XXI Domingo del Tiempo Ordinario
23 de agosto de 2009

La homilía de Betania


1.- SER MUY HUMILDES Y SINCEROS

Por Antonio García-Moreno

2.- ¿NOS MARCHAMOS O NOS QUEDAMOS?

Por Javier Leoz

3.- CRISIS EN GALILEA

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- POR QUÉ NOS QUEDAMOS

Por José María Maruri, SJ

5.- SEGUIR Y SEGUIR… A JESÚS, A PESAR DE LAS DIFICULTADES.

Por José María Martín OSA

6.- LAS PALABRAS QUE OS HE DICHO SON ESPÍRITU Y VIDA

Por Gabriel González del Estal

7.- ABANDONO Y DISCREPANCIA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


COMPROMETERSE, ARRIESGARSE POR AMOR

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- SER MUY HUMILDES Y SINCEROS

Por Antonio García-Moreno

1.- Mujer y marido.- "Las mujeres que se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer; así como Cristo es cabeza de la Iglesia" (Ef 5, 22). Estas palabras de San Pablo dan la impresión de que era un tanto antifeminista, como si estuviera en contra de la igualdad del hombre y de la mujer. Pero hay que reconocer que sólo es una impresión, sacada además de unas frases sueltas. El mismo apóstol dirá en otro lugar que ante Cristo no hay griego ni judío, ni hombre ni mujer, sino que todos son iguales ante el Señor. Palabras que sin duda resultaban atrevidas en el tiempo en que se dijeron, cuando la misma sociedad consideraba a la mujer como un ser inferior respecto del hombre.

Y, en realidad, esa condición de la mujer sobre la que habla aquí el Apóstol no supone un menoscabo hacia ella, como si fuese una especie de esclava de su marido, o de criada gratuita, sin voz ni voto, con la única finalidad de trabajar y de dar hijos al marido… En realidad, lo que Pablo quiere decir es que la mujer ha de estar dispuesta a ser esposa y madre, con todo lo que eso lleva consigo de honor y de responsabilidad. Desligarse de esas dos facetas de su vida familiar, como mujer casada, es destruirse a sí misma y hacer del hogar un infierno en donde no se puede vivir.

San Pablo pasa luego al reverso de la medalla. Se enfrenta con el hombre y le recuerda la gravedad de la misión que, al casarse, ha puesto Dios sobre sus hombros. Ante todo ha de amar a su esposa como Cristo amó a su Iglesia, nada menos. Y sigue diciendo: "Él se entregó a sí mismo por ella para consagrarla, purificándola con el baño del agua y de la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino casta e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son".

"Amar a su mujer es amarse a sí mismo, añade -San Pablo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne..." Ojalá, tanto la mujer como el marido, se percaten de lo que significan estas palabras y se esfuercen por vivirlas. Sólo así se salvará la familia y con ella toda la sociedad.

2.- Sólo los humildes.- Este modo de hablar es inadmisible, dijeron muchos de los que escucharon las palabras del Maestro divino, sobre la necesidad de comer su carne y de beber su sangre. Hoy también hay quienes repiten lo mismo, quienes se echan atrás a la hora de ser consecuentes con las exigencias, a veces duras, que comporta la fe. Son los que ven las cosas con criterios humanos, juzgan los hechos con medidas terrenas; olvidan que sólo con la fe y la esperanza, con un grande y profundo amor, podremos entender y aceptar la revelación de Dios.

Jesús les explica de alguna manera el sentido de sus palabras sobre la Eucaristía. Les hace comprender que lo que ha dicho tiene un sentido más profundo, del que parece a simple vista. Su carne y su sangre son ciertamente comida y bebida, pero no en un sentido meramente físico, como si se tratase de una forma de canibalismo. Se trata de algo muy distinto que, en definitiva, sólo por medio de la fe se puede aceptar y, en cierto modo, hasta entender.

Lo que sí hay que destacar es que Jesús no se desdice de lo que ha dicho acerca de su presencia real en la Eucaristía, y sobre la inmolación de su cuerpo y su sangre en sacrificio redentor por todos los hombres. Por otra parte, es preciso subrayar que en ocasiones seguir a Cristo supone negarse a sí mismo, dejar el propio criterio y abandonarse en la palabra y en las manos de Dios.

