TALLER DE ORACIÓN

UNA IMPORTANTE DECISIÓN

Por Julia Merodio

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres; para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; y para anunciar el año de gracia del Señor. Enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Y se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lucas 4, 14 – 21)

No sé si somos conscientes de que la escritura no caduca; de que, el texto que hoy se plasma, se cumple una y otra vez, sin miedo a ser desgastado; que acoge a todos sin excepción y que se descubre de manera especial es algunas vocaciones.

Todos sabéis que os he compartido muchas veces y os he invitado a orar con reiteración sobre la vocación matrimonial; por algo es mi vocación, la que me interpela, la que me exige, la que me requiere, la que me insta a llegar a Dios. Pero hoy quiero invitaros a reflexionar y orar sobre la vocación al sacerdocio.

Ya sé, que lo hago desde una visión muy parcial, en la que se hallarán numerosas carencias, pero quizá sea bueno observar como podemos contemplar, desde fuera, tan sublime don.

Creo que a nadie le sonara a nuevo si digo que, la vocación es una ofrenda, de sí mismo a otro, y en el caso del sacerdote, a Dios. Y me parece que coincidiréis conmigo, en afirmar que: ¡Se necesita, un corazón grande, para entregar una vida!

Todos sabemos que, esto de la entrega, no es frecuente en el tiempo y el entorno en que nos toca vivir. Por eso resulta sorprendente la promesa de, una fidelidad para siempre, en un mundo donde, precisamente, no se llevan los compromisos largos.

De ahí que pueda resultar beneficioso pararnos a valorar la vida de esos jóvenes que, cuando después de un largo tiempo de: preparación, estudio y discernimiento, se encuentran preparados para dar el paso definitivo y no dudan en hacerlo realidad; dejando que sea Jesús, el que los envíe para, junto a Él, emprender ese camino de coherencia, que han elegido, traduciendo su fe en obras e intentando acrecentar cada día su amor por los demás.

Ellos al meterse en su intimidad, han ido descubriendo la manera de crecer, teniendo un encuentro personal, con Dios en la oración y quieren responder a tantas gracias con un compromiso serio de entrega y generosidad realizando la misión, que se le ha encomendado, con todo su ser.

Lo que me deja un interrogante es pensar si nosotros somos capaces de valorar ese esfuerzo, de estimar su valentía y agradecer su donación.

Por eso creo que, en esta semana, podríamos llegar ante el Señor y en silencio observar todo lo que, cada sacerdote de Cristo aporta al mundo y a la Iglesia; lo que cada sacerdote ayuda a la persona en ese camino donde, a veces, las cosas se tuercen y se necesita una mano fuerte, en que apoyarse, para seguir adelante.

Después presentémoslos al Señor, pidamos por ellos… Pensemos el esfuerzo que tiene que costarles darse de esa forma a los demás. Démonos cuenta de que son personas como nosotros, con nuestras mismas circunstancias y carencias…

Y, en un último momento, demos gracias por el don que suponen, para cada persona y para la Iglesia en general, los Sacerdotes de Cristo.

TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU DE DIOS

El sacerdote sabe con certeza que, si el que forma y el que envía es Jesús, el que transforma es el Espíritu de Dios; Él es el elemento esencial del ser; es, el que comunica la vida.

“El Espíritu de Dios está sobre mí” Si nos acercamos al Génesis y nos situamos ante el germen de la vida, aparecen esas admirables palabras, que nunca terminarán de asombrarnos: “Cuando Dios formó al hombre, del polvo de la tierra, sopló sobre su rostro el aliento de vida”

El Espíritu, es por tanto, la fuerza divina que dinamiza y transforma al ser humano, hasta hacerlo capaz de consagrar su vida, al servicio de los demás.

Ha sido así desde siempre. Ya en el Antiguo Testamento comprobamos que, el Espíritu Santo, suscita profetas, elegidos entre la gente sencilla. Profetas que, se asustan al ser llamados; profetas que rechazan la misión, pero que, el Espíritu Santo se encarga de irlos guiando lentamente, hasta que llega el momento de ser ungidos, por el Señor, para llevar el mensaje de salvación con valentía.

