1.- LA TREGEDIA DE HAITÍ

Lo ocurrido en Haití es de tales dimensiones que deja helado el corazón. Y por eso todos debemos de ayudar a los damnificados incluso por encima de nuestra costumbre e, incluso, por encima de nuestras posibilidades. Betania se ha convertido, en esta ocasión, en –casi—un número especializado en la tragedia. En Opinión, en Homilías, en Testimonios todo esta dedicado al terremoto de la isla caribeña que tanto impacto ha producido en la opinión pública mundial.

La realidad es que allí todo es un añadido permanente de desgracias y de malas situaciones que han ido añadiéndose a lo largo de los últimos tiempos. Es como si la mala suerte se hubiera cebado con ese pueblo. Los sentimientos son contradictorios pero los cristianos sabemos que el Dios del Amor está siempre al lado de lo que sufren.

Por otro lado, la solidaridad ha sido muy importante y muy generalizada. Y hay un pensamiento de esperanza sobre que, tal vez, esta gran catástrofe sirva de punto de inflexión sobre las calamitosas y habituales condiciones de subsistencia de la población haitiana. Es verdad que los que han perdido su vida no volverán, pero ojalá pueda organizarse una mejora sustancial de las condiciones anteriores. Y no se olvide que el hacinamiento de la población y la mala calidad de las construcciones es lo que ha incrementado tan considerablemente la pérdida de vidas humanas.

Pedimos a nuestros lectores oraciones constantes por el sufragio de las almas de los fallecidos, por el consuelo de sus familias, por la atención a los heridos y damnificados y, sobre todo, porque el mundo entero se ocupe, de una vez, de la pobreza endémica de Haití. Que se abra un tiempo de mejor futuro para ese pueblo.

 

2.- LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

La Iglesia Universal esta celebrando, como todos los años, del 18 al 25 de enero el Octavario de Oración por la Unidad de los cristianos. El Octavario es una indicación de ámbito mundial y de inspiración pontificia y busca que todos los católicos oremos unidos para que, un día, pueda cumplirse ese gran ideal que es ser un solo rebaño con un solo pastor que es Jesucristo. Tiene siempre lugar como precedente de una fiesta entrañable y muy significativa como lo es la Conversión del apóstol San Pablo que está fijada en el calendario litúrgico el 25 de enero, este lunes.

Es escandaloso que los cristianos estemos desunidos. Y que puedan vernos los no cristianos como un pueblo dividido y fraccionado, mientras que todos hablamos de que tenemos un solo Pastor, Jesucristo, y esperamos pertenecer a un solo rebaño. Es posible que problemas jurisdiccionales o de diferencias de Interpretación en cuanto a verdades y dogmas nos tengan históricamente desunidos. Los dos grandes cismas históricos son: el que separó al principio del segundo milenio a las iglesias de oriente y occidente y el que, en el siglo XVI, produjo la llamada reforma protestante y la aparición de la iglesia anglicana en Inglaterra. A su vez, las iglesias reformadas fueron fragmentándose en multitud de nuevas iglesias, aunque a principios del pasado siglo XX se inició un movimiento ecuménico –iniciado, precisamente, por las citadas iglesias reformadas-- al que la católica no se unió. La Iglesia de Roma defendió durante mucho la tiempo la idea de que no había salvación fuera del catolicismo y, por tanto, no alentaba ningún camino de unidad. El Concilio Vaticano II cambió tal posición y se abrió, entonces, un camino ecuménico de indudable fuerza.

La necesaria cordialidad debería ser un presupuesto mínimo para la relación entre los cristianos. E, incluso, habría que decir que antes de pedir buenas relaciones entre cristianos de distintas confesiones es necesario mejorarlas entre los propios católicos. Y aunque permanezcan, por ejemplo, las posiciones de progresistas y conservadores, la cordialidad y la fraternidad deben imperar entre todos los que se sientan en sintonía –mayor o menor—con el Obispo de Roma, con la cátedra de Pedro. Y, a partir de ahí, deberíamos llevarnos bien con todos aquellos que tienen en el nombre de Cristo –en el Evangelio—el camino, la verdad y la vida. Está claro que, entonces, la semana de oración para la unidad de los cristianos es un bello objetivo y que todos debemos ofrecer, individual y comunitariamente, plegarias por esa unidad. Ha sido el pecado lo que nos ha desunido y debe ser la virtud lo que nos junte otra vez.

Y como decíamos al principio, el deseo de dar noticia adelantada de esta importante acción oracional tiene como fin que incrementemos nuestra acción de orar para conseguir la tan deseada unidad.

Y hay una última consideración que hay que tener en cuenta. Habría que pedir más por la unión de los obispos con el Papa, de los sacerdotes con sus obispos y de los fieles con sus sacerdotes. Habría que hacer un octavario por la unión de la Iglesia en España, de los políticos con su Iglesia, de los católicos con su iglesia católica...etc. ¿De qué sirve pedir al Padre unión de las iglesias si, a la que pertenecemos, no hacemos sino echarle alguna que otra pedrada? En fin. Por obediencia... rezaremos por lo que nos queda más lejos. Y ojala se arregle, porque es necesaria la unidad, pero comenzando por casa.