Domingo XXXI del Tiempo Ordinario
Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 2009

La homilía de Betania


Al final de las homilías de la Solemnidad de Todos los Santos van dos dedicadas a la liturgia de Todos los Fieles Difuntos. Respecto a esta celebración aconsejamos leer el texto de primera página que nos conduce a la liturgia completa de este día entrando en la edición del año pasado.


1.- LOS SANTOS QUE SIENTAN A NUESTRO LADO

Por José María Maruri, SJ

2.- SER FELICES Y SANTOS

Por José María Martín OSA

3.- DIOS QUIERE QUE SEAMOS “DICHOSOS”

Por Pedro Juan Díaz

4.- LA SANTIDAD QUE LAS BIENAVENTURANZAS COMPORTAN

Por Antonio García-Moreno

5.- LA SANTIDAD DE LOS “CONFESORES”

Por Gabriel González del Estal

6.- TAMBIEN LOS DE TERCERA

Por Javier Leoz

7.- LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Por Pedrojosé Ynaraja


Todos Los Fieles Difuntos


1.- SENTIMIENTOS DE ESPERANZA, DE SERENIDAD

Por Antonio García-Moreno

2.- ¡VA POR VOSOTROS!

Por Javier Leoz


1.- LOS SANTOS QUE SIENTAN A NUESTRO LADO

Por José María Maruri, SJ

1.- Una multitud que nadie podría contar, imaginaos una muchedumbre sin sensación de ahogo, ni apelmazamiento, donde no se ven puños en alto, amenazadores; ni se dan gritos de odio y amenaza, donde no hay slogans vindicativos.

Una multitud –y se mire donde se mire—donde en cada rostro está lleno de paz, de bondad con todos, de alegría nacida del corazón… Es la primera enseñanza del día de Todos los Santos, que los que ya están en la patria son muchos, muchísimos, tantos que nadie puede contar.

2.- Mirad bien esos rostros porque entre ellos están tantos y tantos que han vivido a nuestro lado, esa persona que iba deprisa a su trabajo, el que compraba el periódico todas las mañanas, el que esperaba el autobús, la madre que empujaba el cochecito de su niño.

--hombres y mujeres que han sabido vivir contentos con lo poco que tenían y han sabido compartir.

--hombres y mujeres llenos de problemas que han sabido llevar con alegría, y que teniendo la necesidad de ser consolador han sabido consolar.

--hombres y mujeres incapaces de mentira y dolo, que por verdaderos, auténticos, no han medrado en el mundo, pero se han ganado el cariño de todos.

--hombres y mujeres de mirada limpia, de cuyos labios siempre ha salido una disculpa para los pecados de los demás.

--hombres y mujeres junto a los que siempre nos hemos sentido llenos de paz.

--hombres y mujeres que han sido el centro de nuestras familias a las que han unido en paz y en amor.

Son los 144.000 que viviendo nuestra vida han cumplido las bienaventuranzas del Señor.

3.- Mientras vivieron entre nosotros no nos dimos cuenta del misterio que se desarrollaba dentro de ellos, porque como decía San Juan todavía no se había manifestado lo que eran

Los defectos propios de los humanos, las limitaciones, las fealdades corporales y tantas otras cosas cegaban nuestro ojos y no nos dejaban ver que cada uno de ellos era verdaderamente hijo y muy querido de Dios. Y Dios iban transformando su corazón con su amor y cariño hasta hacerlo imagen y semejanza perfecta suya. Ahora que ven a Dios cara a cara, que la luz del rostro de Dios les ilumina se ven lo que ya eran: hijos de Dios

Intentemos mirar a nuestro alrededor con ojos de Fe y sintamos amor y respeto por todo aquel que se sienta a mi lado porque es también ya hijo de Dios.


2.- SER FELICES Y SANTOS

Por José María Martín OSA

1.- Todos deseamos vivir felices. Nos esforzamos arduamente en toda nuestra vida para alcanzar la felicidad. Pero la felicidad pareciera como el rayito del sol del invierno que aparece y desaparece en el tiempo menos pensado. Muchos de nosotros creemos que para ser feliz se necesita alcanzar cierto nivel material, social y ambiental. En cierta forma esas condiciones no son del todo equivocadas. Lo cierto es que lo material y lo ambiental pueden ser condiciones secundarias, pero no la razón céntrica de la felicidad. La base de la verdadera felicidad está en el corazón. Jesús señaló el auténtico camino que conduce a la felicidad. Son las nueve propuestas de las Bienaventuranzas. Frente a la felicidad artificial e incompleta que ofrece el mundo, Jesús nos promete y hace realidad en nosotros el Reino de Dios. Las Bienaventuranzas proponen un ideal de vida que, como todo ideal, es inalcanzable en su totalidad. Jesús invierte el orden de valores de este mundo, lo pone todo al revés. Por eso su mensaje es revolucionario….Muchas veces se ha querido deformar u ocultar la exigencia radical del Evangelio. Pero sus palabras son claras, no hay duda de que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a vivir de otra manera. Le criticarán, se meterán con él, será rechazado, pero tiene la seguridad de que va a ser feliz. Muchas veces tendrá que ir a contracorriente por defender valores evangélicos que contrastan con los valores del mundo. Pero el cristiano debe ser consecuente y afrontar el riesgo que supone seguir a Jesús de Nazaret.

2.- El camino más directo a la felicidad. "Unos turistas querían llegar pronto a un castillo, en la ladera de una montaña. Había varios caminos, todos ellos bastante largos, salvo uno que era un atajo muy corto, aunque extremadamente duro y empinado. No había manera de detenerse a comer o descansar, y la soledad era muy grande, porque casi nadie se atrevía a recorrerlo. Todos menos uno eligieron los caminos largos y fáciles. Pero eran tan largos que se aburrieron y se volvieron, sin llegar a su meta. Otros se instalaban a la sombra, a dormitar y charlar, y se quedaron ahí definitivamente. El que subió solo, por el atajo, paso toda suerte de dificultades, y en el momento en que le pareció que no podía más, se encontró ya en el castillo. Fue el único que llegó".

