XVII Domingo del Tiempo Ordinario
26 de julio de 2009

La homilía de Betania


LA BUENA VOLUNTAD, VALE TODO

Por Javier Leoz

2.- EUCARISTÍA Y JUSTICIA

Por José María Martín OSA

3.- EL ÁBACO DE DIOS

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- GENTE QUE TIENE HAMBRE Y CAMINA A LA DERIVA

Por Antonio García-Moreno

5.- SOBRE LA NECESIDAD DE COMPARTIR EL PAN FÍSICO Y EL PAN DE VIDA

Por Gabriel González del Estal

6.- OLOR A PAN RECIÉN HECHO

Por José María Maruri, S. J.

7.- PIDAMOS TODO AL SEÑOR

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


TIEMPO DE EXÁMENES Y PRUEBAS DE GENEROSIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja


LA BUENA VOLUNTAD, VALE TODO

Por Javier Leoz

1. Todos sabemos lo que significa el pan. Entre otros aspectos, nos trae connotaciones de bienestar. Nos recuerda que, el trabajo, nos procura aquello que más necesitamos para seguir adelante: el pan de cada día.

El sabor a pan marca también el evangelio de este domingo. El secreto de la generosidad no está en la abundancia sino en la bondad del corazón. Constantemente nos encontramos con personas acaudaladas que son inmensamente tacañas y, por el contrario, con gente con escasos recursos económicos que son tremendamente espléndidos.

Y es que, la buena voluntad, es lo que nos hace grandes, solidarios, cercanos y sensibles a las carencias de los demás. Cuando existe la buena voluntad, está asegurado el primer paso para alcanzar un corazón grande. Es el todo, aún teniendo poco.

2.- Para muestra un botón; un Jesús consciente de la necesidad de aquellos que le escuchaban. Eran personas con hambre de Dios pero, como humanos, con ganas de pan recién amasado. Las dos carencias, supo y quiso satisfacer con mano providente. Jesús les dio el pan del cielo y les multiplicó a manos llenas el pan que requerían para seguir viviendo.

¿Qué hubiera ocurrido con aquellas personas si Jesús no hubiera salido al frente de aquella necesidad? ¿Hubieran desertado? ¿Se hubieran quedado famélicos y decepcionados? Tal vez. Pero, el Evangelio, nos habla del auxilio puntual de Jesús. En su mano se encuentra la bondad misma de Dios. Es un Dios que salva al hombre de sus angustias.

3- Que aprendamos esta gran lección: la felicidad no reside tanto en el tener cuanto en el compartir. Cuando se ofrece, el corazón vibra, se oxigena, se rejuvenece. ¿Sirve, al final de la vida, un gran patrimonio que no ha estado inclinado o abierto al servicio de alguien o de una buena causa cristiana?

Todos, cada día, debiéramos de mirar nuestras manos. No para que nos lean el futuro, cuanto para percatarnos si –en esas horas- hemos realizado una buena obra; si hemos ofrecido cariño; si hemos desplegado las alas de nuestra caridad; si hemos construido o por el contrario derrumbado; si nos hemos centuplicado o restado en bien de la justicia o de la fraternidad.

Si, amigos. Cada día que pasa, cada día que vivimos es una oportunidad que Dios nos da para multiplicarnos, desgastarnos y brindarnos generosamente por los demás.

Al fin y al cabo, en el atardecer de la vida, nos examinarán del amor. Dejarán de tener efecto nuestras cuentas corrientes. Nuestras inversiones. Nuestros apellidos y nobleza. Nuestra apariencia y riqueza….y comenzará a valer, su peso en oro, las manos que supieron estar siempre abiertas.

4.- AQUÍ ME TIENES, SEÑOR

Soy poco, muy poco o casi nada,

pero con tus manos

multiplicarás lo que en el mundo

sea más necesario por tu Reino.

Conoces mi debilidad, mis pecados,

mis carencias y errores,

más sé que con tu mirada, y por mí fe,

multiplicarás lo bueno que en mí pusiste

y harás que, aquellos que me rodean,

puedan servirse de la bondad que desparramas.

