TALLER DE ORACIÓN

“¿QUÉ QUIERES QUE HAGA POR TI?”, “¡SEÑOR, QUE VEA!”

Por Julia Merodio

Después de pasar una semana aprendiendo a mirar nos hemos dado cuenta de la importancia que supone ver pues, no siempre que miramos algo lo vemos y, como siempre la grandeza de Dios nos hacía reflexionar, en el evangelio del domingo pasado, sobre nuestras cegueras y nuestra manera de sanarlas, llevándonos hasta el gran Sanador para decirle: ¡Señor, que vea!

De nuevo Jesús y la persona frente a frente:

• Jesús, dando vida, devolviendo la vista, abriendo prisiones...

• Y la persona, observando la gracia del Señor.

Y ante tanta grandeza, la gratitud que ensalza y enaltece:

“¡Alaba, alma mía al Señor! Alábalo mientras vivas, porque Él abre los ojos al ciego, endereza a los que se doblan, ama a los justos y guarda a los peregrinos.

¡El Señor reina por siempre; tu Dios, Sión, por todas las edades!” (Salmo 145)

¡Cuántos ojos tiene que abrir el Señor en nuestro tiempo! Las personas de hoy somos seres de la noche y de la oscuridad; nos asusta la luz del sol, la claridad que pueda dejar al descubierto nuestras evidencias y pasamos el día dormidos con miedo a que nuestros ojos se abran y contemplen la realidad viviendo a tope la noche con sus seducciones.

Mas en la noche, lo queramos o no, hay sombras, dudas, agitación aunque nosotros tratemos de ocultarlo con luces que deslumbran, bebida y ruido que tapan la realidad y nos hacen necesitar mayores sensaciones la noche siguiente.

Pero, comprobamos que, ese proceder nos deja mal. Algo dentro de nosotros grita que estamos equivocados y buscamos soluciones que nos hunden de nuevo: magia, futurólogos, barbitúricos... y nos convertimos en ciegos conductores de ciegos; todo, menos acudir al único capaz de abrir nuestros ojos: Cristo.

¡Qué miedo tiene el hombre y la mujer, de hoy, a mirar el rostro de Cristo! Y si no conoce el rostro de Cristo ¿Cómo reconocerle en el rostro de los que se cruzan en nuestro caminar?

Pues, aunque no lo reconozcamos, Él sale siempre a nuestro encuentro; somos nosotros, los que desde nuestra libertad, seguimos o no su invitación.

Os servirá para confirmarlo, este hecho que nos cuenta Gerard, un estudiante de 23 años.

“A los dieciséis años, abandoné la fe de mi infancia y todas las normas morales heredadas de mi familia. ¡Todo aquello me parecía tonto, ridículo, absurdo! Estaba hasta las narices, de tanto darle vueltas, cuando me lancé a las aventuras más descabelladas, procurando probar toda clase de experiencias: quería alcanzar, por encima de todo, el máximo placer, el goce, la embriaguez. Esto era lo único que contaba para mí. Durante las vacaciones, hice mucho auto-stop en compañía de una muchacha. Me sentía libre para hacer lo que me apeteciera, pues quería sacarle el jugo a la vida, vivir a mis anchas.

Ahora reconozco que, después de cada experiencia, experimentaba un sentimiento de hastío y de asco, que rechazaba rápidamente para lanzarme de nuevo al placer. Y sin embargo, había en mi interior algo que, cada vez más, tiraba oscuramente de mí en otra dirección. Pero podía más mi orgullo: no quería oír nada, sólo quería ¡huir un poco más! En aquellos momentos, nadie conoció nunca el combate que se estaba librando en lo más profundo de mi conciencia. Me sentía arrastrado por dos fuerzas, pero no hacía nada por ver con claridad. Evitaba hábilmente hacerme preguntas, y de nuevo me lanzaba, con cierta violencia, a nuevas aventuras. El año pasado, cuando me iba para pasar un mes en Inglaterra atraído por determinados grupos de música pop, al hacer auto-stop me encuentro con un sacerdote que se dirigía a Taizé. A la salida de Valence, detiene sus dos caballos y me recoge. Todo el trayecto lo hicimos hablando. En cierto momento, me dice: “Deberías darte una vuelta por Taizé, al menos para pasar tranquilamente una noche, en lugar de dormir fuera”. No sé por qué, pero acepté la sugerencia. A partir de aquel momento, Inglaterra quedaba lejos, pues permanecí varios días en Taizé. No sé qué fue exactamente lo que pasó, me es difícil decirlo. Uno de los días me encontraba en la Iglesia de la Reconciliación entre un montón de jóvenes. Hubo un rato destinado al silencio. Aquel silencio, que siempre me había producido miedo, entonces me hizo bien. Hacía mucho que yo no había guardado silencio, en mi interior. Si no lo recuerdo mal, aquel día no dije nada.

