Donde está tu tesoro, está tu corazón

Por Antonio Pavía, Misionero Comboniano

El primer salmo del Salterio expone los dos caminos que se abren como opción y también como expectativa a nuestros pasos. Son caminos disyuntivos y, más aún, contrapuestos, como disyuntivas y contrapuestas son las herencias que emanan de ellos. Ambas llaman con insistencia y persuasión a las puertas del corazón del hombre. A pesar de que los caminos son disyuntivos y sujetos, por lo tanto, a una elección, el hombre normalmente se agarra a la ilusión ficticia y alienante de pretender caminar por ambos a la vez.

Dios, en su amor por él, no permanece indiferente a tan lastimosa necedad e irrumpe en su vida. En esta su irrupción, que podría ser considerada incluso intromisión, lo primero que hace es sacar a la luz pacientemente la necedad asumida y consentida del letargo en el que se ha acomodado. Dios se la hace visible al hombre; le da forma, figura e incluso hasta aliento. Es como si le provocara con el fin de que llegue a preguntarse si el valor de su vida no es mayor que el absurdo que está dejando crecer en él. El simple hecho de hacerse esta pregunta ya supone un aliento de Dios en él, un paso hacia el umbral de la Vida.

Volviendo al salmo citado, fijémonos en la descripción que hace del impío. Es alguien cuyo caminar se configura al ritmo de su veleidad. Su corazón, estigmatizado por todo capricho, se detiene incluso ante la invitación de los burlones. Sirviéndonos de una metáfora, podríamos decir que estos hombres asfixian su razón de ser y su herencia imperecedera con la trama del cordón umbilical que ata en un mismo nudo los cuatro o cuarenta logros o conquistas que ha podido alcanzar.

No son los cuatro o cuarenta logros alcanzados los que hacen al hombre necio, sino el encumbramiento que hace de ellos. El sabio se sirve de sus conquistas para volar más alto. El necio las convierte en anclas que le atan a “su propia gloria”. Cuatro o cuarenta, no importa el número sino el hecho de que justamente porque es número ya está de por sí desmarcado del infinito. Es la tensión hacia lo ilimitado la que da al hombre la libertad para elevarse majestuosamente por encima de sus logros personales. Su vuelo torna pálidas todas las conquistas con las que podría dar lustre a su historia personal. La espiritualidad bíblica llama necios y dignos de compasión a aquellos cuyo lote y herencia están amarrados y, por lo tanto, condicionados a esta vida tan abúlica (Si 17,14). La llamamos abúlica porque es frustrantemente lineal; desprovista, o más bien expoliada, de los saltos al abismo que comporta la búsqueda de Dios y que son impulsados por su natural trascendencia. Es una vida cuya linealidad toma la forma del espectro que se mueve serpenteante en el interior de todo aquello que ha llegado a ser intrascendente.

El lote, la herencia del sabio, es Dios mismo. En su revelación a su pueblo santo, Dios hace saber que El es la herencia para los israelitas de la tribu de Leví. Herencia que fue ratificada a la hora de repartirse el territorio de la tierra prometida. Oigamos el testimonio del autor del libro del Eclesiástico al sopesar la herencia que han recibido Aarón y su linaje, la tribu de Leví. Más que un testimonio nos parece una confesión en la que se deja traslucir una cierta envidia que, por cierto, es perfectamente comprensible: “Por eso comen ellos los sacrificios del Señor, que El le concedió a él —a Aarón- y a su linaje. Aunque en la tierra del pueblo no tiene heredad, ni hay en el pueblo parte de él: porque Yo soy su parte y tu heredad” (Si 45,2 1-22).

El “Yo soy” con el que Yahvé se ha manifestado, se ha dado a conocer a Israel, se lo ofrece como porción y herencia a una de las tribus de su pueblo santo. Para nuestra alegría, diremos que es un don que alcanza su plenitud en Jesucristo, auténtico y definitivo linaje de Dios, quien, a su vez, lo ofrece a cada uno de sus discípulos. El Señor Jesús es el “Yo soy” hecho carne. Sus palabras, su Evangelio, es la actualización pluridimensional de la salvación de Dios. Así oímos al Hijo de Dios desdoblar el Nombre sobre todo nombre en distintas direcciones: Yo soy el Buen Pastor, el Pan Vivo, la Luz del mundo, el Camino, la Verdad, la Vida, todas ellas aunadas en la mejor de las noticias: Yo soy tu porción y tu herencia.

