XX Domingo del Tiempo Ordinario
16 de agosto de 2009

La homilía de Betania


1.- MORIR SÓLO ES MORIR

Por Gustavo Vélez, mxy

2.- ¿QUÉ TIENE EL PAN DE DIOS?

Por Javier Leoz

3.- VIVIREMOS PARA SIEMPRE

Por Antonio García Moreno

4.- JESÚS NOS INVITA A PARTICIPAR EN SU VIDA

Por José María Martín OSA

5.- VIVIR HABITADOS POR DIOS

Por Gabriel González del Estal

6.- JESÚS, EL BUEN PAN

Por José María Maruri, SJ

7.- "VENTAJAS" FEHACIENTES

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PARA SER CRISTIANO HAY QUE SER UN POCO HIPPY

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- MORIR SÓLO ES MORIR

Por Gustavo Vélez, mxy

Dijo Jesús: El que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre”. San Juan, cap. 6.

1.- Nosotros no sabemos qué es la muerte, por una razón obvia: Tampoco sabemos que es la vida. Y mientras tanto, la amenaza de morir merodea continuamente por nuestros caminos: “La muerte con pies iguales, mide la choza pajiza y los palacios reales”.

Todas las filosofías, todas las religiones han intentado resolver este enigma, solucionar este problema. También los cristianos procuramos hacerlo, apoyados en Alguien que resucitó de entre los muertos. Sin embargo nuestra respuesta no satisface de inmediato, pues ha de ser captada desde la fe.

El Maestro les ha hablado a los suyos sobre el maná del desierto, señalando que quienes comieron de este pan misterioso murieron luego. Ahora los invita a comer de otro pan, ponderando que les dará vida para siempre. Un pan que es su mismo cuerpo.

2.- Algunos, entre los escuchas del Señor, pensarían en el canibalismo practicado por ciertos pueblos. Pero Jesús sigue adelante con su discurso. Repite que se trata de comerlo, de masticar su cuerpo, si nos atenemos al texto griego. Era lógico el desconcierto en aquel auditorio. No tenían aún como punto de referencia el gesto del Señor en la última cena, al ofrecer el pan y el vino a sus discípulos, reforzando su afirmación: “Esto es mi cuerpo. Este es el cáliz de mi sangre”. Desconocían la costumbre que fue calando en las primeras comunidades: Reunirse, recordar al Señor Resucitado con la mente y el corazón y compartir un trozo de pan y un sorbo de vino.

3.- En cambio los cristianos podemos comprender un poco más qué significa comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre. ¿Pero cómo puede este alimento darnos vida eterna? Quienes hoy comulgamos también vamos sucumbiendo, uno a uno, ante la muerte. En la mitología griega, Caronte era el viejo gruñón y mal vestido que conducía a los muertos al más allá, a través del río Aquerón. Por esta razón a los cadáveres se les colocaba una moneda bajo la lengua. La paga que exigía aquel barquero.

Hubo entre las primeras comunidades cristianas, algunas que acostumbraban poner pan consagrado en la boca del difunto. Lo cual se orientó luego hacia el Viático que se da a los moribundos, cuando se repite la frase de Jesús: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Pero el prodigio que Cristo ha realizado consiste en lo siguiente: No nos libra del hecho de morir, pero le ha quitado a la muerte su hondura y su tragedia.

El salmo 48 miró la muerte con mucho pesimismo: “Los sabios mueren y legan sus riquezas a extraños. El sepulcro es su morada perpetua y su casa de edad en edad. La muerte es su pastor. El hombre es como un animal que perece”. Pero esta visión fue borrada de plano por Jesús, al levantarse del sepulcro. Y Él nos dijo: “No se inquiete vuestro corazón, creéis en Dios creed también en mí. Me voy a prepararos un lugar y volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también vosotros”. “Morir sólo es morir, morir se acaba” escribió Martín Descalzo.


2.- ¿QUÉ TIENE EL PAN DE DIOS?

Por Javier Leoz

Cuántas veces, acontecimientos familiares o personales, queremos que sean iluminados por la Palabra de Dios y, sobre todo, con la Acción de Gracias que es la Eucaristía.

