Domingo XIV del Tiempo Ordinario
5 de julio de 2009

La homilía de Betania


1.- ¿ES DIOS TODOPODEROSO?

Por Gabriel González del Estal

2.- ¿DE DÓNDE SACA TODO ESO?

Por Antonio García-Moreno

3.- UN DIOS POCO ELEGANTE

Por Gustavo Vélez, mxy

4.- ADMITAMOS UN DIOS CERCANO…

Por José María Maruri, SJ

5.- SER PROFETAS EN MEDIO DEL MUNDO

Por José María Martín OSA

6.- ANTE LA DIFICULTAD, LA CONSTANCIA

Por Javier Leoz

7.- BUSQUEMOS LOS PROFETAS EN NUESTRA TIERRA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ACHAQUES Y PRURITOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¿ES DIOS TODOPODEROSO?

Por Gabriel González del Estal

1.- Decir que Dios es todopoderoso es algo dogmáticamente correcto, pero que puede prestarse a múltiples equivocaciones y desengaños. Evidentemente, Dios no puede borrar de un manotazo el mal del mundo. Si pudiera hacerlo podríamos fácilmente acusarle de cruel, inmisericorde e injusto, ya que el mal sigue, desgraciadamente, presente entre nosotros. Decía Voltaire que prefería creer en un Dios impotente, antes que tener que creer en un Dios malo. No sólo se trata de que Dios debe respetar nuestra libertad, pues para eso nos la ha dado, sino que igualmente Dios respeta unas leyes biológicas y físicas, por las que se rige este universo en el que nosotros vivimos, y que han sido unas leyes que también han sido impuestas por él. Tenemos que acostumbrarnos a reconocer la autonomía del universo creado, desde el momento mismo en el que Dios lo creó. A todo esto me refiero, cuando hablo de la impotencia de Dios para eliminar muchos de los males que nos aquejan. Dios es todopoderoso para todo, menos para contradecirse a sí mismo. Dios quiere siempre nuestro bien, pero nos ha hecho limitados y no quiere librarnos de las dificultades y contratiempos que se derivan de nuestra limitación humana. Dios quiere siempre para nosotros, y para todos, el bien y nunca el mal, pero quiere que seamos nosotros mismos los que luchemos y trabajemos para suprimir el mal del mundo. Esta lucha será tal larga y difícil como la historia del hombre, pero, mientras nosotros vivamos, no debemos renunciar nunca a la victoria. Ayudándonos y armándonos con la gracia y la fuerza de Dios.

2.- No pudo hacer allí ningún milagro. Es seguro que Jesús de Nazaret quería mucho a los de su pueblo y quería para ellos lo mejor, pero la falta de fe y los prejuicios de sus paisanos no le permitieron hacer los milagros que a él le hubiera gustado hacer. Ante la falta de fe de sus paisanos, se sintió impotente para ayudarles como a él le hubiera gustado hacerlo. Se ve que ya entonces, como ahora, la gente juzgaba a los demás por las apariencias y por estereotipos, en vez de juzgar a las personas por lo que realmente son y por lo que realmente hacen. Este hijo del carpintero –pensaban- no puede ser ni tan sabio, ni tan santo como se presenta; nosotros le conocemos a él y a toda su familia. Y Cristo tuvo que irse a predicar a los pueblos de alrededor. “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. No nos extrañemos; nosotros hacemos muchas veces algo muy parecido, aunque sea en circunstancias muy distintas: cuando condenamos a algunas personas sólo por el color de su piel, o por su procedencia social, o por su militancia política, o por apariencias externas, o por lo que nos han dicho y nos han contado de ellas otras personas interesadas en crear esa opinión. A Dios debemos dirigirnos siempre con el alma llena de fe y esperanza; y a las personas debemos mirarlas siempre con la mejor disposición y sin dejarnos guiar por los prejuicios.