Esta parábola es un reflejo de nuestra vida como cristianos. Si optamos por el camino fácil nunca llegamos a ser de verdad cristianos comprometidos con el mensaje de Jesús. Nos quedamos en el camino, sin decidirnos a optar radicalmente por El. Las Bienaventuranzas nos recuerdan que somos ciudadanos del cielo. Para llegar a la cima tenemos que escoger el camino directo, el mismo que eligió Jesús. Cuando El proponía el programa de las bienaventuranzas nos estaba mostrando lo que hizo por nosotros: fue pobre de espíritu, lloró por su amigo Lázaro y por Jerusalén, fue sufrido como cordero llevado al matadero, tuvo hambre y sed de justicia y no dudó en proclamarlo, practicó la misericordia y el perdón, fue limpio de corazón, trabajó por la paz y fue perseguido por los poderosos de este mundo a causa de haber defendido la justicia. Jesús nos propone que seamos pobres en el espíritu. No es que la pobreza sea un bien en sí misma, lo que es bueno es el desprendimiento y la disponibilidad del que "elige ser pobre en el espíritu". Este camino es arduo y costoso. Quien lo emprende necesita coraje, decisión, firmeza y constancia, buenos pies y mucho ánimo. No es para apocados y gente "de poco espíritu". Sabemos que hay alguien que sostiene los pasos del que elige este camino, el propio Jesús El siempre va por delante abriendo senderos como luz del mundo y buen pastor. Pero no lo hace todo, sino que cuenta con nosotros, nos exige espíritu de lucha y que aceptemos los riegos que se presentan. No se trata de ser masoquistas escogiendo lo difícil en lugar de lo fácil. Se trata de asumir la opción por el Reino, a pesar de que esto conlleve dureza y esfuerzo. La recompensa es única y da sentido al esfuerzo: la posesión del Reino de los cielos, heredar la tierra, ver a Dios, ser llamado hijo de Dios.

3.- El que sigue el camino fácil no acaba de llegar a la meta porque no termina de comprometerse con la causa. Esto es lo que nos pasa a la mayoría de los cristianos: que no acabamos de entrar por el camino auténtico. No encontraremos nunca la felicidad que buscamos ni haremos realidad el Reino si ponemos una mano en el arado y volvemos la vista atrás. Nos seducen otra "felicidades" más fáciles y rastreras en lugar de escoger la senda empinada. De esta manera nos convertimos en antitestigos... Jesús invierte los valores de este mundo, lo pone todo al revés. Su mensaje es revolucionario, aunque se haya querido manipular la exigencia radical del Evangelio. Vivimos instalados en la sombra del camino o dando vueltas a elucubraciones teológicas, cuando lo único verdaderamente importante es el seguimiento de Jesucristo. No hay duda de que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a vivir de otra manera, a seguir otro camino. Pero tiene la seguridad de que va a ser feliz. Nos criticarán, se meterán con nosotros, seremos rechazados, viviremos a contracorriente, pero estaremos contentos porque estamos en el camino del Reino. Puede que nos faltan las fuerzas, puede que no lleguemos a vivir plenamente el ideal del Sermón del Monte, pero no debe asaltarnos nunca el desánimo ni la desesperanza, pues la cima está cerca y un día llegaremos.

4.- Gozar de la compañía de Dios y de “todos los santos”. La lista de los santos no se agota en el martirologio, ni en los nombres conocidos: Agustín, Teresa de Ávila, Francisco de Asís...Ni los santos oficiales, ni los santos anónimos fueron perfectos. Pedro, cobarde, negó a su Señor. Pablo, misógino, tiene ramalazos de arrogancia. Juan y Santiago, ambiciosos, querían ser el número uno. Agustín, lujurioso, aprendió a dominar la carne. Nadie nace Santo. Los santos hacen la diferencia desde su debilidad y desde su fe, porque intentaron servir a Dios y al prójimo. Esta diferencia hace que den gloria a Dios y reaviven la chispa divina que anida en sus corazones. La iglesia es uno de los pocos lugares que nos quedan donde podemos encontrar gente que son diferentes de nosotros pero con los que podemos formar una familia más grande. Un santo es alguien que hace la bondad atractiva. La recompensa se obtiene ya en este mundo, ahora que ya somos hijos de Dios. Peo todavía no se ha manifestado lo que seremos, nos dice la Primera Carta de Juan. Cuando se manifieste seremos semejantes a El y podremos gozar plenamente de su amor en compañía de la muchedumbre inmensa que nos ha precedido, también nuestros familiares y amigos que están en la casa del Padre. ¡Qué dicha será volver a gozar de su presencia!


3.- DIOS QUIERE QUE SEAMOS “DICHOSOS”

Por Pedro Juan Díaz

1.- En esta fiesta de Todos los Santos recordamos a esa “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar” y que gozan ya de la presencia de Dios en el cielo, aunque no tengan un “hueco” en nuestro santoral litúrgico. Hoy recordamos a muchos seres queridos, familiares y amigos, que ven a Dios “tal cual es”. Hoy nos recordamos unos a otros que esa es nuestra meta, encontrarnos con Dios cara a cara y gozar de su presencia por toda la eternidad.

2.- Ese es el destino que Dios tiene preparado para sus hijos, para ti y para mí. “Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos HIJOS”. ¡LO SOMOS!... pero aún no se ha manifestado lo que seremos… seremos semejantes a El, seremos como Dios. Lo que en el principio de la creación fue motivo de alejamiento de Dios (Adán y Eva quisieron ser como Dios), ahora es una bendición, es nuestro destino final: ver a Dios cara a cara y darnos cuenta de que nos ha creado a su imagen y semejanza y que llevamos en nuestras entrañas más profundas la huella de un Dios Padre que ama a sus hijos e hijas con locura.

3.- Mientras tanto, caminamos en esta vida, una vida que hay que vivir con pasión, una vida que Jesús de Nazaret nos enseñó a vivir, porque eso es fundamentalmente lo que nos enseño, un estilo de vida. Pero a todos nos cuesta llevarlo a la práctica. Al leer las Bienaventuranzas escuchamos esos gritos de alegría del Señor porque ve cercano el Reino de Dios y la liberación que viene con él. Pero también descubrimos que en su corazón están todos aquellos a los que la vida golpea cruelmente, pero que encajan los golpes con la confianza puesta en Dios Padre. Y de esa manera han conseguido formar parte de nuestra familia del cielo, de todos los santos.

