LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: TÚ ME ORDENASTE
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“Tú me ordenaste edificar un santuario en tu monte santo y un altar en la ciudad donde habitas, imitación de la Tienda santa que habías preparado desde el principio” (Sb 9,8).

Continúa el rey Salomón haciendo su confesión de fe ante Dios. Si anteriormente incidió en su elección diciéndole “Tú me elegiste”, ahora vemos que pone el mismo énfasis en lo que entiende que Dios quiere de él: que levante el Templo en el que repose su gloria. Así pues, al “Tú me elegiste”, sucede “Tú me ordenaste”. Así como conoció su elección por medio de David, a quien reconoce no sólo como su padre sino, sobre todo, como “el ungido de Yahvé”, también por él conoció que era voluntad del Dios de Israel que levantase en Jerusalén, la ciudad santa, el Templo de su gloria.

Veamos catequéticamente la exhortación que David dirige a Salomón en orden a la construcción del Templo, ya que contiene una riqueza indescriptible. David instruye a su hijo con palabras llenas de sabiduría, y que alcanzan su plenitud en la Nueva Alianza. En ella el Señor Jesús se manifiesta como el verdadero Templo de Dios en el que es posible la adoración en espíritu y verdad. La plenitud de las palabras proféticas de David alcanza también a los discípulos de Jesucristo, ya que somos llamados a ser templo de Dios, desde el cual proyectamos luz para el mundo.

Así pues, David hace saber a su hijo que él es el elegido para construir su Templo. Elección que entendió muy bien, como ya hemos visto al recordar su confesión: “Tú me ordenaste edificar un Santuario...” David empieza diciendo a su hijo que había sido su deseo e intención ser el promotor de la construcción del Templo de Dios en la ciudad santa de Jerusalén, pero que Dios mismo le hizo saber que no sería él sino su hijo Salomón quien habría de llevar a cabo esta edificación. La razón que le da es que ha derramado demasiada sangre en sus guerras, cuando Jerusalén, tal y como su nombre indica, es ciudad de paz.

David, el guerrero, el belicoso, el que es capaz de perder el control en un arrebato de furia, inclina su cerviz ante Dios y su voluntad. Se conformará con hacer acopio de todo tipo de material apto para la construcción. No ha escatimado los mejores elementos: oro, plata, maderas preciosas, etc.

Como sabemos, tiene un carácter fuerte, incluso agresivo, pero sabe obedecer. Y para llevar a cabo el deseo de Dios es capaz de ponerse al servicio de su hijo justo en lo que más anhelaba su alma: el levantamiento del Templo santo de Dios. Oigamos la recomendación final que hace a Salomón: “Ahora, pues, hijo mío, que Yahvé sea contigo, para que logres edificar la Casa de Yahvé tu Dios como él de ti lo ha predicho (l Cr 22,11).

Hemos hablado de la sumisión de David ante la voluntad explícita de Dios. Valoramos aún más su obediencia si penetramos en su corazón, y acertamos a reconocer y descubrir la vehemencia y el fuego que ardía en su espíritu para llevar a cabo esta obra. Deseaba realmente hacerla no tanto por su realización personal, cuanto por el celo que tenía de su Grandeza y su Santidad. En realidad le movía su deseo de prepararle un lugar digno de su gloria y honor, le movía el amor, el entrañable amor que había cultivado en su alma hacia él.

David refleja estas bellísimas interioridades en uno de sus salmos, el 132. De él entresacamos unos versos que, por su densidad poética, podríamos comparar a un conjunto de notas musicales pletóricas de estremecimiento y que forman parte de una partitura sublime y solemne.

Le oímos lamentarse porque no es posible que Dios viva en una simple Tienda, mientras que él, que no es más que un hombre, vive en una casa regia, en un palacio. Es un lamento tan fuerte que da paso a una firme decisión: “No he de entrar bajo el techo de mi casa, no he de subir al lecho en que reposo, sueño a mis ojos no he de conceder ni quietud a mis párpados, mientras no encuentre un lugar para Yahvé, una Morada para el Fuerte de Jacob”.

El lamento da, paso a un canto procesional. Van a trasladar el Arca de la Alianza, encontrada en Efrata, hacia Jerusalén. Ya en un primer paso, la ciudad santa va a acoger la presencia de Yahvé. Es todo un acontecimiento que motiva una gran fiesta. Los coros, el júbilo y el gozo visten de colores el aire de la ciudad. Los sacerdotes se revisten con sus mejores galas. Todo es poco para celebrar que Jerusalén ha sido llamada a ser la ciudad del Trono de la Gloria de Dios: “Levántate, Yahvé, hacia tu reposo, tú y el Arca de tu fuerza’ Tus sacerdotes se vistan de justicia, griten de alegría tus amigos...

El amor de David por Dios se desliza apoteósicamente hacia su estallido culminante. Su corazón rebosa de gozo en este trasladar el Arca de Yahvé de Efrata a Jerusalén. David se siente especialmente honrado ya que ha sido el mismo Yahvé quien ha escogido a Jerusalén como sede de su gloria: “Porque Yahvé ha escogido a Sión, la ha querido como sede para sí: Aquí está mi reposo para siempre, en él me sentaré, pues lo he querido”.