AQUÍ ME TIENES, SEÑOR

Quiero ser uno de esos cinco panes,

para que, el hambriento que sale al camino

no marche a su casa sin haber comido

del pan de mi fraternidad

del auxilio de mi solidaridad

del agua de mi caridad

AQUÍ ME TIENES, SEÑOR

Tal vez, sea insuficiente;

mis capacidades, mi pensamiento,

mi alabanza, mi oración,

mi entrega, mi testimonio.

Tal vez sea poco

lo que la cesta de mi corazón albergue.

Pero, aquí me tienes, Señor

Mucho me diste y, por ello,

te doy las gracias, te bendigo y te alabo.

Mucho me diste y, por ello,

te pido que nunca deje de ser sensible

a las necesidades de mis hermanos.

Amén


2.- EUCARISTÍA Y JUSTICIA

Por José María Martín OSA

1.- Jesús es “el camino, la verdad y la vida”. Todos sabemos que para caminar hace falta alimentarse bien. Al escribir esto, acabo de ver una etapa de montaña del Tour de Francia. El comentarista, antiguo ciclista, observa que uno de los aspirantes a ganar la carrera se ha desfondado porque no ha comido ni ha tomado el líquido suficiente en la bajada, para poder afrontar la subida al puerto de los Alpes con fuerzas renovadas. Está claro que un gran escalador necesita recoger las bolsas de avituallamiento que le ofrece su equipo, pero además es preciso que coma en el momento adecuado. Nosotros también somos caminantes por el camino de la vida. Para poder recorrer bien las diferentes etapas precisamos, en primer lugar, saber por dónde tenemos que ir. Por eso Jesús nos dice que El es la “luz del mundo” que ilumina la senda y “el Buen Pastor” que nos guía.

2.- Pan para el camino. No basta con conocer el camino, hay que tener fuerzas para recorrerlo. Jesús se nos ofrece gratuitamente: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed” (Jn 6, 35). También es necesario beber para no quedarnos deshidratados. En el diálogo con la Samaritana Jesús se presenta como “el agua viva”. Dice un viejo dicho que “con pan y vino se anda el camino”. Es en las bodas de Caná donde Jesús se nos muestra como el “vino nuevo” que da vida. El pan es el alimento básico y, por eso, Jesús se compara con el pan que ha venido del cielo para hacernos vivir. Este el mensaje del evangelio de hoy, cargado de un gran simbolismo eucarístico. Es la Eucaristía la “fuente y cumbre de la vida cristiana”. Es el alimento que sustenta nuestra vida.

3.- Compartir en justicia. El evangelista Juan sitúa el episodio de la multiplicación de los panes y los peces durante la primavera, cercana ya la Pascua. El relato es, por tanto, una catequesis sobre la Eucaristía. En el mundo hay hambre de pan y de alimento material, pero, sobre todo, hay hambre de plenitud y felicidad. Jesús nos enseña el método para combatir el hambre física: compartir en justicia con el prójimo necesitado. Lo ha subrayado el Papa Benedicto en su última encíclica: sólo el amor es “la fuerza extraordinaria que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz”. La Eucaristía nos impulsa a amar y la caridad –amor- es la fuerza impulsora del “auténtico desarrollo de la persona y de toda la humanidad”. El gran signo que se manifiesta en la multiplicación de los panes y de los peces es “el milagro del compartir”. La forma de saciar nuestra inmensa ansia de felicidad es acercarnos a El, para unirnos a El y dejarnos transformar por El. Esto sucede cuando nos acercamos con fe a recibirle en la Eucaristía, sacramento de vida y fraternidad.


3.- EL ÁBACO DE DIOS

Por Gustavo Vélez, mxy

“Entonces Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron con el pescado”. San Juan, cap. 6.

1.- Un pequeño tablero, sobre el cual se corrían de forma horizontal varias cuentas, ensartadas en hilos. Era el ábaco, con el cual se enseñaron en tiempos pasados, los rudimentos de las matemáticas. Se dice que fue inventado por los chinos, o tal vez por los tártaros.

