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EN RECUERDO DEL PADRE VÉLEZ

Como veis soy Julia Merodio y no puedo dejar de escribir unas líneas a alguien que: ha escrito tanto tiempo con nosotros, que tanto nos ha enseñado y que se ha entregado, incondicionalmente, para que el mensaje del evangelio llegase a todos los rincones del mundo. ¡Gracias Padre Vélez! La iglesia necesita mucha gente grande como Vd. Pida desde el cielo por esta página suya y nuestra –Betania- para que el Señor nos dé el valor de la perseverancia y ponga en nosotros lo que Él quiere trasmitir a cada lector. Todos le estamos altamente agradecidos y lo recordaremos siempre.

Julia Merodio

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Julia siempre está muy atenta al acontecer cotidiano de Betania. Sus palabras son suscritas por todos los que hacemos Betania.


DESDE MI TERRAZA, UNA NOCHE DE VERANO

Este verano no hemos salido de nuestra ciudad. Allá, por finales de septiembre, nos acercaremos a Sevilla, en el sur de España, a celebrar una boda familiar. Nos quedaremos unos días a conocer aquellas tierras llenas de luz, de calor veraniego y de cultura ancestral. Después volveremos al norte de España, a Bilbao, donde residimos desde hace 40 años y viviremos, un curso más, la rutina de nuestras actividades.

No me ha importado quedarme en casa en estos meses de verano. Desde hace unas décadas se ha ido identificando vacaciones con viajes exóticos, plenitud veraniega con piel tostada al sol. Se busca con frenesí compulsivo aprobar el perfil del perfecto turista que se nos presenta en los mass media. Sacamos fotos a lugares de los que apenas recordaremos el nombre, pasados unos meses. En las fotos, muchas veces, tratamos de dar perdurabilidad a lo efímero. Hay que prolongar el recuerdo agradable de las vacaciones y hacer partícipe de esos momentos a familiares y amigos que, a su vez, escuchan resignados el relato de nuestras vacaciones. Todos hemos caído en esa tentación vanidosa alguna vez.

No me he aburrido este verano en mi ciudad. He hecho casi las mismas cosas que el resto del año, aunque con otro ritmo. He paseado por sus calles semidesiertas con paso sosegado. Me he parado a hablar con gente conocida sin mirar las manecillas del reloj. Me he asomado a mi terraza antes de acostarme oyendo el silencio de la noche. El firmamento no se divisa estrellado desde las grandes urbes; aun así, su inconmensurabilidad se revela majestuosa. El silencio de la noche me hace sentir acompañada en esa doble sensación de anonadamiento ante lo excelso y exaltación ante lo que somos ante Dios.

Por esas asociaciones de ideas que todos hacemos trato de transformarme en ese ser humano que, allá, en la noche de los tiempos, miraba la mancha oscura que se cernía durante horas sobre su cabeza, con el desasosiego de si una vez más la luz ganaría la batalla cósmica a las tinieblas. Trato de imaginar por qué conductos el ser humano fue intuyendo la Trascendencia. Se me ocurre creer que fue primero contemplando el universo, después la Tierra, después a sí mismo y sólo más tarde descubrir, que toda la humanidad tenía mucho que ver con ella.

El hombre fue descubriendo su deseo de inmortalidad y se gustó inmortal. Ser más allá de la muerte, vagando su espíritu por los infinitos. Se percibió entonces desgraciado. La inmortalidad no era un hallazgo feliz. Sólo cuando el hombre se supo recogido por Dios tras su muerte, sin ser el eterno espectro errante, vagando por los cielos infinitos, sólo entonces, identificó la inmortalidad con la salvación.

El hombre se fue sabiendo criatura de Dios y por ello sabiéndose no abandonado en su existencia tras la muerte. Sin duda es el mayor descubrimiento que el hombre ha hecho en millones de años. Percibirlo da serenidad, sentido a este trajín que nos envuelve y aturde, muchas veces, cuando vemos correr los años de nuestra vida y nos asalta la pregunta de si tiene objeto ese afán desmedido de búsqueda constante de felicidad plena en los días vacacionales. Una buena pregunta en estas fechas de finales de agosto sería: “¿Qué buscamos cuando decimos a voz en grito, necesitamos unas vacaciones?”.

Feli Alonso Curiel

Bilbao, España

NOTA DEL EDITOR.- La realidad es que Feli pone el dedo en la llaga: es mejor pensar sobre el efecto de las vacaciones después de que estas hayan transcurrido y su devenir nos dé alguna enseñanza.


CON LA CABEZA VACÍA

Me ha impresionado mucho su editorial de esta semana, sobre todo cuando dice “es que el evangelio de cada domingo no nos interpele en nada y salgamos de la eucaristía como entramos: con la cabeza vacía”. La realidad es que leí el comentario después de ir a misa y sentí que me decía algo que me estaba ocurriendo. Y agradezco la advertencia que el editorial hace sobre el próximo domingo. Me va a ayudar. Muchas gracias a Betania

Atentamente

Luis González

Vigo, Galicia, España

NOTA DEL EDITOR.- Pues muchas gracias. Intentamos hacer precisamente eso: impresionar para llevar a la reflexión. Y es cierto, también, que el cristiano tiene que estar muy atento siempre para evitar la rutina.


