XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
2 de agosto de 2009

La homilía de Betania


El jueves, día 6, la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor. Incluimos una homilía para esa fiesta escrita por el padre Gustavo Vélez, mxy.


1.- JESÚS SACIA NUESTRA HAMBRE

Por José María Martín OSA

2.- NO TENEMOS HAMBRE

Por José María Maruri, SJ

3.- CUANDO DECIMOS PAN DE VIDA

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- HACER UN NEGOCIO DE LO QUE ES SAGRADO

Por Antonio García-Moreno

5.- ¿ESTÓMAGOS AGRADECIDOS?

Por Javier Leoz

6.- “ME BUSCÁIS PORQUE COMISTEIS HASTA SACIAROS”

Gabriel González del Estal

7.- EL PAN DE NUESTRA LIBERTAD

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


HUIR DE LA MEDIOCRIDAD Y APRENDER A ALIMENTARSE

Por Pedrojosé Ynaraja


LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


¿CUÁLES SERÁN MIS COORDENADAS?

Por Gustavo Vélez, mxy


1.- JESÚS SACIA NUESTRA HAMBRE

Por José María Martín OSA

1- Todos buscamos la fuente que sacie nuestra sed de felicidad. Es lo que le pasaba al personaje de esta historia:

Iván era un humilde trabajador que pasaba sus días cortando bloques de piedra al pie de una montaña. Un día vio pasar el cortejo todo engalanado de un príncipe. Iván sintió gran envidia y deseó tener la riqueza de aquel príncipe. El Gran Espíritu escuchó su deseo y lo convirtió en un príncipe. Iván fue feliz con sus ropas de seda y su poder hasta que un día vio cómo el sol marchitaba las flores de su jardín. Deseó tener el poder del sol y su deseo fue satisfecho. Se convirtió en el sol con poder para secar los campos y humillar a las personas con una gran sed. Iván fue feliz siendo el sol hasta que un día una nube lo cubrió y su poderoso calor se eclipsó. Así que tuvo otro deseo y el Gran Espíritu se lo concedió. Convertido en nube, Iván tuvo el poder de inundar la tierra con sus tormentas y riadas.

Iván fue feliz hasta que observó cómo la montaña a pesar de las tormentas permanecía firme y segura. El Gran Espíritu obedeció. Iván se convirtió en la montaña y fue más poderoso que el príncipe, el sol y la nube. Y fue feliz hasta que sintió el pico cavando a sus pies. Era un humilde cantero que estaba cortando bloques de piedra para ganarse el pan de cada día”.

Iván somos cada uno de nosotros, siempre buscando algo mejor, algo más agradable y placentero y, a pesar de todas nuestras búsquedas en los lugares más remotos, seguimos teniendo hambre y sed.

2.- El don del Maná viene de Dios. Los Judíos, en el desierto, a pesar de sus protestas e impaciencias, recibieron algo para comer: ellos recibieron el maná milagroso, ellos encontraron comida para esta vida terrenal gracias a la intervención del propio Dios! La Providencia esta siempre ahí, cuidándonos y proveyéndonos todas nuestras necesidades, principalmente nuestras más urgentes necesidades. Así como Jesús reveló a los judíos de su tiempo la acción de Dios en su vida cotidiana, en la misma manera, él nos enseña a reconocer, poco a poco, como el tiempo pasa, que su Padre esta incesantemente trabajando para prodigarnos su amor y su ayuda!.

3.- El alimento que perdura y sacia. Las cosas de este mundo, siempre nuevas, siempre más abundantes, nunca podrán ser suficientes para saciarnos. Nos entretienen pero no nos llenan. Su poder es tan transitorio como nuestra vida. ¿Existe algo que pueda darnos plenitud? Cuando Jesús dio de comer a los cinco mil hombres en el descampado y éstos quisieron hacerlo rey, Jesús les dijo: "Me buscáis no porque habéis visto signos sino porque os he dado de comer. Trabajad por el alimento que perdura". Necesitamos las cosas de cada día pero tenemos que encontrar la conexión que tienen con las cosas que pueden darnos paz y crear armonía en nuestra vida más profunda. Sólo Dios permanece para siempre. Alimentar el cuerpo es fácil pero llenar el alma, el espíritu…sólo Dios tiene poder para hacerlo. El trabajo de los hombres es comer y dar de comer a todos. El trabajo de Jesús es darnos de comer el pan de vida, en este aquí y ahora, para el mañana y para siempre.

