Domingo XXV del Tiempo Ordinario
20 de septiembre de 2009

MONICIÓN DE ENTRADA

Os deseamos la más cordial bienvenida a nuestra Eucaristía. Hoy es un día muy especial. Jesús de Nazaret nos va a enseñar que la vida y nuestra conducta no deben ser como nos enseñaron desde pequeños. Lo vamos a ver en el Evangelio de esta semana. Nos pide que seamos como niños, cuando nuestro entorno nos pidió muy pronto que dejáramos de niñear y nos hiciéramos hombres y mujeres, hechos y derechos. Jesús nos pide que seamos los últimos. Y ya en nuestra casa nos pidieron que fuéramos los primeros de la clase y los primeros en todo. Y en cuanto a servir, ¿no le hemos considerado un oficio malo y de poca monta ser servidor, ser sirviente? Y sin embargo Jesús de Nazaret nos lo ha dicho muy claro… Pequeños, humildes, servidores… Es lo que Él espera de nosotros.


MONICIÓN SOBRE LAS LECTURAS

1.- La primera lectura procede del capítulo segundo del Libro de la Sabiduría y en ella se nos acusa a los creyentes de nuestra falta de testimonio, de nuestra pasividad para hacer vida del evangelio. Hoy pasamos por el mundo sin irritar a nadie, sin ser incómodos para nadie, sin poner en consideración los verdaderos valores.

S.- El salmista –en el salmo 53 que hemos proclamado—invoca con urgencia la ayuda de Dios contra los ataques de sus enemigos y expresa la confianza plena del Señor en que el le va a auxiliar. Es una oración confiada ante los peligros y las tribulaciones, que nos puede –y debe—servir de ejemplo a nosotros –hoy-- para confiar en Dios Nuestro Padre y pedirle que no ayude siempre.

2.- Tendríamos que callar ante la segunda lectura. No podemos responder al apóstol Santiago que lo que nos dice en su Carta son cosas el pasado, de sus tiempos, y que nuestra comunidad es distinta a lo que él describe, pues aunque nos cueste reconocerlo está narrando los excesos que hoy sufre nuestra sociedad y ello a pesar del tiempo transcurrido.

3.- Nos desconcierta tener que responder a Cristo cuando nos pregunta de qué hablamos en el camino, como lo hacen los discípulos en el texto de San Marcos que hemos escuchado. Nuestra conversación siempre gira sobre temas falsamente serios. Hablamos de puestos importantes de trabajo, de honores, de placer, de prestigio, de títulos, de popularidad... Por eso tendemos a oírlo, pero sin escuchar, ya que el evangelio resulta difícil hacerlo compatible con nuestra realidad. No aceptamos ser servidores y estamos dispuestos a que los demás nos sirvan.

 

Lectura de Postcomunión

MONICIÓN

Este poema de Lope de Vega es un buen argumento para este momento de paz y quietud. La oración del gran autor español es también himno habitual en muchos días en la Liturgia de las Horas.

¿QUÉ TENGO YO, QUE MI AMISTAD PROCURAS?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!


Exhortación de despedida

Salgamos felices de la Eucaristía. Hemos aprendido de Jesús de Nazaret que hemos de servir a nuestros hermanos. Y si somos servidores no seremos explotadores, ni violentos. Servir es un fermento de paz.