4.- Preparando esta homilía, leía una reflexión que comparto con vosotros tal cual. Decía así: “Sabemos que el sol brilla, ilumina, deslumbra, calienta, hace posible la vida en nuestro planeta. Los santos, hombres y mujeres de carne y hueso que han encarnado en su vida el espíritu de las bienaventuranzas, son para la comunidad cristiana algo así: hacen visible el Evangelio, nos muestran el camino, nos estimulan con su ejemplo, nos caldean el corazón para seguir las huellas del Caminante”.

5.- La página de las bienaventuranzas no nos la podemos saltar a la hora de leer el Evangelio. Es importante que tengamos presente quienes son los “importantes” para Dios, y que asemejemos nuestra vida a este programa evangélico. Seguramente nos llevará toda una vida, pero ¿tenemos algo mejor que hacer que ser “dichosos”, felices, a los ojos de Dios?


4.- LA SANTIDAD QUE LAS BIENAVENTURANZAS COMPORTAN

Por Antonio García-Moreno

1.- Una muchedumbre inmensa.- El vidente de Patmos, en medio de su destierro en aquella isla, recibe el consuelo de otra visión gloriosa. Para que se consuele de sus pesares, y para que la transmita a cuantos como él también sufrían la persecución injusta y cruel del emperador. Aquí ve al Pueblo de Dios que ha llegado ya a la Tierra prometida, la Iglesia triunfante que canta gozosa por toda la eternidad.

Llama la atención la insistencia en el elevado número de los que forman esa muchedumbre de los santos en el cielo. Son ciento cuarenta y cuatro mil por cada una de las doce tribus de Israel, y luego habla de un gentío inmenso de toda raza, "que nadie puede contar". No podía ser de otra manera, ya que el sacrificio redentor de Cristo tiene valor infinito. Pero al mismo tiempo señala que vienen de la gran tribulación, han pasado primero por el Calvario para así llegar al Tabor, por la Cruz llegaron a la Luz.

2.- Nada menos que hijos de Dios.- Sin duda que la grandeza del don entregado es índice de la grandeza del amor que lo entrega. Por eso Jesús le dice a Nicodemo, para que se haga idea del amor divino, que tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito... Por otra parte dice S. Juan en el evangelio que a los que creyeron en Cristo les dio el poder ser hijos de Dios. Una filiación que no deriva de la sangre ni de la carne, sino que viene de Dios. Es algo tan grande que llena de asombro al hagiógrafo, quien después de tanto tiempo aún se queda pasmado al considerar la índole de esa filiación que, aunque de forma incoada y parcial, ya disfrutamos en esta vida y cuya plenitud llegará más tarde, chupando veamos a Dios tal cual es...Sin duda que estamos ante una realidad que supera nuestra capacidad de entendimiento. De todos modos, una cosa sí podemos decir: la filiación divina es lo más grande que un hombre puede tener.

3.- Todos santos: fieles, felices .- El Sermón de la Montaña, cuyo prólogo o introducción lo forman las bienaventuranzas, estaba dirigido no sólo a los discípulos y apóstoles que estaban más cerca, sino a todos cuantos seguían a Jesús. Algunos autores dicen que no, sostienen que estas palabras, cargadas de exigencias heroicas, sólo iban destinadas a unos pocos, a los que seguían habitualmente a Jesús. Pero no es así. Al final del discurso, el evangelista dice que la muchedumbre si admiraba de su doctrina. Por tanto, para todos habló Jesús. La santidad que las bienaventuranzas comporta no es el privilegio de unos cuantos. A todos nos llama Jesús para que seamos perfectos como nuestro Padre Dios lo es. Es cierto que cada uno lo será según sus propias circunstancias, pero en todo discípulo del Señor tiene que darse esa humildad y confianza, esa sencillez y generosidad que comportan las bienaventuranzas. Lo contrario sería reservar la dicha de ser fieles a unos pocos.


5.- LA SANTIDAD DE LOS “CONFESORES”

Por Gabriel González del Estal

1.- Una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Los santos anónimos, a los que hoy celebramos de manera especial, han sido, en todos los tiempos, “muchedumbre inmensa”; son los que aquí llamamos, en lenguaje coloquial, “santos confesores”. A efectos de culto litúrgico, la Iglesia ha formado un “Ciclo santoral”, en que están agrupados los santos en diferentes categorías. En un principio, los únicos santos a los que se les rindió un culto público fueron los mártires. A todas las otras personas que habían muerto con fama de santidad, pero que no habían sido mártires, se les llamaba simplemente “confesores”. Dentro de este último grupo estaban los apóstoles y evangelistas, los sumos pontífices, las vírgenes, los Religiosos y Religiosas, educadores y algunos más. Andando el tiempo, y en un lenguaje más coloquial y fraterno que litúrgico, a todos los santos que no encajaban claramente en alguno de los grupos del ciclo santoral, se les comenzó a llamar, simplemente, santos del “común de confesores”. Así, en mis tiempos de seminarista, a aquellos frailes que no tenían algún cargo o título especial les llamábamos, cariñosamente, frailes del “común de confesores”. Evidentemente, estos frailes eran los más, eran la muchedumbre inmensa de los frailes que, en aquel tiempo, llenábamos los conventos. Pues bien, en este sentido coloquial, hoy podemos decir con verdad que los santos no canonizados del “común de confesores” son los más, la muchedumbre inmensa que están en el cielo alabando a Dios e intercediendo por nosotros. Entre estos, seguro que están muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos. A estos santos queremos honrar hoy de una manera especial. No son santos canonizados, ya que no conocemos de ellos milagros especiales, ni hazañas dignas de ser reseñadas en el santoral litúrgico, pero supieron hacer de su vida ordinaria un extraordinario ejemplo de piedad cristiana. Dentro de una vida sencilla y “ordinaria”, fueron personas extraordinariamente buenas. Estos santos merecen nuestro respeto, nuestra admiración y nuestra piedad cristiana. La piedad y la santidad de estos santos es la que queremos celebrar hoy, litúrgicamente, con una mención anónima, pero profunda y sincera. Es probable que a más de uno de nosotros no nos gustaría hoy identificarnos demasiado con alguno de los famosos santos que aparecen en nuestro Santoral cristiano, pero con estos “santos confesores” de los que estamos hablando, seguro que sí. Porque nos dieron un maravilloso ejemplo de bondad y de amor, es decir, de santidad.

