Domingo XXIV del Tiempo Ordinario
13 de septiembre de 2009

La homilía de Betania


1.- LA TENTACIÓN DE SATANÁS: EL MESIANISMO TRIUNFALISTA

Por Gabriel González del Estal

2.- ¿QUÉ ESTOY DISPUESTO A HACER POR JESÚS?

Por José María Martín OSA

3.- YO CONFIESO

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- FUE UNA RESPUESTA ADECUADA

Por Antonio García-Moreno

5.- ¿QUÉ SOY PARA TI?

Por José María Maruri, SJ

6.- Y NOSOTROS ¿QUÉ?

Por Javier Leoz

7.- NUESTRO RETRATO PERSONAL DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DE EXCURSIÓN

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA TENTACIÓN DE SATANÁS: EL MESIANISMO TRIUNFALISTA

Por Gabriel González del Estal

1.- En este texto evangélico, según San Marcos, Jesús llama a Pedro “Satanás” porque piensa como los hombres, no como Dios. ¡Pobre Pedro y pobres todos nosotros! Siempre tendemos a pensar como hombres, casi nunca pensamos como Dios quiere que pensemos. En este caso, Pedro y todos los judíos fervorosos de su tiempo pensaban que el Mesías iba a venir de un momento a otro, iba a expulsar a los romanos, y establecería definitivamente en Israel un Reino de Dios en el que no habría ya nunca más dominadores extranjeros, ni hambre, ni injusticia, ni dolor, ni muerte. Este reino, a través de Israel, sería pronto un Reino universal, presidido por Dios, a través de su Mesías. Sería un Mesías triunfalista, dominador, líder absoluto, tanto en lo moral, como en lo social y en lo religioso. Este Mesías, pensaba Pedro, ya estaba entre ellos y se llamaba Jesús de Nazaret. Así veía Pedro a su maestro y así quería que le vieran todos los que le seguían. ¿A qué venían ahora estas palabras de Jesús, hablando de padecimientos, de condenación, de muerte y de resurrección? Eran palabras incomprensibles y, además, claramente inoportunas, porque podían confundir y desanimar a más de uno de sus seguidores. Él, Pedro, como representante de los otros discípulos, tenía la obligación de reprender, en este saso, al Maestro, para que no desanimase y confundiese a las multitudes que le seguían habitualmente entusiasmadas y esperanzadas. El Mesías no debía hablar de dolores y padecimientos, sino del triunfo definitivo sobre el mal, de la inminente llegada de un Reino glorioso y triunfal.

2.- Jesús le dice a Pedro que está hablando como representante de Satanás, no como Dios quiere que hable. Bien, la pregunta que ahora debemos hacernos nosotros es esta: ¿quién queremos que sea, hoy, para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué Jesús de Nazaret presentamos hoy nosotros, presenta la Iglesia, ante la sociedad en la que vivimos? Presentamos preferentemente al Jesús triunfalista, al que hace milagros y expulsa demonios, al que multiplica los panes y amansa las aguas del lago, al que deben obedecer, en lo político y en lo religioso, todos los pueblos de la tierra, o hablamos, más bien, con humildad y fervor, del Jesús que nació y vivió como pobre, que luchó incansablemente contra la impiedad y contra la injusticia, que sufrió y murió por no acomodarse a las costumbres, pensamientos y mandamientos de los que tenían el poder político y religioso de su tiempo? ¿De qué Jesús hablamos y a qué Jesús seguimos nosotros y a qué Jesús queremos que siga hoy la sociedad en la que nosotros vivimos? Que cada uno responda como pueda a esta o a parecidas preguntas. En definitiva, ¿hablamos y pensamos también nosotros como hablaba Pedro, es decir, como hablan los hombres, como habla Satanás, o hablamos como hablaría Dios, es decir, como de hecho hablaba Jesús de Nazaret? ¿A qué Jesús representa y sigue hoy nuestra Iglesia, la Iglesia Católica, de la que nosotros queremos ser fieles hijos y miembros vivos del cuerpo de Cristo?

3.- Eso pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta. El apóstol Santiago nos dice en esta carta que la única fe que salva es la fe que se demuestra en las obras. Y, cuando quiere escoger un ejemplo para que sepamos a qué tipo de obras se refiere, escoge el ejemplo de la caridad. Sus palabras son tan claras y concretas, que lo mejor que yo puedo hacer es copiarlas literalmente: “Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: <Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago>, y no le dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?” por lo que se ve, el apóstol Santiago tenía muy claro que la fe cristiana se manifiesta en el amor al prójimo. Seguramente porque se lo había oído decir así muchas veces a su Maestro y no sólo porque se lo había oído decir, sino, sobre todo, porque se lo había visto practicar continuamente.


2.- ¿QUÉ ESTOY DISPUESTO A HACER POR JESÚS?