Los métodos de Dios para multiplicar sus bondades, o restar de su haber nuestras faltas, discurren sobre su propio corazón. De esta manera madruga a alimentar los pájaros y a vestir a los lirios. De este modo, cada noche borra con esmero maternal, nuestros pecados.

El pasaje de la multiplicación de los panes y los pescados, es sólo una muestra gratuita de tantas cosas que hace el Señor en favor nuestro. El acontecimiento lo registra el evangelio en seis oportunidades. San Mateo y san Marcos lo cuentan dos veces. Sólo una vez los demás. Pudiera ser un texto repetido, o bien el hecho ocurrió en varias ocasiones.

2.- San Juan lo ubica en un lugar indeterminado: “La otra parte del lago”. Y le señala una fecha aproximada: “Estaba cerca la Pascua”. Lo cual explica la cantidad de hombres que se habían reunido, de camino hacia Jerusalén. Allí debían acudir para la fiesta, los mayores de doce años. Las mujeres y los niños lo hacían a veces. El texto nos indica además la razón de tal prodigio: Muchos seguían al Señor un día y otro, sin preocuparse de llevar provisiones.

En un paraje vecino al Tiberiades tuvo lugar un programa conjunto, entre el corazón de Dios y nuestros pobres recursos. Jesús le pregunta a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”. Felipe le presenta un estudio de factibilidad: “Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno tome un bocado”. Un denario era el jornal de un obrero, pero san Juan anota que “solamente los hombres eran unos cinco mil”.

3.- El Señor ordena a los discípulos: “Decid a la gente que se siente en el suelo”. Sería una forma de mantener en orden aquella turba. “Había en el sitio mucha hierba”, advierte también el evangelista, lo cual señala un tiempo de primavera, antes o después de la Pascua. Andrés, otro de los Doce, ofrece una solución más realista, aunque insuficiente: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados”, el menú ordinario de los pobres.

Jesús toma los panes y los pescados, dice la acción de gracias, como lo hacía cada judío en los momentos importantes, y en seguida todos reciben los milagrosos alimentos. Aquel muchacho, cuyo nombre e historia quisiéramos saber, hijo de una madre previsiva, presentó la materia prima para el milagro. Comieron todos hasta saciarse, leemos en texto. Aún más, se recogieron doce canastas con las sobras. Sentido ecológico quizás, o abasto para las aves domésticas.

4.- Hoy nos toca a nosotros acordar una alianza estratégica entre nuestros recursos, tal vez escasos, y el poder del Señor que sabe multiplicar sobre el ábaco de su corazón. Entonces muchos necesitados tendrán pan, techo, salud y educación. Es urgente globalizar la caridad, con idéntica amplitud y la misma velocidad de las actuales comunicaciones.


4.- GENTE QUE TIENE HAMBRE Y CAMINA A LA DERIVA

Por Antonio García-Moreno

1.- DESDE LA PRISIÓN.- La liturgia de la misa dominical sigue con la lectura de la carta de San Pablo a los efesios que, junto a la que envió a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón, constituye el grupo de las llamadas cartas de la cautividad. Todas ellas están escritas desde la prisión. La valentía del Apóstol en predicar el mensaje de Cristo le ha llevado a esta situación humillante y penosa. Pero Pablo no ceja en su empeño y, aunque sea entre cadenas, sigue predicando a Cristo y animando a los cristianos para que vivan como tales.

Ahora les dice que sean siempre humildes y amables, comprensivos, que se afanen por sobrellevarse los unos a los otros con amor... Sus palabras, no lo olvidemos, se dirigen también a cada uno de nosotros, esperando una respuesta a esa exigencia que nos pone por delante. Si somos cristianos, y lo somos, vamos a luchar por vivir conforme a la vocación que hemos recibido. Sobre todo en esos puntos que San Pablo señalaba: en la sencillez y en la amabilidad, en la comprensión, en el amor mutuo.

