptitudes humanas son las que tienen que tener, saben que las buenas tienen que hacerse valer ante las malas, y cuando eso lo llevamos a las enseñanzas de Jesús, ven que no están en vano en catequesis.

Les gusta las comparaciones, los ejemplos, les gusta leer las parábolas y luego que las expliquemos, disfrutan contando sus experiencias y haciendo oraciones espontáneas, disfrutan participando en la misa, les gusta leer la Palabra, compiten por ver quien lee primero.

Por lo tanto, yo me pregunto ¿porque las familias (en general) no participan de esa catequesis, pero en sus hogares, en familia? Y creo que es porque no está de moda. Conozco un caso muy cercano: tengo una prima que durante una temporada llevó un rosario a modo de collar; la comenté que era algo inesperado en ella y la pregunté el porque su decisión de llevarlo, me contestó que para ella no tenía ningún significado religioso, lo tenía puesto porque era un “accesorio actual”. Apenas hace dos años de esto, y ya no lo lleva, y por más que la comenté que el significado del Crucificado no necesita estar de moda, porque, como se explicaría ella, si pasara de moda la entrega, el amor sin condiciones, desinteresado; su contestación …. No pensaba en eso, solo quería vivir el momento actual, disfrutar lo máximo con lo que la vida la estaba dando.

Ahora no solo los niños ni los jóvenes, sino padres de mi generación han encontrado un atajo más fácil en el camino. Ese camino es el de un mundo de falsas necesidades, ahora la libertad nos la da las grandes industrias de marcas, que no se diferencian más que en la forma de anunciarse, están estandarizados por esos mercados.

A los padres, los que están arriba nos dicen como tenemos que vivir, que comprar, que clases tienen nuestros hijos que recibir y como, y cuales son innecesarias o no conviene. Conozco a padres que “tiran la toalla” ante todo eso; con tan solo 13 años, ceden y les dejan ser adultos para vestir, para entrar y salir de casa sin apenas explicación y sin horarios, y con 8 o 9 años entran, sin control ninguno, en la ventana abierta al mundo que es Internet.

Con esta perspectiva, se hace complicado hacerles entender(sobre todo a los jóvenes), desde mi punto de vista, que la religión puede ser un conjunto de valores que pueden ayudarnos a que las personas seamos para la justicia, el amor, la bondad, el perdón, la amistad, el respeto a la vida, el respeto a nuestros mayores. Es solo una pequeña parte de lo que Jesús nos ha querido dejar como herencia, pero es difícil, cada vez más difícil que esa herencia crezca y no disminuya. Me gustaría animar a los padres que quieren tirar la toalla para que no lo hagan, y piensen que hay valores que no se pueden perder, si a nosotros no nos ha ido mal, ¿porqué les va a ir mal a nuestros hijos?, ¿no les va a ser más negativo no tenerlos? Ellos necesitan que les orientemos en su camino, no darles el camino más fácil en apariencia, para que luego sea el más complicado, démosles lo nuevo de la sociedad pero con conocimientos para que puedan ser críticos, selectivos con lo que lo nuevo les ofrece. Animo, merecen la pena.

Carmen Ramos

Tordesillas (Valladolid) España

NOTA DEL EDITOR.- Agradecemos a Carmen Ramos su escrito que también añade luz al debate iniciado con la Carta del Editor. Y creemos que sus puntos de vista son extraordinariamente acertados.


MÁS SOBRE LA CARTA DEL EDITOR

Soy un profesor mexicano, católico, que estudié dos años en la Universidad Complutense de Madrid, ya hace más de 25 años. Y me ha llamado la atención lo que dice del alejamiento de los jóvenes de la religión. Yo viví en Madrid lo contrario. Había muchos jóvenes muy religiosos que estaban siempre invitándome a retiros y charlas. Mi conocimiento de la sociedad española sería parcial y más cerca del ambiente en el que me moví. Y por eso me ha llamado mucho la atención lo que incluye su Carta del Editor. Yo mismo a veces aquí en México donde hay una creciente secularización ponía el ejemplo de España, que ya no debe ser así.

De todos modos le agradezco mucho su comentario…

José Pedro

México DF, México.

NOTA DEL EDITOR.- México es el segundo país, tras España, en entradas a Betania. Conviene decirlo. Agradecemos mucho a don José Pedro su comentario y su sorpresa por el cambio experimentado en España. De todos modos, creemos que en las aulas universitarias españolas seguirá habiendo jóvenes que inviten a retiros y charlas católicas.


EL AUTOR DEL LIBRO DE MARTÍN DESCALZO.

Estimado Don Ángel:

He leído con mucha atención la reseña que ha hecho de mi libro y me parece muy bien. Ha sido muy amable y le doy sinceramente las gracias. Ya sabe que todas las semanas, desde hace más de seis años, leo Betania. Me gusta leer la editorial, las cartas de la gente y las homilías que me ayudan mucho. Suelo abrir la página los viernes antes de ponerme a elaborar mi propia homilía.

El tono autobiográfico y confesional que ha utilizado en sus palabras le acerca mucho al estilo de Martín Descalzo. Es una manera de llegar más profundamente al lector. Le agradezco los elogios inmerecidos. Durante muchos años he estado trabajando en la Tesis doctoral sobre la espiritualidad sacerdotal del José Luis Martín Descalzo que defendí el mes de junio pasado. He leído todos sus libros y miles de páginas desperdigadas en periódicos y revistas. Y puedo decir, como decía él de Bernanos y de otros, que para mí es "un maestro del alma". Creo que los periodistas cristianos, usted lo sabe bien, tienen un espejo donde mirarse. Espero que mi libro ayude a comprender mejor a este "sacerdote que escribe" como decía de él mismo, y que las nuevas generaciones descubran y lean a José Luis. Merece la pena.

Un abrazo.

Antonio Martínez Serrano

Burgos, España

NOTA DEL EDITOR.- Es un testimonio que merece la pena ser publicado, aunque, tal vez, su autor no lo haya previsto. El interés por José Luis Martín Descalzo sigue siendo creciente. Estamos seguros. Pero es bueno, como hace y dice don Antonio Martínez Serrano, que su memoria no se diluya. Y una pregunta que nos hacemos hoy con especial intensidad. ¿Para cuando la beatificación de Martín Descalzo?