Por José María Martín OSA

1.- La experiencia de fe implica asumir la función y la actitud del Siervo de Yahvé. En la Biblia, la figura del Siervo aparece en el libro de la Consolación, llamado así por sus primeras palabras: Consolad, consolad a mi pueblo. Las palabras de consuelo van dirigidas al pueblo judío, desterrado en Babilonia. La nueva potencia es Persia: ¿someterá su rey Ciro a Babilonia? ¿Volverán los desterrados? Un profeta desconocido (segundo Isaías) lo anuncia como un nuevo éxodo: ya está en marcha ¿no lo reconocéis? En principio, el profeta ve actuar a Dios por medio de su siervo Ciro, elegido para someter ante él a las naciones, para abrir ante él los batientes. Pero poco a poco se perfila un personaje misterioso, que será instrumento de salvación universal. ¿Cuáles son sus rasgos?: el Siervo no sólo anuncia sino que también denuncia: “Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; me hizo como saeta aguda”. Puede verse acechado por una sensación de fracaso. En el capítulo 50 que leemos este domingo, vemos cómo sufre los ultrajes y le apalean, pero El no se echa atrás, porque tiene cerca a su defensor. Es el Señor quien le ayuda, porque “escucha ni voz suplicante” (Salmo 114). Es un canto de esperanza, un aliento para todos aquellos que sufren persecución por la vivencia de su fe o se ven agobiados por las contrariedades de la vida.

2.- Ser consecuentes con nuestra fe. ¿Qué pretende Santiago en su carta? Una sola palabra lo condensa todo: “Autenticidad” de la fe, de la religiosidad. Sin mencionar para nada a Jesús, parece como si Santiago nos recordara la palabra del Señor en el Sermón de la Montaña: “No el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Según Santiago, las obras demuestran que se tiene fe, pues dice: “Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré mi fe”. De hecho, pues, las obras nacen de la fe.

3.- Jesús espera una respuesta que defina lo que estamos dispuestos a dar por El. El suceso del evangelio se sitúa en Cesarea de Felipe, región pagana en el antiguo territorio de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no se quedará limitada a su propio país. Deben estar dispuestos a alcanzar las regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera llevarles. “¿Quién dice la gente que soy yo?”, Jesús comienza con una pregunta impersonal. ¿Qué impresión tienen los otros de mí? ¿Cómo me ven? A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?” Jesús no deja a los apóstoles sólo en un nivel superficial. Quiere una relación más personal: decidme “¿quién pensáis vosotros que soy yo?” Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro a aquel examen, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado, el Ungido de Dios, realmente el Hijo mismo de Dios... Esta misma pregunta nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? En otras palabras te está preguntando ¿para ti, quién soy yo? Debes pensar antes de responder, no se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti?

3.- Me da la impresión de que no estamos del todo convertidos a Jesucristo. Es más fácil cumplir unos preceptos, que en el fondo no alteran nuestra vida, que “mojarse” de verdad y dejar que el Evangelio empape nuestra vida y cuestione incluso nuestras seguridades. Raramente somos capaces de renunciar a nuestro dinero o a nuestro tiempo para compartirlo con los necesitados. Nos hemos fabricado una religión a nuestra manera, por miedo a comprometernos de verdad. Muchas personas se escandalizan y se alejan de Dios al contemplarnos. Necesitamos un replanteamiento de nuestro seguimiento de Jesucristo.

4.- El seguimiento de Jesús exige renuncia de uno mismo y capacidad de entrega. El camino de la cruz ha sido y sigue siendo una piedra de tropiezo y es necesario que continúe siendo un escándalo aún hoy para todas y todos nosotros. No serán los grupos vulnerables ni los excluidos los que le empujaran a la cruz, sino que serán las autoridades legítimamente establecidas tanto en el espacio civil como religioso. Son aquellos y aquellas que ejercen el poder los que llevarán a Jesús a la cruz, y esa cruz tiene que mantener su naturaleza desafiante frente al ejercicio de todos los poderes. El que se niega a sí mismo se salvará. Cada uno tenemos una cruz: la enfermedad, la falta d trabajo, la no aceptación de nuestras limitaciones, la soledad…Hemos de cargar con la cruz con dignidad y ayudar a llevarla a los más débiles como buenos cireneos. Al final triunfa la vida. La cruz deja de ser signo de muerte para transformarse en signo de un amor que construye un nuevo espacio de solidaridad y justicia. La cruz, vivida por la comunidad de fe, se despoja de todo signo de poder, prestigio y esplendor para ubicarse al lado y en medio de aquellos que han sido despojados de todo poder, prestigio y esplendor. Ese es el paradójico significado de asumir la cruz. Una cruz que siempre cuestiona al sistema y es una voz y una acción alternativa que se llama Reino de Dios. Debería preguntarme yo mismo para responder a Jesús: “¿Qué estoy dispuesto a hacer por Jesús?