En medio de su prisión, San Pablo vibra apostólicamente. Sus palabras se desgranan pletóricas de entusiasmo, llenas de fe, pujantes y optimistas. Si no lo indicara, se pudiera pensar que escribe en circunstancias distintas, más halagüeñas, más placenteras. La razón de todo ese vigor y empuje está en su fe profunda en Dios. Está convencido del poder divino, de su amor infinito, de su grandeza indescriptible, con un optimismo desbordante, con un gozo sin fin. Por eso, una vez más, sus palabras se convierten en un canto de gloria, una doxología que sale a borbotones de su alma gozosa, de su espíritu desbordado por la gracia divina. Es estado de ánimo le hace exclamar: Bendito sea Dios por los siglos de los siglos. Amén.

2.- HAMBRE DE DIOS.- Las muchedumbres siguen a Jesús, cuyas palabras penetran en los corazones como bálsamo que cura heridas e infunde esperanza. Luces nuevas se encendieron en el mundo desde que Cristo llegó, ilusiones juveniles anidaron en el corazón del hombre, afanes por alcanzar altas metas de perfección y de santidad. Hoy también la gente marcha detrás de Jesucristo cuando percibe, o intuye, su presencia entrañable. El espectáculo de las multitudes en seguimiento del Papa es una prueba de ello.

Dice el texto que Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Es uno de esos momentos de intimidad del Maestro con los suyos. Momentos de trato personal y directo que hemos de revivir cuantos queremos seguir de cerca a Jesús. Son instantes para renovar la amistad con Dios, el deseo de servirle con alma vida y corazón. Acudamos, pues, al silencio de la oración para oír la voz de Jesús, presente en el Sagrario, para decirle cuán poco le amamos y cuánto quisiéramos amarle.

Aquellos que van detrás de Jesús en este pasaje, son gente que tiene hambre y camina a la deriva. Hambre de comprensión y de cariño, hambre de verdad y de recta doctrina, hambre de Dios en definitiva. El Señor satisfizo el hambre de aquella multitud multiplicando unos panes y unos peces. Aquel suceso vino a ser un símbolo de ese otro Pan que el Señor nos entrega, el Pan que da la Vida eterna. Jesús vuelve cada día a multiplicar su presencia bienhechora en la celebración Eucarística. Una y otra vez reparte a las multitudes hambrientas el alimento de su Cuerpo sacramentado. Sólo es preciso caminar detrás de Jesús, acudir a su invitación para que participemos, limpia el alma de pecado, en el banquete sagrado de la Eucaristía.


5.- SOBRE LA NECESIDAD DE COMPARTIR EL PAN FÍSICO Y EL PAN DE VIDA

Por Gabriel González del Estal

1.- Comenzamos hablando del pan físico, porque de esto es de lo que nos hablan directamente dos de las tres lecturas de este domingo. Es el pan que sacia el hambre de nuestros cuerpos, algo totalmente necesario para poder vivir en este mundo. En la primera lectura vemos cómo el profeta Eliseo reparte el pan de las primicias que le habían entregado entre las personas que tenía a su alrededor. Él sabía que no era pan suficiente para saciar el hambre de todos, pero confiaba en la misericordia y el poder del Señor, que así se lo había prometido. El profeta Eliseo hizo lo que tenía que hacer, compartir su pan con los hambrientos, y Dios hizo lo demás. También en el evangelio nos cuenta San Juan que Jesús hizo lo mismo con los cinco panes y los dos peces que tenía el muchacho que se había atrevido a seguirle hasta la montaña. Como vemos, en los dos casos se trata de una acción de Dios que multiplica milagrosamente el pan que unas personas habían puesto, previa y generosamente, a disposición de los demás. Primero fue la generosidad humana, después fue la bendición multiplicadora de Dios. En estos dos casos se ve muy claro que sin la generosidad humana no se hubiera podido realizar la acción divina y muchas personas hubieran quedado hambrientas y desoladas. Yo creo que esto debería hacernos meditar a todos profundamente. En el mundo hay muchas personas que se mueren de hambre y de sed. No podemos acusar a Dios de la injusticia de este mundo nuestro, en el que hay tantas personas que se mueren de hambre. Los que saben de estas cosas nos dicen que los frutos de la tierra y del trabajo del hombre son suficientes para saciar el hambre de todas las personas que vivimos en este planeta. Lo que pasa es que los que tienen, o tenemos, no queremos compartir lo que tenemos con los que no tienen. El problema del mundo no está en lo poco, o mucho, o nada, que tenemos, sino en la injusticia con la que hemos establecido el reparto de lo que la tierra nos da. Dios no puede multiplicar lo que nosotros no compartimos. No imitamos ni al profeta Eliseo, ni al muchacho del evangelio. Y después nos quejamos de Dios, y decimos que ha hecho un mundo en el que, mientras unos viven sobrada y opíparamente, otros se mueren de escasez y de hambre. Dios ha hecho un mundo, una tierra, en la que, compartiendo lo que la tierra nos da, todos podríamos vivir suficientemente bien, pero hemos sido nosotros los que, con este reparto tan injusto y desigual que hemos establecido, unos no tienen nada y otros demasiado.