1. - En estos dos próximos domingos, la Iglesia, nos hace reflexionar sobre el tema eucarístico. Entre otras cosas, porque la Iglesia, sabe que bebe y se alimenta de este sacramento que, por lo que sea, algunos de nuestros hermanos o conocidos dejaron de frecuentar.

La Eucaristía, además de ser testamento del mismo Cristo, es alimento para todo creyente. Es un punto en el que convergen Dios y el hombre. Un lugar en el que, la debilidad, se transforma en fuerza invencible. Un momento, que cuando se vive apasionadamente, se entra en comunión perfecta con Dios y se cae en la cuenta de que estamos llamados a ser instrumentos de su amor en medio del mundo.

Si con la Eucaristía, ya nos resulta a algunos mantener encendida la llama de la fe, ¡cuánto más difícil sería sin ella ser fieles a la verdad o en el seguimiento a Jesús!

Hoy nos escandaliza los suicidios que, muchas personas, buscan como única salida para su vida. También, en la vida cristiana, existe la muerte espiritual: cuando dejamos de participar en la asamblea dominical; cuando, hostigados por tanto enemigo, dejamos de apetecer el pan de la vida y el vino de la salvación que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo; cuando preferimos tener una fe individual y sin más referencia al evangelio que nuestra forma de ver las cosas, y al mismo Dios, a nuestra manera y con nuestro propio criterio.

Cada vez que comulgamos, además de llenarnos de Dios, nos sentimos llamados a ser sus heraldos. Los pregoneros de su amor y de su poder. De su gracia y de su ternura. Por el contrario, cuando no lo comulgamos, cuando nos dejamos empalagar por el manjar del mundo, corremos el riesgo de quedarnos vacíos, traídos y llevados por el zigzag de los caprichos.

2. - Pidamos al Señor que sea la vida de nuestra vida. La sangre que corra por nuestras venas. El horizonte de nuestra existencia.

--Pidamos al Señor que, su Cuerpo y su Sangre, sea alto precio que El pague por nuestras debilidades, fracasos, traiciones o deserciones.

--Pidamos al Señor que, la Eucaristía, sea una fiesta en la que nos sintamos hermanos. Ser cristiano, además de estar configurados con Cristo, es saber que el que está a nuestro lado, no es un adversario; es un hermano, un amigo, un hijo de Dios. Alguien que, siempre, puede contar conmigo. Entre otras cosas porque tenemos un mismo Padre.

--Pidamos al Señor, en este Año Sacerdotal, que nosotros los sacerdotes celebremos con la misma emoción del día de nuestra primera misa, cada Eucaristía. Que no seamos meros funcionarios. Que sepamos transmitir, celebrar y vivir todo el Misterio que rodea a este Sacramento. En definitiva, que sepamos repartir a manos llenas el Pan de la Vida que es Jesús.

3.- LA FIESTA ERES TU, SEÑOR

Cada domingo, con la Eucaristía,

nos unimos en un mismo sentir,

en una misma esperanza.

Brota la alegría de creer

la esperanza del más allá.

Nuestra fiesta, la auténtica fiesta,

eres Tú, Señor.

 

Cada domingo, la mesa del altar,

se agranda de tal manera

que, nadie puede quedar sin pan;

sin el pan de la fraternidad

sin el pan de tu Palabra

sin el pan de tu presencia

 

¿Qué tiene tu pan, Señor?

Tiene el sabor de la eternidad

El brillo del cielo

El amor de Dios

La fuerza del Espíritu

 

¿Qué tiene tu pan, Señor?

Tiene el gozo de la vida cristiana

Es fiesta adelantada del cielo

Es pregón de lo que un día nos espera

Sí, Señor; ¡Eres fiesta, eterna fiesta!

 

Aquí, en esta mesa del altar,

aperitivo, un adelanto

de lo que estamos llamados a gustar

de una forma definitiva y eterna

junto a Ti, junto a Dios, en el Espíritu

con María, la Virgen, allá en el cielo.

Eres fiesta, cada domingo Señor,

eres fiesta que pone en vilo nuestras almas.