4- El discurso del pan de vida es una clara invitación a encarnar en nuestra vida personal y comunitaria a Jesús y su opción por la vida. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Le buscamos porque queremos saciar nuestra hambre corporal o más bien para satisfacer nuestra sed de plenitud? ¿Trabajamos nosotros solamente por la comida perecedera, o más bien trabajamos nosotros además suficientemente por la comida que permanece para vida eterna? ¿Qué significa comer la carne de Jesús? El don de Dios se nos da a través de la carne, o sea, a través de lo humano. En Jesús, la Palabra eterna del Padre asumió lo humano con toda su realidad. Jesús, con su vida y su palabra nos mostró cómo es Dios encarnado: compasivo, misericordioso, fiel, capaz de servir y dar la vida por amor. Ese es el pan vivo bajado del cielo, es decir, ese es el verdadero culto a Dios: asumir la vida tal como la asumió Jesús. Comer la carne y beber la sangre de Jesús significan vivir como Él, en entrega, servicio, dedicación y dispuestos a dar la vida por su causa. Ahí está la vida eterna. Celebrar la Eucaristía no es tanto un acto piedad individual; mi Dios y yo, en íntima estrechez (a veces egoísta estrechez). Si convertimos la Eucaristía en un acto individualista e intimista, por más santidad y adoración que se le ponga, no deja de ser un culto vacío, que no conduce a la vida, “como el que comieron sus padres y murieron”. Que nuestras eucaristías sean realmente comulgar en todo nuestro ser con Cristo encarnado en el hoy de nuestra historia para tener vida eterna.


2.- NO TENEMOS HAMBRE

Por José María Maruri, SJ

1.- Todavía olía el ambiente a pan recién hecho por la multiplicación de los panes cuando sucede esta escena del evangelio de hoy, en que aparece otro pan con otro aroma, que no satisface los estómagos vacíos sino los corazones hambrientos.

“Me buscáis porque habéis comido hasta saciaros, “es la queja del Señor, que no quiere convertirse en nuestro proveedor de nuestro supermercado, Corte Ingles o Caprabo.

El Señor sabe que no nos atrae el aroma de Dios, que tenemos atrofiado el olfato para el pan que ha bajado del cielo, mientras nos entusiasma el aroma del pan recién hecho como a los judíos.

2.- Nuestra petición no debería ser “Señor, tenemos hambre”, sino “Ayúdanos porque es que no tenemos hambre de Ti”. Tenemos el corazón y los sentido tan llenos de ruidos, de sensualidad, de colores chillones, de ese pasarlo bien, que no tenemos hambre para buscar a Dios.

--Deberíamos buscar con el interés y la fe merecedores de la promesa del Señor “Buscad y hallaréis”.

--Deberíamos buscar al Señor perdido, con el ansia con que José y María lo buscaron y hallaron en el Templo.

Como María Magdalena buscó a su Señor junto al sepulcro y mereció ser llamada por su nombre, “María”, que abrió sus ojos a su Señor.

El Hijo de Dios, ese mismo Jesús que nos dice “me buscáis porque os habéis saciado”, nos enseña a buscar lo que se le había perdido, la oveja, dracma, nuestro corazón. El sí tienes hambre de nosotros y nos busca con ansia y muy a su costa.

No te buscamos, Señor, porque no tenemos hambre, y qué terrible es haber perdido el apetito. ¿Es que buscamos al Señor, con la mera curiosidad con que Herodes buscaba ver al Señor?

3.- Todos tenemos experiencia de esta nuestra falta de apetito, una misa o una ceremonia que se alargue un poco más nos aburre mientras un serial (como “Amar en tiempos revueltos”) se nos pasa en un santiamén y no nos perdemos uno. Si nos gusta leer nos gustan las novelas, la ciencia ficción, la historia y se nos cae de las manos la Escritura.

4.- Nos insultamos de ventanilla a ventanilla yendo en el coche a prisa a no se sabe dónde y nunca tenemos prisa por llegar a misa a tiempo.

Y es que no tenemos hambre, Dios es algo bueno para nosotros, pero superfluo, no es de vida o muerte como el pan para el hambriento. El señor nos dé hambre de El, para que no muramos de indigestión de otras cosas.


3.- CUANDO DECIMOS PAN DE VIDA

Por Gustavo Vélez, mxy

En Cafarnaún Jesús dijo a la gente: Os lo aseguro. Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad por el alimento que perdura, dando vida eterna”. San Juan, cap. 6.

