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EN EL ATARDECER DE LA VIDA (BODAS DE ORO SACERDOTALES)

Mis queridos amigos:

Sí, amigos, no me he confundido de término. Si no os sintiera como tales sería incapaz de escribir un solo renglón. Amigos porque vuestros nombres, al menos los de algunos, me son familiares; amigos porque, sin vosotros saberlo, vuestra vida me merece ese respeto que me infunde cada ser humano que cuenta en su haber una larga estela de experiencias; amigos porque con los años he ido valorando cada vez más la figura del sacerdote mayor.

Quiero agradecer desde aquí esta oportunidad que se me ha brindado de poder dirigirme a vosotros, de poder expresar en voz alta el reconocimiento que tengo a toda vuestra vida. No hay adulación ni pleitesía. Ni a mí me saldría ni vosotros os encontraríais a gusto. Pero, ¿cómo deciros que os quiero, que cada vez que me encuentro con alguno de vosotros, el pudor me impide halagaros? Os miro a los ojos y siempre confío que mi mirada sea capaz de traslucir mis afectos. Unas veces soy capaz de daros las gracias, la mayoría, enmudezco.

Soy madre. Al decirlo sólo pretendo hacerme entender. La maternidad es una forma de estar en el mundo, de entrega, de gozo, de silencios, de renuncia, de desfondarse y de emerger con nuevos bríos.

Con los años he ido descubriendo que el sacerdocio es una forma de maternidad. Si el sacerdote no entendiera su entrega así, sería un superman sin corazón. No quiero hablaros con categorías cristológicas, aunque lo podría hacer. Para eso están los docentes. Yo soy una simple discente que me expreso como puedo y que en el lenguaje que me sé expresar mejor es en el de la maternidad. La madre se realiza en la entrega. No busca protagonismo, se adapta a todos, busca el consenso familiar por encima de sus criterios, se alegra con las alegrías de los suyos y es capaz de emerger con la fuerza de un surtidor cuando las cosas no van bien.

Confieso que he querido entrar en las entrañas de vuestra vocación y quise estudiar la asignatura de espiritualidad sacerdotal. No pude porque el don de la ubicuidad no es para los mortales, pero siempre me quedó esa añoranza por conocer qué es lo que os alimenta con tanta fuerza para que podáis arrostrar con tanta entereza esa entrega pastoral.

Hace unos 15 días visité con mi familia el seminario de Vitoria. Me sentí feliz paseando por sus pasillos, comedor, capilla, aula magna, sótano. No había nadie, salvo el rector y nosotros tres. Sólo se oían nuestras voces y tuve la necesidad de separarme del pequeño grupo para oír las vuestras. No me fue difícil escucharlas. Dicen que la imaginación es lo más cercano a la realidad. Por fotos conocía vuestros rostros infantiles y juveniles. Por libros he sabido de vuestras ilusiones, espiritualidad, de vuestras materias de estudio , de vuestra pasión por el fútbol y de vuestros anhelos por la misión evangélica allende el mar. Quise empaparme de vuestra geografía emocional, experiencial y espiritual y hasta me atreví a sentarme en vuestros pupitres como quien extiende y aprieta una mano amiga al tiempo que recibe un testigo. Paseé por vuestra capilla y aunque bella arquitectónicamente me quise centrar en vosotros. Intenté recordar cuanto sabía de vuestra generación para que las piedras y los bancos recuperasen vuestra presencia, auténticas piedras vivas. El seminario no me resultó un lugar extraño, ajeno a mi vida. Algo de mí, aunque fuera en ciernes, estaba presente entre aquellos bancos y pupitres. Lo que allí aprendieron, me lo transmitieron y de ello vivo. El amor, la fe, la entrega tiende a ser expansiva por su propia naturaleza.