Amén


3.- VIVIREMOS PARA SIEMPRE.

Por Antonio García-Moreno

1.- Centinela, alerta.- "Fijaos bien como andáis; no seáis insensatos, sino sensatos", (Ef 5, 15) recomienda Pablo en este pasaje de la epístola que escribió a los cristianos de Éfeso. Y luego añadirá: "No estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere". Son expresiones que nos recuerdan la necesidad perentoria de vivir alerta, siempre con la guardia montada. La vida del hombre sobre la tierra es una milicia, decía Job. Un continuo estado de guerra en donde es preciso estar siempre preparados para dar batalla, siempre con el oído atento y las armas preparadas.

Antes que San Pablo ya lo recomendó el Señor con insistencia al exigir a sus seguidores una actitud vigilante, un sentimiento de esperanza siempre viva. Es necesario orar de continuo, velar sin descanso, para no entrar en la tentación. El enemigo no descansa; es como un león hambriento que busca a quien devorar. Es ésta una comparación que pone San Pedro en su primera carta, él que tanto sabía de tentaciones y de luchas, de caídas y de victorias.

Qué importante es saber aprovechar las ocasiones que la vida nos va brindando. Ocasiones que hay que saber valorar, conscientes de que a veces no se repiten más. De la ocasión a que se refiere Pablo, depende además algo tan importante como nuestra salvación, nuestra felicidad durante la vida terrena, y sobre todo la de nuestra felicidad eterna después de la muerte.

La noche va muy avanzada, dirá también el Apóstol a los romanos, y se acerca el día. Es ya hora de surgir del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cercana... Sí, es preciso que no olvidemos que vivimos inmersos en la noche de nuestra vida temporal, y que sólo cuando amanezca el día definitivo, cuando llegue para siempre la luz, el peligro habrá desaparecido y la vigilancia ya no será necesaria. Pero hasta que llegue ese momento, no lo olvidéis, fijaos bien cómo andáis.

2.- El Pan Vivo.- Las palabras de Jesús son claras y contundentes: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". Los judíos se sorprenden ante esta afirmación, se resisten a creer en el Señor, que repite una y otra vez que su Carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida. Pero los israelitas no entendían lo que Jesús estaba diciendo, pues no tenían fe en él, a pesar del milagro que acababa de realizar ante ellos.

Hoy sabemos que esa comida y esa bebida la tomamos de forma sacramental y mística. Lo cual no quiere decir que no tomemos realmente el Cuerpo del Señor, ya que en la Eucaristía se contiene a Jesucristo con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. De todas formas, hoy como entonces, es preciso adoptar una actitud de fe, si de veras queremos aceptar la doctrina acerca de la Eucaristía. Sólo así, por la fe, podremos acercarnos al Misterio y captar de alguna manera la grandeza, que en nuestros sagrarios tenemos, la de Jesús mismo.

Otra idea que el Maestro repite en este pasaje evangélico es la de que quien come su Carne y bebe su Sangre tiene vida eterna, es decir, vivirá para siempre. Este alimento transmite, por tanto, una vida nueva, a la que la muerte no podrá vencer jamás. Una vida sin fronteras de tiempo, una vida siempre joven, una vida singular, la vida misma de Dios.

Acercarse a comulgar es acercarse a la eternidad, es pasar de un nivel terreno a otro muy distinto, trasladarnos a una atmósfera de luminosidad y de gozo. Comulgar, en definitiva, es unirse íntimamente con Dios, penetrar en el misterio de su vida gloriosa y disfrutar, en cierto modo, de la alegría singular de los bienaventurados en el Cielo.

El Señor lo dice explícitamente en esta ocasión: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí". Así, pues, lo mismo que Jesús está unido al Padre, así el que participa en la Eucaristía vive unido al Señor. El que comulga con las debidas condiciones, limpio de pecado mortal, llega a la unión mística y grandiosa del alma con Dios, se remonta hasta la cumbre del más grande Amor; ese estado dichoso en que el hombre se identifica, sin confundirse, con el mismo Dios y Señor.