1.- Cerca al Tiberiades, pueden verse todavía las bases de dieciocho columnas que dividían el recinto en tres naves. Además sillares de mármol con símbolos judíos, como la estrella de David y el candelabro de los siete brazos. Son ruinas de una sinagoga, levantada durante el siglo III sobre el emplazamiento de otra más antigua. Quizás aquella que edificó el centurión romano para ganarse a los judíos, la cual Jesús visitaría frecuentemente. Escenario también del sermón sobre el Pan de Vida que nos trae san Juan.

La multitud regresa, luego de la multiplicación de los panes y los pescados. Pero el Señor los recibe con un reproche: “Me buscáis, no porque visteis signos --un alimento milagroso que descubre quién soy yo-- sino porque comisteis pan hasta saciaros”. La gente permanecería en silencio, tratando de comprender. Y Jesús añade: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por aquel que perdura, dando vida eterna”.

2.- Las preguntas y respuestas que se cruzan entre Jesús y su auditorio, nos recuerdan el diálogo del Maestro con la samaritana. Allá Jesús ofrece a la mujer un agua, que aplaca la sed para siempre. Aquí le habla a la gente de “un alimento que perdura, dando vida eterna”. Allá la extranjera le pide de esa agua, para no tener que volver hasta cada día a la fuente. Aquí la multitud ruega al Señor que le regale de ese pan.

Allá la mujer ironiza la situación, señalando que el Maestro no tiene cubo para arrojar al pozo, que es profundo. Aquí los presentes discuten la oferta de Jesús, desafiándolo a que repita el prodigio del maná. Una experiencia que todo judío guardaba en su memoria.

Jesús avanza en su promesa de la Eucaristía, si bien de forma indirecta. Explica que no fue Moisés, el que sacó de apuros al pueblo en el desierto. Fue el mismo Dios a quien Él ahora llama Padre. El cual les va a dar otro pan que también baja del cielo.

3.- Cuando se trata de los niños, el Padre Astete exige que, para recibir la Comunión, “sepan ellos distinguir del alimento común, el Cuerpo Sacrosanto de Cristo y adorarlo con reverencia”. Una fórmula de tiempos anteriores pero que aclara la palabra de Jesús: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna”.

El mundo actual presenta el escandaloso fenómeno de la opulencia satisfecha, frente a una miseria extrema. En ciertos niveles, muchos trabajos tecnificados que facilitan el esfuerzo humano y ofrecen a la vez, resultados más gratificantes. Pero a la par, una multitud que suspira por unas horas de trabajo y obviamente por un poco de pan.

4.- Jesús explica que existe otra manera de trabajar y otro misterioso alimento. Comprendemos entonces la estrecha relación entre Eucaristía y trabajos diarios. Entre trabajos diarios y sentido de la vida. Entre sentido de la vida y valores. Sería entonces necesario regresar a Cafarnaún, junto al lago. Comprenderíamos que el sentido cristiano de “comunión”, va más allá de un trozo de pan y un sorbo de vino.


4.- HACER UN NEGOCIO DE LO QUE ES SAGRADO.

Por Antonio García-Moreno

1.- El hombre nuevo.- "Cristo os ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos de placer, a renovaros en la mente y el espíritu" (Ef 4, 21). Estas palabras del Apóstol nos invitan a reconsiderar nuestra conducta. Comencemos por recordar que Jesús nos ha enseñado el camino que hemos de recorrer los cristianos, nos ha mostrado cuál ha de ser la manera de vivir honestamente. Sus palabras han perdurado a través de los siglos, han atravesado el espacio y el tiempo hasta llegar a cada uno de nosotros. Hoy, difícilmente hay un cristiano que no sepa qué es eso de vivir según el mensaje y la doctrina de Cristo.

Sin embargo, puede ocurrir que no lo pongamos en práctica, o que expresemos con claridad y en cada momento lo que supone ser cristiano. Pero, en el fondo, hay un sentimiento que mueve a comportarse correctamente, quizá de forma casi imperceptible... Lo malo es que muchas veces ese sentimiento, esa intuición, esa voz de nuestra conciencia la ahogamos con otros sentimientos e inclinaciones. Y en lugar de dar paso al hombre nuevo hecho según Dios, dejamos que se manifieste el hombre viejo y corrompido por las pasiones y el egoísmo.

"Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 24). Nos sigue diciendo el Apóstol y nos habla de una y estaba recién creado por el divino artífice. De alguna forma esa imagen nueva es infinitamente más perfecta que aquella imagen de la primera pareja, hecha por Dios.