Al atardecer de la vida nos examinarán del amor, cantamos a menudo en la iglesia. No me importa deciros que hasta hace unos años pensé que era un versículo del evangelio de S. Juan. Después he sabido que era del místico S. Juan de la Cruz. Nos examinarán del amor y de la entrega de nuestra vida, de lo que hemos hecho de ella. No controlamos, a Dios gracias, cuántos han sido nuestros gestos de amor que han salido de nosotros sin consciencia y que son los más auténticos. No podemos contabilizar cuánto amor hemos repartido por el mundo con nuestras palabras sencillas y nuestros gestos llenos de humanidad. No sabremos del todo la fe cristiana que hemos sembrado en los demás y cuyos frutos los recogerán otros labradores de la Palabra. Sé , por experiencia propia, que la fe en Cristo entra por el oído y por la vista. Por el oído cuando escuchas a un anciano sacerdote su voz enamorada de Dios, cuando contemplas la bella estampa de un cura rezando, perdido entre los bancos vacíos de una iglesia, hacer oración. Deleitándome en su contemplación ante un crucifijo, en el silencio del templo, me lleva a recrear esa necesidad que tenía Jesús de salir de la multitud y buscar el cobijo de Dios.

Poco más que deciros. Si al principio os decía que la entrega sacerdotal tiene mucho de entrega maternal, también es cierto que tiene mucho de espiritualidad abrahámica. El camino ha sido vuestra meta. Ahora os encontráis gozosamente cansados. Si alguna vez os asalta la duda de que vuestras manos están vacías, a pesar de vuestro esfuerzo de toda una vida, no os hagáis mucho caso a vosotros mismos. Dios sabe más que nosotros mismos de nuestra vida.

Gracias por vosotros, por vuestra vida, vuestra entrega. Si alguna vez me cruzo con vosotros y os miro fijamente a los ojos y no os digo nada, quiero que sepáis que, en silencio, os estoy diciendo todo esto.

Recibid un fuerte abrazo de una laica feliz y orgullosa de vuestra generación sacerdotal.

Feli Alonso Curiel

Bilbao, País Vasco, España

NOTA DEL EDITOR.- Feli nos dice que ha escrito este artículo para una revista que sólo leen sacerdotes. Y nos ha parecido útil publicarlo pues Betania tiene una mayoría –al menos en España—de lectores que son sacerdotes. Por eso creemos que interesará en sobremanera.


UNA SOLA VEZ ESCRIBÍ EN ESTE TIEMPO

Hoy cuando leo la carta al editor, realmente me sentí mal, porque efectivamente tiene razón, yo soy una de esas personas que creo haber visitado la pagina de Betania, desde hace aproximadamente 3 años, y una sola vez escribí en este tiempo. Como lo tenemos ahí; nunca nos acordamos de agradecer todo el esfuerzo y cariño que ponen los que escriben en ella, diríamos que es muy humano, pero no tiene que ser así, para eso está este sitio que nos va llevando por un camino de reflexión, por mi parte pido disculpa hermano por ser tan egoísta y olvidarme del que tengo al lado. Les cuanto que para nuestro grupo de liturgia es muy necesaria, es mas casi siempre en el momento de oración luego de la comunión leemos el poema que sale en las homilías, y como nuestro sacerdote luego tiene que oficiar una segunda misa en otro barrio, generalmente se la lleva para que la lean. Muchas bendiciones para todo el grupo de Betania. Vivimos en la Patagonia

Un abrazo fraternal.

Viviana

Provincia del Chubut, Argentina,

NOTA DEL EDITOR.- Bueno. Gracias por escribir. Y muchas gracias. No mucha gente escribe. La verdad es que no hay obligación alguna de hacerlo. Pero se agradecen todos estos mensajes.


SOBRE EL PAPA

Sr. Editor:

No quiero quitarle mucho tiempo, pero necesito saber si me puede responder esto:

1. ¿Hay alguna regla por la cual el papa elige su nombre papal?

2. ¿Cuándo se sabe que el papa es infalible? ¿Algún ejemplo?

Le agradeceré su atención a estas dudas

Plinio

Honduras, Centroamérica.