3.- YO CONFIESO

Por Gustavo Vélez, mxy

“Cerca a Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro le contestó: Tú eres el Mesías”. San Marcos, cap. 8.

1.- Cuando al inicio de la Misa rezamos: “Yo confieso ante Dios todopoderoso”, nos referimos a las faltas que hemos cometido “de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Pero con esta frase también podemos declarar nuestra fe en Jesucristo: Yo confieso que Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador. Como lo hizo san Pedro, cuando Jesús les preguntó a los Doce qué opinaban sobre su persona. San Marcos señala que esto ocurrió en un lugar vecino a Cesarea.

Dos ciudades llevaban entonces este nombre, que honraba al emperador romano. La primera, un puerto sobre el Mediterráneo, vecina a Jope y construida hacia el año 26 antes de Cristo, por Herodes el Grande. La segunda, levantada por uno de sus hijos Filipo, en las faldas del monte Hermón. Cuenta la tradición que allí cerca se miraba un suntuoso templo al dios Pan, embellecido con mármoles y cimentado sobre una firme roca. Lo cual le habría dado ocasión a Jesús para señalar a Pedro su destino: “Tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Un texto que trae san Mateo, pero que no recogen los demás evangelistas. Sin embargo, el primado de Pedro y de quienes lo han sucedido en Roma se fundamenta sobre esta página del Evangelio. Aunque entendemos que al oficio de apacentar toda la grey de Cristo, el tiempo le ha añadido numerosas estructuras, que no son esenciales en el proyecto de Jesús.

2.- El cardenal Suenens, quien durante el último concilio tuvo un aventajado papel, contaba que el papa Pablo VI le dijo una vez: “Rece mucho por mí, que mi oficio es algo muy difícil”. “Difícil no--respondió el prelado. Me parece imposible. Basta mirar la lista de responsabilidades que le asigna a su santidad el Anuario Pontificio: obispo de Roma, vicario de Jesucristo, patriarca de occidente, primado de Italia, soberano del estado pontificio y muchas otras más.”

Luego de aquella profesión del apóstol, Jesús añade que sus discípulos estaremos abocados al sufrimiento y a la muerte: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser ejecutado”. Que “el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

Parece que enseguida de haber confesado a su Maestro como Mesías, Simón Pedro toma muy a pecho su encargo. Llama a Jesús aparte, para aconsejarle que la renuncia no debían ser su camino. Comienza, como dirían nuestros, campesinos a “ponerle cartilla al Señor”. Lo cual le vale un enérgico reproche delante de los demás discípulos: “Quítate de mi vista, Satanás. Tú piensas como los hombre, no como Dios”. Cabizbajo debió quedar el apóstol durante los siguientes días. Muy fervorosa su confesión de fe. Pero muy fuerte la reprimenda del Señor.

3.- Pero Cristo prefiere estas salidas en falso, estos altibajos, tan semejantes a los nuestros y no esa fe deslucida de tantos bautizados. Sin embargo el Señor no espera de nosotros que, en cada circunstancia posemos de cristianos, en actitud de foto publicitaria. Aguarda el Señor le confesemos con nuestra vida diaria, simple, sacrificada muchas veces, comprometida con los necesitados. Una vida que a todas horas tenga olor a Evangelio.


4.- FUE UNA RESPUESTA ADECUADA

Por Antonio García-Moreno

1.- LOS CANTOS DEL SIERVO.- El profeta vislumbra la doliente figura del siervo de Yahvé. Sus palabras cantan la historia maravillosa del que un día vendrá a salvar definitivamente a su pueblo. Historia extraña y desconcertante, historia de sangre y de dolores acerbos. Tan desconcertante que cuando la profecía se cumplió, los suyos no entendieron el sentido de aquella muerte vergonzosa en una cruz.

Pero Jesús sí que lo entendió. Y aceptó los planes insospechados del Padre Eterno, los proyectos de la sabiduría de Dios, insondable y siempre sorprendente... Dócilmente, como oveja que marcha al matadero, sin abrir la boca, sin poner resistencia, Cristo subió con decisión el difícil camino hacia el monte Calvario. Cristo vence la fuerte tentación de huida que le asaltó en la triste noche de Getsemaní. Y cuando llega la chusma armada hasta los dientes, buscando a Jesús el Nazareno, les sale al paso y exclama: Yo soy.

Cada cristiano ha de ser como Cristo. Diciendo con él: yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Y esto siempre, siempre. También cuando la noche negra del huerto de los olivos nos cubra con sus densas sombras. Entonces llorar y callar. Y rezar. Caminando, y cayendo, por ese camino que la sabiduría grande y el amor hondo de Dios nos ha señalado como nuestro camino de la Cruz, nuestro Vía Crucis personal. Sin quejas, sin complejo de víctimas, serenos, fuertes...