Nueva condición más próxima, en el parecido, al modelo inmensamente perfecto que es Dios; condición nueva del hombre justo y santo de verdad... Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, dejad que su poder os trascienda, dejad que Dios actúe en vuestras vidas, dejad que su bondad os inunde, dejad las manos libres a Dios. Él sólo pide, para actuar en nosotros, que le secundemos con nuestro sí incondicional, con nuestro pobre esfuerzo, con la pequeña renuncia de cada momento. Y si dejamos el paso libre a Dios, el hombre viejo y podrido se oscurecerá, para que resurja el hombre nuevo, creado a imagen de Dios, en justicia y santidad verdaderas.

2.- Buscar lo que vale.- Jesús conoce a fondo lo que se esconde en el interior del hombre. Sabe cuándo uno le busca con rectitud de intención, y cuándo se mueve por motivos menos rectos. Por eso, a quienes lo buscan después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, les acusa de que van detrás de él para beneficiarse otra vez de su poder divino.

Es una acusación que sigue en pie para quienes se sirven de la Iglesia, en lugar de servirla. Esos que hacen gala de religiosidad, para sacar algún provecho personal, para medrar en cualquiera de las mil facetas de la vida. Es una actitud egoísta, casi sacrílega podíamos decir, pues pretende hacer un negocio de lo que es sagrado. Es esta una cuestión muy delicada con la que no podemos jugar. Recordemos que, según San Pablo, de Dios nadie se ríe.

De todas formas, Jesús entra en diálogo con aquellos que le buscan por intereses bastardos, trata de hacerles comprender lo poco noble de su actitud, intenta abrirles el entendimiento y el corazón a valores más altos y duraderos. También a nosotros, con paciencia de años, quiere Dios iluminarnos para que busquemos lo que realmente vale, nos fortalece para que superemos nuestra propia debilidad y alcancemos el supremo bien que satisfaga todos nuestros anhelos y deseos.

La gente, a pesar de su torpeza, pide ese Pan que baja del cielo y que da la vida al mundo. "Señor--dicen--, danos siempre de ese pan". Es una exclamación sencilla, una jaculatoria fácil de aprender para que la repitamos en nuestro interior, suplicando al Señor con humildad y confianza que nos conceda satisfacer esa hambre y esa sed que a veces nos acucian, esos deseos indefinidos que sólo Dios puede calmar.


5.- ¿ESTÓMAGOS AGRADECIDOS?

Por Javier Leoz

Las personas, por lo que sea, nos dejamos seducir rápidamente por los sucesos extraordinarios. ¿Qué tiene el espectáculo que tanto atrae? Pues eso: espectacularidad, morbo. Nos deslumbra todo aquello que, aparentemente, está fuera de lo común.

1. -En el Evangelio de hoy, en la memoria de muchos, sigue viva la multiplicación de los panes. Sus bocas todavía permanecían abiertas ante el milagro: ¡hubo pan para todos! Pero, Jesús, era consciente de que aquella amistad que le brindaban, no era del todo sincera. Era un tanto interesada.

Siempre recuerdo aquel viejo refrán: “el amigo bueno es como la sangre, acude a la herida”. Jesús, como buen amigo, había acudido en socorro de los que tenían hambre material. Pero no quería que se quedasen en el aquel milagro. Para Jesús, el milagro, seguía siendo palabra. Una buena catequesis, una dinámica para despertar la fe en aquellos corazones cerrados a Dios. ¿Lo entendieron así aquellos estómagos agradecidos? ¿Buscaban a Jesús por la fuente de sus palabras o porque les colmaba de pan? ¿Amaban a Jesús por el Reino que traía entre sus manos o porque les había llenado de alimento sus manos abiertas?

También a nosotros, queridos amigos, el Señor nos interpela en este domingo. ¿Por qué le buscamos? ¿Porque en algunos momentos nos ha confortado en nuestra soledad? ¿Porque, tal vez, ha sido bálsamo en horas amargas o en momentos de pruebas? ¿Por qué buscamos al Señor? ¿Por qué y para qué venimos a la Eucaristía de cada domingo? Sería bueno, amigos, un buen examen de conciencia: ¿qué es Cristo para mí?

2. - La Iglesia, en estos momentos, también tiene el mismo problema que sufrió Jesús en propias carnes. Hay muchos que, lejos de verla como un signo de la presencia de Dios en el mundo, la toleran porque hace el bien. Porque soluciona problemas. Porque llega a los lugares más recónditos del mundo levantando hospitales, construyendo orfanatos o cuidando a los enfermos de Sida. Pero, la Iglesia, no desea que sea apreciada por su labor social o humana. Su fuerza, su orgullo y su poder no está en esas obras apostólicas (que están bien y son necesarias para calmar tantas situaciones de miseria o injusticias). El alma de nuestra Iglesia, de nuestro ser cristiano es Jesús. Un Jesús que tan sólo nos pide creer en El como fuente de vida eterna. Como salvación de los hombres y de todo el mundo.