3.- Cuando soy débil, entonces soy fuerte. Es decir, cuando, reconociendo que soy débil, acudo a Dios para que con su gracia me ayude a luchar contra mis debilidades, entonces es cuando empiezo a ser fuerte. Es lo que el Señor le dijo a San Pablo: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. El Señor no le libró de la debilidad, el ángel de Satanás siguió, de hecho, apaleándole, pero el Señor le ofreció su gracia para que fuera él mismo el que luchara y no se dejara vencer por la espina de esa debilidad que tanto le atormentaba. Nuestras debilidades, en vez de acobardarnos, deben ser un estímulo y un despertador que nos ayuden a dirigir nuestra mirada y nuestra súplica hacia el Dios que nos salva. El dolor y el sufrimiento muchas veces nos ponen en nuestro sitio, mejor que el éxito o el aplauso. Nuestras flaquezas, nuestros pecados incluso, pueden y deben hacernos ver más nítidamente la necesidad que tenemos de la gracia de Dios. El Señor derribó de su trono a los soberbios y exaltó a los humildes. El San Pablo de esta carta a los Corintios veía esto muy claro.


2.- ¿DE DÓNDE SACA TODO ESO?

Por Antonio García-Moreno

1.- Una espina.- En la segunda lectura de hoy, San Pablo narra a los cristianos de Corinto la grandeza de que ha sido testigo en las revelaciones extraordinarias que Dios le ha hecho. Y a renglón seguido, explica que todo eso es algo que no le pertenece, algo que Dios le ha concedido gratuitamente, sin mérito alguno por su parte. Y así explica que él no puede gloriarse de eso que no es suyo. Y añade que sólo de una cosa puede gloriarse: de su flaqueza.

Y para que no olvide su propia miseria, esa miseria está siempre patente ante sus ojos. Dice que tiene metida una espina en la carne, algo que le molesta al menor roce, algo que le duele continuamente. Un emisario de Satanás que le abofetea sin cesar. No se puede saber a ciencia cierta de qué se trata. Lo que está bien claro es que no le era fácil la vida, que tenía dificultades serias y tentaciones, tropiezos, obstáculos que había de superar con tenacidad y paciencia a lo largo de toda la vida. Gracias, Señor, por esa confidencia de Pablo. Es un gran consuelo a los que también tenemos una espina, de la clase que sea, metida muy dentro de nuestra carne.

Era algo que le humillaba, algo de lo que quisiera verse libre. Quién me librará de este cuerpo de muerte, exclamaba el Apóstol en otra ocasión. En este pasaje nos cuenta que tres veces, es decir, con insistencia, ha pedido al Señor que le libre de aquellas cadenas que pesan sobre su alma, de ese peso muerto que parece frenar continuamente su marcha ascensional hacia Dios.

Y Dios atiende a su ruego de una manera peculiar: Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad. Esto es, que no te libraré de esa losa que te aplasta, pero haré posible que, a pesar de eso, sigas caminando hacia lo alto. Conseguiré el prodigio de que lo mísero y lo mezquino llegue a ser algo grande y admirable, haré que tu opaca oscuridad se convierta en rutilante luz...

Estas palabras de San Pablo bien podemos hacerlas nuestras, porque todos sentimos, cada uno a su manera, esta debilidad que tantas veces nos atormenta. Y esas palabras de Dios también son válidas para nuestro caso. Por todo lo cual, sólo nos queda seguir pidiendo la ayuda divina y estar seguros, a pesar de todo, de que si luchamos llegaremos al final, gozosos al lograr la victoria definitiva.

2.- El hijo del carpintero.- Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, no por haber nacido en ella, sino por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta, ejemplar y estímulo para nuestra propia existencia, hecha también de pequeños deberes, de un trabajo sencillo quizá, pero ocasión única para ofrecer al Señor, con delicadeza y cariño, esos retazos de vida, que se nos van quedando al borde de nuestra actividad de cada día.

Jesús, como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo, para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado desde el principio a Dios, para celebrar loa resurrección gloriosa de Cristo.

Jesús, como todo judío cumplidor, asiste al rito de la sinagoga y después de leer la lectura correspondiente, comienza a hablar, como solía hacer uno de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Lo que ocurre es que, según el modo de hablar de los semitas, se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.

Por otra parte, el rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.


3.- UN DIOS POCO ELEGANTE

Por Gustavo Vélez, mxy

“Jesús fue un sábado a la sinagoga de Nazaret. Y sus paisanos se preguntaban: ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María? Y desconfiaban de él”. San Marcos, cap .6.

1.- “¿De Nazaret puede salir algo bueno?, pregunta Natanael, cuando Felipe le comparte que ha encontrado al Mesías. Y en verdad, la aldea que hoy es ciudad de unos 30.000 habitantes, no tenía entonces buena fama. ¿La causa? Allí paraban gentes de todas las pelambres, de paso hacia el oriente o hacia el Mediterráneo. Un proverbio de entonces afirmaba: “A quien Dios castiga le da una mujer nazaretana”. Sin embargo, una de ellas fue la Madre del Salvador.

