¡SOMOS EL PRINCIPIO DEL MILAGRO!

Por David Llena

Pensemos en algún milagro de los que Jesús hizo en su vida terrena. Los panes y los peces (Jn 6), la curación del ciego Bartimeo (Mc 10), la curación de la hemorroísa (Mc 5), Las bodas de Caná (Jn 2), La tempestad calmada (Mt 8), o el que leíamos la semana pasada de la pesca milagrosa…

En todos ellos hay actitudes como estas:

Aquí hay un muchacho…

Al enterarse que pasaba Jesús se puso a gritar “Jesús, hijo de David, ten piedad de

mí”.

“Si logro acercarme a tocar siquiera sus vestidos, me salvaré”.

“Ellos llenaron las vasijas con agua”

“Señor, sálvanos que perecemos”

“por tu palabra, echaré las redes”

En todos, el milagro se produce por una actuación primera del hombre.

Esto nos lleva a pensar como en otro lugar se decía: “Si quieres, Dios puede”. Dios pone la fuerza, nosotros debemos poner nuestra voluntad. Escuchaba el otro día a monseñor Munilla en radio María hacer la siguiente reflexión: “Igual que le decimos al niño, para enseñarle a escribir: Deja la mano suelta que yo te guíe”, así nos dice Jesús. Deja tu alma dócil para que Yo te guíe.

Como el Hijo Pródigo, debemos dar el primer paso, incluso nosotros tenemos más suerte, sabemos que Dios nos espera y el hijo pródigo no lo sabía. Debemos confiar en Dios. Si no es así somos un estorbo.

¿Y por qué es esto así? ¿Por qué debemos dar nosotros ese paso? Por nuestra libertad. Dios no nos quita la libertad, Dios necesita nuestro sí. “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad” dice el Salmo. Sin embargo, el pecado sí nos priva de esa libertad, pensad esto, que ahí queda.

No podemos estar esperando a que Dios actúe. Él estaba esperando primero. Él es antes que todo y nos creó para que libremente le amáramos. Él ya nos amó, y nos sigue amando, desde antes de nuestra existencia y está esperando nuestra respuesta, que debe ser una respuesta generosa, remecida, desbordante…

Fijaros en un detalle del milagro del agua convertida en vino, nos dice S. Juan: “Y ellos las llenaron hasta arriba”. Las llenaron de agua, de nada, de nada que tenga valor, pero hasta arriba. Cristo hizo el resto. Pues así ha de ser nuestra respuesta: Si Cristo nos dice “llenad las vasijas de agua” ¿nosotros que hacemos? ¡Ufff....!, ¿hasta arriba? Debemos darnos del todo.

Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. Dar la vida, ahora, para nosotros es dar nuestro tiempo, nuestros desvelos por ellos. La Providencia necesita de nosotros, para llegar a los demás hombres.

 

EL PAN

Por Pedrojosé Ynaraja

Concluía el tema del vino, sin añadir consideraciones que hoy quiero añadir. El vino en nuestra cultura era, y es, bebida habitual. Se lo explicaba a un latinoamericano con un ejemplo, le decía: a los monjes, diariamente, en su mesa, les sirven vino, no así café, que queda reservado para las fiestas. Ya sé que no es del todo exacto, pero evito explicaciones innecesarias. El vino, pues, fue el escogido en el Cenáculo y el vino continuó en las reuniones eucarísticas. Bebida buena, que puede perjudicar, cosa que no desconoce la Biblia, estoy pensando en el comportamiento de Noé y en el de Lot. El cáliz continuó compartiéndose hasta que dejó de ser bebida comunitaria, para evitar abusos. Entonces, la Reforma atacó este proceder y la Iglesia Católica elaboró la doctrina según la cual, toda la realidad de Cristo residía en la sola especie de pan. Este fue el proceder de la Iglesia latina, las Orientales continuaron con la práctica de las dos especies. Por aquel entonces, los seglares que, en alguna ocasión, teníamos oportunidad de participar en una misa de estas, disfrutábamos pudiendo comulgar en ambas especies.

Y llegó el Vaticano II y restituyó el antiguo proceder en algunos casos, que poco a poco fueron ampliándose. Tal práctica se miraba por parte de las severas autoridades que pensaban a la antigua con rigor. Fui denunciado y debí dar cuenta de mi proceder en este terreno, y, para mi satisfacción, no se me prohibió la práctica en las ocasiones en que lo hacía. Observo ahora decepcionado, que tanta explicación y tanta ilusión, no han servido para nada, muchas comunidades y mucha gente que pudiera hacerlo, se abstiene respetuosamente. Y me digo: si el Señor Jesús tuvo a bien darse en forma de vino a los Apóstoles y les encargó que continuaran haciéndolo en su memoria ¿a qué viene enmendar la plana al Maestro? Esta misma semana, la oración de la misa posterior a la comunión, da gracias por haber participado de un solo cáliz, cosa que no es cierta, nadie de la comunidad lo hace.

Sentir el vino en la boca como lo sintieron en el Cenáculo los Apóstoles, ayuda a vivir el don que allí se instituyó. En la Sagrada Hostia, se comulga con el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, pero por algo lo haría Él, digo yo. Añado que hacerlo con las dos especies sacramentales, acorta la distancia entre fieles y presbíteros, en el terreno litúrgico.

Resulta que hoy quería escribir sobre el pan y tendré que iniciar el tema y acabarlo la próxima semana. En la cultura mediterránea, en toda comida, entra el pan. Decía esto porque, en mi trato con latinoamericanos, me advirtieron que, entre ellos, no necesariamente se come pan en todo yantar, repito que, entre nosotros, sí.

Jesús era mediterráneo, comería habitualmente pan de cebada y los días de fiesta de trigo. Pan que hoy llamamos integral. Pan fermentado, es decir harina amasada con agua a la que se le añadía levadura y reposaba un rato antes de meterlo en el horno.

En ciertas ocasiones no se añadía levadura, es lo que llamamos pan ácimo, pero esto hablaré otro día y contaré el cómo y el porqué