1.- UN MAESTRO QUE NOS DEJÓ SU LEGADO: CRISTO

Por Bernardo Gómez Cortes (*)

A lo largo de nuestro camino Dios pone ángeles, maestros, amigos que nos hacen más fácil hallar el sendero hacia Dios, todo esto junto era Calixto (**) desde muy joven fui un asiduo lector de sus reflexiones, llenas de genialidad y sencillez.

Cuando estuve en el seminario tuve la oportunidad de conocerlo y cuando ocurrió –recuerdo- no lo podía creer pues para mí era toda una leyenda. Ahí estaba él con ese aire fraterno y acogedor, cuando lo vi, aunque nunca lo había visto antes, -ni siquiera en fotos- lo reconocí de inmediato, no era tan difícil, tenía una ronda de seminaristas escuchando sus entretenidas historias. Lo describiría como un hombre mayor con alma de joven y es que no obstante su edad, al escucharle hablar uno entendía que su pensamiento estaba por encima del tiempo, un ser abierto pero firme en sus convicciones, pausado y profundo al hablar.

Cuando pasaron los años Calixto me siguió a acompañando como creo acompaño a muchos de mis compañeros, a través de sus libros, pues son sus reflexiones un texto obligado para aquellos que se inician en el arte de predicar el evangelio. El domingo pasado cuando escuchamos la noticia de su desaparición se nos congeló el alma de la angustia al pensar por lo que estaría pasando, sin embargo al día siguiente todos guardábamos la esperanza de encontrarlo con vida. Un despliegue milagroso de bomberos, rescatistas, voluntarios, helicópteros, etc. se unieron con un solo propósito: encontrar a Calixto. Me pregunté en esos momentos, qué nos querrá decir el Señor con esta situación, recordé que estamos celebrando este año el Año sacerdotal; viendo todo ese despliegue de personas y escuchando todas las voces de solidaridad orando por su pronto regreso; se vino a mi mente este pensamiento: es Jesús convocándonos a la unidad, a la oración es una clara exhortación a redescubrir el sentido del ministerio sacerdotal, el papel autentico de los sacerdotes en el mundo.

Todo se unía en Calixto: un mundo en la oscuridad que ha perdido el camino y un Jesús con ansias de encontrarnos. El fin de la búsqueda término el miércoles a las 3: 30 de la tarde, tres días después de su desaparición, alguien pensará que estoy forzando las cosas pero lo primero me llevo a contemplar la muerte de Jesús en la cruz y lo segundo a contemplar su resurrección. Según los informes el padre escalaba en lo oscuro cuesta arriaba la montaña –símbolo bíblico del encuentro con Dios- cuando dio un traspié y rodó cuesta abajo. Tal vez pensemos que la muerte del padre Gustavo, en estas circunstancias es absurda, pero quisiera invitarlos a reflexionar y a entender este momento como un llamado de Dios. ¿Cuántos sacerdotes van por el mundo en estas mismas condiciones? Sabemos que nuestra misión como Pastores es escalar y ayudar a otros a escalar la montaña para encontrar a Dios; sin embargo ¿quién está libre de dar un tras pie y caer? y ¿cuántos de nosotros estaremos dispuestos a comprender su caída y a tenderles la mano? Recibimos a través de los ministros incontables gracias y bendiciones, los buscamos para recibir un consejo, un consuelo, una oración. Mas ¿nos acordamos de orar por ellos y de hacerles más amable su ministerio? La vida de Calixto indudablemente nos dejo ese agradable “sabor a evangelio” toda su vida fue un evangelio abierto, por eso su muerte fue el culmen de un caminante en busca de Jesús camino y de ese Jesús que sale amoroso a nuestro encuentro.

*Don Bernardo Gómez Cortés es sacerdote colombiano

**Calixto era el pseudónimo periodístico del padre Gustavo Vélez, mxy

 

2.- COMO LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS

Por David Llena

El pasado lunes recibí la llamada de mi párroco, pues comienza el curso y hay que ajustar los detalles. Quedamos en vernos sobre las ocho y media de la tarde. Al llegar me dijo que ese día no había tenido oportunidad de decir misa, había estado todo el día de viaje y esto le había impedido cumplir con esta obligación. Así que se presentó la oportunidad de asistir a la Eucaristía, sin habérmelo propuesto, fue una misa imprevista, sin hora previa de comienzo, sin ser avisada por el toque de las campanas, una misa que surgió en el recodo del camino. Asistimos dos personas, junto al celebrante estábamos la mujer que se encarga de cuidar la Iglesia y yo. Como era ya por la tarde casi de noche celebramos la misa de Primeras Vísperas de la Natividad de la Virgen. En un momento preparamos todo encendimos las velas y comenzó la Eucaristía, también me tocó leer las lecturas, y la intimidad de estar tres personas (incluido el sacerdote) en torno a Cristo, contrastó con la multitud que acude los domingos y abarrota la pequeña capilla que hace las veces de templo parroquial en espera de la construcción de éste.