2.- Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El ser hijos de Dios no es mérito nuestro, es un regalo y un don de la misericordia de nuestro Padre, Dios. Pero para vivir aquí, en este mundo, como auténticos hijos de Dios sí se requiere nuestra colaboración y nuestro esfuerzo. En el evangelio de las Bienaventuranzas, que ya hemos comentado en otras ocasiones, se nos dice que el reino de Dios es de los “pobres en el espíritu”, es decir, de los humildes, de los que ponen su confianza en Dios y de los que luchan en este mundo para que el reino de Dios, un reino de justicia y paz, de santidad y de gracia, de amor y de vida, pueda hacerse realidad entre nosotros. Estos “pobres” de las bienaventuranzas son los auténticos hijos de Dios, porque, además de serlo por regalo de Dios, se esfuerzan en vivir como tales.


6.- TAMBIÉN LOS DE TERCERA

Por Javier Leoz

La fiesta de Todos los Santos nos invita a mirar a todo ese inmenso mosaico de santos que, no sólo la Iglesia, sino a luz de la Palabra de Dios o de su voluntad, intentaron pasar por la vida –incluso sin ser conscientes de ello- haciendo el bien.

1.- Flaco favor haríamos a esta festividad si, tan sólo, nos fijásemos en los santos de primera división. Mejor dicho; qué pena sería que dividiésemos entre santos de primera, de segunda o tercera. En este día no solamente exploramos las almas de los grandes, también nos dejamos sobrecoger y admirar, impactar y embelesar por esas otras vidas de miles de almas modestas que vivieron con ilusión, valor, coraje y optimismo el mensaje de las Bienaventuranzas.

Nosotros, y muchos de los que nos han precedido, no estamos muy lejos de los grandes ideales que llevaron a cabo los santos. Unos, reconocidos, han sido elevados a los altares. Otros, sin reconocer, sin saberlo ellos pero intuyéndolo muchísimos hombres para los que fueron reflejo del amor de Dios, son santos “súbditos “. Su testimonio, su buen quehacer, su constancia en el camino del evangelio dejaron una huella impresa con olor a santidad.

2.- Y es que, la festividad de Todos lo Santos, nos anima a ponernos en línea y no a la cola. Podemos ser santos; en las pequeñas cosas de cada día; con el rocío de las Bienaventuranzas; siendo humildes y, viendo que la Gran Santidad de Dios, bajó del cielo y entró a la tierra por la puerta pequeña de Belén.

--¿Seremos incapaces de comprender que podemos ser santos aún en medio y a pesar de nuestra mediocridad?

--¿Qué no llegaremos al misticismo de Santa Teresa de Jesús? ¿Qué nuestro recorrido no será tan valiente o intrépido como el de San Francisco Javier?

--¿Que, nuestro amor y servicio, se quedará a años luz del testimonio radical de Vicente de Paúl o Teresa de Calcuta? ¿Y?

--¡Hay que intentarlo!

3.- No podemos quedarnos en un lamentarnos por no poder llegar a tanto. No podemos pretender conquistar el cielo haciéndonos a la idea que, en vez de por la puerta grande, lo haremos por la puerta de servicio. Cada uno, en lo suyo, puede santificarse. Con sus virtudes y defectos, con su carisma y con sus pecados, con su inteligencia y hasta con su pereza. ¡Hay que pretenderlo! El enemigo de la santidad es el abrazo permanente a la mediocridad. Pero, el paralizante de la santidad, es pensar que los santos son una realidad tan superior a nosotros que es imposible de alcanzar.

4.- Dios, que es Santo, ha diseminado millones de semillas de santidad a lo ancho y largo del mundo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dado de frente con alguna persona que, al marcharse, nos ha llevado a afirmar: “ésta persona era buena” “aquella no tenía nada suyo” “supo guardar silencio” “su lucha fue la justicia” “su ejemplo fue su palabra” “era un/a hombre/mujer de Dios”.

5.- A mí, para dar con un santo, no me hace falta recurrir al santoral o buscar en el año cristiano. Todos los días, en cualquier esquina, en muchos acontecimientos que ocurren a mi alrededor, me doy cuenta que Dios sigue tallando santos de carne y hueso. Hombres y mujeres que le aman, y se nota. Almas que, sin hablar, se dedican en cuerpo y alma a los más pobres. Personas que, sin mucha cultura pero con mirada afable, me dicen que la bondad es un milagro permanente capaz de cambiar la tristeza en alegría, el odio en amor y la incredulidad en fe.

Sí, amigos. No podemos celebrar esta festividad de Todos los Santos ciñéndonos tan sólo a aquellos que consideramos que son de primera. También nosotros, cristianos mediocres o pecadores, podemos dar razón de nuestra esperanza.

La festividad de Todos los Santos nos anima a ser optimistas. A mirar hacia el cielo. A seguir en la carrera sin olvidar que, Jesucristo, es quien nos ofrece 8 puntos, para la santidad, llamados bienaventuranzas.

6.- GRACIAS, POR SER DE LOS NUESTROS

No nacisteis ni vivisteis permanentemente en el cielo,

pero, en este día, nos infundís ánimo para creer y esperar

o amar y soñar con los pies siempre en la tierra.