El profeta pone esta plegaria en labios del Siervo paciente de Yahvé: "Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado" (Is 50,7). La fuerza de Dios. Ahí está el secreto de ese vigor extraordinario, de ese cambio imprevisto. Hace unos momentos Jesús estaba postrado, doblado el cuerpo ante el peso de la pasión cercana, triste hasta la muerte, sudando sangre. Y ahora se levanta majestuoso, decidido, valiente, avasallador: ¡Yo soy! Y caen por tierra los bravos legionarios de la cohorte romana.

Si el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme? Es como un desafío que brota de los labios del hombre justo. Una firmeza inconmovible que le mantiene de pie... La fuerza de Dios. Y lo que era débil se vuelve fuerte. Y lo que aparecía como insuperable, se supera finalmente. San Pablo se hace eco de estos sentimientos: Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que aun a su hijo no perdonó sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente con él todas las cosas? Siendo Dios quien justifica, ¿quién será el que condene?

¿Quién nos separará del amor de Cristo? Sigue diciendo con firmeza el Apóstol. Porque estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios... Este es el secreto de la fortaleza en la dificultad: creer firmemente en el amor de Dios, en su poder sin límites. Y así, apoyados en él, sostenidos por él, caminar decididos al encuentro de esas mil dificultades que jalonan nuestra vida. Y al sentirlas llegar, buscándonos entre las sombras del miedo, responder serenos: ¿A quién buscáis? Aquí estoy.

2.- PARA TI, ¿QUIÉN ES CRISTO?- En el Evangelio de hoy vemos a Jesús que recorre las regiones norteñas de Palestina. Aquellas caminatas eran ocasión propicia para halar de las enseñanzas que el Maestro quería transmitir a sus discípulos. Eran instantes de intimidad en los que Jesús abría los tesoros de su corazón. A menudo les hace unas preguntas intencionadas que despiertan la curiosidad de aquellos hombres sencillos.

¿Quién dice la gente que soy yo? Unos dicen que eres Juan Bautista que ha resucitado, otros que eres uno de los profetas, o Elías que ya ha vuelto. Y vosotros -pregunta de nuevo el Señor-, ¿quién decís que soy yo? Pedro se adelanta y contesta decidido: Tú eres el Mesías.

Fue una respuesta adecuada, que San Mateo refiere con más detalle y nos muestra cómo Pedro estaba confesando la divinidad de Jesús, haciéndose eco de una revelación especial que entonces le fue concedida. En efecto, gracias a esa revelación, el primero de los apóstoles confesó que Jesús es el Hijo de Dios vivo, el Rey de Israel ungido por el Espíritu santo y enviado por el Padre, para salvar a todos los hombres. De ahí que quien no vea a Jesús tal como es, se equivoca. En efecto, Cristo no es un líder político, ni un revolucionario, ni un hombre de fuerte personalidad que arrastra a las muchedumbres gracias a su don de gentes. Él es el Mesías, el Hijo de Dios, El Verbo hecho carne, Dios hecho hombre.

Pedro respondió bajo la iluminación del Padre de las luces. Sin embargo, en el fondo no se percataba con claridad de lo que suponía aquella rendida confesión. Momentos más tarde, cuando el Maestro les anuncia que ha de morir en la cruz después de ser injuriado por sus enemigos, cuando les enseña la otra cara de la moneda, la Cruz, entonces es también Pedro quien interviene con vehemencia e increpa al Señor -!qué osadía!- para que desista de aquellos planes fatídicos. El sencillo pescador no repara en que el Maestro ha dicho que al tercer día resucitaría. Pedro sólo piensa en el dolor y la humillación que Jesús tendría que sufrir. Lo mismo le ocurrirá cuando el Maestro intente lavarles los pies

El Señor, de cara a los discípulos, dirige a Pedro uno de sus más duros reproches: Quítate de mi vista, Satanás. Y añade: Tú piensas como los hombres, no como Dios. Para llegar al triunfo definitivo hay que luchar antes, hasta la muerte si es preciso... Cuando se niega a que le lave los pies, Jesús le advierte que si no acepta no tiene parte con é. En el fondo le ocurría lo que a todos, que nos resistimos a la humillación y el sufrimiento. Olvidamos que para ser discípulo de Cristo hay que negarse a sí mismo, cargar con la cruz de cada día y seguir las huellas de Jesús. Con esfuerzo mantenido, con serenidad y con alegría, esperanzados, persuadidos de que vale la pena perder la vida para así poder gozarla.


5.- ¿QUÉ SOY PARA TI?