Por eso el sacerdote, al ser ungido, experimenta la gracia del encuentro: en el seguimiento, la imitación, la unión y la configuración con Cristo, capaz de transformar todas esas actitudes en misión.

Dios escribe una historia de vida para cada persona en la tierra y nos manda a desarrollar una determinada tarea. Es: la misión de cada uno.

Pero la misión va precedida por la vocación, ya que la vocación prepara nuestro ser, dándonos razones sólidas de vida. Haciendo posible, que la persona llegue a lo más profundo de su intimidad, para poder vivificarla y le hace caer en la cuenta de que la opción, que libremente ha elegido, tiene siempre un precio. Es el precio del que camina cada instante hacia la santidad.

DESDE UN HECHO CONCRETO

En una ordenación sacerdotal a la tuve la suerte de asistir, me quedé impresionada de la fuerza con que el Sr. Obispo celebrante decía: (Aunque no sean palabras exactas)

“Habéis sido consagrados por el Espíritu Santo para comprenderlo todo, para perdonarlo todo, para soportarlo todo. Sois ese signo vivo por el que hoy, el Padre Eterno, sigue perdonando al mundo; ya que en vosotros manda, de nuevo, a su Hijo, Sacerdote Eterno. Y sabed que el Corazón de Cristo sigue traspasado por nuestros pecados. Por eso, el vuestro, tiene que estar disponible para que cada hombre, desde él, pueda entrar en comunión y amistad con nuestro Padre Dios.”

Esas palabras siguieron resonando, durante mucho tiempo, en mis oídos. Ese sacerdote joven y valiente, por el que yo estaba allí, que había renunciado a todo por amor a Cristo; ese sacerdote, que a mí me parecía casi mi hijo, era el lugar de encuentro entre el Padre y sus hijos, entre el amor humano y el amor divino.

Si yo, antes de esto, ya creía que la vida era un misterio, lo que estaba viviendo superaba todas mis expectativas sobre la grandeza de Dios.

Verdaderamente el sacerdote era el mismo Jesús, que se iba haciendo carne en cada historia de cada ordenado, para servir a los hombres, como lo hizo cuando vivió en la tierra.

Desde entonces, veo con claridad que, el sacerdote es: la imagen de Dios, el reflejo de Dios, la sonrisa de Dios... (Aunque algunos lleven, a veces, la cara un poco larga).

El sacerdote viene a saciar el hambre de cada persona, transformando la Sagrada Forma en pan de vida capaz de saciar todos los “hambres” que nos hacen caminar insatisfechos. Saciando, especialmente, el hambre de amor que anida en cada corazón. Yo creo que, para que se produzca este milagro de convertir el pan y el vino en Cristo vivo, el corazón del sacerdote tiene que estar realmente limpio.

Y qué decir de sus manos ungidas. Unas manos capaces de bendecir y con poder de consagrar. En el tema que os compartía a primeros de año hablaba de la bendición, y quiero hacer, de nuevo, este breve apunte porque, normalmente, la gente, suele ignorar la importancia de bendecir y ser bendecido; hoy no se habla de ello y hemos perdido la conciencia de lo que significa la palabra bendición.

Sin embargo el sacerdote, al ser bendecido para ungir sus manos, sí se da cuenta de que no ha sido suficiente el ser elegido; su elección ha de ratificarse con esa bendición que le reafirma en que es amado por ese Dios sublime, que lo acompañará y lo guiará en cada momento de su vida.

Cuando abrimos la Biblia y nos adentramos en el corazón del pueblo elegido, observamos como Abrahán y Sara; Isaac y Rebeca; Jacob, Raquel… recibieron la bendición antes de convertirse en padres y madres de nuestra fe. Eso les dio fuerzas para recorrer su largo y, a veces, difícil camino sin olvidar jamás que eran unos elegidos. Pero esta voz resonó, todavía con más fuerza, en el Jordán al ser bautizado Jesús; lo veíamos en la liturgia de la semana que cerraba el ciclo de navidad en la que, oíamos la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo, el amado…” Porque esa fue la bendición que, a Jesús, le sirvió de apoyo, tanto en los momentos de triunfo, como en los más aciagos de su vida. Jesús no perdió nunca su conocimiento de ser: Elegido y Bendecido y, precisamente esa conciencia clara, de lo que había escuchado en aquella voz, fue lo que le hizo seguir, sin tambalearse, la senda marcada por el Padre.