Gracias porque, siendo santos, sois de los nuestros

Formados en carne y hueso, llorasteis y soñasteis

o, caminando por los senderos de nuestro mundo,

supisteis siempre apostar por la plenitud de Dios

siendo sembradores de la justicia y de la paz

 

Y, por ello, habéis llegado a vuestro triunfo

A la Gloria que Dios os tiene preparada

Al trofeo que reluce más que el oro y la plata

A la felicidad que por siempre permanece viva

Gracias porque, siendo santos, sois de los nuestros

Ejerciendo de padres o madres, profesores o sacerdotes,

Papas u Obispos, obreros o labriegos,

amas de casa o religiosos contemplativos

niños o ancianos, jóvenes o consagrados,

abuelos o empresarios, pobres o ricos

luchasteis con vuestro propio temperamento

por hacer de vuestra vida y con vuestra existencia

un canto al amor y a la esperanza

 

Bendecimos y festejamos vuestra memoria, Todos los Santos,

Hombres y mujeres que, siendo débiles como nosotros,

no os conformasteis con vivir mirando siempre hacia abajo

Quisisteis construir debajo de vuestros pies

el cielo que tuvisteis sobre vuestras cabezas.

 

Gracias, por haber pertenecido a nuestras familias

Por haber sido de nuestra raza y no extraterrestres

Por haber sido humanos y, a la vez, tan divinos

Por haber pasado de la tribulación al gozo eterno

Por ser fieles en vuestra fe hasta el final de vuestros días

Por interceder para que, nosotros, sigamos en el combate

en ese camino que, Cristo ofrece a todos sus amigos

a todos los que desean triunfar como Dios propone y gusta.

Gracias porque, siendo santos, nos recordáis

Que fuisteis como nosotros….de los nuestros

Que es posible…ser santo


7.- LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Esta fiesta de hoy supone una gran alegría y a mi, personalmente, me parece muy bien que prevalezca su liturgia sobre lo que tendría ser la habitual del Domingo 31 del Tiempo Ordinario. Celebramos a todos los santos, a todos, no solo a esos pocos que están recogidos en los anales desde la Iglesia desde hace ya mucho tiempo, desde la época de los mártires de Roma, su sacrificio alegre sirvió para considerarlos como ejemplo de vida. La Iglesia ha sido diligente en esto de reconocer los méritos de sus hijos, y santos canonizados hay en todas las épocas aunque hayan ido variando los sistemas de discernimiento para “lograr” la santidad oficial o registrada. Hoy son trabajos minuciosos que llevan muchos años, estudiando –nunca mejor dicho—en la vida y milagros de la persona que ha muerto en olor de santidad. Antes, los santos eran elegidos por aclamación popular. Eso le pasó a San Isidro, patrón de Madrid, y otros muchos. Todavía el pueblo da su veredicto sobre las conductas de esas personas que merecen ser puestos en el altar del ejemplo: ahí está el caso de Teresa de Calcuta quien nadie –pero absolutamente nadie en sus cabales—ha dudado de su santidad. Y esta llegará, sin embargo, cuando tenga que llegar.

Hay santos que llegan a la canonización sin poder ejercitar el fuerte examen de méritos o las presencias de milagros o la realidad de sus cuerpos incorruptos. Hace unos cuantos días la familia agustiniana celebraba a Santa Magdalena de Nagasaki, una joven japonesa de 22 años del siglo XVIII, terciaria agustina recoleta, que fue aliviada en el durísimo martirio que se le había impuesto al llover y ahogarse en el lugar donde sufría la tortura. Sus verdugos irritados quemaron el cadáver y esparcieron sus cenizas por el mar para que no quedara rastro de ella. Pero su memoria continuó viva entre sus hermanos durante muchos años y casi cuatro siglos después Juan Pablo II, en 1987 la canonizó. Aquí el mejor argumento para el proceso de canonización fue su recuerdo y el “juicio de Dios”. En fin…

2.- La Iglesia hizo bien en instituir esta fiesta. Porque si no lo hubiera se habría cometido una ligereza terrible. Sólo Dios sabe el número exacto y la calidad precisa de sus santos. Y hay muchos más fuera de la peana de los altares. Pero que muchos más. Por eso una gran mayoría de santos se habrían quedado sin fiesta, sin agasajados. Son personas a las que hemos conocido e, incluso, tratado y que dejaron una huella indeleble en nosotros. Incluso, otros que fueron olvidados totalmente y que, sin embargo, hicieron, desde la modestia y el anonimato, mucho bien a sus hermanos. Y todos ellos, ahora, contemplando el rostro de Dios son importantes intercesores por nosotros aunque no lo sepamos. Hay a veces personas que recuerdan con gran intensidad a sus padres, a sus abuelos, a sus hermanos ya fallecidos. Confiesan sentir una fuerza que viene de arriba. Esto no es esoterismo. Ni espiritismo. Forma parte de una realidad que la Iglesia ha explicado desde siempre. Es la Comunión de los Santos: el permanente contacto de todos los bautizados, vivos o muertos, gracias al infinito poder, generosidad y amor de Dios.

Cuando varios autores espirituales contemporáneos han pedido a sus seguidores que fueran santos, tal vez la exigencia no fuera tan grande –y no seré yo quien quiera restar méritos a los que se esfuerzan por serlo—porque la coherencia de vida dentro del seguimiento del Señor Jesús trae la santidad. Otra cosa es que descolle tanto, o se conozca esa trayectoria, como para iniciar un proceso de beatificación en el momento de la muerte. Es verdad que las órdenes religiosas, o los grupos, empujan con ahínco a sus fundadores o a algunos de sus hermanos convencidos de que convivieron con un santo. Y eso está muy bien. Pero siempre habrá que tener la idea de que pudo haber otros muchos que “brillaron” menos pero que también fueron santos. Por eso abunda el número de sacerdotes y personas consagradas en nuestros altares. Es verdad que algunas vocaciones entregadas a Dios han sido extraordinarias. Pero uno tiene que pensar que en la estadística que Dios posee sobre los santos habrá más laicos que religiosos, entre otras cosas porque son menos numéricamente los religiosos. Pero tanta da. Hoy los celebramos a todos y todos ellos viven la fraternidad total bajo la luz del rostro de Dios.