4.- JESÚS NOS INVITA A PARTICIPAR EN SU VIDA

Por José María Martín OSA

1- ¿Quién da más? El libro de los Proverbios se sirve del lenguaje de las relaciones personales para describir la sabiduría. Las relaciones personales son más que una metáfora, son la fuente de la sabiduría. Y nuestra relación personal con Dios y los hermanos nos ayudan a vivir y gozar de la verdadera sabiduría.

En nuestro mundo encontramos un amplio surtido de ofertas que venden la felicidad, pero que alejan a las personas de un vivir auténtico: trepar como sea y a costa de lo que sea, ansia de tener, de prestigio, de poder, huída de lo que supone esfuerzo, riesgo, dolor, búsqueda individualista de la felicidad... Otro camino, mucho más humano, se abre ante nosotros como posibilidad de encontrar el sentido de la vida: aprender a discernir serenamente lo que es bueno, justo y honrado, atención y cuidado en el trato con los otros y con la creación, la austeridad alegre en el uso de los bienes, el cultivo de la gratuidad y el don, la cercanía solidaria al dolor ajeno, el empeño por colaborar otros en la construcción de un mundo más fraterno, la confianza en el proyecto de Dios para sus hijos e hijas...

2.- Una invitación sugerente. La sabiduría invita a los seres humanos a participar del banquete que ha preparado: “Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado”. Ofrece la vida a los que siguen el camino de la prudencia y de la sensatez. El Salmo 33 nos invita a saborear a Dios mismo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. ¿Aceptaremos la invitación de la sabiduría a sentarnos en la mesa del banquete que ha dispuesto, como anticipo del banquete mesiánico?

3.- No dejarse engañar por falsas propuestas. Discernir “lo que el Señor quiere”, es la llamada que resuena en la epístola de Pablo. Pablo nos exhorta a vivir la fe en comunidad. Aprendemos el significado y la importancia de la fe en la comunidad de los creyentes. Eso implica una actitud de búsqueda incansable y perseverante en los distintos acontecimientos y situaciones que vivimos, en los diferentes momentos y etapas vitales por los que atravesamos. El discernimiento implica intuición para distinguir lo que está en la sintonía de Dios y del Reino, para descubrir qué es lo que lleva a la vida para todos y vida en abundancia, para otear dónde podemos percibir la presencia de Dios en nosotros y en el mundo.

4.- Vivir la Eucaristía en comunidad. Continúa Jesús el discurso del pan de vida, después de la multiplicación de los panes y los peces. La comida eucarística es el centro de la comunidad cristiana. El cuerpo y la sangre de Cristo son el alimento espiritual que el creyente necesita para mantenerse en pie, para seguir al Señor y vivir la salvación. En esta comunión, la unión es tan fuerte, tan íntima y profunda que Jesús afirma que el creyente "habita en mi y yo en él" y "vivirá por mí". Habitar en el Hijo supone participar plenamente de su vida, asumir su proyecto, seguir sus pasos. Los primeros cristianos entendieron la cuarta petición del Padre Nuestro como una petición eucarística. Como nosotros, los primeros cristianos rezaron el Padre Nuestro antes de la Comunión. Se dieron cuenta que el verdadero pan de cada día es la Eucaristía, el Cuerpo de Jesús. La multiplicación de los panes vislumbra un milagro aun mayor: la Eucaristía, el Cuerpo y Sangre de Cristo que se ofrece a nosotros. Es cuando venimos a la Eucaristía cuando recibimos la respuesta más profunda a nuestra oración: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. La persona creyente nunca podrá hacer esa búsqueda de la voluntad del Señor en solitario sino acompañada por Él y por los hermanos y hermanas con los que recorre el camino, con los que comparte su fe y su esperanza en el hoy de la historia del mundo y de la Iglesia.


