EVANGELIO: LA PREGUNTA DE LA SEMANA

Tendría mucho sentido construir un conglomerado de pensamiento cristiano si cada semana un grupo de gente se hace —y responde a modo de encuesta— la pregunta más llamativa que contiene el Evangelio de cada domingo. Este domingo, desde luego, es insuperable " ¿Y tú quien dices que soy yo?" Cada cristiano debería responder a la pregunta dictada con toda diligencia y entrega, porque si no tiene respuestas es que, verdaderamente, no es cristiano. Y si, por otra parte, no encuentra la respuesta, deberá hurgar en el interior de su corazón y de alma para encontrarla. El conjunto de muchas respuestas, debidamente ordenadas y codificadas, como en las encuestas, nos darían muchas luces para la vida en común de cristianos. Esta semana, incluso, hay otra pregunta muy válida: "¿Y quien dice la gente que soy yo?", pues si admitimos que la "gente" no es del "grupo", encontraríamos, asimismo, otras muchas cuestiones de interés. Hay una admiración generalizada por la figura de Cristo incluso en los nos creyentes.

Pero para no quedarnos en sólo la pregunta de este domingo, pues el "juego" sería reunir una cuestión cada semana, podríamos ver como el próximo domingo, el XXV del Tiempo Ordinario, nos advierte sobre que "quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos" ¡Ahí es nada! ¡Un primero, un jefe, que sirve y no manda! Ríos de tinta para la encuesta, sin duda. Pero si nos remontamos a la semana anterior sacaríamos la frase de "todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos". Opiniones sobre el quehacer de Jesús es también un tema de enorme interés. Como se ve, cada domingo tendríamos frase para dialogar y comentar. Y con ello sacaríamos una gran enseñanza.

Lo malo —sin embargo— es que el evangelio de cada domingo no nos interpele en nada y salgamos de la eucaristía como entramos: con la cabeza vacía. Si cada domingo fuéramos capaces de llevarnos a casa una pregunta o una frase y trabajar honradamente sobre ella, llegaríamos muy lejos. Y si, por otro lado, el resultado de nuestros pensamientos es ofrecido a aquellos hermanos a los que nunca se las ocurre nada habríamos dado un paso de gigante en nuestra obligación de apostolado: de transmitir la Palabra de Dios en el fondo y en la forma.