3.- Hay un viejo canto que dice “todos queremos más y más y más; el que tiene un euro quiere tener dos; el que tiene cuatro quiere tener seis…..” Y a Jesús, primero, le pedían pan. Luego le exigían más y, al final, solicitaban de Cristo, todo, menos lo esencial: su Palabra, su Reino, la razón de su llegada al mundo.

Que sigamos viviendo nuestra fe con la seguridad de que, Jesús, sigue siendo el pan de la vida. Y, sobre todo, que amemos al Señor no por aquello que nos da, sino por lo que es: Hijo de Dios.

4.- TE BUSCO, SEÑOR

Aunque lo haga de una forma equivocada,

e incluso, a veces porque me das lo que me conviene.

Pero créeme, Señor, que te busco porque te quiero.

Aunque a veces la cruz me pese demasiado

Aunque, en otros momentos,

no entienda en algo o en mucho tus misterios

Aunque, la vida terrena,

me guste más que aquella que en el cielo me espera

TE BUSCO, SEÑOR

No por lo que me das, aunque me lo ofrezcas

No porque me acompañas, que te lo agradezco

No porque me iluminas,

aunque a veces prefiera vivir en la oscuridad

Sólo sé, Señor, que te busco.

En cada día y en cada acontecimiento

En la escasez y en la abundancia

En el llanto y en la sonrisa

Cuando las cosas vienen de frente

y, cuando el suelo por debajo de mis pies,

se abre en un peligroso boquete

TE BUSCO, SEÑOR

Aunque mi fe no sea sólida

y, a veces, exija pruebas de tu presencia

Aunque dude, y a continuación,

te de la espalda y no pueda defenderte

Aunque no trabaje demasiado

por tu causa y por tu Evangelio

Sólo sé, Señor, que no dejo de buscarte

Que no dejo de quererte

Que no dejo de de pensar

que, sin Ti, mi vida sea muy diferente.

Gracias, Señor


6.- “ME BUSCÁIS PORQUE COMISTEIS HASTA SACIAROS”

Gabriel González del Estal

1.- Se ve que ya era entonces un comportamiento bastante habitual, como lo sigue siendo ahora: primero, tener contento al cuerpo y tener cubiertas las necesidades materiales, lo espiritual vendrá después. Algo parecido debía querer expresar también el dicho de la filosofía antigua: primero vivir, después filosofar. Algo de esto debió pensar la comunidad de los israelitas cuando estos murmuraban contra Moisés y Aarón, porque veían que se estaban muriendo de hambre en el desierto y recordaban la olla de carne que comían en Egipto. Algo parecido debió pensar también la gente, cuando vio que Jesús les había quitado el hambre de varios días; querían proclamarlo rey, porque había multiplicando milagrosamente el pan y los peces. Algo parecido nos pasa también frecuentemente a todos nosotros: amamos mucho a Dios, mientras sentimos que Dios nos cobija y nos protege, y para que siga cobijándonos y protegiéndonos, pero comenzamos a desconfiar de Dios, cuando la desgracia, o la enfermedad, o el fracaso nos visitan. Yo creo que, después de todo, esto es algo muy humano, porque todos somos radicalmente egoístas y subordinamos fácilmente los intereses espirituales a los materiales. Primero, que nos dé Dios ya aquí el ciento por uno; la vida eterna puede esperar. Y, antes y después, que no nos falte nunca el dinero. Por eso, debemos estar siempre muy atentos, tratando de purificar al máximo nuestros verdaderos intereses. El cristianismo es una religión de amor, de desprendimiento, de generosidad, no de cálculos materiales interesados. Un cristianismo en el que no se vea directamente, al trasluz, un amor desinteresado y generoso hacia Dios y hacia el prójimo no es un verdadero cristianismo. Por mucho que queramos disfrazarlo de cumplimientos legales, o caridades.

2.- ¿Qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Otra vez exigiendo signos, como si la multiplicación del pan físico no hubiera sido un signo claro del pan espiritual, del pan de vida. Moisés, le decían, nos dio a comer el maná en el desierto; y tú, ¿qué? Jesús tiene que recordarles que no fue Moisés el que les dio el maná, sino que fue su Padre, el mismo Dios. Y les asegura que su Padre les ha dado ahora a ellos un verdadero pan del cielo, que da vida al mundo. Ese es el signo. Ante esto responden apresurados: danos siempre de ese pan. Es entonces cuando Jesús les dice: Yo soy el pan de vida. Ellos no acabaron de entender del todo lo que Jesús les decía, pero nosotros sí debemos entenderlo del todo. Sólo comiendo el pan de Cristo, vital y sacramentalmente, tendremos vida eterna. Comer a Cristo es vivir siempre llenos del espíritu de Cristo, es seguirle, imitando, en lo posible, su estilo de vida, es vivir de tal modo que podamos llegar a decir, como San Pablo: es Cristo quien vive en mí.