El corazón y los pasos de todo hombre sabio se mueven presurosos en pos de esta herencia. Saben que es incorruptible porque nace de la Palabra incorruptible del Padre (Sb 18,4). Palabra que tomó un cuerpo, y cuerpo que tomó un nombre: Jesús de Nazaret. Los santos Padres de la Iglesia tenían conciencia meridiana de que habían recibido el don de la inmortalidad por su identificación con la Palabra que nació de lo alto. Entre tantos de ellos, no me resisto a presentar el de san Ignacio de Antioquia quien, poco antes de caminar hacia su martirio, dio como último testamento a sus comunidades esta confesión de fe estremecedora: “Ya he llegado a ser Palabra de Dios, ahora ya soy discípulo de Jesucristo”.

UN VINO ESPECIAL

El salmista de quien nos estamos sirviendo en esta catequesis, nos hace saber con gozo incontenible que Dios otorga a sus amigos signos más que evidentes por los cuales pueden detectar que esta herencia, que tantas veces aparece en la Escritura y de la cual estamos hablando, no es una ficción neurótica de unos “iluminados”. Es una herencia real y que toma consistencia al constatar que algunos de sus bienes ya se disfrutan.

Por ejemplo, uno que ya nos pertenece es que la Palabra ha quedado liberada de todo dato académico o carga moral. Se ha hecho oración. El corazón, legalmente cumplidor, ha sido convertido en un corazón abierto y orante. No está sujeto a una oración regulada por un horario o norma. Ha madurado, su relación con Dios ha llegado a ser delicia y complacencia de su alma, y todo su cuerpo participa también de la fiesta ininterrumpida.

Para estos hombres la oración se ha convertido en un surtidor del cual discurre -a veces atropelladamente, otras mansamente, e incluso otras como hilos incandescentes-, el Misterio del Amor de Dios. A estos hombres, así abrazados por Dios, les sale de lo más profundo de su ser “susurrar su Palabra de día y de noche” (Si 1,2). No tiene que hacer memoria, las palabras que habitan en él son vivas, tan vivas que engendran el susurro insistente e ininterrumpido, y lo eleva hacia sus labios.

El hombre/mujer orante, así, lleno de sabiduría, no sirve a Dios según el espíritu servil propio de los súbditos. Está a gusto con El. Su alma ha abierto sus más recónditos e inexplorados huecos a la Palabra, ella es su delicia (Sal 119,47). Al intentar explicar la naturaleza de tanto deleite, mirará a su alrededor y buscará una comparación que pueda aproximarse a su vivir de cada día. Al fin la encuentra, la compara al jugo de los panales, lo más dulce y agradable que puede saborear el paladar: “...sus palabras más dulces que la miel, más que el jugo de panales” (Sal 19,11).

María, la hermana de Marta, representa la nueva humanidad nacida del costado abierto del Señor Jesús (Jn 19,34). Supo elegir, y eligió permanecer sentada a sus pies escuchando su Palabra: “Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra” (Lc 10,39). Más adelante volveremos sobre ella, ahora señalamos simplemente que representa a la esposa del Cantar de los Cantares a la que damos paso: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre los mozos. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar. Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es Amor” (Ct 2,3-4).

Como vemos, la esposa se nos muestra junto a su amado radiante de vida, sentada, sin prisas. Es una catequesis bellísima sobre la oración. Esta mujer no está cumpliendo con nadie, a no ser con los infinitos e inexpresables amores que brotan impulsivos desde lo más profundo de su ser. Nadie la obliga y a nadie tiene que dar cuenta.

Su Amado le ha conducido a la bodega, y ahí está, con él, a gusto, apetecida, rendida y entregada. Bebiendo el vino nuevo, el que estaba reservado para ella. Juntos están alma y Dios, Dios y el alma, bebiendo el vino de sus bodas. El mismo que Jesús ofreció a los novios de Caná y del que el maestresala, al degustarlo, le hizo un comentario de aprobación que no deja lugar a dudas: “. . . has reservado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10).

Esta es la melodía no sujeta a cualquier canon musical y que resuena en lo más profundo del alma de la esposa: ¡has reservado el vino nuevo y especial de tu bodega para mí, para satisfacer mis amores! Amores por nada ni nadie satisfechos porque no tienen medida. Son tan fuertes que atraviesan el tiempo y el espacio. Sólo tú, cogiéndome de la mano, podías salir a su encuentro estrechándome junto a ti. Abrazada, amada, embriagada, hasta la extenuación. Es tal su fiebre de amor que sólo acierta a decir a sus amigas: “Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme, que estoy enferma de amor” (Ct 2,5).

Dios reserva su vino, su amor, su bondad, su vida en abundancia (Jn 10,10), a aquellos que le buscan con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (Dt 4,29). Buscar, escuchar, amar, todos estos impulsos dinámicos hacia Dios son válidos en la medida en que tienen impreso su sello de autenticidad. Este sello es amar y buscar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas...