Por José María Maruri, SJ

1.- ¿Quién dice la gente que soy yo?... Miles de libros han dado respuesta a esta pregunta del Señor: teólogos, místicos, autores piadosos, novelistas, cineastas y hasta enemigos del cristianismo han tratado de participar entre lo que opina la gente con títulos como Rey de Reyes, La Pasión, Jesucristo, Superstar o, incluso de manera falaz y escandalosa, con “La última tentación”. Otros, han querido verle como un revolucionario al estilo del Che Guevara.

Como los apóstoles contestando lo que los demás piensan se quedaron tan anchos y satisfechos, así nosotros, pero se nos corta el resuello cuando el Señor cambia su pregunta por la que, en realidad, le interesa a Él: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”.

Ya no vale refugiarse en títulos de libros, novelas o películas, ni siquiera se responde con muy pulidas respuestas de catecismo. A Pedro no le valió. Contestó con una definición de aventajado discípulo de clase de religión, pero se le quedó en el tintero lo que el Señor le preguntaba: su disposición hacia Él, su disponibilidad, su compromiso, su decisión, su entrega… Y fue reprendido duramente. A Jesús no le valen respuestas de catecismo.

2.- El Señor, ni es teólogo, ni profesor de religión, ni quiere colegiales aventajados, ni teólogos famosos, ni predicadores “piquito de oro”. Jesús sube hacia Jerusalén, se va enfrentar con la enemistad de los más…Sabe en peligro su vida y quiere saber si cuenta con los suyos, gente que pierde la vida con Él, porque Él significa algo para ellos.

“¿Tú quien dices que soy yo?” ¿Qué significó su vida? Pensároslo cada uno en silencio. Contestároslo si podéis. Pero cuidadito porque es una respuesta que compromete y el Señor nos va a tomar la Palabra.

Desde las líneas de un libro, la imagen de un cine o el desenfado de un púlpito caben las frases bonitas, la cháchara. Pero nen el tú a tú con el Señor no vale más que la verdad, y la verdad compromete. Pedro de definió y negó. Tomás dijo “Muramos por Él…

3.- ¿Cuenta Jesús en nuestra vida diaria? ¿O le tenemos encerrado en la Iglesia? ¿Entra en mi despacho, en mi comedor?

--¿lo siento cercano, como a cualquier miembro de mi familia?

--¿cuenta en mis decisiones personales o familiares?

--¿oigo crujir sus pasos junto a los míos por el camino de la vida?

--¿es alguien al que miro y hablo para decidir que debo hacer?

La anécdota es muy conocida, y muy antigua, pero hermosa. Se cuenta del Padre Vilariño, autor de una preciosa biografía de Jesús que yendo sólo en el tranvía –allá en el Madrid de los años treinta del siglo pasado—charlando con el Señor, al acercarse el cobrador pidió instintivamente dos billetes, con gran admiración del tranviario… Así era de real Jesús para él.

Jesús no es el teólogo curioso, es el amigo y quiere saber si cuenta con sus amigos: ¿qué soy en tu vida?, ¿ocupo en lugar en ella?

4.- Hay muchos “quienes” en el Evangelio, la multitud se pregunta: “¿quién es éste que acalla a la tempestad?, ¿quién es éste que arroja a los demonios?, ¿quién, que perdona los pecados?, ¿quién es el que habla con autoridad? Quién, quién, quién, pero todos fuera de mí. El único quién importante para el Señor y para cada uno de nosotros es: “¿Quién es el Señor para mí?

A una persona se la define por su nombre y apellido, por la referencia a la familia que pertenece, por su carrera o cargo. Pero lo importante es quién es para mí, la persona sin la que no puedo vivir, la persona por la que soy capaz de dar mi vida. Lo único que me importa en la vida… Esta es la respuesta que Jesús espera de mí.


6.- Y NOSOTROS ¿QUÉ?

Por Javier Leoz

¿Qué decimos cuando, en un ambiente frío u hostil, se nos interroga sobre nuestra fe? ¿Qué respuestas ofrecemos, desde nuestra vivencia religiosa, cuando se nos plantea la ausencia o inexistencia de Dios en medio del mundo?

1.- Preguntas que, más que respuestas, exigen un convencimiento profundo de lo que somos y vivimos: somos cristianos y queremos vivir como tales. Ser cristiano, no es muy difícil. Pero “VIVIR COMO CRISTIANO” se hace más cuesta arriba. Sobre todo si, vivir como cristianos, implica ir contracorriente. Decir al “pan, pan y al vino, vino”. O, por ejemplo, no comulgar con ruedas de molino en temas o en problemas que, la sociedad, presenta como paradigma de progreso o bienestar social.

Como a Pedro, también a nosotros, el corazón nos puede traicionar. Queremos un Jesús amigo, confidente, compañero pero sin demasiadas exigencias. Aquel viejo adagio “serás mi amigo siempre y cuando no pongas piedras en mi camino” viene muy bien para reflexionar sobre el mensaje evangélico de este domingo. Jesús nos lo adelanta: “quien no coja su cruz y me siga no es digno de mi”.