5.- VIVIR HABITADOS POR DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- En este sentido, el “discurso eucarístico” de Jesús que Juan nos pone en el capítulo sexto de su evangelio me parece de una profundidad teológica grande. Jesús nos dice que él vive por el Padre que le ha enviado y que, si nosotros le comemos a él, vivirá él en nosotros y nosotros viviremos en él. No quiere decir que nosotros vayamos a vivir habitados por Cristo de la misma forma y manera que Cristo, en cuanto persona con un cuerpo humano, vive habitado por su Padre, Dios. Cuando nosotros comulgamos con Cristo, no perdemos, por eso, nuestra condición frágil y pecadora; desde que nacemos somos frágiles y pecadores, y viviremos y moriremos así. Pero si Cristo habita en nosotros, será él mismo el que desde dentro de nosotros mismos, nos ayudará a vencer nuestra frágil y pecadora condición de seres humanos. La habitación de Cristo en nosotros no quiebra ni anula nuestra libertad y nuestra responsabilidad humana, lo que hace es dirigir nuestra libertad y nuestra responsabilidad por el camino acertado, es decir por el camino que nos conduce hasta Dios, por el camino que es Cristo. Comulgar con Cristo no me convierte, sustancialmente, en otro Cristo; sigo siendo en cuanto ser humano una persona débil y espiritualmente pecadora. Por eso, la comunión con Cristo debe ser en mí una acción continuada, más que una acción puntual y pasajera. Debo querer vivir habitado por Cristo las veinticuatro horas del día, no sólo en el momento de la comunión sacramental. Vivir habitado por Cristo es, por supuesto, una gracia que Dios me concede, pero contando siempre con mi deseo y mi colaboración libre y responsable.

2.- La Sabiduría ha construido su casa. Es frecuente, en algunos libros de la Biblia, la personificación de la Sabiduría. Nosotros, los cristianos, siempre hemos pensado que la Sabiduría, por excelencia, está personificada en Cristo. La casa de la sabiduría es, por excelencia, Cristo Jesús. Por eso, siguiendo un poco con la idea anterior, podemos decir que, si Cristo vive en nosotros, será la Sabiduría la que dirija nuestra vida. También aquí debemos decir que, por comulgar sacramentalmente con Cristo, no nos vamos a convertir automáticamente en sabios para siempre. La Sabiduría, Cristo, quiere vivir siempre en nosotros, pero nosotros normalmente unas veces nos dejamos dirigir por ella y otras veces no. Este es el tributo de nuestra condición humana, que no podremos romper nunca del todo mientras vivamos aquí en esta tierra. Pero el deseo de que la Sabiduría viva en nosotros y habite en nosotros siempre, como en su propia casa, debe ser nuestro deseo permanente.

3.- Dad gracias siempre a Dios por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esta debe ser también una actitud constante en nuestras vidas: dar gracias a Dios por todo lo bueno que nos ha dado, principalmente por el regalo que nos ha hecho en su hijo Jesucristo. Siendo nosotros, por nuestra condición humana, tan débiles y tan frágiles, Dios quiso hacernos a imagen suya, para que vivamos ya en esta vida como auténticos hijos suyos. El hijo siempre participa de alguna manera de la naturaleza del Padre, por eso, en cuanto a nuestra condición de hijos de Dios, participamos de la naturaleza divina. Este debe ser nuestro mayor orgullo y nuestra no menor responsabilidad.


6.- JESÚS, EL BUEN PAN

Por José María Maruri, SJ

1.- Los evangelios de todos estos últimos domingos están llenos de olor a buen pan. El Señor nos viene diciendo que Él es el pan bajado del cielo, el pan vivo, que el que come de este pan tiene vida eterna. Y se pregunta uno por qué el Señor Jesús se le llama el Buen Pastor, y nunca ha cuajado el título de, o el Buen Pan, o el Buen Panadero. Todo el Evangelio huele a pan recién hecho. Belén, donde el señor nació se traduce por la Casa del Pan.

--Cuando Jesús siente pena por la multitud hambrienta lo que multiplica es pan.

--Cuando nos enseña a pedir lo que necesitamos nos enseña a pedir el pan nuestro de cada día

--A la pobre cananea le dice que no está bien echar el pan que comen los hijos a los perros y la cananea le rebate que los cachorrillos comen las migajas de ese pan debajo de la mesa.

--Y al despedirse de nosotros con la promesa de que estará con nosotros hasta el final de los tiempos nos deja su Cuerpo en pan… ¿No merece ser llamado el Buen Pan?