3.- No es, por otro lado, una casualidad que en la liturgia de hoy el evangelio de Mateo nos ofrezca la enumeración de las Bienaventuranzas. Se ha dicho muchas veces que el ideario de Jesús de Nazaret, la concreción de su programa de actuación y la herencia que nos quiere dejar a sus seguidores. Pero entraña una innegable dificultad que enlaza, desde luego, con la santidad. Y hay que aclarar que no es un estado de vida que estará presente en la Vida Futura. Es para este tiempo. Ello sorprende. Verdaderamente, solo quien ha comprendido las bienaventuranzas y las ha puesto en práctica será santo. Eso es poner la salvación a un precio muy alto. Pero ya dijo que Jesús que nada hay imposible para Dios. Si respecto a nosotros, hombres y mujeres de la primera decena del siglo XXI, se tomara la medida de las bienaventuranzas para obtener la salvación, por nuestra cuenta nadie se salvaría, nadie. Probablemente, no hay que cumplirlas todas. Y solo brillar en alguna de ellas. Alguien que sea manso, humilde, cordial, afable con todos sus hermanos a lo largo de toda la vida ya ha cumplido. O, al menos, eso me parece a mí.

Conviene de todos modos, “trabajarse” de manera permanente las Bienaventuranzas. Leer su texto en sus dos versiones. Y ponerlas sobre nuestra conducta a todas las horas del día. Y hay poca diferencia entre el texto de Mateo y el de Lucas. Mateo –que es el que hemos escuchado hoy—dice aquello de los pobres en el espíritu y Lucas que los pobres, sin más añadidos, serán los dichosos o bienaventurados. Tanto da. He dicho siempre que aquel que es verdaderamente pobre en el espíritu, terminará siéndolo total y realmente, más pronto o más tarde. ¿O no?

Pues celebremos la fiesta de hoy con total alegría y pasemos la jornada pensando un poco, sin calentarnos la cabeza en exceso, pero con convencimiento que personas que hemos conocido y tratado son ya santos e interceden por nosotros. Sea como sea, dirijamos hoy una oración a todos los santos, sean quien sean, y hagamos el esfuerzo de sentirnos cerca de ellos gracias a la Comunión de los Santos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El concilio Vaticano II estableció que debía renovarse la antigua edición del catalogo de los santos y fue trabajo de bastantes años el conseguirlo. Fue el último documento que se publicó. Su título es Martyrologium romanum. Lo compré en cuanto salió. Se trata de una lista de todas aquellas personas que a lo largo de los siglos se sabe que han vivido cristianamente de tal manera, que su ejemplo, sus escritos, si existen y sus palabras, si son recordadas, son dignas de imitación. Son muchísimos, no los he contado nunca, ni me apetece hacerlo. Añádase a lo dicho, que, en una basílica romana, edificada en una islita del Tíber, reciben homenaje cristiano otras personas, no todas católicas, que han destacado en los últimos tiempos por su vida ejemplar, son los mártires del siglo XX.

2.- No están en la lista de la que os hablaba, pero no se los ha olvidado. Ignoro si han editado un catálogo y mi propósito es visitar esta iglesia la primera vez que pueda ir a la Ciudad Eterna. Han existido muchos más, que ni están catalogados, ni sus reliquias depositadas en la tiberina, pero nadie ha solicitado, y llegado el momento, demostrado, que su vida fue ejemplar. De esta limitación es muy consciente la Iglesia y por ello, un día al año, lo dedica a rendir tributo a todos, los conocidos y los ignotos. Reunirnos y celebrarlo, emociona mucho más que acercarse a monumentos al “soldado desconocido”. En los cementerios de guerra, uno puede leer, junto a las tumbas, el nombre del militar cuyo cuerpo allí está depositado. He visitado algunos, en el sur de Francia, en la Normandía, sin duda los más impresionantes, y en Jerusalén, en el monte de los olivos. Creo que en todos he encontrado alguna inscripción del siguiente tenor: aquí yace un soldado cuyo nombre solo lo conoce Dios. Me ha impresionado mucho siempre. Cuando se trata de santos, de personas que he tratado y he experimentado su bondad, su recuerdo siempre me emociona aun más.

3.- Os cuento, que en mi despedida del día, junto al sagrario que tengo tan cerca, mi oración es una especie de letanía. Cuando llego a los difuntos, voy pronunciando nombres de personas con las que traté, o que de alguna manera conocí, añadiendo a continuación: buenas eternidades, les des, Dios. Es una petición. Con seguridad, mi oración puede ser ayuda. Pero, en ciertos casos, vuelvo a pronunciar los mismos nombres, añadiendo: interceded por nosotros ante Dios. En la Eternidad no hay antes, ni después, todo es actual. De aquí que sea legítima mi oración dirigida en ambos sentidos.

No os puedo negar que a estos a los que les pido que intercedan por mí y por todos, son personas que su historia me resulta atractiva y me siento identificado con ellos. No dudo de la santidad de Serafín de Sarov, que tan admirado es en Oriente, pero a mí, hombre occidental y tecnificado, me cae mejor Guy de Larigaudie, Helder Cámara, Roger de Taizé, o Josefina Vilaseca, la chiquilla mártir a la que he dedicado muchos desvelos, fotografiando lugares con ella relacionados y escaneando sus ingenuos escritos escolares, repletos de piedad cristiana. Cada uno escoge sus amigos protectores y a mí me parece que entre santos, (cuando estamos rezando todos lo somos de alguna manera) la simpatía es mutua. Para otros días del año, dejo a mis predilectos, ya reconocidos, San Abraham, Santa María de Magdala, Santa Juana de Arco, San Juan Bautista etc. (un largo etc.)