Para eso hay que ser muy humildes y sinceros con nosotros mismos. En el fondo, humildad y sinceridad se identifican. Se trata, en una palabra, de reconocer la propia limitación de entendimiento y comprensión, aceptar que uno es muy poca cosa para captar bien todo lo referente a Dios. Fiarse del más sabio y del más fuerte, saberse pequeño y torpe, escuchar con sencillez al Señor.

Entonces sí "comprenderemos", entonces sí aceptaremos. Dios que siente debilidad por los humildes, nos iluminará la mente y nos encenderá el corazón, para que la dicha y la paz inunden nuestro espíritu, en ese acercamiento supremo entre Dios y el hombre, que se realiza en la Sagrada Eucaristía.


2.- ¿NOS MARCHAMOS O NOS QUEDAMOS?

Por Javier Leoz

Recientemente, el Papa Benedicto XVI, nos sorprendía con su nueva encíclica "Caritas in veritate", llamándonos la atención sobre las distorsiones en la gestión del sistema financiero y manifestando su preocupación por los problemas sociales. Algunos sectores la han tildado como excesivamente dura. Otros, por el contrario, han llegado afirmar que es realista, muy comprometida y comprometedora.

1. - Jesús tampoco dejó indiferente a nadie. Cuando tuvo que hablar, alto y claro, lo hizo. Sin componendas ni miramientos. Aún a riesgo de perder, por exigir demasiado, a gran parte de los suyos. Pero es que, Jesús, quería eso: autenticidad y sinceridad en sus seguidores.

La predicación de Jesús, lejos de ser una imposición, era y sigue siendo una propuesta. A nadie se nos obliga a llevar la cruz en el pecho y, mucho menos, a decir que somos cristianos si –por lo que sea- no lo tenemos claro.

Hoy, con más severidad que nunca, estamos viviendo una deserción de la práctica de fe. Parece que lo que se lleva, es decir “no soy practicante” “a mi la Iglesia no me va” “paso de rollos religiosos”. En el fondo, hay un tema más grave: nadie queremos complicaciones. Los compromisos, de por vida, nos asustan; como en el evangelio de este domingo: encrespó el modo de expresarse y las directrices que marcaba Jesús de Nazaret.

2. - El Señor, porque sabe y conoce muy bien nuestra debilidad, siempre tiene sus puertas abiertas: unas veces para entrar y gozar con su presencia y, otras, igual de abiertas para marcharnos cuando –por lo que sea- nos resulta imposible cumplir con sus mandatos. Ahora bien; permanecer con El, nos lo garantiza el Espíritu, es tener la firme convicción de que nunca nos dejará solos. De que compartirá nuestros pesares y sufrimientos, ideales y sueños, fracasos y triunfos. Porque, fiarse del Señor, es comprender que no existen los grandes inconvenientes sino el combate, el buen combate desde la fe. Y, Jesús, nos adiestra y nos anima en esa lucha contra el mal y a favor del bien.

--¿Cuándo hemos dejado al Señor sólo?

--¿Sabemos estar en su presencia sin más compañía que el silencio?

--¿Nos planteamos, con frecuencia, lo que significa y conlleva el ser cristianos?

--¿Nos duele, en algún momento, la proclamación de la Palabra de Dios?

Estos interrogantes, al final de esta breve reflexión dominical, pretenden incentivar nuestra fe dormida. Si creemos y servimos al Señor, que lo hagamos con valentía, con transparencia y sabedores de que, seguirle, aunque no sea un camino de rosas, merece la pena.

3.- VOY CONTIGO, SEÑOR

Porque eres el único que permanece,

la verdad que nos hace libres

el sol que, más allá del que alumbra en lo alto,

nos alumbra una eternidad en el cielo.

Te lo prometo, Señor; yo no me voy

Porque, en el mundo, cambian muchas cosas

Lo que es amor, luego se convierte en egoísmo

Lo que es gratuito, a continuación es alto precio.

Tú, en cambio Señor, cumples lo que prometes

con un amor leal, legal y sin límites.

¿Se puede pedir algo más santo y bueno, Señor?

VOY CONTIGO, SEÑOR

Porque, en medio del recio viento,

eres veleta que orienta para no perderme

Porque, en medio del bravío mar,

eres timón seguro que siempre lleva a buen puerto

Porque, si miro hacia atrás,

sé que el arado que agarra mis manos

no podrá trabajar con la misma fuerza y hondura

que mirándote a los ojos, Señor.