Por eso, “lo de bendecir” es otro de los grandes retos del sacerdote. Bendecir a los que le han sido encomendados, recordarles que son “amados del Padre”; impedir que sean zarandeados por las olas, que se levantarán en la superficie de su vida y que, tantas veces, los hundirán y nos levantarán como marionetas, convirtiéndonos en víctimas fáciles de este mundo manipulador.

De ahí que tengamos que caer en la cuenta de que, el sacerdote, se encuentra en ese entorno donde, el sentimiento de ser bendecidos, no anida en el interior de la persona, ni del ambiente, sino más bien, es lo contrario lo que nos acompaña. Cada día se presentan, ante nosotros, signos adversos que no son los más proclives, para hacernos pensar que lo que vivimos sea una bendición.

Por eso es necesario, volver a la oración para, en ese silencio recordar que, cada sacerdote y también nosotros, como hijos amados de Dios, estamos bendecidos; y que, por eso, aunque la gente pueda decir cosas dañinas de un sacerdote, tomemos conciencia de que Dios, ha dicho palabras hermosas sobre él y eso es lo que vale, ya que solamente Dios está en posesión de la verdad. No importan, por tanto, esas voces que critican, por muy sonoras que sean; no importa que griten con toda su fuerza, pues lo que pregonan son falsedades fáciles de creer y que, aunque muchos se escuden en ellas, al fin y al cabo solamente son quimeras para desprestigiar la verdad. Pues si la bendición es la realidad que configura nuestra vida ¡Cómo configurará la vida del sacerdote de Cristo!

De ahí que, el sacerdote además de bendecir a sus encomendados tenga que bendecir a Dios y ayudar a que todos lo bendigamos. Vamos a hacerlo con el salmo 62 que nos brinda estas hermosas palabras:

“Toda mi vida te bendeciré y

alzaré las manos invocándote.

Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mis labios te alabarán jubilosos.

Aquí radica la fuerza de las manos del sacerdote; en que están levantadas hacia Dios para recibir el impulso que Él ha de depositar en ellas. De nuevo llega a mi mente, el Antiguo Testamento, es un pasaje que repaso con frecuencia, y que vosotros recordaréis: en él Moisés suplica a Dios, con las manos levantadas; y, cuando las manos de Moisés se bajan por el cansancio, el combate empieza a ser ganado por la parte contraria; entonces, buscan hombres fuertes que sujeten las manos a Moisés, para que sigan levantadas a Dios. ¿No creéis que, también es tarea nuestra, el sujetar en alto las manos del sacerdote, para que no se bajen por el cansancio? Tenemos ante nosotros una gran batalla; esa que, nuestro mundo, ha emprendido contra todo lo que suene a Dios y a religión y no podemos permitir que, tanto esfuerzo, merme las fuerzas de los sacerdotes. Por eso es responsabilidad nuestra compartir sus tareas y sus esfuerzos.

Tomemos conciencia, ante el Señor de que, las manos del sacerdote, son las únicas que pueden hacer el milagro, porque nadie puede consagrar. Nadie sino el sacerdote de Cristo.

Ya puede la gente criticar a un sacerdote; ya puede él vivir de espaldas a su compromiso, que, mientras siga teniendo sus manos ungidas, podrá consagrar en la Santa Misa; cosa que, por muy buenos que seamos, nadie fuera de él podemos hacer.

Hay otro paso más que me asombra. Solamente el sacerdote ungido puede bendecir diciendo, como Jesús: “Tus pecados te son perdonados” ¿Acaso no os parece un milagro el que llegue, ante el sacerdote, un pecador cubierto de pecado y por la gracia de un sacramento, que solamente el sacerdote puede administrar, salga de allí limpio y renovado?

Pidamos al Señor, la gracia de no permanecer indiferentes, cuando vemos hacer al sacerdote lo que Jesús hacía. Cuando lo percibimos perdonar como Jesús perdonaba, cuando lo vemos convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor y cuando, una y otra ves advertimos que son capaces de decir: “Este es mi Cuerpo... y yo te absuelvo de tus pecados...”