2.-Es cómoda una fe sin obras. Una vivencia sin más trascendencia que un “bis a bis” con Dios. Sin más compromiso que la tranquilidad que supone el estar bautizado. El ser cristiano, pero sin aventurarse en dar testimonio de lo que creemos, escuchamos y sentimos: Jesucristo es nuestra salvación.

¿Que quieres vivir bien? ¡No te compliques la vida! Pero, viene el Señor y nos recuerda que para entrar por la puerta del cielo, hay que emplearse a fondo en su causa. Confesar el nombre del Señor no solamente es despegar los labios y decir un “sí creo”. Además nos exige un construir nuestra vida con los ladrillos de la fraternidad, el perdón y el testimonio de nuestra fe.

3.- ¿Queremos confesar, con todas las consecuencias, el nombre de Jesús? Aprendamos a conocerle más y mejor. Nos preocupemos de meditar su Palabra. De avanzar por los caminos que El nos propone. El Señor, además de bautizados en su nombre, desea gente de bien que viva según lo que nos exige el Bautismo: una vida en Dios, entregada a los demás y profundamente arraigada en Cristo.

4.- En cierta ocasión un nadador cruzó un inmenso río. Y, al llegar a la otra orilla, le preguntaron: “¿son profundas las aguas?” Y, el deportista, respondió: “la verdad es que no me he fijado. Solamente he nadado superficialmente. No he buceado”.

Algo así, queridos amigos, nos puede ocurrir a nosotros. Como Pedro podemos pretender quedarnos en lo bonito de la amistad, En la superficialidad de la fe. Pero, el Señor, quiere y desea que ahondemos en lo que creemos. Que vivamos según como pensamos. Y que, en definitiva, no rehuyamos de esas situaciones en las que podemos demostrar si nuestra fe es oro molido o arena que se escapa entre las manos. Y nosotros ¿qué?

5.- NO ME PIDAS DEMASIADO, SEÑOR

Porque tengo miedo a perderte si,

en el camino vislumbro piedras y encrucijadas.

Porque, mi vida, a veces cómoda y caprichosa

se mueve más con los impulsos del tic tac del mundo

que con el agua de la fe.

NO ME PIDAS DEMASIADO, SEÑOR

Porque, temo decirte que “te amo”

Cuando, tal vez, sin quererlo o sabiendo

me amo demasiado a mí mismo

alejándome de ti y de tus mandatos.

Porque, diciéndote que “te quiero”

me cuesta manifestar públicamente

que, tu camino y mi amistad contigo,

no siempre ha de estar lleno de aplausos

ni reconocido por los poderes del mundo

¡NO ME PIDAS DEMASIADO, SEÑOR!

Digo “creo en Ti” y miro hacia otro lado

Proclamo “espero en Ti” y me guío por otras estrellas

Grito “eres lo más grande”

y te dejo, pequeño e insignificante, con mis obras.

Como Pedro, Señor, yo te digo que tú eres el Hijo de Dios

El que rompe los ruidos de los cañones, con tu paz

El que resquebraja la violencia, con tu fraternidad

El que dinamita el odio, con la fuente de tu amor

Por eso, Señor, no me pidas demasiado.

Pero, ayúdame, a crecer en mi trato contigo

A descubrirte como la fuerza más poderosa

Como el Señor ante otras decenas de señores

Como lo más querido en mi vida y en mi corazón.

Amén


7.- NUESTRO RETRATO PERSONAL DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Los evangelios nos hacen muchas preguntas. Algunas nos llegan más que otras y a un buen número de ellas las tenemos prácticamente olvidadas. Pero la que hoy nos hace el evangelio de Marcos está presente –y ha estado y estará—en la conciencia de millones de cristianos. ¿Qué es Jesús de Nazaret para nosotros? Es cierto que cada uno tiene hecho un retrato propio del Maestro y es cierto, también, que muchos de esos retratos no coincidirán entre si, pero existen y conforman la vida del cristiano. Lo malo es si alguien no tiene en su corazón y en su alma –o, incluso, en su imaginación— el retrato de Jesús. Podríamos decir que, casi, es preferible tener un “mal” retrato que no tener nada.

Me parece que era Bernanos –el gran escritor francés del siglo pasado—quien dijo que cada uno tiene su imagen de Jesús, en forma de una característica o de un episodio de su vida, que primaba especialmente sobre los demás. Y añadía, en efecto, que eran muy variadas esas imágenes proyectadas personalmente. Bernanos decía que para él los acontecimientos de la Pasión eran lo que ponían en lenguaje de imágenes su percepción de Jesús. Y yo mismo escribí un día –al comentar a bote pronto esta misma cuestión—que a mi me llamaba la atención la idea del Jesús andariego, del Jesús caminante. Realmente podríamos decir en lenguaje cinematográfico que los evangelios con como una “road movie”. Y ese Jesús, que no para, busca continuamente hacer el bien, de un lado para otro. Es la imagen que tengo grabada en mi alma.