NOTA DEL EDITOR.- No hay regla respecto al nombre de elección de cada Papa al ser elegido. Por ejemplo, Ángelo Roncalli, Juan XXIII, tenía una enorme devoción por Juan el Bautista y, también, por Juan Evangelista. Su sucesor, Albino Luciani, Juan Pablo I, eligió su nombre en homenaje a Juan XXIII y Pablo VI. Cuando, tras el breve pontificado de Juan Pablo I, fue elegido Karol Wojtyla, prefirió llamarse Juan Pablo II. El Papa Ratzinger debió elegir el nombre de Benedicto XVI por ser un nombre muy usado por el Papado y, en especial, Benedicto XV, que ordenó la Iglesia por dentro y por fuera. Publicó el Código de Derecho Canónico y modernizó la actividad misionera mediante su encíclica “Maximum illud”. Es una opinión nuestra. Pero parece que fue así.En cuanto a la infalibilidad del Papa se aplica cuando se decreta algun Dogma, por ejemplo, el de la Inmaculada Concepción de María.


MI TESTIMONIO ANTE EL EVANGELIO DEL PASADO DOMINGO

Que pruebas de fe me presenta el relato de este evangelio de Marcos. Por una parte, esa mujer que debido a su enfermedad, calificada como “impura” según los conceptos judíos y que contaminaba a cualquier persona que la tocara, se atreve a pasar en medio de las gentes para tocar, al menos, los flecos de la túnica de Jesús.

Posiblemente esta mujer no sabría exactamente quien era Jesús, aunque conocía sus milagros, y pensó que la sanaría. Y con esa fe quizás poco instruida pero esperanzadora se dirigió a Él; y se produjo el milagro.

Y yo me pregunto ¿A que se debe el milagro? ¿Lo produce la fe del que viene a pedir o bien será Cristo el que obra el milagro? Porque en este caso, si el milagro se debe solo a la fe de las personas, ¿dónde está la diferencia entre el que pide con fe a Dios y el que acude a cualquier médico o curandero?

La respuesta para mí es sencilla y clara, aunque a veces me fije más en el beneficio que recibo, cuando lo importante (como en el caso de esta mujer) es el gesto inesperado de Dios que se acerca a ella y le dice: “mujer tu fe te ha salvado, vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Y por otra parte Marcos nos presenta otro milagro perfectamente ensamblado y con numerosos puntos en común que tienden hacia un mismo objetivo, la fe.

Jairo uno de los jefes de la sinagoga, o sea, responsable de la comunidad local de religión judía, postrándose a los pies de Jesús le rogaba diciendo: “Mi hija está agonizando; ven, pon tus manos sobre ella para que sane y viva”.

También pido yo a Dios la salud, pero no me atrevo a pedir que resucite a mis muertos, porque considero la muerte como la condición más fuerte e insuperable de la condición humana y por soy consciente de que para Dios lo más importante no es la muerte sino la Vida. Por ello me reflexiono sobre las palabras de Jesús: “La niña no ha muerto, sino que duerme y le ordena que se levante”. La niña duerme como yo “duermo”, en algún sentido, en espera de la resurrección para levantarme a una vida nueva gracias a la fe y al perdón de Dios. No sé pero me parece a mí que me hallo ante dos buscadores que han elegido la vida. El hombre suplica: “ven para que ella viva” y la mujer se decía: “si logro tocar su vestido quedaré curada”. Hombre y mujer ante la vida y ante la fe que establece su vínculo con Dios.

Ante esto, tendré que hacerme en la intimidad de mi reflexión algunas preguntas:

--¿Vinculo mi fe y mi vida en la mente y en el corazón?

--¿Cómo promociono mi vida de fe?; ¿como la comunico en lo cotidiano y la hago vivir?

--¿Quiénes de mi entorno tienen necesidad de vida para poder ayudarles?

Tendré que orar como lo hacía San Francisco: “Haz Señor de mi, un instrumento de tu Paz…

José Guillermo García Olivas

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Un excelente trabajo de José Guillermo, como todos los suyos.