Por la noche, vuelvo a la Iglesia, yo solo, y me siento en el santo suelo. Allí sucedió realmente algo cuyo recuerdo conservé vivo. Aquella vivencia fue para mí un viaje decisivo. Pasé revista a mi vida pasada y me dije a mi mismo: “Eres un gili, un soberbio atroz. De la vida no has entendido ni jota. Has hecho todo lo posible por gozar, has vivido fuera de ti, lo has despilfarrado todo, ¡has sido un verdadero cerdo! ¿Y qué te queda ahora de todo ello? Un enorme vacío. Todos los muchachos y muchachas que te acompañan a la hora de pasarlo bien te han dejado plantado. ¡Qué pobre hombre!”. Creo que lloré. Me hacía bien una buena sesión de llanto, en absoluta soledad. Nunca me hubiera atrevido a llorar estando alguien presente. ¡Mucho hacía que no lloraba! Además me estuve mirando a la cruz durante largo rato. Sentí que la paz volvía a mí. Cristo vino a mí, estoy seguro, y me puso en pie. Él me dio aquella luz que yo necesitaba, y que había rechazado tantas veces, y me comunicó su fuerza para amar, que tantas veces había yo ignorado. Entonces fui comprendiendo, poco a poco, el amor que Él me tenía y la confianza que, desde aquel momento, depositaba en mí, a pesar de un pasado atestado de mal. Me di cuenta, sobre todo, de que, a sus ojos, soy algo muy distinto de un cuerpo hecho para el placer y de un espíritu amasado para la soberbia. En medio de aquel silencio, y gracias a él, vi que la vida tenía un sentido que no era el desenfreno, el goce, el vacío y el absurdo. Al dejar Taizé y regresar a casa ¡fue enorme la sorpresa de mis padres! Decidí tomar en serio a Cristo y darme a los demás, en vez de pasar el tiempo pensando exclusivamente en mí mismo, fuente y origen de todas mis dificultades. En Taizé, Cristo me hizo descubrir lo esencial”.

SEÑOR, QUIERO PONERME EN PIE

Con fuerza le pedimos al Señor, Dios grande, que tras dar luz a nuestros ojos, nos ayude a ponernos en pie ya que la dureza de la oscuridad, nos ha ido encorvando y haciéndonos convivir con el polvo del camino.

Todavía no somos capaces de enderezarnos. El no ver con nitidez ha hecho que nos fueran echando fardos sobre nuestra espalda y su peso nos hace ir encorvados con los ojos fijos en el suelo sin más perspectiva que el polvo del camino.

Por eso quiero gritar de una manera especial las palabras del Salmo: “El Señor abre los ojos al ciego y endereza a los que se doblan.”

¿Pero nos creemos esto de verdad los que nos decimos cristianos? ¿Acaso una persona puede acercarse a Cristo, ser tocada por Él y quedarse como está? ¿Qué fe es la nuestra? ¿Qué fe vivimos los que rezamos y proclamamos el credo como el que se sabe una canción de moda?

Creer no es cómodo. Creer es comprometerse y el compromiso requiere vivir lo contrario de lo que el mundo pregona, ya que sólo desde esa perspectiva nuestro testimonio hará ver a los demás que, si sacamos a Dios de nuestra vida, nuestra historia dejará de tener sentido y caminaremos como ciegos por la vereda de nuestro camino. Si no dejamos que Jesús nos acompañe no se confirmará cada día la fe en nosotros. Y si vivimos con este ritmo frenético sin escuchar lo que el Señor quiere decirnos a cada uno personalmente, nos estaremos engañando a nosotros mismos.

