LA ORACIÓN DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL MISTERIO SE ABRE

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

"Pero, comprendiendo que no podía poseer la Sabiduría si Dios no me la daba, - y ya era un fruto de la prudencia saber de quién procedía esta gracia,- recurrí al Señor y le pedí, y dije con todo mi corazón" (Sb 8,21a)

Hemos visto al rey Salomón explayarse en la descripción de la ley natural que ilumina, a su modo, la conciencia del hombre, al mismo tiempo que la dota de una cierta sabiduría. A renglón seguido asistimos a lo que podríamos considerar un salto espectacular en lo que se refiere al curso de sus reflexiones. Es como cuando vemos correr mansamente las aguas de un río y, de pronto, a causa del estrechamiento de su cauce o el cambio brusco de la orografía, la corriente se vuelve rápida e impetuosa.

El cambio viene dado al nombrar Salomón a la Sabiduría, así, con mayúscula, como cualidad propia de Dios que, en su inmensa bondad, concede al hombre. Sabe el rey que esta sabiduría no nace de lo que podríamos llamar nuestra naturaleza humana. Si alguien la posee es porque Dios la ha hecho emanar de sí mismo hacia él. Más aún, señala que el hecho de comprender que la sabiduría procede de Dios, ya es de por sí fruto de una exquisita prudencia. Un hombre que sabe y comprende esto tiene un grado altísimo de discernimiento.

El apóstol Pablo nos ofrece en su primera carta a los Corintios una acertadísima exposición catequética en la que dirime con autoridad la distinción entre la sabiduría natural y la que, como hemos visto, es propia de Dios quien, en su magnanimidad, hace al hombre partícipe de ella.

Dice el apóstol -tratando acerca de la fe, la cual nos hace comprender, penetrar el Misterio de Dios- que éste es inabarcable desde el saber de la simple naturaleza humana: "El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. No las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas" (1 Co 2)4).

Tengamos en cuenta que Pablo no está diciendo que el hombre, haciendo uso exclusivamente de los recursos de su naturaleza, no pueda llegar al descubrimiento y convicción de la existencia de Dios. Lo que está diciendo es que sólo desde sus dotes naturales no puede penetrar en lo que Él es, es decir, conocer su Misterio.

De hecho, en la misma catequesis dirá que esta Sabiduría que emana de Dios es misteriosa. Es como si nos quisiera decir que hace parte de su Misterio. Visto esto, es evidente que es una sabiduría escondida y, más aún, desconocida para los príncipes de este mundo. De hecho, continúa Pablo, si la hubiesen conocido no hubiesen crucificado al Señor Jesús: "Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para nuestra gloria, desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. (l Co 2,7-8).

Una vez que Pablo aclara la condición sobrenatural de la Sabiduría, así como su trascendencia en lo que respecta a nuestra mente e inteligencia que se mueven a niveles de nuestra naturaleza -cosa que hace con una elegancia magistral-, proclama una gran y esperanzadora noticia: los predicadores del Evangelio de todos los tiempos, entre los cuales, por supuesto, también se cuenta él, anunciarán por todo el mundo el Misterio de Dios escondido, pero también contenido, en la Palabra, en el Evangelio. Desde él, Dios se hace visible, audible y comprensible a los sentidos de nuestro espíritu.

Esto es posible porque Dios mismo es quien se va revelando a 10 largo de la predicación evangélica: "Más bien, como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios" (l Co 2,9-10).

Quizá a alguien le puedan parecer atrevidos estos enunciados catequéticos de Pablo. No hay duda de que lo serían si solamente fueran una creación literaria o poética suya. La cuestión es que son convicciones que nacen de su experiencia de fe, de su conocer a Jesucristo desde Él mismo por ser la Palabra del Padre.

No es literatura sino experiencia. Entremos en ella, oigamos lo que él mismo nos dice, qué ha supuesto y supone para él su crecimiento en el conocimiento del Señor Jesús: "Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo…, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte" (FI3, 7-1O).