LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: PADRES EN LA FE
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

“Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra” (Sb 9,1).

Recordemos que en los versículos anteriores Salomón había ensalzado la belleza insondable de la Sabiduría al considerar sus preciosísimos frutos. Entre ellos sobresalía de manera especial la inmortalidad con la que eran revestidos los hijos de la Sabiduría. Podemos imaginamos al rey profundamente conmocionado ante lo que le es dado contemplar, y también en actitud orante elevando hacia Dios todo su ser, su cuerpo y su alma pidiéndole que siembre sus semillas en su corazón.

Salomón habla con Dios. Dialoga, pide, ora, suplica sin prisas. Su oración constituye el cuerpo de todo el capítulo noveno del libro de la Sabiduría que catequéticamente estamos desmenuzando. Así como él no tuvo prisa ni reparo en alargar su hablar con Dios, también nosotros vamos a saborear lentamente cada una de sus palabras. Nos deleitaremos con la abundancia espiritual que el Espíritu Santo puso en su boca, abundancia que es patrimonio común de todos los buscadores de Dios.

Como hemos podido observar, empieza su oración diciendo: Dios de los Padres y Señor de la misericordia... Estas son sus primeras palabras: Dios de los Padres, o Dios de mis Padres, como traducen otros exegetas. Sea como sea, sus palabras revelan un aspecto fundamental de la relación entre él y Dios. Sabe sin ningún género de dudas que Dios se ha fijado en él no por ser una persona extraordinaria y maravillosa, sino por el hecho de ser hijo de un pueblo santo, heredero de unos padres que recibieron unas promesas de lo alto.

Salomón comprende que él es una de las estrellas del cielo, un grano de la arena de las playas que Dios prometió como descendencia a uno de sus Padres, el primero de ellos, Abrahán. Recordemos que Dios hizo descender sobre él la promesa cuando éste, obedeciéndole, le demostró su amor al confiar en su Palabra llevando a su hijo Isaac al sacrificio: “Por mí mismo juro, oráculo de Yahvé, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, Yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa (Gn 22,16-17).

Así pues, se reconoce como un eslabón más en el conjunto de la maravillosa historia de salvación que Dios está tejiendo para toda la humanidad por medio de Israel. Sabe también que el eslabón que él es ha llegado a ser posible porque otros hombres y mujeres, anteriores a él, obedecieron a Dios. Le obedecieron con amor, un amor superior a sí mismos, a su propia vida. Unos y otros hicieron posible que apareciera la fe en la historia. Recordemos que todos los israelitas llaman a Abrahán “nuestro Padre en la fe”.

Nos servimos de otro ejemplo para afirmar que Salomón comprende también que puede expresarse en los términos que hemos visto porque otro eslabón del pueblo santo se despojó voluntariamente del título de “hijo de la hija del Faraón”. Nos estamos refiriendo a Moisés, quien renunció a este título para poder llevar a cabo la misión que Dios le había confiado: la de ser pastor de su pueblo sacándolo de Egipto y conduciéndole a través del desierto hasta la tierra prometida.

Oigamos el bellísimo panegírico que le dedica el autor de la Carta a los Hebreos: “Por la fe, Moisés, ya adulto, rehusó ser llamado hijo de una hija del Faraón..., estimando el oprobio de Cristo como riqueza mayor que los tesoros de Egipto porque tenía los ojos puestos en la recompensa. Por la fe, salió de Egipto sin temer la ira del rey; se mantuvo firme como si viera al invisible” (Hb 11,24-27).

Es importantísimo tener en cuenta que, cuando Salomón inicia su oración diciendo Dios de nuestros Padres y Señor de la misericordia”, está reconociéndose como un engranaje más de la historia de la salvación. No se considera un ser magnífico, buenísimo, extraordinario y con méritos propios. Se sabe un israelita más en quien Dios se ha fijado para cumplir la promesa hecha a sus padres. Así lo reconoce apenas se pone a hablar con Dios, el de sus padres los hombres y mujeres de fe que le precedieron.

A continuación dice de Dios maravillas que ningún hombre ni pueblo de la tierra ha podido proclamar con respecto a sus dioses. Recordemos, como leemos en los salmos, que éstos son ciegos, sordos y mudos: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombre, tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen, ni un soplo siquiera hay en su boca”. (Sal 135,15-17). Como todos los israelitas, sabe que Yahvé crea con su Palabra de ahí que a continuación se exprese así: “Hiciste el universo con tu Palabra”.

Justamente así es como Israel inicia la narración de lo que Dios le ha ido revelando acerca de la creación del mundo. Este pueblo, iluminado por el Espíritu Santo, comprende que en el caos inicial irrumpió Dios con su Palabra y dio a luz al universo inmensurable, reflejo de su inmensa e infinita belleza (Gn 1,1-3).

Por su parte, Juan inicia su evangelio aludiendo a la Palabra como principio de todo, Palabra a la que da un nombre: Dios. “En el principio existía la Palabra, la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuando existe. En ella estaba la vida...” (Jn 1,1-4).