Cuenta san Marcos que el Maestro regresó un día a su pueblo. Y según la costumbre de todo buen judío, el sábado acudió a la sinagoga. San Lucas identifica así la aldea: “Donde él se había criado”. Y añade que ese día Jesús fue invitado a hacer la lectura y luego a comentarla. Cada semana se leía en la asamblea un trozo del Pentateuco y otros más de los Profetas. Del relato de san Marcos, deducimos que las palabras de Jesús impactaron a sus paisanos, que se preguntan: “¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María? Y desconfiaban de él”. Para ellos alguien tan común y corriente no podía ser el Mesías.

2.- Cuando leemos con atención el evangelio descubrimos no sólo las enseñanzas del Señor, sino también sus sentimientos. Esperaba el Señor que sus coterráneos, con quienes había compartido tantas veces los juegos, las fiestas pueblerinas, los trabajos del campo, se alegrarían del misterio que se iba trasluciendo en su persona. Pero ocurrió todo lo contrario. “Nadie es profeta en su tierra” repetimos nosotros, adaptando la queja de Jesús: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro”. Es decir, nadie creía en él. Según el salmo 103, “Yahvé levanta sobre las aguas su morada, se desliza sobre las alas del viento, toma las llamas de fuego por ministros”. Expresiones que señalan a un Dios sublime e inalcanzable.

3.- Algunos grupos de la Iglesia primitiva confesaban la divinidad de Jesús, pero sentían vergüenza de su humanidad. Otros destacaban un Jesús falseado, asimilándolo al emperador Constantino. Lo cual influyó de forma notable en el arte religioso de entonces. Pero siglos más tarde, san Francisco de Asís y sus discípulos nos presentaron un Cristo verdaderamente humano. El que tomó un cuerpo igual al nuestro y a la vez asumió una cultura, un lenguaje, unas costumbres. La pobreza y las limitaciones de su patria. “Siendo Dios, escribe san Pablo a los filipenses, tomó la condición de siervo”.

Una lección que vale para nuestras estructuras, para nuestras expresiones religiosas. Que sean dignas y hermosas, pero ajenas a todo derroche. Llenas de sentido, pero que, ante todo, traduzcan y promuevan la caridad.

Muchos cristianos de hoy no buscamos al Señor en Jesús de Nazaret, quien nos parece demasiado ordinario. “Nos gusta Dios, escribió Graham Greene, sólo de lejos. Cuando podemos disfrutar un suave calor, pero tratando de esquivar su quemadura”.


4.- ADMITAMOS UN DIOS CERCANO…

Por José María Maruri, SJ

1.- Dicen los exégetas –y creámosles al menos por una vez siquiera—que el Señor Jesús fue a Nazaret al menos tres veces: dos evangelistas dicen que fue a su patria y San Lucas, más delicado siempre, dice a Nazaret, donde se había criado, donde tenía sus raíces, donde había pasado su niñez, su adolescencia y donde se había hecho adulto… toda una historia de sucesos de cada día, toda un gama de parientes, primos, primas, tíos y tías, un pequeño pueblo lleno de buenos recuerdos para Jesús. ¡Cuántos amigos de infancia! Tres veces volvió a su patria chica esperando acogida y comprensión y al final tuvo que alejarse de ella para siempre.

Nadie es profeta en su propia casa. Y en castellano tenemos otra expresión que dice: “nadie es grande para su ayuda de cámara”. Yo he tenido la suerte de largos años junto a un hombre grande: el Padre Arrupe, pero, realmente, el hacerle la maleta no me ayudaba nada para considerarlo grande, los mismos calcetines de todos, los mismos pañuelos, las mismas aspirinas, la misma bufanda y otros muchos etcéteras… ¡Si siquiera hubiera tenido yo que meter en la maleta una mitra o un báculo!

Pues esa fue la tragedia de los vecinos de Nazaret: no encontraron ni un báculo, ni una mitra, ni un cetro, ni armiños. Todo el equipaje del Señor Jesús era el mismo de todos ellos, de todos nosotros. Una familia corriente, unos parientes, un oficio bastante vulgar, ninguna formación escriturística. Y eso, con los pañuelos y calcetines, con las aspirinas y la bufanda, no cuadraba con sus milagros (que reconocen), ni con su maravillosa doctrina y prefieren cerrar la maleta y no creer en Él.

