LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL ALFARERO
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“Y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados” (Sb 9,2).

En el versículo anterior Salomón invocaba a Dios a fin de que le concediera el don de la Sabiduría. Reparamos en que introducía su súplica con una referencia a sus Padres en la fe, proclamando a continuación el poder creador de su Palabra, ya que el universo había sido hecho por ella.

Pasamos ahora a considerar cómo el rey orante alude a la Sabiduría y la considera como factor creador del hombre, haciendo de él un ser original y único en relación a todas las demás criaturas de Dios. Al decir único y original, nos estamos refiriendo al hecho de que éste tiene un sello distintivo que lo eleva sobre todo lo creado. Sin duda, Salomón está pensando en el soplo que Dios insufló al ser humano en la creación (Gn 23). Aliento de Dios sobre el hombre que la Escritura interpreta como la plasmación de la imagen divina en su ser: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Gn 1,27).

No hay duda de que Salomón está situando la formación del hombre a un nivel o estadio inmensamente superior al resto de la creación. Al afirmar que es un estadio superior, no nos estamos refiriendo a que sea simplemente mayor o más fuerte. Muchísimos animales nos superan en este sentido. Tampoco estarnos mejor dotados desde el punto de vista de la naturaleza simplemente corpórea. La mayoría de los animales tienen sus sentidos mucho más desarrollados. No digamos ya los que están capacitados para surcar los cielos o las profundidades de los mares.

Sin embargo, el hombre ha recibido, por medio de la bendición de Dios, el don de dominar la tierra. Es un dominar en su sentido bíblico, lo que equivale a decir gobernarla con sabiduría y equidad para suscitar de ella comodidad, progreso, sustento, etc. De ahí que el ser humano, al ser creado, haya recibido el aliento de Dios, que definimos también como la impronta de su Sabiduría.

Al formular esta distinción, Salomón recoge en su oración lo que podríamos llamar el corazón y el alma de los hombres y mujeres orantes de Israel. El pueblo santo se sabe elegido entre todos los pueblos de la tierra. En su elección que, como bien sabemos, tiende a la universalidad, se reconoce formado por la sabiduría de Dios. Sabe que ha nacido de sus manos, como admirablemente lo expresa el salmista en nombre y representación de todos los fieles: “Tus manos me han hecho y me han formado, hazme entender, y aprenderé tus mandamientos” (Sal 119,73).

Como digo, Israel tiene conciencia de la intervención directa y personal de Yahvé en su existencia como pueblo. Las manos de Dios son la marca y sello de su elección. Proyectando este hacer de Dios, podemos afirmar que todo ser humano de todos los tiempos lleva el sello de la elección, porque su alma es portadora de las huellas de las manos de Dios que la formaron.

A este respecto es entrañablemente conmovedora la oración/protesta que Job dirige a Dios cuando, reducida su vida a la peor de las existencias posibles, piensa que no hay ninguna esperanza ni salida para él: “¡Tus manos me formaron, me plasmaron, y luego, en arrebato, quieres destruirme!” (Jb 10,8).

Tengamos en cuenta que lo que más le duele, lo que más atormenta a Job, es el pasar de la máxima altura —tus manos me formaron, me plasmaron- al hundimiento más tenebroso. Tan cruel es su situación que la atribuye a un arrebato de la cólera de Dios:

¡Quieres destruirme! ¡Me eliges, y ahora, en un sin sentido, quieres acabar conmigo!, grita nuestro buen hombre. Ya sabemos que lo que Dios quería de Job y de todo hombre es que su elección alcance a brillar en todo su esplendor. Quiere que el hecho de hacer de nosotros los señores de la creación no nos lleve, por falta de sabiduría, a ser sus esclavos. Esclavos de unos bienes y riquezas que hoy son nuestros, y mañana nos son extraños.

Quizás una de las imágenes más bellas de la Escritura que nos habla de las manos hacedoras de Dios es aquella que nos proporcionan los profetas. Me refiero a la imagen que presenta a Dios como un alfarero. Sabemos que estos artesanos trabajan, hacen, plasman y forman con sus manos la obra que ya tiene vida en su mente. La belleza de la obra va en consonancia con la habilidad de sus manos. Al igual que Job, habrá momentos en que nos cueste trabajo reconocer que el “Alfarero” esté haciendo bien su obra, de ahí que también elevemos nuestra protesta: “¡Ay de quien litiga con el que le ha modelado, la vasija entre las vasijas de barro! ¿Dice la arcilla al que la modela: Qué haces tú?, y ¿Tu obra no está hecha con destreza?’ (Is 45,9).

Al final la obra sale perfecta según la maestría que ya estaba en proyecto en la mente de Dios. Sólo los necios no alcanzan a entender lo que Dios quiere hacer en ellos: “Qué grandes son tus obras, Yahvé, qué hondos tus pensamientos! El hombre necio no entiende, el insensato no comprende estas cosas” (Sal 92,6-7).