VOY CONTIGO, SEÑOR

Ayúdame a no desertar, a no alejarme de Ti

Te doy las gracias,

por la libertad que me ofreces para seguirte

Te doy las gracias,

porque, aún en medio de tanta seducción,

sigues optando por mí,

sigues esperando mi respuesta

sigues añorando mi presencia.

VOY CONTIGO, SEÑOR

Ayúdame a cumplir con este reto,

con esta firme propuesta:

quiero estar contigo, Señor

Quiero estar a tu lado, siempre, Señor.


3.- CRISIS EN GALILEA

Por Gustavo Vélez, mxy

“Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?”. San Juan, cap. 6.

1.- Crisis y crisol, dos palabras derivadas del griego, proceden de la misma raíz. Lo cual enseña que toda situación crítica puede llevarnos a la purificación, al crecimiento. O conducirnos hacia la desgracia. Ambos efectos se produjeron aquella vez por las colinas próximas al lago, cuando el Maestro explicó que daría a comer su propio cuerpo.

Leemos en san Juan que muchos discípulos dijeron: “Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quién puede hacerle caso?”. Pero aún más: “Desde entonces muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con Jesús”. Sin embargo tal desconcierto fue una maravillosa oportunidad para que Simón Pedro creciera en la fe y manifestara su adhesión a Jesús. Cuando el Maestro, probablemente entristecido, les pregunta a sus más allegados: “¿También vosotros queréis marcharos?”, Pedro, en nombre del grupo, le responde: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

2.- Terencio, un poeta latino del siglo II antes de Cristo, nos dejó una enseñanza que define nuestra humana condición: “Soy hombre y nada de lo que es humano me es ajeno”. Pero nuestro propio misterio no discurre siempre por una ruta astral, llena de lumbre. Avanza por caminos difíciles, donde abundan las dificultades. Es necesario entonces, en todo proyecto, mantener disponible una partida para imprevistos. Entre las crisis que nos golpean aflora con frecuencia una de tinte religioso. Desde una vieja concepción, imaginamos a la Iglesia como una sociedad perfecta. Y luego comprobamos las fallas de su estructura, de quienes la gobiernan, de quienes la integramos.

3.- A la par nos envuelve una crisis de fe. Cuando creer y orar no significan nada, sino más bien una experiencia dolorosa, colmada de incertidumbres y de angustias. Otra crisis no menos cruel nos oprime, cuando dejamos desbordar nuestra sexualidad. Entramos entonces en honduras inimaginables, llenas de oscuridad y remordimientos. Todo lo anterior genera, por simple lógica, variadas crisis de familia que deterioran a todos sus miembros. De allí tantas enfermedades sicológicas, tantos conflictos, tantas vidas deshechas.

4.- Pero gente curtida en la experiencia señala un remedio eficaz contra las crisis. Se resume en un verbo: Acudir. Si buscamos sinceramente, encontraremos a nuestro alrededor a muchos que quieren ayudarnos. Y obviamente, acudir al Señor. San Pedro ya lo dijo con merecida autoridad: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. No sabemos si el apóstol acudió a Jesús, o meramente se dejó encontrar por él, luego de aquella amarga negación del Maestro. “Y entonces rompió a llorar”, anota san Marcos.

5.- Diríamos que el Señor se porta aquel día con la inclemencia de un buen cirujano: Le pregunta tres veces al apóstol delante de sus compañeros: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro hubiera podido envolver su conducta en mentiras, o romper definidamente con Jesús, pero prefirió enfocar su crisis con sincera humildad, declarando: “Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo”. Manera magistral de acudir a quien todo lo sabe y todo lo puede.

Quienes venimos soportando varias crisis, quienes hemos superado algunas más, saboreamos con gusto especial aquel versículo de san Marcos, cuando nos cuenta la tempestad en el lago: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.


4.- POR QUÉ NOS QUEDAMOS

Por José María Maruri, SJ

1.- Esta contestación de Pedro siempre me trae a la memoria a un buen amigo asturiano que marcaba el énfasis de las palabras con sonoros tacos y en el “a quién vamos a acudir” entre el “quien” y “el vamos a acudir” intercalaba un taco redondo que explicaba la decisión de Pedro, al tiempo que expresaba su propia adhesión al Señor Jesús que él de otra manera no sabía explicar.