2.- ¿Pero qué pretendía el Señor al hablarnos de tanto pan? Para el pueblo sencillo que le seguía sin comer pan era símbolo de satisfacción de un hambre endémica, símbolo de la vida que el pan mantiene,

Aun para nosotros que hacemos tantos remilgos del pan por miedo a los triglicéridos, el pan sigue siendo símbolo del hambre satisfecha y de unas fuerzas reparadas.

Un buen chef de un buen restaurante no podría entender que la mitad de los invitados a un banquete ni tocaran los alimentos. Y eso es lo que pasa cada domingo en nuestras eucaristías. ¿Es que no sabemos que necesitamos el alimento bajado del cielo?

Jesús nos quiere decir que le necesitamos a Él “porque sin Él no podemos hacer nada” como nuestro cuerpo necesita del alimento de cada día, sin él nuestro cuerpo se debilita, cae en toda clase de enfermedades y al fin se sumerge en un coma profundo.

Necesitamos alimentarnos con la fe de Jesús. Y necesitamos recibirle en la Eucaristía. No es un acto de piedad o de devoción que se pueda hacer como tres Avemarías o un Rosario. Se puede dejar de comer bombones, pero no se puede dejar de impunemente de comer ordenadamente cada día.

Nos sentimos débiles, caemos constantemente en los mismos pecados o en otros cada vez peores. Y no se nos ocurre pensar en lo más elemental: si estamos comiendo bien o nos estamos abandonando sin tomar el pan nuestro de cada día.

Una vez que unos nuevos cristianos japoneses asistieron a una misa en esta Iglesia nuestra de la calle de Serrano (**) luego me comentaban: “¿Cómo es posible que no comulguen todos los que asisten a misa? ¿Nos lo podéis explicar?

3.- Hay otra cosa que nos quiere enseñar el Señor al hablarnos tanto del pan: y es que nuestra vida cristiana no es seguir a un jefe a un rey. No es imitar al Señor en sus maneras, su vestido, su voz. Ser cristianos es asimilarnos al Señor, como nos asimilamos y hacemos nuestro el pan que comemos. Es asimilar esa vida suya de forma que podemos decir como Pablo: “vivo yo, digo no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Es asimilar sus sentimientos, su escala de valores, sus adhesiones, sus rechazos. Es que en obras y palabras asimilemos a Cristo.

Que como Cristo nos amó, amemos; como Cristo perdonó, perdonemos; como Cristo supo comprender a los demás, sepamos comprender. Cristiano es ser Buen Pan para los demás.

El pan que comemos no lo racionalizamos, no lo memorizamos, lo asimilamos. Y por eso no harta y nos satisface. Como dijo San Ignacio no el mucho harta y satisface el alma sino el sentir hondamente las cosas de Dios.


7.- "VENTAJAS" FEHACIENTES

Por Ángel Gómez Escorial

1.- La primera lectura de este Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario habla de la sabiduría y la sitúa frente --en contra-- de la insensatez. El conocimiento de Dios --ya lo hemos dicho otras veces-- nos coloca en una realidad personal más objetiva con olvido de fantasías inalcanzables o de deseos imposibles que suelen llenar nuestros tiempos insensatos cuando estamos lejos de Dios. La búsqueda de Dios ha de ser, además, placentera y humilde. No se trata de una asignatura técnica, ni tampoco de un ejercicio histórico de investigación. Basados en las Escrituras y en lo que los cristianos, a través de los siglos e inmersos en esa conexión valida llamada Comunión de los Santos, nos han ido aportando: la Tradición.

2.- Nuestra experiencia personal surgida de una conversión, llegada --entonces-- en medio de una realidad personal muy intelectualizada y politizada, nos índica que sin la esperanza de que sea Dios quien te enseñe, nada puedes sacar adelante. El momento de la conversión es ese conocimiento de que no se está solo y que el camino a seguir no tiene ni tiempo, ni espacio, ni prisa, ni fin. La fe se convierte luego en algo ligero y nada oprimente: que no es tanto creer lo que no se ve, como intuir con seguridad lo que después veremos. Dicen que una de las primicias de ese Mundo Futuro es la Eucaristía: la recepción del Cuerpo y Sangre de Cristo. Sin duda, y como experiencia personal, diremos que ayuda fundamentalmente en ese camino primero de relación con Dios.