2.- Pensamos que nos gustaría tener a Dios visible y palpable y sin embargo, en realidad, le preferimos lejos, allá en los Cielos. Creer en un Dios Padre con barba blanca como un Santa Claus nos gusta. Tener un Hijo Dios sentado a la diestra del Padre, bien; aunque no sepamos que es eso de la diestra, y admitir una paloma que sobrevuela sobre la Iglesia, pase, aunque no nos gusten las palomas…

Pero creer en un Dios que, aunque no le vemos, nos dejó dicho que está con nosotros hasta el fin de los tiempos, que si damos de comer y beber es a Él al que lo hacemos. Total, un Dios, sentado junto a mi, ante la televisión verduzca y sospechosa… ¡eso no!

No nos gusta sentarnos junto a Dios, encontrarnos en la entrada de El Corte Inglés, en la caja del supermercado o en la cola de Caja Madrid o del BBVA, o pidiendo en el atrio de la Iglesia. Como aquellos convecinos, un Yahvé, tronando en el Sinaí, pero un Dios carpintero, sudoroso, con alguna que otra viruta colgada de la barda… ¡eso no!

Un Dios por cuyas venas corra sangre vulgar, que si se investigaran sus antepasados se encontrarían seres poco honorables, como nos insinúa San Mateo con aquellas 72 generaciones que narra como antepasados del Dios Mesías… ¡eso es demasiado para nosotros!

3.- Ni los de Nazaret ni nosotros creemos en un Dios que se ha hecho hombre, un Dios sentado a mi lado y si lo viera daría yo un respingo y me alejaría como si tuviera junto a mí a un maloliente mendigo.

Nos hemos fabricado a nuestro dios, somos idolatras y adoramos a un dios inventado por nosotros, que ama a los que amamos, odia a los que odiamos, castiga a los malos (que siempre son los otros) y está con el palo en alto para coger en falta a quienes nos han engañado. Cuántos ateos a nuestro alrededor no creen en nuestro dios, son ateos de nuestro dios, no del Dios Verdadero… son ateos gracias a Dios. Claro que ateos de conveniencia.

4.- Y sin embargo, entre tanta gente falta de fe, hubo quien a contra corriente de todos creyó en el Señor, convecinos, testigos de su bondad de corazón, y de la bondad de su madre y creyeron en el Él, y Él correspondió imponiéndoles las manos y curándolos.

Un poquito de bálsamo para el corazón del Señor, pues en medio de nuestro ateismo, admitamos un Dios cercano, en el niño, en el compañero de trabajo, en el marido, en la esposa, en el conductor del autobús, en la mujer de la limpieza, en el pobre que nos tiende su mano…


5.- SER PROFETAS EN MEDIO DEL MUNDO

Por José María Martín OSA

1.- Profeta es el que denuncia la injusticia y el pecado, es el que anuncia la buena noticia. Sin embargo, estamos acostumbrados a creer que un profeta es alguien que adivina el futuro. No es fácil la labor del profeta, pues muchas veces es incomprendido y perseguido. Los falsos profetas se dejan alagar por el éxito o el poder. Son aquellos que dicen a los poderosos lo que quieren oír. El verdadero profeta es aquél que dice palabras que escuecen, no busca la fama ni el éxito, ni los honores, sino sólo quiere ser fiel a la palabra que ha recibido de Dios. Ezequiel es un verdadero profeta en medio de un pueblo “testarudo y obstinado. Pero Dios le presta su apoyo y le dice que no se desanime, pues al final se cumplirán sus palabras. Ezequiel es el profeta de la esperanza. Todos reconocerán que “hubo un profeta en medio de ellos”.

2.- Nadie es profeta en su tierra. Jesús tampoco es valorado por sus paisanos. Jesús comentó amargamente: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Esta frase se ha convertido en proverbial: nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad. El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo. El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. Dios tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa». Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

3.- También nosotros debemos ser profetas, consagrados como tales en nuestro Bautismo. Ser profeta es anunciar la Palabra de Dios. Hoy hacen falta profetas que testimonien con su vida la verdad del Evangelio. Parece que hay un déficit de profetismo en nuestra Iglesia. ¿Dónde están los profetas?, es la pregunta que se hacía el cantautor Ricardo Cantalapiedra y la que tenemos que hacernos todos nosotros. ¿Hoy, qué hacemos con Jesús, con su mensaje, y con su testamento de amor?