Pero a pesar de lo anterior, el interrogante “Y, vosotros, ¿quién decís que soy?” se muestra alguna vez sin respuesta, y ello ante cualquier acontecimiento nuevo. Es como si no termináramos de conocer al maestro, o como, asimismo, si las brumas algodonosas de la vida cotidiana tendieran a difuminar su imagen. Pedro tuvo más suerte. El Espíritu del Padre le iluminó y le llevó a definir con gran precisión quien era Jesús: “Tú eres el Mesías”. Pero el propio Pedro, mal conocedor de lo que, en verdad, tenía que ser el Mesías, quiso apartar a Jesús de su vocación y recibió del Maestro el peor apelativo: Satanás. Y es llamativo como la misma persona –Pedro—tiene, en un breve espacio de tiempo, un cambio tan importante a la hora de definir la persona o la misión de Jesús. ¿Nos pasa a nosotros igual? Sí, por supuesto. Porque si verdaderamente tuviéramos en nuestra alma y en nuestra memoria la definición cabal y verdadera de lo que es Jesús de Nazaret, no nos alejaríamos de Él, dando –tantas veces—prioridad a muchas cosas absurdas de este mundo.

2.- La liturgia de este domingo –como la de todos los domingos—nos da una respuesta a la pregunta de Jesús. Cuando la primera lectura, del Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a ser la misión del Mesías: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado. Y sinceramente muchos de nosotros mismos –hoy en día—y tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo evoquemos. Pero, claro, estamos donde estaba Pedro y nos seguimos preguntado: ¿hubiera sido posible la Redención de otra manera? Es probable que, como en el mismo caso de Pedro, la respuesta de Jesús a nosotros sería tan dura como la que recibió el. Y, naturalmente, motivada por lo mismo: pensamos como hombres, no como Dios. Y el intento humano de que Dios piense como nosotros es una constante permanente. De hecho, el deseo de construirnos un Dios a la medida permanece, a pesar de que Dios aprovecha cualquier circunstancia para decirnos lo contrario. El prodigioso misterio de la Cruz, que hemos celebrado el pasado jueves, sigue siendo algo difícil de explicar en nuestro caso, con pensamiento puramente humano. Pablo de Tarso, en su Carta a los Gálatas, parece tenerlo más claro y así el versículo que hemos proclamado en el canto del Aleluya supone una aceptación y conocimiento de la Cruz de enorme altura. Merece la pena repetirlo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.”

3.- Continuamos este domingo leyendo la Carta de Santiago, magnífico texto evangélico. Es, a nuestro juicio, no demasiado conocido y que merecerá la pena leerlo y releerlo para que entre en nuestra conciencia y en nuestra memoria. Hoy habla de la fe con obras, esa fe que si no tiene obras esta muerta. Pablo venía a decir que la fe ya era suficiente para llegar a la meta. La cuestión, de todos modos, es que si tenemos auténtica fe en Jesucristo intentaremos hacer las obras que él hizo y esas obras se traducían en el apoyo a los hermanos, a la mejora de su salud y al mejor conocimiento de la misión humana que Dios Padre ha puesto en las manos de los todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. En nosotros también. No puedo dejar de citar el salmo. Y lo hago, no tanto por citar aquí, en este comentario homilético, todos los textos de la liturgia, tras referirme y glosar el versículo del Aleluya. “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí” Necesitamos que nos escuche el Señor, pero sobre todo no debemos tener el alma cerrada a su palabra. Luego hemos respondido todos. “Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida”. Bellísimo, ¿no? En estos tiempos de muerte es esperanzador poder caminar en la presencia del Señor en el país de la vida. A mi me ha emocionado, no sé a vosotros…

Y termino. No puede olvidarse… ¿A qué no? La pregunta que Jesús nos ha hecho hoy está ahí buscando respuesta en nosotros mismos. ¿Qué es Jesús para ti? ¿O para mí? ¿O para aquel –o aquella-- que se empecina en no querer conocerle? Otra cosa son todos aquellos hermanos o hermanas que nunca han oído hablar de Él, o aquellos que han recibido una versión engañosa o disparatada de la persona y de la obra de Jesús. Tras tener nuestra respuesta de que es Jesús de Nazaret en nuestra vida, tenemos que salir a la calle a explicárselo a quienes no saben quien es. No podemos eludir esa obligación. Si lo hacemos llenaremos de felicidad a muchas hermanas y hermanos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DE EXCURSIÓN