La misa --mesa en la que coinciden la Escritura y la Eucaristía-- es un ingrediente fundamental para ir creciendo en el conocimiento de la cercanía de Dios. Por eso consideramos muy importantes estos domingos de Agosto que la liturgia nos presenta las Lecturas Eucarísticas y, sobre todo, los pasajes del Evangelio de San Juan en los que Jesús habla de entregar su Cuerpo y su Sangre para la salvación de todos.

3.- Es, precisamente, el pasaje que leemos esta semana en el que el mismo Jesús confirma que su Cuerpo y su Sangre son verdadera comida y verdadera bebida. No un planteamiento simbólico. Junto al convencimiento testimonial que nos dan las Escrituras está esa aproximación interna que nos acerca a la verdad y que produce la recepción de la Eucaristía. No es un acto sentimental, no se trata de sentimientos, es una comunicación con Quien se recibe. ¡Ojalá muchos que no se acercan al Sagrario pudieran comenzar a intuir las "ventajas" fehacientes que la recepción del Cuerpo y de la Sangre de Cristo producen!


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PARA SER CRISTIANO HAY QUE SER UN POCO HIPPY

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Escribe San Pablo a los cristianos de Éfeso, lugar donde había pasado anteriormente una buena temporada. Sus advertencias parecen actuales. Os habréis dado cuenta de que muchos de los que viven junto a nosotros, se dan al consumo irresponsable de drogas, sean duras o no lo sean tanto. Experimentamos también una gran crisis económica, que debilita las posibilidades adquisitivas de muchos. Poco a poco, va invadiéndolo todo y dejando, la crisis y las drogas, en un estado de decadencia, a mucha gente. Se convocan asambleas y se trazan planes para encontrar soluciones, comprobaréis que se avanza muy poco. Y viene el apóstol e invita a sus lectores, os invita a vosotros, ya que el texto es palabra de Dios, a que cantéis salmos, toquéis instrumentos y deis gracias a Dios. Cuando uno lee estos consejos, no puede menos que recordar a los hippies y piensa, sin decirlo, que el Apóstol ha perdido el juicio.

La lamentable situación en que nos encontramos, es fruto de la ambición de unos pocos, que prosperaron anteriormente, aprovechándose de muchos. La falta de esperanza, que inclina a quitarse la vida o darse a la droga, que es suicidio a plazos, es consecuencia del abandono de la búsqueda de auténticos valores humanos, para dejarse caer en el puro consumismo. Lo es también por el desconocimiento del mensaje salvador de Jesús. No os extrañe, pues, que se os invite a una vida tan chocante. Y no creáis que es utópica la idea. San Francisco de Asís la hizo suya y fue muy feliz y os aseguro, que tengo amigos franciscanos, que siguen su senda y que son también felices.

2.- Con un espíritu de este calibre, hay que escuchar el mensaje de las otras dos lecturas. En primer lugar, el libro de los Proverbios, nos presenta a la Sabiduría como a una señora. Con imaginación hay que leer el texto. Imaginación poética y religiosa, cosa que hoy no abunda, de aquí que tanta gente viva aburrida.

Escuchar y aceptar las palabras de Jesús, resulta bastante más difícil. Habla Él desde la realidad divina y nosotros lo leemos desde una mentalidad propia de los filósofos griegos. Este lenguaje, estoy seguro, les resultaría mucho más fácil de aceptar, a los que lo puedan escuchar, desde posiciones propias de la física moderna. Pero no es este el momento apropiado para disquisiciones de este género. No os preocupéis, no tratéis de entenderlo al pie de la letra. Es más sencillo si nos limitamos a aceptar que quien se aproxima, quien se pega, quien se entrega a Cristo, goza de la plenitud de la existencia. Debe ser algo así como lo que cuentan que sienten los que consumen alucinógenos. Lo que pasa es que ellos lo sienten en la realidad ficticia y de breve duración. La felicidad, en cambio, que nos aporta el Señor, es real, duradera y hasta eterna.