Jesús sigue siendo admirado por muchos. Jesús sigue siendo predicado en miles de iglesias. Jesús sigue siendo invocado por muchos y está en la boca de muchos hombres y mujeres, ¿pero en cuántos corazones está vivo? ¿Cuántos creen en Él? ¿Cuántos aman, sirven y viven como Él? Muchos piden el bautismo de Jesús, pocos lo piden para nacer al hombre nuevo que es Jesús. No basta admirar a Jesús, hay que creer en Él. Y creer es seguirle y seguirle es transformarse en Jesús. Los paisanos de Jesús le rechazaron porque conocían muy bien a sus parientes…Nosotros rechazamos a la iglesia de Jesús porque conocemos muy bien sus pecados… Hemos de recuperar nuestro sentido profético, necesitamos personas que vayan abriendo camino y que nos den fuerza para caminar. No admires, cree. No critiques, edifica. No busques, ama.


6.- ANTE LA DIFICULTAD, LA CONSTANCIA

Por Javier Leoz

1.- A pesar de los aprietos (qué tiempo pasado, en aras a la evangelización ha estado exento de zancadillas para las cuestiones de la fe) necesitamos voceros que anuncien que Dios está aquí, en medio de nosotros. Entre otras cosas porque si faltasen profetas del amor de Dios, de su Palabra o de su presencia, el mundo no sería ni marcharía mejor.

Hoy, lo excepcional y extraordinario, es acoger la Buena Noticia. Dejarse llevar por ella. Modelar la sociedad con los colores que nos brinda el Evangelio. Por ello mismo, al leer las lecturas de este domingo, vemos que –también Ezequiel, Pablo o el mismo Cristo- pasaron lo suyo cuando intentaron despertar los corazones de los hombres. Sufrieron, fueron acosados o incomprendidos por esa insistencia o deseo profético de que los hombres volvieran los ojos a Dios.

¿Qué es un profeta? Un profeta es alguien que no se fija en los frutos de su misión; no se acobarda o se echa atrás aunque aparentemente sus esfuerzos no se vean recompensados. Un profeta es aquella persona que, además de vivir lo que predica, es terco en su propuesta: ¡Jesús vive! ¡Somos hermanos! ¡El cielo nos espera!

2. - Como siempre, también existen los anti-profetas. Aquellos que intentan por todos los medios desautorizar o ridiculizar la figura del profetismo. La Iglesia, actualmente, desarrolla una labor ingente a todos los niveles: está con los más desfavorecidos, acoge a los enfermos del SIDA, levanta hospitales y orfanatos en miles de rincones del mundo. ¿Qué premio recibe? Nunca como hoy, es contestada por variados intereses y a veces muy orquestados. ¿Es bueno? ¿Es malo? Ni bueno ni malo. Lo letal sería que, ante el rechazo o la crítica, la Iglesia dejase de ser Iglesia, renunciase a lo que es genuino en ella, a su forma de ver y de entender la vida, la justicia, la fraternidad, la familia o el derecho a la vida.

En ese sentido, hoy más que nunca, tenemos que pedir al Señor que su Iglesia siga siendo profeta en un mundo donde tantas falsas verdades quieren diseñar e imponer un mundo, una sociedad o unos poderes a su medida. ¿Qué lo tenemos difícil? ¡Más lo tuvo el Señor! Lejos de amilanarnos ante el rechazo que pueda generar en algunos extremos de la sociedad, en la Iglesia hemos de procurar ser testigos de ese Cristo que supo dar vida allá donde existía la muerte; sosiego, donde abundaba la desesperanza; alegría, donde imperaba la tristeza.

3.- Puede que, en algunos de sus miembros, la Iglesia no esté a la altura del Evangelio. Ello no quita para que la Iglesia, hoy y siempre, siga apostando por lo que ella y sólo ella, está llamada a ser: altavoz de Cristo en medio de un mundo adormecido o con muchos analgésicos que entumecen la fe.

Y es que, por muchos escollos y zancadillas que salgan a nuestro encuentro, nada ni nadie nos debe de alejar de aquello que es primordial en nuestra vida cristiana: ser testimonio, con palabras y con obras, de nuestra experiencia de fe. La constancia, la persistencia y la perseverancia serán tres buenas fórmulas para hacer frente a todo intento de silenciar o desprestigiar el trabajo de todo profeta.