2.- La pregunta del Señor a sus apóstoles: “¿También vosotros queréis marcharos?” implica otra pregunta que cada uno deberíamos hacernos “¿Por qué nosotros nos quedamos?”

A nuestro alrededor son muchos los amigos, familiares y aun hijos, que no se han quedado, al menos en la Iglesia. ¿Por qué nosotros nos quedamos?

En medio de la tempestad que azota a toda la Iglesia y a toda la sociedad, que ha arrancado tantas ramas en su tronco, ¿por qué nosotros nos quedamos?

Es muy fácil decir que las ramas caídas eran las secas y podridas, lo cual no es verdad, porque la tempestad también arranca ramas llenas de follaje y de buenos frutos y con más facilidad cuando el peso de los frutos es mayor.

¿Por qué nos quedamos? ¿Por pura inercia de una educación recibida, de unas larga costumbre adquirida?

Yo creo que la primera respuesta es porque el Señor no permitió que la tempestad nos azotara con demasiada furia. ¿Quién se nosotros puede afirmar que nos hubiéramos quedado si nos hubiéramos visto en las circunstancias de los que no se han quedado?

3.- Supuesta esa primera respuesta, hay otra creo tiene que ver con aquel: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Es el peso de la palabra del Señor, el ancla que nos sujeta junto a Jesús. Esa palabra que, sin ruido, sin sonido, sin ser pronunciada habla al corazón.

--Palabra sincera que no nos engaña, no nos oculta la dificultad, nos habla de seguirle con la cruz, pero fortalece, alienta y consuela.

--Palabra que no habla a los oídos sino que va derecha al corazón y allí da peso y se hace lastre de la barquilla en medio de la tormenta.

--Nos quedamos como hijos en la Casa del Padre, en nuestra casa, en nuestro hogar.

--Nos quedamos simplemente porque sí. Felipe, el más sencillo de los apóstoles no supo contestar a Jesús como lo hizo Pedro, pero su adhesión al Señor era tan firme como la suya y tenía la fuerza del sonoro taco de mi amigo asturiano. Pedro negó al Señor; Felipe, no:

Vamos a decirle al Señor con Pedro o, mejor, con Felipe: ¿Señor a quien vamos a ir? Nos quedamos junto a Ti, aunque no sepamos explicar, en nuestra ignorancia, las razones… no necesitamos palabras para estar a gusto junto a las personas que queremos. Aquí nos quedamos porque sí.


5.- SEGUIR Y SEGUIR… A JESÚS, A PESAR DE LAS DIFICULTADES.

Por José María Martín OSA

1.- Servir al Señor. El texto del Libro de Josué recoge la llamada “Asamblea de Siquem. Fueron convocadas todas las tribus de Israel. Dios mantiene su promesa: tierra y libertad. El pueblo se compromete a no tener más dioses y a servir sólo al Señor. Josué les deja en libertad para escoger servir al Señor o a los otros dioses. El pueblo entero responde: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!” Su decisión firme es “servir al Señor”. El concepto de servicio aquí no tiene que ver nada con la esclavitud. Dios libera siempre y lo único que quiere es precisamente la libertad de su pueblo.

2.- Muchos abandonan a Jesús. Contemplamos dos reacciones bien distintas ante el discurso de Jesús por parte de quienes le escuchan. Para algunos, su lenguaje es demasiado duro, incomprensible. Hay crisis, cisma, escisión, abandono, ruptura, fin del camino para muchos de los que, por curiosidad u otros motivos, se han ido acercando a Jesús. Eran discípulos a tiempo parcial. Discípulos de los buenos tiempos. Discípulos de las palabras bonitas, del pan fácil y de los milagros sorprendentes. Han oído muchas cosas interesantes, pero cuando empieza a ser preciso implicarse un poco más, dan media vuelta. Muchos conocen a los padres de Jesús, saben de dónde viene, y parece que eso les impide ver más allá. Y el mismo evangelista nos da una pista para entender la actitud de estas personas: no creían, no estaban dispuestas a aceptar las enseñanzas de Jesús, frecuentemente incomprensibles para ellos.