Y en esa intimidad, el sacerdote partió la forma consagrada en tres partes y nos la repartió, quizá como hizo Jesús en la última cena, ahí se vio de forma palpable el “todos comimos del mismo pan”. Comulgamos bajo las dos especies y en apenas veinte minutos todo había acabado, sin cantos, sin largas filas para ir a comulgar, sólo el sacerdote y dos más. Vino a mi mente la escena de los discípulos de Emaús que al caer la tarde, en la intimidad celebraron la Eucaristía junto a Jesús; tal vez la primera Eucaristía que rememoraba la reciente cena pascual, que en el cenáculo, precedió al sacrificio de la cruz. También nosotros, tras los avatares del día pasamos a la noche de la mano de Cristo, luego siguió la rutina diaria pero tras recibir a Cristo la vuelta fue mucho más alegre y con Cristo todo sigue igual pero transformado, todo se vive de forma distinta aunque sea lo mismo. También nuestros corazones ardían en esos momentos que pasamos junto a Jesús, sólo Él tiene ese fuego eterno que ilumina más allá de nuestra débil existencia, solo Él da una Vida más verdadera que la propia existencia material, sólo Él tiene palabras de vida eterna que ayudan, confortan y guían. ¡Qué dicha tener un Maestro como Cristo!

 

3.- DESDE JERUSALEN

Por Pedrojosé Ynaraja

Se siente uno en casa en esta ciudad, cuando tiene amigos o se encuentra con amigos. Nunca como esta vez, ha sido tan intensa esta sensación, será que como uno es cada vez más viejo, aumenta su riqueza espiritual, que uno de sus valores perennes es la amistad. El cristianismo no es religión del libro, como tantas veces se afirma. Ni religión de piedras arqueológicas, como parece piensan algunos que deambulan por aquí. Hemos visitado desde el principio lugares santos, pero hemos saludado a amigos como más saludable ocupación y hemos reflexionado, discutido y rezado.

En Jerusalén vive uno realidades antiguas que comprueba son actuales. Porque le historia de Jesús de Nazaret, por muy pretérita que la sitúen los manuales, interpela nuestra realidad de hoy.

Añádase que son días de Ramadán, sorprende el bullicio que reina en las calles. No puedo olvidar a nuestros chiquillos, sometidos a actividades extra escolares, estudios de lenguas y prácticas de deportes, con monitor titulado. Aquí no, uno se los encuentra por todos los sitios, chillan, gritan y ríen con espontaneidad. Rebosan felicidad.

Hay lugares que sorprenden negativamente. Hebrón debiera ser lugar de encuentro de judíos, cristianos y musulmanes, pero no, se respira desconfianza por las calles y precaución en el recinto santo. La lámpara que cuelga en el interior de la caverna de Makpelá, estaba apagada. Lo hemos advertido y han acudido a cambiar los cuatro recipientes y encendido las mechas. Mientras efectuaban la maniobra, hemos podido mirar hacia el oscuro interior, que los flases de nuestras cámaras iluminaban. Con bastante seguridad allí reposaban los cuerpos de los patriarcas y matriarcas que iniciaron la historia de la salvación. Envidia uno entonces la Fe de Abraham, aquel que fue escogido, el primero, para saber que la Divinidad es Dios personal, comunicable y capaz de hacerse amigo de los hombres. Pero uno contempla los cenotafios desde un ángulo reservado a los judíos, para salir fuera y volver a entrar de nuevo al recinto reservado a los musulmanes. En nosotros los cristianos nadie ha pensado, tampoco nuestra presencia les causaría conflictos. Emocionante y dolorosa me ha resultado siempre la visita a este lugar. Tal vez esta vez ha dominado la emoción, por ser afortunados al divisar el interior.

Mambré, como siempre, está abandonado. Uno recuerda la hospitalidad del Patriarca, el cariño demostrado por Dios y la chusca desconfianza de Sara. Fue aquí donde la semilla de Isaac empezó a germinar. Un ser tan pequeñito, fue el inicio de la promesa de multiplicar su descendencia más que la arena de las playas o las estrellas del cielo. Ante la desolación del lugar, me alegro de ser yo una estrellita de las prometidas a Abraham.

Belén ya es el colmo. Me escabullo como puedo entre quienes se afanan por ver la estrella de plata y me sitúo en el lugar donde Santa María se acercó para depositar al Niño en el pesebre. Desapareció este hace siglos, envuelto en chismosos enredos. Tal vez lo que quede sean los fragmentos que ahora se guardan en Roma. Estoy tan próximo a la pared, que me parece poder se puede oír el eco de los lloros, sentir el palpitar del corazoncito que tanto amó a los hombres.

Por la calle he visto una tórtola. He pensado en la Virgen, que escogería un par de ellas, para ofrecer en el templo. Al cabo de poco rato contemplábamos desde la cima del monte de los olivos la gran explanada. Las figuras humanas que se movían eran minúsculas. Pero, por pequeñas que fueran, cada una llevaba en su interior la chispita divina que había depositado Dios en cada una de ellas.

En Getsemaní acogido por la amabilidad del viejo amigo, Fra Rafael, y del superior, P. Luis, nacido muy cerca de mi tierra, que me otorga su amistad y simpatía, celebramos la Eucaristía