2.- También debemos hablar de la necesidad de compartir el pan de vida. Durante los dos próximos domingos San Juan nos va a hablar del pan de vida. El pan de vida es Cristo, un pan que nos lleva hasta la vida eterna. Lo que yo quiero decir hoy es que los cristianos tenemos la obligación de compartir también el pan de vida. Esta es la misión que Dios nos ha encomendado a todos nosotros, pues a todos nosotros nos ha mandado Dios a este mundo para predicar el evangelio de Jesús de Nazaret. Un cristiano que no se preocupe de predicar el evangelio, es decir, de predicar su fe en Cristo, no vive como cristiano. No necesitamos ir a países lejanos para hacer esto; el evangelio se predica sobre todo con la vida y es allí donde habitualmente vivimos donde primero tenemos la obligación de dar testimonio de nuestra fe. Sí, predicar el evangelio con la vida, tratando de vivir siempre al estilo de Jesús, con mansedumbre, con fortaleza, con amor, perdonando, comprendiendo, ayudando a los que nos ven, para que puedan descubrir en nosotros el verdadero rostro de Dios. No tenemos la fe sólo para nosotros, para salvarnos nosotros solitos, sino para compartirla con los demás, para celebrarla juntos. Dios es comunidad y quiere que los cristianos vivamos comunitariamente la fe en su Hijo.


6.- OLOR A PAN RECIÉN HECHO

Por José María Maruri, S. J.

1.- Nada hay como el olor a pan recién hecho, cocido en horno de piedra y con leña. El pan aparece en la Escritura ya en los comienzos, cuando Dios creador le dice al hombre: “comerás el pan con el sudor de tu frente” donde el castigo no es el trabajo, sino el sudor, el cansancio, porque recordareis que el Señor había puesto al hombree en el jardín para que lo cuidase y cultivase.

La dignidad del pan no le viene de ser pan, sino del hombre que dignamente trabaja para conseguir el pan a los suyos.

Con respeto y cariño guardo en mi corazón la imagen de mi padre, recorriendo Madrid andando de tienda de comestibles en tienda de comestibles ofreciendo artículos de sus representados los Mina, los Marraco, Marqués de Misa, trabajando con alegría e ilusión porque sabía que en su trabajo iba nuestra vida pobre y sencilla pero arropada por él y por los milagros económicos de nuestra madre. Bendito y sabroso pan el que comíamos.

2.- ¿Estaba Jesús refrendando el subsidio del paro cuando se pone a repartir pan gratis a miles de hombres en paro? No lo creo, porque el subsidio del paro es un mal menor de un mal mayor que es una sociedad no fundada en que cada hombre tenga un trabajo digno del que vivan dignamente él y su familia, sino fundada en la teoría del fuelle, que cuando las empresas no necesitan trabajadores los expelen y cuando los necesitan los absorben donde el hombre no es fin sino puro medio.

Jesús os habéis fijado que no empieza a repartir el pan hasta que todos están sentados, no se empieza a servir la comida a los invitados hasta que todos están sentados a la mesa. Jesús invitó a su mesa a esos miles de hermanos suyos que no tenían que comer.

Cuando el demonio tienta a Jesús en el desierto, el Señor se niega a conseguir pan con un milagrito, porque la dignidad del pan no le viene de la facilidad de conseguirlo, sino del esfuerzo digno del hombre para cocerlo.