3.- Seguir y obedecer a quien se ama. Por otro lado, vemos la reacción de los Apóstoles, representada por san Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos». No es que los doce sean más listos que los otros, ni tampoco más buenos, ni quizá más expertos en la Biblia; lo que sí son es más sencillos, más confiados, más abiertos al Espíritu, más dóciles. Les sorprendemos de cuando en cuando en las páginas de los evangelios equivocándose, no entendiendo a Jesús, discutiéndose sobre cuál de ellos es el más importante, incluso corrigiendo al Maestro cuando les anuncia su pasión; pero siempre los encontramos a su lado, fieles. Su secreto: le amaban de verdad. San Agustín lo expresa así: «No dejan huella en el alma las buenas costumbres, sino los buenos amores (...). Esto es en verdad el amor: obedecer y creer a quien se ama». A la luz de este Evangelio nos podemos preguntar: ¿dónde tengo puesto mi amor?, ¿qué fe y qué obediencia tengo en el Señor y en lo que la Iglesia enseña?, ¿qué docilidad, sencillez y confianza vivo con las cosas de Dios?

4.- Jesús te pregunta: ¿También tú quieres dejarme y marcharte? En la vida de todos los seguidores de Jesús, hay un momento en que se plantea un interrogante parecido al del Evangelio de hoy. ¿Continuamos adelante con Jesús a pesar de que sus palabras parecen duras, o damos media vuelta y le abandonamos? A veces nos cansa ser buenos, nos aburre ser justos, nos hastía poner la otra mejilla, queremos ser como todos, nos asaltan las dudas y la incredulidad. Es cuestión de pensar seriamente a quién o a qué queremos seguir, con qué criterios deseamos organizar nuestra vida. Si tú tienes ganas de dar sentido a tu vida, si quieres dejar de sentirte insatisfecho, atrévete a decir, como Pedro: “Señor, ¿a dónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.” Puede que sea duro al principio, pero después de la cruz, siempre viene la Resurrección. De esta manera, a pesar de las caídas, de los tropezones, podremos seguir hacia la Felicidad, por encima de felicidades o alegrías pasajeras. Confía en Él, y mantente firme en la opción realizada. No estás solo, está Jesús contigo.


6.- LAS PALABRAS QUE OS HE DICHO SON ESPÍRITU Y VIDA

Por Gabriel González del Estal

1.- Leer, meditar, el evangelio debe ser para nosotros como inspirar un chorro limpio y puro de vida. En eso debe diferenciarse la lectura del evangelio de la lectura de cualquier otro libro; leyendo el evangelio estamos bebiendo del mismo manantial donde nace el agua de la vida, estamos impregnándonos directamente del mismo espíritu de Jesús de Nazaret. Es verdad que debemos saber leer el evangelio con suficiente inteligencia y discernimiento, porque, después de todo, el evangelio también ha sido un libro escrito por hombres, dentro de un determinado contexto histórico y social. El evangelio está inspirado por Dios y el autor trata de ser fiel al autor primero, que no es otro que el mismo Jesús. Pero Jesús de Nazaret no escribió nada; el evangelio está escrito y redactado por hombres que vivieron y escribieron bastantes años después de que Cristo hubiera subido ya al cielo. Sabemos que el texto del evangelio está redactado dentro de un contexto determinado y en una lengua distinta a la que usó Jesús. Esto condiciona necesariamente el sentido de algunas frases y situaciones. Por poner un solo ejemplo: en el mismo evangelio podemos leer que, en un momento determinado, Cristo nos dice que él no ha venido al mundo a traer la paz, sino la espada y, en otros muchos textos, con distinto contexto, nos repetirá “la paz os dejo y la paz os doy”. No podemos entender bien un texto, si no conocemos el contexto en el que fue escrito. En cualquier caso, de lo que no tenemos ninguna duda es de que los cuatro evangelios canónicos, tal como hoy los leemos, sí reflejan fielmente las frases, el pensamiento y la vida del Maestro. Esto debe ser suficiente para nosotros, que no somos científicos ni exegetas, dejando para los investigadores y exegetas bíblicos otros problemas lingüísticos y redaccionales. En este sentido, yo creo que es bueno que, cuando meditamos y leemos el evangelio cada día, lo hagamos como si estuviéramos oyendo hablar al mismo Cristo. Mi consejo es que, cuando leemos el evangelio, nos dejémonos llenar directamente del espíritu de Cristo, tratemos de meternos espiritualmente dentro de él, para que él mismo impregne, guíe y gobierne toda nuestra vida. Si lo hacemos así podemos estar seguros que sus palabras serán para nosotros espíritu y vida.