4.- QUIERO SER PROFETA, CONTIGO SEÑOR

Viniste, Señor, y los tuyos no te recibieron

Aún así, dejaste de ser Niño en Belén,

y seguiste marcando el rumbo de los hombres hacia Dios:

el amor, el servicio, la entrega

el perdón, la fraternidad y las buenas obras.

Una y otra vez, Señor,

existieron corazones obstinados a tu anuncio

mentes rebeldes a tu reinado

manos que se cerraron ante tu causa

pies que decidieron marcharse por otros caminos.

 

Pero Tú, Señor, a pesar de todo eso

mantuviste tu Palabra y tu mensaje:

“no he venido por mi propia cuenta”

Unos, percatándose de ello,

se abrieron en cuerpo y alma

Otros, a pesar de decenas de milagros,

de curaciones, prodigios y resurrecciones

de palabras pronunciadas con autoridad divina

optaron por mirar hacia otra parte.

 

Dinos entonces, Jesús,

cual es el secreto para ser profeta

sin tener miedo al qué dirán

o sin temor a ser crucificado.

Dinos entonces, Señor,

como mantenernos despiertos

en un mundo que pretende dormirnos

 

Dinos entonces, Cristo,

como seguir anunciando tú nombre

sin riesgo a sentirnos perdidos o rechazados.

Dinos entonces, Tú el más grande de los Profetas,

cómo llevar la esperanza, la paz

el nombre de Dios, la fuerza del Espíritu

a tantas puertas que se cierran como única respuesta.

Amén


7.- BUSQUEMOS LOS PROFETAS EN NUESTRA TIERRA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Podemos comenzar comentando algo que, desde luego, no es lo más importante del contenido exegético de las lecturas que acabamos de escuchar. Pero que siempre ha levantando un interés muy especial entre los estudiosos de la Escritura. En el fragmento que hemos proclamado hoy de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios se refleja uno de los temas que más se han debatido entre exégetas y escrituristas. Pablo a alude a un gran sufrimiento personal; o a una enfermedad; a una gran tentación. Recordémoslo: “Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio”. Se ha especulado muchísimo sobre el mal sufrido por el Apóstol, pero en realidad poco importa cual fuera la naturaleza de su mal. A él le sirvió para limitar la soberbia y, sobre todo, para obtener la revelación de uno de los puntos culminantes de la doctrina paulina: que la debilidad humana es querida y utilizada por Dios para hacer cosas importantes.

Nadie esta inmune a esos grandes sufrimientos o esas enormes y permanentes tentaciones, algo que está siempre presente en nuestras vidas. Y que no nos deja. Sirve, como dice San Pablo, para hacer caer en la cuenta de nuestra fragilidad. La espina que sufre Pablo en su carne le ha hecho más humilde, más conocedor de sus limitaciones, Y ello enlaza, directamente, con la idea que Jesús quería dar a sus paisanos: que alguien como ellos, sin especiales brillos sociales, fuera el Ungido de Dios, el Mesías.

2.- Es el episodio de la visita de Jesús a su pueblo: a Nazaret. Y que ha suscitado la famosa frase, de uso universal: “nadie es profeta en su tierra”. Y en este caso, una cuestión importante sería dilucidar qué fue peor: si el no reconocimiento de Cristo como profeta o que la comunidad de Nazaret no se beneficiase de la capacidad salvadora de Cristo. Sinceramente, creo que las dos cosas, aunque, tal vez, puedan resumirse en una sola: si hubieran creído en su paisano, Jesús, su fe les hubiera dado muchos frutos, como siempre el Maestro ha buscado: la de que mueve montañas.

Pero hay otra realidad. Muchas veces anteponemos lo ritual y magnificente, lo bien presentado, aquello de gran apariencia. O, incluso, lo sorprendente, lo inesperado. Como es obvio Jesús no bajó a la tierra para presumir. Si hubiese querido tal cosa, su llegada habría sido bien distinta. Él se presentó "como uno de tantos e iba por pueblos y aldeas haciendo el bien y curando a los oprimidos". Merece la pena hoy, en este domingo del mes de julio adentrarse en esta idea y meditarla. A veces, posiciones demasiado puristas o falsamente ortodoxas impiden recoger los frutos de la acción de Dios.