4.- Hoy, mis queridos jóvenes lectores, no he comentado las lecturas litúrgicas del día. No quería repetir lo de otros años y, con seguridad, encontraréis quien os las escribirá seguramente mejor que yo. Os propongo, para finalizar, que busquéis santos que tuvieron vuestra misma edad, con quien más fácilmente podáis intimar. Desde san Tarsicio, el simpático mártir romano, muerto a los siete años, Santo Dominguito de Val, zaragozano, San Rafael, el oblato trapense de Dueñas, recientemente canonizado, el beato Castelló, que tuvo la audacia de despedirse serenamente de su hermana, de su novia y de su director espiritual (a este le encomendaba en la carta, el proyecto de una maquina que había imaginado, ¡ya es valentía y esperanza). Lo hacía, el día anterior a su seguro fusilamiento, a causa de su militancia y Fe cristiana. Hay muchísimos más, gracias a Dios

Y no os olvidéis, mis queridos jóvenes lectores, de pedir por vosotros mismos y por mí, que un día formemos parte del desfile glorioso de que nos habla el Apocalipsis. Yo no dejo de hacerlo


Todos Los Fieles Difuntos


1.- SENTIMIENTOS DE ESPERANZA, DE SERENIDAD

Por Antonio García-Moreno

1.- LA MUERTE PREMATURA.-La primera lectura de la liturgia de hoy recoge un texto del Libro de la Sabiduría, donde se contempla la muerte de una persona joven, una de esas muertes incomprensible y, para los seres queridos, especialmente dolorosas. Afirma que, aunque haya muerto con pocos años, el justo tendrá el descanso eterno. Por otro lado la madurez no necesita de muchos años. Es cierto que el paso del tiempo es ocasión para conocer por experiencia el sentido de la vida, sin embargo hay jóvenes con sentido común y prudencia. Y este parece ser el caso al que el autor sagrado se refiere.

“Agradó a Dios y Dios lo amó, vivía entre pecadores, y Dios se lo llevó, para que la malicia no pervirtiera su conciencia”. En definitiva, los planes de Dios son mejores que los nuestros. Por eso cuando llegue la muerte de un ser querido, quizás en la plenitud de la vida, hay que reaccionar con serenidad y visión de fe, y recordar que Dios sabe más que nosotros. Por lo tanto, aún en medio de nuestro lógico dolor, hay que pensar que Dios lo ha permitido y aceptar con serenidad sus planes. Es verdad que siempre será un misterio la muerte prematura, tronchar la rama la apenas florecida. Sólo nos queda recordar que Dios es nuestro Padre y que, pase lo que pase, su amor y su fortaleza no nos faltarán.

2.- CONSOLAOS MUTAMENTE.- Dice San Pablo: "Hermanos: no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza" (1Thes 4,12). Sin embargo, es inevitable. La muerte nos produce siempre un deje de tristura, cuando no un dolor exasperado. Son momentos inolvidables que se nos clavan como espinas en la propia carne, hasta enquistarse definitivamente. En este mes de noviembre, nuestra Madre la Iglesia quiere que recordemos a los fieles difuntos, esos que han cruzado ya la frontera del "irás y no volverás". Tiempo por otra parte muy adecuado para ello puesto que la naturaleza parece morir a nuestro alrededor, durmiéndose callada bajo el arrullo de las hojas secas.

Pero detrás de todo ese espectáculo melancólico y triste de la muerte y el otoño, hay una luz suave y viva al mismo tiempo, que ha de iluminar nuestros ojos y nuestro corazón. Y gracias a esa luz lograremos descubrir el encanto y el misterio que hay en todo eso. Así, ante el recuerdo entrañable de nuestros seres queridos ya muertos, hemos de sentir la honda esperanza de los que saben que esas ramas secas e inertes volverán a reverdecer.

Continúa el Apóstol: "Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras" (1Thes 4,17). Sí, estas ramas desnudas y ennegrecidas volverán a brotar en hojas "verditiernas" primero y en tupido follaje luego, en flores y frutos. Y ante esa convicción, el color ocre y multicolor del otoño adquiere una luminosidad especial, mezcla de recuerdo nostálgico y de serena paz. Lo mismo ocurre entonces con la muerte, lo mismo hemos de pensar ante la idea triste de que ya se nos fueron para siempre los nuestros.

Sus cuerpos podridos y deshechos recobrarán otra vez la vida, renacerán transidos de gloria. Por eso nuestra Fe nos asegura que cuando resucitemos tendremos un cuerpo glorioso, nuestro mismo cuerpo robustecido por el fuego y el hálito vivificado del Espíritu divino. Viviremos entonces una eterna primavera, un verano sin fin, con flores y frutos perennes. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras... Sí, es realmente un motivo profundo de consuelo; es como para no llorar nunca más, para no dejarnos vencer jamás por la tristura. Y sin embargo, Señor, Tú sabes nuestra debilidad, nuestra ceguera, nuestra falta de fe y de esperanza. Perdónanos y concédenos ese consuelo del que cree de veras en tu indefectible palabra.

3.- CRISTO, VENCEDOR DE LA MUERTE.- La muerte ensombrece el hogar de Lázaro y sus hermanas, tan acogedor en otras ocasiones. Donde había paz y alegría, hay ahora zozobra y tristeza. Jesús contempla el dolor de Marta y María, ve sus miradas enrojecidas por el llanto y se estremece interiormente, rompiendo en un sollozo incontenible. Es muy humano sentir dolor ante la muerte de un ser querido, derramar lágrimas por la ausencia irremplazable del amigo. Lo mismo que le ocurre a Jesucristo en esta ocasión.

Pero al mismo tiempo esos sentimientos, cuando hay fe, han de dar paso a la esperanza y a la serenidad. Sí, entonces nuestra fe ha de iluminar los rincones más oscuros del alma, ha de recordarnos que detrás de la muerte está la Vida. Hemos de pensar que la separación no es definitiva sino provisional, porque la vida se nos transforma, no se nos arrebata. En la resurrección de Lázaro, Jesús muestra su poder omnímodo, adelanta su triunfo final sobre la muerte. Así, pues, este prodigio es una primicia del botín definitivo, cuyo comienzo será la pasión y su final apoteósico, la grandiosa polifonía del aleluya de la Pascua.


2.- ¡VA POR VOSOTROS!

Por Javier Leoz

A nadie se nos ha prometido una vida lisa y llana, sin dificultades o tropiezos. Todos, en nuestra existencia, hemos comprobado y lo vamos sintiendo, como la vida tiene muchos contrastes: luz y oscuridad, alegría y pena, dudas y certezas, vida y muerte.

