LA ORACIÓN ACRECIENTA LA FE

Por Ángel Gómez Escorial

En un momento dado, una frase escuchada mil veces toma especial relevancia e, incluso, abre en nosotros matices insospechados. La frase “la oración acrecienta la fe” fue pronunciada en una homilía del pasado viernes, por un sacerdote amigo, en un contexto más amplio, pero se quedó en mi, ahí, quieta y viva, y relampagueando como la luces de situación de un avión. ¿No sabia yo ya eso? ¿O lo había olvidado? ¿O mi oración no era lo suficiente completa y cercana a Dios como para no nutrir y alimentar mi fe? Algo de eso había, sin duda.

La realidad es que si no trabajamos diariamente en nuestra oración y si ésta no se sale del puro trámite o de la repetición sin alma de algunas preces, al no hablar directamente, con Dios la fe se reblandecerá.

Hay gentes, muy piadosas, que temen hablar con Dios. Les parece tan alto e inalcanzable que se temen que jamás les conteste, con lo cual se debilitaría su fe. Cuando el realidad Dios siempre contesta. Y lo hace de muchas maneras. Por causas interpuestas o hechos fortuitos o, incluso, por alguna frase inesperada que, no pocas veces, aparece en nuestra mente y que nos da respuesta a alguna petición, aunque, tal vez, esa respuesta no se acerque, en nada, a lo que nosotros esperábamos.

Hay otros hermanos que “creen por narices”. Es decir, señalan que les ha enseñado a creer en lo que no se ve y que aunque no tengan la menor cercanía personal a lo que contiene la fe, creen porque hay que hacerlo. Sin molestarse en buscar o preguntar a Dios. Pero es obvio que la creencia por obligación o compromiso termina desmoronándose.

Lo mejor es disponer de un rato para hablar con Dios en confianza, como uno lo hace con un ser querido con el que tiene mucha confianza. No es hablar solamente. A partir del inicio del diálogo, del coloquio, tendremos la sensación de que no estamos hablando al aire o a una pared. Eso es algo más que una simple sugestión. Es posible, sin duda, que no todos los días, se pueda establecer una conversación fluida, inteligible y hasta muy novedosa. Habrá veces que reforzar nuestro procedimiento de oración habitual. Y si, por ejemplo, para nosotros un procedimiento del rato de oración es la lectura de la Biblia o de un libro religioso, debemos intensificar esa lectura, antes que dejar la mente vagando en el infortunio de que “ese día” no hablamos con Dios.

La cuestión final es que si no rezamos con todo el alma colgada en la esperanza --la oración es hablar con Dios—iremos perdiendo fe. La rutina y la pasividad en la lucha contra las distracciones no ayudan. Recemos y tendremos a Dios junto a nosotros. Nuestra fe, entonces, es amplia y fácil. ¿Qué más queremos?