NO LE SOLTARÉ JAMÁS

Toda alma que se ha movido hacia Dios con este sello, le ha conocido con el mismo amor que le conoció la esposa del Cantar de los Cantares. Ningún alma que ha buscado así ha terminado encontrando entre sus brazos un fantasma, un fraude, una ilusión, sino a Dios. Ha bebido, bebe y beberá para siempre el vino bueno, el reservado, el que refleja en sus sabores y colores el Bien, la Bondad, la Belleza, el Amor. Todo aquel que bebe de este vino confiesa igual que este hombre orante de Israel: “¡Qué grande es tu bondad, Dios mío! Tú la reservas para los que te aman, se la brindas a los que a ti se acogen” (Sal 31,20).

Como ya anunciamos, traemos ahora a nuestra presencia a María, la hermana de Marta. Al igual que a la enamorada del Cantar de los Cantares, la encontramos sentada, apetecida, trasladada en cuerpo y alma a la bodega. Está a los pies de Jesús bebiendo de su vino; le encanta, es como un río de fuego que recorre todo su ser; y, lo más importante, sabe que estaba reservado para ella. Bebe y conoce, y conoce y bebe. Sí, conoce el deleite, el gusto, la complacencia, el apasionamiento, la delicia, hasta perder los sentidos..., y elige. En su embriaguez, se asombra de que se pueda escoger algo que no sea El. Es la elección al discipulado, la elección a ser amada sin medida, la elección al amor que la hace crecer, la elección al Todo. Eligió, valga la redundancia, ser elegida, amó ser amada, buscó ser buscada...; consintió con la única locura que nos es permitida en la total libertad: la locura de creer en El.

Una elección así no se entiende fácilmente. Ni siquiera su hermana Marta lo comprendió. De ahí, y para que quedase grabado a fuego como memorial para todas las generaciones, que Jesús proclamase solemnemente: “María ha elegido la mejor parte y no le será quitada” (Lc 10 42). En cuanto a María, nos la podemos con toda verdad imaginémosla musitando las mismas palabras de la esposa del Cantar de los Cantares: “Encontré el amor de mi alma, me he abrazado a él, no le soltaré jamás” (Ct 3,4).

Ha encontrado su tesoro, su lote, su herencia, y se ha abrazado a ella con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (Dt 30,6). No hay poder alguno en este mundo que se lo pueda arrebatar. No puede ser despojada de él pues no está al alcance de ladrones, polillas, ni siquiera del poder corrosivo del orín o la herrumbre, como pueden estar todos los demás tesoros que podrían erigirse como competencia con sus cantos de sirena: “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6,19-20).

De ahí que nuestra querida y sabia amiga pueda proclamar junto con otro hombre orante del pueblo santo de Israel: “Las palabras de tu boca valen para mí más que miles de monedas de oro y plata” (Sal 119,72). De él y de los que son como él habló Jesús cuando dijo: “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21).

Y ahí la encontramos con el corazón arrodillado y, a la vez, arrebatadoramente audaz como para apropiarse de lo que “le pertenece”. Le pertenece lo que Dios mismo le ha entregado: su propio Hijo (Jn 3,16). El es su herencia, su tesoro, y hacia El tiende su corazón. Hacia El tiende toda su alma. Hacia El tienden todas sus fuerzas... Esta nuestra María encama el espíritu del Shemá (Dt 6,4-5).

María es imagen del discipulado, representa a los hijos de la sabiduría. Así como, en general, se vive, desvive y malvive para amontonar, acumular tesoros que están sujetos al robo, la corrosión y el desgaste, ella está pendiente de atesorar las riquezas insondables que fluyen de la boca del Señor Jesús. El es el anhelo, la única medida de su corazón y de su alma; atesora, amontona y guarda sus palabras con el mismo amor con que las guardó María de Nazaret, la que hizo posible el Emmanuel, el Dios con nosotros (Le 2,19).

María, a los pies de Jesús, ha escogido la parte buena. Jesús la llama así porque es la parte incorruptible, aquella que nadie tiene potestad ni de arrebatar ni siquiera de devaluar. Escapa a toda transacción comercial o bursátil. Nos parece oír a Jesús diciendo a su hermana Marta: ¡Te agitas tanto y por tan poca cosa! Tu hermana ha elegido bien, y su elección está en mi mano y en la de mi Padre. Es una elección infaliblemente protegida, ¡Yo mismo la protejo! Lo que digo de ella lo digo también de todos aquellos que me escogieron como Señor, Maestro y Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10,27-28).

**Para una mayor profundización en la espiritualidad bíblica, aconsejamos leer el libro titulado “En el espíritu de los Salmos” del P. Antonio Pavía. Editado por la Editorial San Pablo