3.- No andéis ya como los gentiles. San Pablo les dice una vez más, a los efesios, que cuando se bautizaron en el nombre de Cristo comenzaron a ser criaturas nuevas. Ahora que han abandonado al hombre viejo tienen que vivir como nuevas criaturas, “renovados en la mente y en el espíritu, vestidos de una nueva condición humana, a imagen de Dios”. No podremos nunca, mientras vivimos en este mundo, abandonar del todo nuestro <hombre viejo>, pero debemos aspirar siempre, ya en este mundo, a vivir como criaturas nuevas.


7.- EL PAN DE NUESTRA LIBERTAD

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Desde luego, hoy, el pan no es lo que era. Porque, en estos tiempos, son muchos los dietistas y los “forjadores” de imposibles cuerpos humanos perfectos, que prohíben la ingesta del pan como si de un veneno poderoso se tratase. Y, sin embargo, durante milenios –y sobre todo en el mundo mediterráneo—el pan ha sido el alimento principal de generaciones y generaciones. Fue, además, un avance técnico importante, un triunfo científico de indudable importancia, porque moler la harina, hacer una masa con agua y añadir levadura para que aumente, no es algo tan fácil, ni tan espontáneo.

Por eso tiene mucho sentido cuando Jesús de Nazaret inicia su discurso del pan, considerándolo comida fundamental y solamente comparable al maná que los israelitas recibieron del cielo durante la larga marcha por el desierto. Jesús preanuncia, además, el prodigio del milagro eucarístico, donde un pan bendecido se convierte en viático de eternidad y donde, asimismo, en él se va a quedar para acompañarnos durante los siglos de los siglos.

2.- Jesús no esconde la importancia que tiene la comida y quien la da. Dice, no exento de dureza argumental, que le han buscado porque asistieron a la entrega de pan, delicioso y gratis, y con él quedaron saciados. Sin duda, es como un adelanto de una vida feliz. Recostada la multitud sobre la hierba, en tiempo fresco, en el que el sol ardiente de Palestina no molestaba, comiendo sin parar y escuchando la Palabra de Jesús. ¿No es, casi, legítimo que intentaran repetir la escena muchas veces y así construir una vida de tranquilidad, ocio y paz? Si, claro, pero Jesús les dio de comer el día de la multiplicación por un hecho real y contingente. No es que pretendiera embaucar con su poder, simplemente quiso alimentarles porque después de mucho tiempo de seguirle podrían caer de hambre y de cansancio.

3.- El diálogo de Jesús con los quieren otra vez el pan prodigioso demuestra una gran desconfianza ante el propio milagro de la multiplicación. No le encuentran sentido espiritual alguno, y sólo lo ven como un subsidio, como un seguro de desempleo, que permite vivir sin trabajar, aunque esté justificado. Y de ahí que se inicie ese otro planteamiento en el que el Rabí de Galilea les promete una vida completa. “El que viene a mi –dice el Señor—no pasará hambre, y el que cree en mi no pasará nunca sed”. Pero ellos muy pegados a lo material no saben ver ese otro mensaje de altura.

Por eso hay que pensar que Jesús habló para nosotros. Porque, obviamente, la nosotros si sabemos de qué habla Jesús, aunque, aún entendiéndole, no le hagamos caso. Hemos de reflexionar, con toda el alma, sobre la Eucaristía, sobre la Comunión, sobre el alimento de altura que todos los días está a nuestra disposición en la Santa Misa. No podemos buscar a Jesús para ser importantes dentro de la Iglesia, o para que nos vean. Hemos de buscar el alimento que nos transforma y nos mantiene. Sería una gran práctica de oración y de piedad que copiáramos las frases que Jesús dice a sus interlocutores de hace más de dos mil años y las repitiéramos como antecedente y consecuente de nuestro momento de Comunión. Deberíamos hacerlo.

