TALLER DE ORACIÓN

ABIERTOS A LA NOVEDAD DE DIOS

Por Julia Merodio

La persona que se sabe silenciar para ponerse a la escucha, es alguien que está abierta a la novedad de Dios; de tal manera que, por mucho que nos parezca ser llevados por la inercia de la rutina, lo que en nosotros acontece, nos compromete necesariamente. Por tanto, si no nos sentimos interpelados por la Palabra es que hemos cerrado los oídos porque la responsabilidad nos pesaba demasiado.

Llevamos dos semanas en las que hemos orado sobre nuestra mirada y ello nos ha descubierto que cuando aprendamos a mirar, a ver y a oír seremos capaces de:

• Advertir la novedad de cualquier acontecimiento.

• De manifestar nuestra disponibilidad para acoger la Palabra y vivir en coherencia, lo que el Señor diga.

• Reaccionaremos según lo que esa Palabra nos esté enseñando.

• Y nos lanzaremos, sin miedo, a anunciar el mensaje de fraternidad, a cuantos se crucen en nuestro camino.

EL TESTIMONIO, INVITACIÓN ESENCIAL

Lo que he vivido, en estos meses, fuera de mi residencia habitual, me cuestiona al observar lo lejos que se encuentra nuestro testimonio de estos planteamientos.

Sé que el ambiente donde, más o menos, nos desenvolvemos los que tenemos una opción seria por el Señor, no coincide con la forma de vivir de los de fuera y no podemos pasar por alto: el tedio, la desilusión, la pasividad... con la que reacciona la gente al tratar cualquier tema religioso. En ellos no se advierte: emoción, alegría, interés... por la exigencia del evangelio, es como si todo lo diesen por gastado, como si no aportase nada nuevo a su vida.

¿Tal lejos está la gente de Dios o es que, los que creyendo estar cerca, llevamos una vida tan vulgar que no impactamos a nadie?

Todos hemos comprobado que, cuando las palabras tocan situaciones y problemas reales, la gente reacciona, se siente interpelada, interesada, demandada... despierta una exigencia y espera un cambio profundo, por tanto, desde ahí se advierte una tarea común donde, cada uno tendremos que desempeñar, un servicio según los dones que hemos recibido, dándonos cuenta de que Dios nos ha encomendado una misión personal, específica, irrenunciable... que debemos llevar a cabo y que nadie podrá desempeñar por nosotros.

Por eso es importante que, en estos momentos, en que aparece ante nosotros una nueva oportunidad tratemos de encontrar la manera de crecer, en nuestros encuentros personales con el Señor, en la oración.

Que sepamos responder a tantas gracias con un compromiso serio de revisar nuestra entrega y nuestra generosidad, para que seamos capaces de salir al mundo a llevar esa Buena Noticia que, Jesús, nos ha encomendado.

Nadie se libra de ese compromiso, cada persona es un enviado que ha de hacer presente a Jesús en el mundo. Pero para hacerlo posible es preciso llevar a Dios dentro.

La persona enviada a evangelizar tiene que trasmitir, nítidamente, el mensaje que ha recibido. El testimonio requiere una gran transparencia, no podemos servirnos de la palabra de Dios para nuestro prestigio, no podemos tergiversar el evangelio, no podemos dulcificarlo pensando que será más atractivo… y eso requiere un gran desprendimiento y una gran valentía.

NOS PONEMOS A TRABAJAR

Aunque parece que no tiene importancia, con frecuencia las personas nos instalamos en lo fácil, en lo que no nos crea problemas, en lo que nos deja tranquilos y para justificarnos nos decimos “si vivo bien así para qué me voy a crear problemas” Decimos eso, porque responder a nuestra tarea requiere: esfuerzo, diálogo, coherencia, confianza, paciencia…

Además nuestro entorno tampoco nos lo pone fácil; la gente con la que convivimos no quiere complicarse; espera a que los demás opinen por ellos, trabajen por ellos, sufran por ellos. Es verdad que eso a nosotros, no nos gusta, complica demasiado las cosas, exigen mucho sin dar nada… pero, ahí estamos, sin terminar de decidirnos, viviendo con “medias tintas”, dando un “sí pero no”; procurando que no se note demasiado nuestra cobardía.

Sin embargo, no tardamos en comprobar que, si no vamos a por todas, si seguimos midiendo el riesgo, nuestro testimonio no tendrá mucho que decir. La gente de hoy no quiere teorías, le sobran palabras, quiere vida, gestos, hechos, demostraciones.

Y sin quererlo nos encontramos con preguntas como estas:

* ¿Todavía te dejas comer “el coco”?

* Yo conozco gente que esta todo el día en la iglesia y luego…

* ¿No esperarás venir aquí a darnos lecciones?

¡Cuántas veces querríamos eludirlas con falsos pretextos! Pero hemos dicho que sí y no nos queda más remedio que dar la cara.

También tenemos que reconocer que, a veces camuflamos la responsabilidad refugiándonos en el activismo para no hacer lo que debemos. Trabajamos en múltiples tareas para que enmascaren el no ser capaces de vivir nuestra aventura, ni el valor de la confianza, ni el riesgo de la fe; cubriendo todo esto con ciertas vivencias que esconden nuestro vacío.

Todo menos mirar cara a cara al Señor para que conteste Él a las preguntas a través nuestro. Porque para ser testimonio en el mundo tenemos que aprender a callar alguna vez nuestra propia voz, a decir honradamente no sé, a dejar de ser protagonistas, a respetar la opinión de los demás... a silenciarnos para que llegue a los otros la voz que nos cautivó.

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

Llevo demasiados días escuchando esta Palabra que tanto me cuestiona. Y no es que yo la haya elegido, es que la presentaba la liturgia perteneciente a estos días. Por eso he decidido basarme en ella para ofrecer la oración de esta semana.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; y para anunciar el año de gracia del Señor. Enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". (Lucas 4, 14 – 21)

¡Cómo nos gustaría poder decir, como Jesús, hoy se cumple esta palabra! Mas para poder decirlo tendremos que esforzarnos por crecer junto a Cristo en la opción por el evangelio.

Para ello pongamos manos del Señor, lo mejor que haya en nosotros. Dejémonos hacer por el Señor, pongamos en sus manos nuestra arcilla.

Vamos a pedirle que nos ayude a ser fieles a sus enseñanzas, a entusiásmate por su mensaje para que luego lo podamos llevar a los demás.

Llevémoslo siempre desde la alegría y la sonrisa, buscando la importancia de las cosas pequeñas, para poder luego ser fiel en las grandes.

Procura, cada día, superar el riesgo que comporta la tarea que se nos ha encomendado personalmente. Pongamos en ella lo mejor de nosotros: cualidades, capacidades, talentos.

Solidaricémonos con los que lo están pasando mal: los marginados, los pobres, los carentes de amor, los que no encuentran sentido a su vida, los que la sociedad desprecia, los que se encuentran solos, los presos, los que han perdido a familiares íntimos. Comparte con ellos el pan de cada día, el pan de la palabra, el pan de la eucaristía.

Pon lo mejor de ti en la convivencia con los tuyos, con las personas cercanas, con los que te cruzas en la calle.

Y, sobre todo, pon al servicio de los demás lo más preciado que tengas; porque cuando tus obras descubran a Cristo en mundo empezará a mirar con ojos más claros.