El pan, como la dignidad del hombre es algo sagrado, por eso el repartir el pan en la familia tenía algo de culto y liturgia.

Tío Pedro, hombretón vasco y recio, sentado en lugar preferente en la cocina, nos repartía a cada uno una gran rebanada de pan, que muy cristianamente compartían con nosotros los exiliados de Madrid, que por cierto de estos exiliados nunca se habla. Aquello era toda una liturgia.

Pan abundante, y sobre todo pan digno, dignificado por el hombre sacerdote de la creación.

3.- Con un pan así compra el Señor su palabra y el fin en ese mismo pan se nos quedará El como alimento y vida.

¿Por qué no se quedó el Señor o no comparó su palabra con algún alimento más noble? El cordero tan común en sus tiempos podría haber servido. Sólo que el cordero no es comida de cada día y el pan sí.

Con esto no nos está diciendo el Señor algo a los que nos hemos empeñado en no comer más que de domingo en domingo, que no le extraña nada que llegado el jueves estamos tan flacos y débiles que caigamos en toda colase de pecados. ¿Cómo vamos a estar sanos y fuertes espiritualmente comiendo una vez a la semana?

Estoy a tu puerta y llamo, si alguno me oye y abre, entraré y cenaré con el, no olvidemos esta diaria invitación del Señor a participar en su cena.


7.- PIDAMOS TODO AL SEÑOR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Mucha gente --y hace bien-- le pide a Dios que le arregle sus asuntos materiales. No parece un disparate que un hambriento pida pan al Señor y que un pobre le demande algo para salir de su situación precaria. Solo los soberbios eligen el tipo de peticiones que no se "pueden" hacer a Dios. Cuando Jesús multiplica los panes y los peces la muchedumbre le quiere hacer rey y el se marcha, solo, a la montaña. No desprecia el entusiasmo popular y lo comprende, pero no puede ser así y por eso se marcha.

Jesús nunca habló de peticiones especializadas, sino de la fe necesaria para pedirlas. Asimismo, otros soberbios no piden porque no confían en que Dios podrá satisfacerlos y ese es muy mal camino. Nuestra oración a Dios debe ser completamente sincera. Ello nos llevará a pedir lo que consideramos justo y necesario. Pero, no podemos dejar de pedir a un amigo lo imposible si ello es bueno. Estamos seguros aquí en Betania que, de una forma u otra, el Señor siempre da cumplida respuesta a nuestras peticiones.

2.- Un solo cuerpo, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Ese es el resumen del pasaje de la Carta de Pablo a los Efesios y nos dispone a pensar en la unidad de los cristianos. La desunión es una de las cosas que más escandalizan y debemos de esforzarnos porque un día solo haya un rebaño conducido por el Señor Jesús. En los últimos tiempos se ha trabajado mucho en el Ecumenismo, pero no hay transferencias reales. Los templos de una y otra confesión siguen cerrados para los que no pertenecen a la misma. Hay que avanzar en ese camino de puertas abiertas. A veces es lógico pensar que la herejía es más una posición que una concreción doctrinal. Anglicanos, católicos y ortodoxos estamos muy cerca en nuestras celebraciones litúrgicas y, sin embargo, continuamos desunidos. Habría que dar un paso "provisional" para que, al menos, los templos nos sirvieran a todos. Esto es lo que deseamos con todo el corazón.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


TIEMPO DE EXÁMENES Y PRUEBAS DE GENEROSIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Vosotros sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que de cualquier forma que estudiéis, tanto si vais a un colegio, como si os preparáis para conseguir entrar en una empresa o progresar en un empleo, es preciso, examinarse. Reflexionar cómo es uno. Cómo piensa, cómo proyecta y por encima de todo, cómo se comporta. Recuerda uno primero, lo que ha aprendido, lo que le han dicho se debe hacer, lo que es útil. A continuación, se estudia a sí mismo y se pone una nota. Si este ejercicio lo practica de cuando en cuando, con toda seguridad progresa. Aunque le parezca que siempre se deja llevar por las mismas inclinaciones y tiene los mismos defectos. Sin notarlo, él se mejora. El texto de San Pablo, en la segunda lectura de la misa de hoy, contiene una especie de test de santidad y unas instrucciones útiles.