2.- Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros. Dicen los sociólogos que, como consecuencia del abandono de la práctica religiosa, están creciendo como hongos las sectas y los nuevos ídolos. El ser humano no puede vivir desenganchado de lo trascendente y de lo misterioso, de ese algo o alguien que le supera y le desborda. Nosotros, los cristianos, tenemos que agarrarnos fuertemente a Cristo y, a través de Cristo y bien agarrados a él, debemos ascender hasta nuestro Padre Dios, hasta el Dios que nos salva. También nosotros tenemos que vivir, como vivían las tribus de Israel en tiempos de Josué, en medio de una sociedad idólatra y desmemoriada; por eso, hoy más que antes, tenemos que renovar cada día nuestro propósito no abandonar al Señor que nos ha salvado y redimido. Porque, como dijo Pedro, en aquel momento de inspiración divina, ¿”A quién vamos a acudir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.


7.- ABANDONO Y DISCREPANCIA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Muchos de los que seguían a Jesús consideraron muy radicales las palabras de comer y beber su cuerpo y su sangre. Y, además, que los dos eran verdadera comida y bebida, tal como leíamos en el Evangelio del pasado domingo. Él mantiene esa posición y se produce la deserción de un buen número de discípulos. Y esa marcha debió ser tan numerosa que el Señor se vuelve a sus Doce y les pregunta lo mismo. La respuesta de Pedro: "Señor, ¿a quien vamos a acudir?"

Y así es: algunas veces nos ocurre a muchos de nosotros, a los seguidores de este tiempo. Surge un "Señor, a quien vamos a acudir" dicho con la mayor humildad. Lo mejor ante el desconcierto es preguntar al Señor cual es el camino y sin duda nos ayudará en la línea a que se refiere el Salmo 33 que hemos terminado de leer este domingo. Este salmo habla de nuestras angustias y de nuestros gritos al Señor y como nos escucha. Hay mucha angustia en la vida de nuestros días. La relación cotidiana – el trabajo, la convivencia social o familiar, la violencia, el odio generalizado-- con nuestros hermanos y el mundo produce esa angustia que puede ser amplificada por nuestra propia equivocación interior, por sospechar que los males que nos aquejan son peores de lo que en realidad son. Para esos tiempos de angustia y de miedo es ideal la lectura reposada y repetida del Salmo 33.

2. - Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. Ya lo hemos repetido algunas veces, pero merece la pena citar de nuevo la tesis que mantiene Romano Guardini y su obra "El Señor". Decía Guardini que la posibilidad de que la Redención se completara pacíficamente y en los tiempos de Cristo en la tierra fue malográndose a lo largo del periodo de la predicación pública del Señor. Y que, sin duda, esa redención se hubiera completado si el pueblo elegido hubiera reconocido la Misión y la Divinidad del Enviado. No fue así. Y entonces hubo que comenzar el largo periodo de Redención en la que nosotros participamos. Y que ella no estará exenta de graves dificultades, como lo estuvo, en definitiva, el tiempo de Jesús. Ahí en ese pasaje del Evangelio de San Juan se adivina pues el cambio, la ruptura. No sólo estaban en contra los estamentos oficiales y jerárquicos de la religión del pueblo elegido, sino también muchos de los que en un principio había seguido a Jesús.

3. - La atomizada división de los cristianos --iglesias, confesiones, etc.-- produce un efecto terrible, parece como si, junto a nosotros, no hubiera una fuerza superior que nos mantuviera unidos. La discrepancia permanente de los católicos trae mucho males y, también, es un fermento de desunión. Betania se ha planteado desde el principio no alimentar, ni de lejos, dichas discrepancias y, por supuesto, no entrar en los frentes de discusión que las producen. Otra cosa, no obstante, es el derecho a opinar y las posiciones diferentes respecto a un mismo asunto. De la discusión sale la luz y muchas veces cuando cualquiera de nosotros, a solas, medita durante mucho tiempo la solución a una duda, sin encontrar solución; resulta que, un día, en una charla con otra persona encuentra dicha solución sin ningún esfuerzo. Significa entonces que los foros de opinión, la discusión llena de caridad, la posición de criterios con la soberbia bien alejada de nosotros son fundamentales y de una utilidad manifiesta. La gran "revolución" católica de estos tiempos fue el Concilio Vaticano II y sus contenidos se elaboraron mediante la discusión y el encuentro de opiniones de varios cientos de padres conciliares en sesiones que duraron varios años.