1.- Hoy, en este día, recordamos a todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe y en nuestra existencia. ¡Cuánto les debemos! ¡Cuánto les añoramos! ¡Cuántas gracias damos a Dios por la oportunidad que nos dio de quererlos, cuidarlos y despedirlos!

Nos precedieron en el camino de la fe. Nos enseñaron a ser fuertes en estos momentos. En definitiva nos dijeron que, por el hecho de ser hijos de Dios, su muerte no podía ser un “hasta nunca” sino, por el contrario, “hasta la vuelta de la esquina”, “hasta que, con vuestra muerte, nos encontremos todos de nuevo”

2.- Nos reunimos en este día de difuntos por muchas y poderosas razones.

Primero: porque el testimonio y el paso de los nuestros no nos ha dejado indiferentes. Fueron escuela en la que nos sentamos aprender los principales valores de la vida. Nada ni nadie podrá sustituirles. Ellos, aun estando ausentes, son referencia en muchos momentos en los que necesitamos reflexionar, pensar o decidir. Esta convocatoria, por lo tanto, nos invita a agradecer a Dios por tantos y tantos frutos que supimos ver madurar y recoger en el árbol de nuestros seres queridos los difuntos. ¡Dales el descanso, Señor!

Segundo: porque, si ya aquí, quisimos lo mejor para ellos, es ahora cuando pedimos a Dios que no tenga en cuenta aquellos borrones que se pudieron dar en alguna de las hojas de sus vidas. ¿Quién es perfecto? Sólo Dios. Por ello mismo, orar por nuestros difuntos, significa confiar en Dios, hablarle de ellos y –sobre todo- recordar al Señor que murieron creyendo, y esperando en El. ¡Dales, la vida eterna, Señor!

Tercero: porque en la cruz de Cristo todo se ilumina. Y, con la muerte de nuestros seres queridos (padre, madre, hijo, hermano…….)hemos visto como, la cruz, se plantaba en el centro de nuestra familia, en el núcleo de nuestra felicidad, en lo más hondo de nuestro corazón. Mirando a la cruz de Jesús todo adquiere un sentido distinto: “volveré”. Y, con esa promesa del Señor, nos quedamos. Volveremos a vernos. En cuerpos glorificados. En mañana de resurrección. En aquel día en que, cuando Dios quiera, seremos llamados a dar cuenta de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad. Mientras tanto, aún siendo dura la prueba, la cruz que mata, nos consolamos y hasta nos hacemos invencibles por Aquel que venció al peor enemigo del hombre (la muerte) en una cruz. ¿Pudo dar algo más que su sangre Jesús? ¡Dales, el abrazo de Hermano Mayor, Señor!

--Que el silencio hable, no son necesarias muchas palabras

--Que la Palabra del Señor nos ilumine, sobran las nuestras

--Que el recuerdo aflore, pero que para fortalecer nuestra fe

--Que la oración brote, es lo único que llega hasta ellos

--Que la Eucaristía se reparta, para que sea anticipo de lo que nos espera

3.- Pidamos al Señor que, todos nuestros familiares difuntos, gocen de esa paz, de esa alegría, serenidad y reconocimiento que tal vez el mundo –o nosotros mismos- no les supimos dar.

Pidamos al Señor que, esta celebración, sea un firme profesión de lo que creemos y esperamos: la resurrección que conquistó Cristo en su alzada a la cruz, descendimiento al sepulcro y triunfo sobre la muerte.

¡Va por vosotros, queridos difuntos!

4.-¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

Por nosotros, cuando os hemos visto partir,

y nos habéis dejado luchando con lágrimas e inmersos en la pena.

Suenan las campanas, en tañido pausado,

porque sentimos que la vida, lejos de detenerse, avanza,

irremediablemente avanza

restando días a los días que quedan en nuestra agenda.

Doblan las campanas, pero tan sólo en la tierra

porque, en el cielo, suenan trompetas festivas

acordes de triunfo con música de felices reencuentros

Porque, en el cielo, no doblan las campanas

Lo hacen en la tierra, cuando os despedimos

Repiquetean en nuestro corazón, por haberos querido

Interpelan en la conciencia,

si no hemos estado a la altura de las circunstancias.

 

¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

Tocan para que no os olvidemos

Repican porque, somos los vivos,

los necesitados en un mundo huérfano

de sonidos de esperanza

Es sonar que llama a la oración y al agradecimiento

Es convocatoria, hoy por vosotros,

y, tal vez mañana, por aquellos que hoy las escuchamos

¡Que redoblen las campanas!

Porque, vuestro trabajo, ha merecido le pena

Vuestra siembra, ha sido fecunda

Vuestra presencia, fructífera

Vuestra ausencia, insustituible y sentida

 

¿POR QUÉ SUENAN LAS CAMPANAS?

Tañen las campanas, en la ciudad de los vivos

en la orilla de aquellos cuyo corazón sigue latiendo

Tañen las campanas, porque necesitamos recordaros

y, no olvidar, que la eternidad nos espera

Tocan las campanas por ti, padre, que fuiste consejo

Tocan las campanas por ti, madre, que me diste la vida

Tocan las campanas por ti, joven, que no viste los ideales cumplidos

Tocan las campanas por ti, niño, que no conociste la maldad

Tocan las campanas por ti, anciano, que fuiste pozo de sabiduría

Tocan las campanas por ti, sacerdote, que anunciaste el Reino de Dios

Tocan las campanas por ti, pequeño, que no te dejaron nacer

 

¿POR QUIÉN TOCAN LAS CAMPANAS?

¿Por los que marcharon o por los que aquí quedamos?

Suenan por todos y para todos

Por los que ya no pueden hablar, y tanto nos dijeron

Por los que ya no pueden amar, y ¡cuánto nos amaron!

Por los que creyeron, y nos enseñaron a confiar en Dios

Por los que esperaron, y nos invitaron a no desesperar

Suenan, las campanas, por vosotros –queridos difuntos-

pero suenan para que no olvidemos

que un día, también con vosotros,

estamos llamados a compartir la misma suerte:

MORIR PARA RESUCITAR