Porque, vosotros sabéis que todo cacharrito que adquirís, viene con unas instrucciones de uso y unas advertencias y precauciones que hay que tener en cuenta, si se quiere obtener buen resultado. Nuestra vida es un don de Dios. Debemos ser leales con el que nos la otorgó y procurar darle buen uso. Os recomiendo hoy que toméis este texto y, estando a solas, lo leáis atentamente y comparéis lo que dice, con lo que hacéis.

2.- Durante algunos domingos, el decorado del texto evangélico, será el relato de la multiplicación de los panes y los peces. Me voy a fijar hoy en detalles que, no porque os parezcan anecdóticos, dejan de ser importantes. Tanto en la primera lectura, que es del segundo Libro de los Reyes, como en el texto de San Juan, se habla de panes de cebada. He recorrido muchas panaderías y supermercados, buscando panecillos exclusivamente de este cereal y no los he encontrado. Finalmente, me decidí a fabricármelos yo. Compré grano, lo molí en el del café, lo pasé por un cedazo casero y una vez bien amasado, lo metí en el horno. Comprobé que era un alimento basto y duro. No me extraña que fuera el que comían a diario los israelitas y el de los pobres. La gente común, el pan de los sábados y fiestas, era de trigo. Mientras masticaba yo mi pan, recordaba el paisaje de la baja Galilea y dejaba que mi imaginación facilitara la comunión con el episodio.

A pocos kilómetros del lugar, en Magdala, se elaboraba pescado en salazón, que se vendía por aquel entorno y hasta se exportaba a Roma. Tendría un sabor semejante a nuestros arenques salados o el bacalao seco. En su zurrón, aquel buen chico, se había preparado un “paquete de subsistencia”. El agua no era necesario que se la llevara, ya que el lugar está muy próximo al lago.

3.- El Señor ha estado predicando su doctrina salvadora. Ha dejado a su auditorio encandilado. Lo aprendido ha sido tan fascinante, que se olvidan de sus necesidades biológicas. Jesús es consciente de que pronto el hambre les acuciará. Plantea la cuestión a los apóstoles, ellos escurren el bulto, es su problema, hubieran dicho hoy. No hay solución, contestan otros. Son respuestas lógicas, como tantas veces se dan. Pero es preciso a veces, saltarse la lógica y pasar por encima de ella. Uno de los discípulos advierte de la presencia del muchacho precavido. Se hubiera dicho que mencionarlo, explicar lo que había traído consigo, era humor negro. Tal vez además, el chaval contestaría que era suyo y lo necesitaba para él, con toda razón. Pero no. Entrega con sencillez su pequeñín tesoro. Se obra el milagro. Un gran milagro, iniciado en la generosidad de un chiquillo. No sabemos si había estudiado, si acudía los sábados a la sinagoga, si recitaba la shemá, si se abstenía de comer animales impuros. Ni falta que nos hace. Sabemos que fue generoso porque lo solicitaba el Maestro y esto es suficiente. Sobresaliente para el chico.

El texto no dice ni su nombre, ni de donde era, ni como le fue en la vida. En el Reino de los Cielos sí que lo sabrán muy bien y un día nosotros se lo podremos preguntar. Debemos hoy felicitar al “generoso anónimo”. Poner en el interior de nuestro corazón, una lámpara votiva en su honor, recordar, de cuando en cuando, su pequeña gesta, y tratar de imitarle.

4.- Cualquier bala cargada de pólvora, necesita para dispararse, que el pequeño pistón explote primero. La pieza de caza será alcanzada por el balín certeramente disparado, pero todo empezó por una diminuta carga de fulminato de mercurio, que recibió un golpecito del percutor. La grandiosa generosidad de Dios, precisa de la pequeña prodigalidad del hombre. De la diminuta esplendidez nuestra. Un mundo repleto de pequeños egoísmos, es un mundo perdido. Tal vez venga de aquí nuestra actual crisis. Sin duda ello es la causa.