TODO VA MUY RÁPIDO

Por Ángel Gómez Escorial

Todo parecer ir en rapidísima progresión. Como aquel que dice parece que el Tiempo de Navidad acaba de terminar y ya estamos en el inicio inmediato de la Cuaresma, que haremos el próximo 17, Miércoles de Ceniza. Y si, ciertamente, el Adviento y el Tiempo de Navidad nos trajeron la idea de que deberíamos allanar los caminos para recibir al Niño que nos salva, la Cuaresma es tiempo de preparación profunda, de meditación total sobre ese gran misterio de nuestra Redención y que no es otro que la muerte, voluntariamente asumida, de Jesús de Nazaret para salvarnos.

Su sufrimiento generoso será viático –pasaporte—para la mejora de nuestra vida. No es posible permanecer alejados de esa gran realidad, que, aunque conocida, se renueva cada año, con sus gozos y sus sombras. Nos sentimos absolutamente amados por Jesús que se sacrita por nosotros, pero, también, surgen pensamientos sobre si la Redención hubiera podido ser de otra manera. Incluso, en los primeros momentos de la vida pública de Jesús que nos narran los evangelios, parece que el Señor no piensa en su muerte. Pero llega un momento que el Salvador inicia el repetido anuncio a sus discípulos de que tiene que subir a Jerusalén y padecer.

No quiero, lógicamente, “agotar” hoy los comentarios sobre el tiempo de Cuaresma. Ya habrá tiempo. Me inclino más a pensar en esa rápida progresión que nos muestra la liturgia sobre la vida y las obras de Jesús de Nazaret. Todo son enseñanzas, es una forma multiforme de presentar la Palabra de Dios, el camino del Verbo desde su nacimiento en Belén hasta su Ascensión gloriosa, tras la Resurrección de entre los muertos que originó, en Pentecostés, el nacimiento y triunfo de la Iglesia, peregrina en la Tierra. No deja de ser didáctico que los apóstoles y los primeros discípulos tuvieran que esperar a la llegada del Espíritu Santo para aprenderlo todo. Ellos, por sí mismos, nada, o casi nada, comprendieron. Por eso, nosotros –aquí y ahora—no debemos afligirnos si vamos despacio y si nos cuenta comprender completamente todo lo que la Palabra nos muestra a través de la Biblia, del relato evangélico, y con el reflejo dinámico que, de la Palabra de Dios, nos trae la liturgia. Sin duda, necesitamos del Espíritu Santo, pero hemos de trabajar y buscar con dedicación nuestro camino de entendimiento. Así, sin duda, el Espíritu vendrá a nosotros.

Es cierto que las cosas van rápidas, que el tiempo no se detiene, que hay que estar vivos y despiertos para no desaprovechar lo que de útil para nuestra santificación pueda tener este nuevo tiempo de Cuaresma, que, en una semana, se abrirá ante nosotros. No es posible dejar pasar todo y perder una nueva oportunidad. Seguiremos hablando de todo esto, ¿no os parece?