4.- Durante la peregrinación por el desierto, Dios Padre les socorre con un alimento prodigioso, desconocido, que nunca ha vuelto a repetirse, y sobre el cual los estudiosos han hecho muchas conjeturas sobre su origen y composición. Tanto da. La cuestión es que el poder de Dios Padre da comer a su pueblo hambriento. Y ello es, igualmente, parecido, cuando Moisés, apaleando una roca, obtiene agua. Ya podemos nosotros “hinchar” a palos a un pedrusco de esos de granito que abundan en la sierra de Madrid que no sacaremos nada, salva romper el palo y hasta nuestra muñeca. Lo del maná es un bello antecedente para el discurso de Cristo de hoy, pero realmente el prodigio, total y enorme, es que el mismo Dios se quede en el pan para acompañarnos durante toda nuestra vida.

Y Pablo de Tarso acierta del todo cuando dice en su Carta a los Efesios que no renovemos por el Espíritu de Jesús y que nos transformemos dentro de una nueva condición humana, a imagen de Dios. La Eucaristía nos ayuda a ello. Es una primicia de eternidad. Es la Comunión –la común unión—con Cristo. Es camino seguro de vida eterna. Por eso os decía que debemos meditar hoy sobre el Sacramento del Altar, dedicarle todo el tiempo que hayamos previsto para nuestra oración cotidiana. Sinceramente, merece la pena, porque es el Pan de nuestra Libertad.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


HUIR DE LA MEDIOCRIDAD Y APRENDER A ALIMENTARSE

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Nuestra cultura capitalista necesita del consumo para poder seguir existiendo. Y para ser un buen consumidor, es preciso ser mediocre. Como decía aquel. “ser tan pobre tan pobre, no tener más que dinero”. Como los investigadores adelantan tanto en sus inventos, las empresas que quieren sacar provecho de sus inversiones, por consiguiente, fomentan el consumo. Se las arreglan para crear necesidades que en realidad no son precisas. Y sumergidos en estos mejunjes de la propaganda escrita, radiada y televisada, se vive sin profundizar en nada. Y el cristiano nunca debe olvidar, que no puede comportarse como un vulgar consumidor. Claro que Pablo se refiere a los gentiles, me parece a mí que, hoy en día, el equivalente a sus referencias, sería los consumidores. Tratad vosotros, mis queridos jóvenes lectores, de encontrar otra mas apropiada, si os parece. Lo que he escrito, es lo que se me ha ocurrido a mí, respecto a lo que leemos hoy en la segunda lectura de la misa.

Hay gente que nunca esta satisfecha, que son pedigüeños de nacimiento, ambiciosos y abusones. No disfrutan de lo que tienen, porque piensan siempre en lo que carecen, aunque no les haga ninguna falta.

Disfrutaba yo, mis queridos jóvenes lectores, hace unos meses, bebiendo un té beduino por los mismos parajes donde el pueblo de Israel se quejaba a Dios, el pasaje de la lectura de hoy. Viajábamos del Sinaí al Cairo. Pensaba, mientras tragaba un brebaje preparado sin la más mínima precaución higiénica y olvidando normas propias de un “té de las cinco” ingles, en lo buena que era la cerveza fresca. No me quejé de que aquellos beduinos, en su rudimentario tenderete, no sirvieran otra cosa que la infusión fuertemente mentolada y dulce. Tuve esa precaución. No quería reproches divinos. Y me supo a gloria.

La codorniz es un ave migratoria. Acumula grasa para autoalimentarse en sus largos desplazamientos, pero no por ello deja de experimentar cansancio y agotamiento al final de la jornada y aterrizar exhausta, resultando entonces fácil su captura. Del maná he leído muchas interpretaciones. Como en algún pasaje se dice que tenía sabor de harina y miel, pienso en él, cuando saboreo el “pain des epices” francés. O, en alguna ocasión, he mezclado “palomitas” (o crispetas, como queráis llamarlas), con miel, para imaginarme mejor la escena. Sea lo que fuese, se les facilitó al pueblo israelita que marchaba por el desierto camino de la Tierra Prometida, un “plato combinado” equilibrado. Hidratos de carbono, proteínas y lípidos. ¿qué más podían ambicionar?

2.- Lo del maná fue una cosa emblemática, quedó en la memoria colectiva del pueblo, aunque no supieran con exactitud qué era. Únicamente imaginada, no obstante, era la piedra de toque, de un religioso gourmet judío.