3.- Y trasladados nosotros a aquel momento concreto del paso de Jesús por las tierras de Palestina descubriríamos que muchos "creyentes" pensaron, entonces, que estaban haciendo un favor a Cristo por creer en Él, cuando el verdadero favor era el que les hacia Cristo de poder participar en “vivo y en directo” del prodigioso misterio de la Redención. Fueron duros los paisanos de Jesús y ellos dejaron pasar ese ofrecimiento generoso, histórico y cósmico. Pero curiosamente somos nosotros los que recibimos el favor por tener la dicha de saber bien quien es Él. La reticencia de los habitantes de Nazaret les privó del gozo de otras comunidades que se entregaron a Jesús sin más. Suponemos que su salida de Nazaret, un tanto desilusionado, iba a ser anticipo de la gran catástrofe en que se sumieron quienes despreciaron el mensaje de Jesús y lo enviaron a la Cruz.

4.- La rebeldía del pueblo de Israel, respecto a los designios a Dios, era una constante en toda la historia del Antiguo Testamento. Pero, en el caso de Jesús, se establece lo dicho en la parábola de la vid, los arrendadores de la misma cometen el último gran pecado: matar al Hijo del dueño de la viña para quedarse con su herencia. Y por ello, para mejor justificar su crimen, no podían, ni por un momento, reconocer la identidad del Heredero. Por eso, cuando Jesús se atribuye las palabras de Isaías, reflejadas en el Evangelio de San Lucas sobre el mismo episodio narrado hoy por San Marcos –“el Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a anunciar el Evangelio a los pobres”—se produjo el gran escándalo. No se admite la sabiduría de alguien a quien conocen y tienen cerca. Si hubiera llegado a Nazaret montado sobre un brioso caballo y rodeado de una fuerte y vistosa escolta no habrían dudado. Pero un paisano no podría ser más que ellos. También es cierto que la gran paradoja que ofrece Jesús a sus paisanos es la humildad: presentarse como Mesías como uno más, como un miembro normal de su comunidad. Y esa paradoja la irían experimentando todos –también los Apóstoles—hasta que no se produjo la Resurrección.

5.- La enseñanza para nosotros hoy es que debemos poner mucha atención a lo que ocurre a nuestro alrededor en todas las manifestaciones de la vida, y, asimismo, en el ámbito religioso. Cristo se nos presenta muchas veces ante nosotros con la imagen de los hermanos que sufren o, ¿quien sabe?, con la presencia de unos niños –que como a San Agustín—que cantan, en la lejanía, sobre lo que tenemos que hacer. Es muy importante estar abierto a cualquier inspiración del Espíritu y hemos de pedirle a Dios el don del discernimiento: saber que es de Dios, de todo lo que recibimos de nuestros hermanos más cercanos a nosotros.

La humildad es siempre un buen camino para descubrir esos mensajes. Y por el contrario la soberbia es el gran impedimento para tener ojos y oídos abiertos a las inspiraciones de Dios. Amemos a nuestros semejantes, comenzando por los que comparten nuestra vida en nuestro barrio, que nos parecerán, ni famosos, ni importantes. Por ellos nos puede hablar Dios… No hay que cruzar los mares y atravesar los continentes para recibir la Palabra. Es más que probable que nos la estén diciendo cerca, muy cerca, y, sin embargo, que no consideremos que esa persona “conocida de toda la vida”, pueda ser un mensajero del Altísimo. Busquemos, con ahínco, los muchos profetas que, sin duda, hay en nuestra tierra.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