Qué bien lo refleja S. Pablo en (Timoteo 6, 11 –16): “Practica la justicia, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza... conquista la vida eterna a la que has sido llamado” y ten presente que el Señor ama a todos los hombres pero de una manera especial a los que lo buscan con un corazón sincero.

¿Quién no ha experimentado esto alguna vez en su vida? ¿Quién no se ha acercado a Dios cuando, su senda se oscurecía y los acontecimientos empezaban a superar sus previsiones?

Sin embargo, nosotros preferimos seguir haciendo cómoda nuestra cárcel en lugar de romper sus barrotes y salir fuera. Preferimos seguir viviendo en nuestra charca llena de cieno que saltar a la inmensidad del océano.

Sin darnos cuenta que sólo los peces muertos se dejan arrastrar por la corriente. A ti y a mí nos toca intentar vivir en contra de ella pues eso demostrará que estamos vivos y los que están vivos están cerca de Dios porque Dios es la Vida.

PARA LA ORACIÓN PERSONAL

Sosegadamente nos ponemos en oración ante el Señor. Hacemos silencio, interior, hasta percibir que el silencio nos invita, a reorientar nuestra vida, a darle otro rumbo, a descubrir un nuevo camino, a reconocer sus huellas… Dejamos que nos haga entrar en sus senderos y nos ayude, a hacer vida, en nosotros, la verdad de tu evangelio.

Esperamos a escuchar eso personal, que quiere decirnos a cada uno, como un día lo hizo con Nicodemo, con Saulo, con la Samaritana, con los Apóstoles, con María. Y le preguntamos:

• ¿Qué quieres de mí?

• ¿Qué me pides?

• ¿Cuál es tu plan para mi vida?

• ¿Qué proyecto quieres que realice?

• ¿A qué me llamas?

• ¿Por dónde quieres que camine?

Estamos ante un nuevo curso que el Señor nos regala, queremos mirar con ojos nuevos nuestra realidad. Queremos ver a los que nos rodean, tener certeza de que estamos obrando como Él espera de nosotros; pero:

• ¿Cómo estaré seguro de que hago lo que deseas de mí?

• ¿Cómo seré capaz de responder con fidelidad a tu llamada?

• ¿Cómo comprometerme si todavía no estoy convencido?

• ¿Y si me equivoco y tengo que volver atrás?

• ¿Cómo saldré de la duda?

Yo Señor, soy un ser moderno y no me gusta arriesgar. Tan sólo exijo unas mínimas seguridades. Quiero tener buena vista. Ver con claridad por donde camino. Tú sabes que tengo miedo a lo imprevisible. Lo mío es una fe razonada...

Sin embargo sigo observando que todos estos planteamientos no hacen nada más que seguirme interrogando.

- ¿Te busco o me busco?

- ¿Pongo los ojos en Ti, o sólo me miro a mí mismo?

- ¿Son tus intereses los que quiero o son los míos?

- ¿De verdad estoy disponible?

¡Cómo te necesito Señor!

¡Ayúdame a salir de esta confusión en que vivo!

¡Ábreme los ojos! ¡Señor que vez!

Ayúdame a escucharte, a dar respuesta a tu llamada, a seguirte desde la libertad más plena, a dejar mis miedos, mis apegos, mi comodidad y a fiarme del plan de salvación que Tú has trazado para mí porque de verdad me amas. Noto que has puesto los ojos en mi, noto que me has mirado.

Sé que me has elegido para seguir trabajando en tu Reino. Que me das cada día la fuerza de tu Espíritu al enviarme a cumplir la misión encomendada, y me das la gracia de ser feliz realizando tus planes.

Gracias por hacer que tu Persona y tu evangelio sean el proyecto de mi vida y den sentido a mi existencia.

Gracias por haber hecho posible que desde lo profundo de mi corazón pueda gritar: ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!