El lago de Genesaret, me he referido a él en otras ocasiones, es un óvalo de no más de 9km en una dirección y 19 en la otra. Los habitantes de aquellos lugares utilizaban la barca, de una sola vela cuadrangular, que ayudaba a los remos, como ahora se utiliza para pequeños desplazamientos, la bicicleta, iban de una orilla a otra, en esta caso seguramente dirección SE a NE, con gran facilidad. La “base de operaciones” era la casa de Pedro, hoy perfectamente identificada. Una casa no era un pisito actual. Permitía la convivencia entre vecinos y el encuentro en los patios circundantes de los amigos, para charlar de lo que se prestase. Espacio abierto a todos, lugar aislado por paredes que facilitaba la conversación confidencial, eso era lo que había entre las viviendas donde, prácticamente solo se entraba a dormir.

3.- A la gente que le encuentra y a los amigos, con ironía, les dice el Señor que le buscan porque se han hartado de pan y pescado. Para sorpresa de ellos, infravalora lo que han comido. Dice que Él tiene mejores manjares que ofrecerles. Y salta entonces el emblemático maná. Y vuelta a la infravaloración. ¿Qué es, pues, lo mejor? ¿Tal vez superará lo que sus antepasados recibieron en el desierto? Solemnemente responde el Maestro: yo soy el pan de vida. Les dejó boquiabiertos y pasmados.

Algo de esto sabemos los que ahora tenemos la suerte de comulgar. ¿lo saboreamos espiritualmente asombrados y pasmados?. Como en las novelas por entregas: continuará la próxima semana.


6 de agosto de 2009

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


¿CUÁLES SERÁN MIS COORDENADAS?

Por Gustavo Vélez, mxy

“Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos”. San Marcos, cap. 9.

1.- Cuando admiramos las obras de Mozart, o leemos la historia de Miguel Ángel, o valoramos el aporte de Einstein a las ciencias modernas, comprendemos enseguida que ellos vivieron en otra dimensión. Aunque sus vidas transcurrieron en medio de adversidades y tropiezos, una fuerza interior los alentaba siempre.

San Marcos nos cuenta que un día Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió con ellos a una montaña. No lo dicen los evangelistas, pero la tradición ubica el hecho en el monte Tabor, a unos siete kilómetros de Nazaret. Hoy se encuentra allí cerca una aldea, cuyo nombre recuerda a la profetiza Débora, de la cual nos habla el libro de los Jueces.

2.- Ese día aquellos tres discípulos miraron con asombro esa faceta del Señor, que su trato ordinario opacaba. Allí se convencieron de quien era Jesús, luego del triste anuncio de su próxima muerte, pocos días atrás. El evangelista narra el hecho de una forma dramática: Tres discípulos que escuchan y admiran. Y tres personajes, Jesús acompañado de Moisés y Elías, que se presentan en otra dimensión. El gran líder y el famoso profeta garantizaban al Maestro como Mesías. Vestidos muy blancos y resplandecientes, una nube que cubre de repente la escena, y una voz de lo alto: “Este es mi Hijo, escuchadle”.

Acto segundo: Los tres invitados permanecen en silencio, pero enseguida Pedro expresa su alegría de una forma infantil, queriéndose quedarse en la montaña. Y propone fabricar de prisa tres tiendas: Para Jesús, para Moisés y para Elías. ¿Qué sucedió en la cima del monte? Ni aquellos discípulos, ni más tarde los evangelistas pudieron explicarlo plenamente. Fue un acontecimiento inusual. De aquellos que en alguna ocasión nos han ocurrido. Experiencias inefables, es decir, que no pueden expresarse con palabras. Suceden en el área del amor, en el ejercicio profesional, en el encuentro con alguien, en la fe, obviamente. Los autores los llaman estados místicos, que Dios regala de pronto a quienes vamos de camino.

3.- Podríamos señalar que ser cristiano es mantenerse en un nivel peculiar de humanidad. Subir con el Señor, como estos apóstoles. “Aspirar a las cosas de arriba. Buscar las cosas de arriba”, como san Pablo les decía más tarde a los fieles de Colosas. “Todo cuanto hagáis, añade el apóstol, hacedlo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Es necesario entonces esforzarnos por superar las mareas de la vida. Es necesario perseguir los valores que nos construyen. De lo contrario seremos siempre gente ordinaria, que vaga sin sentido.

4.- Latitud y longitud, enseñan los científicos, son las coordenadas geográficas. Medidas para situar con exactitud los continentes. Para ubicar el sitio exacto donde un trasatlántico avanza en el océano. La latitud se mide en relación con la línea ecuatorial y el acercamiento a los polos. La longitud significa la distancia o lejanía de una línea imaginaria, que atraviesa el Real Observatorio de Greenwich en Londres. Un indicador metálico muestra allí el que sería el Meridiano 0º. Cada uno de nosotros podría entonces preguntarse: En relación con Dios y con los prójimos, ¿cuáles serán hoy mis coordenadas?