ACHAQUES Y PRURITOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que a los mandatarios y otra gente ilustre, les gusta mostrar sus condecoraciones y contar sus hazañas con pelos y señales. La cosa es fardar, como se dice hoy en día. Suscitar, explicando hazañas, la admiración del público. Algo así debería parecerle que había hecho Pablo, cuando explicaba las experiencias sorprendentes que había vivido. La cosa es que quiso dejar las cosas claras y contar confidencialmente, algo de sus debilidades y de sus limitaciones. Y menciona una espina de Satanás que le molesta. ¿Qué era esto, se preguntan los comentaristas? Unos dicen que se trataba de ataques epilépticos. Otros que era malaria y que al sufrirla, le dolía intensamente la cabeza frontalmente, por aquello que dice a los gálatas “que estabais dispuestos a arrancaros los ojos para dármelos a mi”, otros creen que se trataría simplemente del agobio que sufría al pensar en sus planes nunca realizados totalmente. Vosotros sabéis que por mucho que hoy en día se diga que la ulcera gastro-duodenal la provoca un “bichito” llamado “helicobacter pylori” los factores psíquicos influyen mucho en esta dolencia, que provoca dolor principalmente en primavera y otoño. Esta particularidad hace que se recuerde con detalle cuando y como se presentó, de aquí que él se acuerde de las tres veces que ha implorado curación de esta dolencia. Son dolores que excitan los nervios y que los nervios a su vez provocan la excitación de las paredes del estómago que multiplican las molestias y se acompañan de mal humor y mal carácter, cosa que molestan al sujeto y a su entorno, disminuyendo la capacidad de rendimiento. No quería daros una lección de patología, perdonadme mis amigos, deseaba simplemente que supierais que un santo, no se ve privado de molestias, que le cuesta aceptarlas y que le sirven de antídoto contra el orgullo al que todos, también ellos, estamos inclinados. San Pablo, fuera la que fuese su molestia, hubo de aguantarla y, para lograrlo, se le dice que es suficiente la Gracia del Señor. Y es que un hombre débil y con achaques, que es fiel a lo que predica, convence más que un fanfarrón por abundancia de argumentos con que se arme. Sus dolencias, le ayudan a ser humilde y, desde esta actitud interior puede tener éxito.

Aunque vosotros, mis queridos jóvenes lectores, no sufráis ninguna de estas molestias, estoy seguro que seréis capaces de entender lo que nos enseña este párrafo de la epístola a los corintios, que leemos este domingo.

2.- ¡Nos gusta tanto lucir una prenda con la etiqueta de un país de prestigio! Hay personas que parecen hombres anuncio. Pero anuncio en lengua extranjera, la que cueste más leer. Lo de casa, excepto si es para satisfacer el orgullo personal, no lo apreciamos. Lo que hace el vecino nadie le da importancia.

Jesús había adquirido ya cierta fama en la baja Galilea, cuando llegó aquel sábado a Nazaret. Los arqueólogos calculan que en el lugar vivirían cerca de 500 personas, una población por tanto, en la que todos se conocían. Compañeros y parientes, le habían tratado desde la infancia. Que no os desoriente lo de hermanos y hermanas de Jesús. La palabra del original, expresa familiar próximo, sin necesidad de que sea hijo de los mismos padres. Otros prefieren suponer que San José era un hombre viudo y con hijos, cuando casó con María. Tiene gracia la opinión, no lo dudo, pero resulta demasiado fácil, para solucionar posibles réplicas.

3.- Sea como fuere la realidad allí esperaban una exhibición de prodigios a la carta y Jesús les decepcionó al presentarse y comportarse como un hombre normal y corriente, sin obrar espectacularmente. La actitud vulgar de esperar prodigios que causen sensación, única y exclusivamente, para llamar la atención y después medio atontados ser víctimas de engaño, no es cosa que case bien con el hacer del Señor. El milagro es una de las respuestas que Dios otorga a los que tienen Fe. Y allí el Maestro no la encontró aquel día. Se decepcionó, pero no se fue de su pueblo sin haber dado señales de lo que Él podía dar a la gente sencilla, desconocida, despreocupada. De mostrar su bondad a los humildes. El milagro, el gran prodigio, exige una actitud valiente de Fe, de otra manera no puede enraizar en la persona.

4.- Quisiera que con sinceridad radical os preguntarais al llegar a este punto ¿Cuándo me quejo de que Dios no me quiere o no me ayuda, no será acaso porque no encuentra en mí confianza suficiente? Tratar con gente desconfiada resulta siempre molesto. Hay que empezar por ser acogedor, acogedor del Señor en lo más íntimo del corazón, para que allí Él obre milagros.

Lamentó su mala disposición pero no se hundió el Maestro. Marchó a otros lugares a continuar con su misión. Cuando os sintáis fracasados, recordad el episodio y valientemente trabajad por el Reino allá donde os escuchen. Es actitud que toman muchos valientes que se van a otras tierras, más o menos lejanas, a ayudar, enseñar y acompañar. El misionero es aquel que no deja que el desengaño le hiera e inutilice, es aquel que no se cansa nunca de ser generoso.