LAS PREGUNTAS DEL PADRE MARURI

Sigo, desde hace años, lo que ustedes publican como página de los “Grupos Betania”. Suelo imprimirse ese formulario que me resulta más sencillo para la preparación de la misa del Domingo. Sé que suele ser el Editor quien hace las preguntas, pero esta semana las hizo el padre Maruri y me gustaron. Ello me llevé a leer su homilía en la sección correspondiente y me gustó mucho. La cuestión que quiero comunicarles es que he pensado no solo entrar en la página de los “Grupos Betania” y ver todo el portal, en la medida que tenga tiempo. Pero, sobre todo, por el excelente trabajo que hacen todas las semanas

María Gabriela

Buenos Aires, Argentina

NOTA DEL EDITOR.- Son muchos los lectores que consultan la página de los Grupos. Lo sabemos por el contador de entradas. Pero nos parece muy adecuado el “descubrimiento” de María Gabriela, de Buenos Aires, todo el portal es interesante y, por tanto, ayuda más.


EL FINAL DE LAS VACACIONES

Al regreso de mis vacaciones, me he traído en las maletas del alma, un descanso que necesitaba y el gozo de disfrutar de la compañía de mi esposa, hijos y nietos, además de la felicidad que produce el reencuentro con la naturaleza y con el mar, que tanto necesitamos los que vivimos en el cemento de las ciudades.

Y he vuelto a deleitarme con esas noches tranquilas y serenas, que te invitan a reflexionar, sentado en una butaca de lona en la terraza, contemplando la luna y las estrellas y recibiendo una brisa que huele a universo en paz que me produce momentos de felicidad.

Aunque en realidad, consciente y apenado de que no todo el mundo puede disfrutar de esa felicidad, también he transportado en esas mismas maletas, el gran dolor que me han producido el tremendo tifón acompañado de tormentas que ha causado inundaciones y muertes a más de 500 hermanos nuestros de Pekín.

O los terribles incendios (la mayoría provocados por personas sin escrúpulo alguno) y atentados que estamos sufriendo en España que se llevan por delante víctimas inocentes y familias padeciendo el azote del incendio que les ha arrebatado todo cuanto tenían, desde algún familiar a enseres, recuerdos o cualquier otra propiedad, que por muy pequeña que sea les ha dejado sumidos en las más duras de las miserias.

Y lo más terrible de esta historia, es la frialdad con la que recibimos estas trágicas noticias sobre grandes desgracias, cuando nos encontramos cómodamente sentados en el sillón de nuestro salón frente al televisor, escuchando esa voz interior “cómoda, irresponsable y por supuesto carente de amor” que te tranquiliza diciéndote… ¡que puedes hacer tu!

Pero uno, se tambalea, se resquebraja cuando escucha que hombres, mujeres y niños que viven en una parte de nuestro mundo, lo han perdido todo y sufren soledad, desesperación, frío y hambre. Y se le llena el corazón de pena, contemplando la desesperación de los hombres que tratan de buscar con vida entre los escombros de las casas destruidas a las posibles víctimas.

Sin embargo, soy consciente de que resulta difícil, muy difícil, el intentar consolar a esas familias que comienzan un incesante éxodo a pié, sin comida, sin agua y sin apenas ropa huyendo de una ciudad devastada, dispuestas a realizar un viaje a ninguna parte que les llevará a un destino desconocido en el que puedan rehacer sus vidas.

Y de este modo, el celebrante que oficiaba los funerales a los que asistí para rogar por las almas de los fallecidos, intentaba hacerles entender que Dios Padre que ante todo es amor, no envía catástrofes naturales ni por supuesto esos elementos devastadores que suceden en este mundo tan disparatado por no decir cruel, porque El mismo muere y sufre cada vez que nosotros morimos o sufrimos.

Nos comentaba a todos los asistentes que Dios, que es un Dios de vivos, no desea ni es responsable del sufrimiento ni del dolor humano. Que a El lo que le agrada es lo que brota de la lucha contra el sufrimiento, contra el mal y contra la injusticia. Y por ello nos manda valores para que los sufrimientos nos lleven a la felicidad. Una felicidad que no se consigue fuera, sino en nuestro interior, al ponernos sin condiciones bajo su poder misericordioso.

Cualquier pretensión de justificar el sufrimiento y el dolor humano, responsabilizando a Dios (continuó) no tiene sentido. Porque Dios opta por la felicidad del ser humano y por evitar o paliar los sufrimientos, según nos dejó bien demostrado a través de su vida pública. El dolor es camino de resurrección (terminaba su comentario) porque desde que Jesús murió, entendemos que todo dolor sirve para algo y que en sus manos ningún dolor se pierde. A la salida de la celebración religiosa, un familiar de los damnificados sumido en su desesperación más profunda, me preguntaba donde estaba Dios aquellos fatídicos días.

Y eso me hace recordar, la triste historia ocurrida en Auschwitz, el mayor campo hitleriano de exterminio de la historia de la humanidad, donde murieron más de cuatro millones de personas, buena parte de ellas de origen judío. Por el simple hecho de robar dos personas judías unos trozos de pan, fueron condenados a morir ahorcados delante de sus compatriotas, para que este execrable acto sirviera de ejemplo. El mayor de los condenados por su propio peso, murió enseguida. El segundo bastante más joven con un peso inferior no terminó de descoyuntarse y tardó más en morir. Alguien de los que presenciaban la brutal ejecución, indignado gritó ¿Dónde está Dios en este momento? Un rabino que andaba cerca, le calmó diciéndole, Dios en este instante hermano, está muriendo con él.

Ojalá entiendan estas inocentes víctimas, que deben tener confianza en Dios y una fe, que no es un sentimiento religioso que surge del corazón, sino que nace y se apoya en una palabra y promesa que Jesús hizo a su Pueblo, para ayudarnos a superar las crisis de nuestra vida, además de depositar toda nuestra esperanza en María como auxiliadora y consoladora de los afligidos. Y finalmente no dudar porque Dios como dijo el rabino de Auschwitz, sufre con todos aquellos que sufren.

José Guillermo García Olivas

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Este es uno de los textos más interesantes que José Guillermo ha publicado aquí en Betania. Muchas gracias por sus palabras.