4. - No se puede prescindir tampoco del apoyo trascendente al camino interpretativo de los católicos y de la Iglesia. Ahí aparece la asistencia del Espíritu Santo. Para dar paso a su presencia es necesario cerrar los corazones a la soberbia, a la excesiva valoración de nuestras opiniones y a los continuos y sutiles engaños del Maligno. Hay una dimensión del terreno espiritual que no podemos olvidar por muy sabios, honestos o trabajadores que seamos. Lo más negativo es dar la imagen de cristianos que no aman. Pero, por otro lado, la realidad marca que al no sentir la cercanía de Dios en la existencia de todos nosotros, se entran en luchas tan duras y amargas que solo es posible pensar que están inspiradas por alguien que no desea que el Reino de Dios continúe. Es posible que llegado a este punto, algunos expresen su desacuerdo con suave ironía. Sin embargo, es difícil dejar de atribuir la división profunda, el odio entre hermanos, la ruptura y la violencia mutua a la implantación del Mal dentro de nuestros corazones.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


COMPROMETERSE, ARRIESGARSE POR AMOR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Uno de los lugares que trato de visitar siempre que puedo, cuando voy a Tierra Santa, es Siquén. No os voy a llenar la cabeza de referencias bíblicas, no es este el momento apropiado, aunque sienta la tentación de hacerlo. Os diré únicamente que está situado a menos de un kilómetro de la actual Nablus, a poca distancia de la tumba del patriarca José y del pozo de la samaritana. Por desgracia, el lugar esta sucio, abandonado e ignorado ¡con la cantidad de recuerdos interesantes que suscita! El fragmento del libro de Josué de la primera lectura, pertenece a un momento crucial del asentamiento del pueblo judío en la tierra que se le había prometido a Abraham, y de la que le habló Dios por primera vez, precisamente en este lugar santo. En el pasaje de hoy se trata del comprometerse un pueblo. El sucesor de Moisés les explica que él y los suyos renuncian a las creencias de los ancestros, para dar su adhesión total al Dios amigo. Aquel que les ha amparado, que les ha guiado por el desierto, del que han experimentado su bondad. El pueblo le escucha y “firma en blanco”. No se trata de pactos militares o políticos, ni de tratados de conveniencia comercial. El Señor será su Dios porque les ha amado. Podrán existir otros dioses, creen ellos, pero solo este les ha protegido, de aquí que con Él se comprometan.

2.- El relato es una buena preparación para leer el evangelio de este domingo. Lo dicho por Jesús: que era necesario comer su carne y beber su sangre, les había parecido cosa aberrante. Naturalmente, aquella gente conocía poco al Maestro. Cuando les pregunta a los apóstoles si ellos le creen, no le contestan que saben que habla metafóricamente, o que está preparando, con su discurso, la institución de la Eucaristía. San Pedro, hombre de poca cultura, intuitivo, decidido y fiel, responde acertadamente. No acepta sus palabras porque las entienda, las suscribe como consecuencia de la experiencia que tienen de Él. Sólo de Él se fían, porque se han dado cuenta, de que es el Santo consagrado por Dios.

3.- Por mucho que estudiéis, no podréis desentrañar el misterio de Dios. Muchas veces digo que cada vez creo menos. Mi Fe no es conocimiento, entendimiento, ni erudición de sabio. Mi Fe deriva del gran amor de Dios que experimento. Nunca duda uno de la existencia de aquel que nos ama. Muchas veces le digo: ¡eres un sol, aunque me hubiera casado, ninguna esposa me hubiera hecho tan feliz! Pero no os asustéis los que pensáis matrimoniar. Os recordaré lo que le dice a su novia aquel ogro místico que fue Leon Bloy: Juana, yo amo a Dios en ti. ¡ventajas que tiene ser cristiano!

La segunda lectura os puede parecer machista. Brevemente me referiré a ella. En primer lugar, San Pablo escribe mediatizado por las costumbres de su tiempo y hay que conocerlas un poco, para saber lo que pretende enseñar. Pero es que aunque se tomaran al pie de la letra, muchas mujeres maltratadas o asesinadas, hubieran deseado ser consideradas como el Apóstol dice. Os invito a que analicéis el texto. Y que meditéis el final: es un gran misterio, yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.