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Uno de los parajes de Tierra Santa que más me gusta visitar y, si Dios quiere, dentro de pocos días podré hacerlo, es allí donde nace la principal fuente del Jordán, hoy llamado Banias, lugar donde en tiempos de Jesús, acababa de surgir una nueva población, a la que el tetrarca Felipe puso por nombre, en honor del emperador romano, Cesarea. De esta ciudad quedan muchos restos arqueológicos, especialmente de carácter religioso. Altares y hornacinas en honor del dios pastoril Pan. El paisaje es impresionante, pertenece a las estribaciones del Hermón, de nieves perpetuas. Hoy en día, ya no veo siempre en verano los heleros que observaba antaño y que Jesús contemplaría. Será consecuencia del cambio climático. Es un lugar muy apto para ir de excursión y, probablemente, el pasaje de la misa de hoy ocurrió durante las fiestas de las tiendas o sukkot, que se celebraban a finales de verano. En una situación así y en un tal entorno, hoy diríamos que se desconecta y que uno va a cargar pilas, lejos del barullo de las ciudades.

Todos vosotros, mis queridos jóvenes lectores, alguna vez os habréis mirado al espejo preguntándoos: ¿Cómo soy yo? Y también os habrá intrigado saber que piensan de vosotros los demás. Porque uno puede conocer como le juzgan los profesores por la nota que le ponen, o el empresario por el jornal que le asigna y la responsabilidad que le confía, pero importa mucho saber que opinión tienen de uno los compañeros, aquellos que amamos o nos quieren, con quienes tanto compartimos.

2.- Jesús no era en esto diferente. El lugar donde se encontraban es muy apto para las confidencias, que son señales de confianza. La montaña, aquella gruta impresionante abierta bajo un enorme peñasco, el silencio y el suave rumor del manantial, son escenario muy propicio para formular preguntas de estas. ¿Quién dicen que soy? ¿Quién creéis vosotros que soy yo? Se adelanta Pedro y afirma decidido que Él es el Mesías. De acuerdo que el Señor acepta la respuesta, y sabemos por otros evangelistas, que le anunciará la misión que piensa confiarle, pero hoy me ceñiré al fragmento relatado según Marcos.

El Maestro huye de halagos. Hay gente hoy en día que no se siente satisfecha si la prensa o la televisión no hablan de él, o si, en los buscadores de Internet, no aparece su nombre centenares de veces, que su máximo gozo es ser homenajeado, satisfaciendo así su vanidad. Jesús no es de este modo. Los comentarios que les hace son un jarro de agua fría que vuelca sobre ellos. Les anticipa que será juzgado por las autoridades, que será condenado y ajusticiado. Está echando todo a perder y Pedro no lo puede resistir y trata de conducir la conversación por terrenos laudatorios. Bruscamente le interrumpe el Señor: ¡fuera de aquí, satanás! A nosotros tal respuesta nos deja indiferente, no es “políticamente correcto” hablar hoy del demonio. Pero en aquel tiempo, y para aquella gente, sonaba como el peor insulto. Algo así como si le dijera que era un hijo de… Y se lo tuvo que tragar.

Si el lugar era placido, las sentencias del Señor fueron inquietantes: es preciso ningunearse si se quiere ser discípulo suyo, llamadle fan, si os suena a más actual.

Quien quiera triunfar, debe jugarse la vida, arriesgarse. Aceptar la derrota o la marginación, por ser fiel al Señor. Sólo desde este aparente fracaso, se logra el triunfo. Son paradójicos los criterios del Señor, no lo olvidéis.

3.- La epístola de Santiago es sumamente práctica. A veces afirmamos de alguien que es cristiano practicante porque va a misa y nada interesa de su comportamiento en su entorno. El criterio expresado en la carta es lo contrario. Es cristiano practicante aquel que arrima el hombro, que acompaña, que se sacrifica, que es generoso… Puede uno legítimamente pensar ¿así la Iglesia es una simple ONG, de mayor categoría, pero nada más? Muy al contrario. El programa de comportamiento cristiano es de tal talla, que exige la Fe para poder cumplirlo, que es necesaria la ayuda de la Gracia sacramental, llámale escuchar la Palabra proclamada y comer la Eucaristía, ir a misa, dicho vulgarmente, para ser capaz de llevarlo a término. Ser amigo de Jesús, no lo olvidéis.

Creedme, en ciertas temporadas que yo mismo no tengo obligaciones profesionales en ninguna iglesia, que nadie me espera para la celebración litúrgica, cada día, frecuentemente por la noche, en la soledad de mi iglesita, celebro misa, aun estando yo sólo. Quiero ser sacerdote cristiano practicante y, para conseguirlo, se que es preciso alimentarme de la Eucaristía. Pero si me considero practicante, es porque respondo a los planes que Dios tiene preparados para mí, es decir: ayudo, acompaño, enseño.