Varios lectores nos han pedido el envio del reportaje de don Antonio García- Moreno sobre San Pablo, que publicamos el año pasado al inicio del Año Paulino. Creemos que es interesante volverlo a publicar en estos días todavía cercanos a la clausura de dicho año jubilar en la Basilica de San Pablo Extramuros. Esperamos y deseamos que sea del interés de nuestros lectores.


Tras las huellas de san Pablo

Por Antonio García-Moreno

** El padre García-Moreno es Profesor Honorario, de la Universidad de Navarra y es "Escritor del Año" de Betania es su última convocatoria .

PRIMER VIAJE DE PABLO DE TARSO

Dentro de las actividades que la Conferencia Episcopal Española organiza para la formación permanente del clero está la de hacer alguna de las rutas paulinas. Prácticamente se recorre sólo el primer viaje paulino, el más corto de los que el san Pablo realiza, pero suficiente para hacer unos 5000 Km. por Turquía, y llenar unos pocos días de emociones y remembranzas de la primera evangelización, así como de admiración ante las huellas de un glorioso pasado.

Por otro lado, desde el punto de vista ecuménico, Turquía nos permite entrar en contacto con los ortodoxos griegos, tan necesitados de comprensión y ayuda para superar las dificultades de vivir con setenta y dos millones de turcos, entre los cuales un 99 % son musulmanes, algunos de ellos fundamentalistas, mientras que los católicos son sólo 32000. El estado se declara laico, pero la realidad es que no existe en la práctica una libertad real, sobre todo en la faceta religiosa. Es una de las dificultades para su ingreso en la Comunidad Europea. Por parte de la Iglesia católica las relaciones son cada vez más cordiales. Ya Juan XXIII, cuando fue Nuncio en aquellas tierras, dejó una huella indeleble de su bondad y como promotor de la unidad. Tanto Pablo VI, como Juan Pablo II y Benedicto XVI han dado pasos importantes de acercamiento.

En el caso de Benedicto XVI el camino estaba facilitado por la visita de los pontífices anteriores. Sin embargo se dieron unas circunstancias que agravaron las dificultades, sobre todo en cuanto a la seguridad del Papa. Conviene recordar que quien atentó contra Juan Pablo II fue precisamente un musulmán turco. Con fecha 9 de febrero de 2006, el gobierno turco dio su "plácet" a esta visita, siempre en la fecha del 30 de noviembre, Fiesta de San Andrés considerado el fundador del patriarcado de Constantinopla. Así quedaba bien claro que el viaje tenía un carácter meramente religioso. Sin embargo, cuatro días antes de que el gobierno turco cursara oficialmente la preceptiva invitación al Papa para este viaje, había sido asesinado, en el contexto de las reacciones islámicas a las viñetas sobre Mahoma el misionero católico italiano Andrea Santoro, junto al mar Negro, en la ciudad turca de Trebisonda.

La polémica sobre la "suerte" de este viaje arreció en septiembre a propósito del discurso de Benedicto XVI en la Universidad alemana de Ratisbona y, en concreto, una cita suya del emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo sobre Mahoma. En no menos de cinco ocasiones, de palabra y por escrito, Benedicto XVI explicó y clarificó el sentido de sus palabras, mostró su pesar por malentendido y a la cita de Manuel II Paleólogo, que dijo y repitió no hacer suya, la calificó como "brusca e inaceptable". Conocidos de todos fueron las jornadas polémicas vividas en aquellos días de la segunda mitad del pasado mes de septiembre.

Desde el primer momento de esta polémica, la Santa Sede reiteró la voluntad del Papa de realizar su anunciado viaje a Turquía, que tampoco fue cancelado por el gobierno turco, si bien, su primer ministro, Recep Rayip Erdogan, anunció que no estaría en Turquía durante los días de la visita papal con la débil excusa de que durante el 29 y 30 de noviembre viajaría a Letonia a una cumbre de la OTAN. Otros políticos y líderes musulmanes anunciaron después, con excusas también peregrinas, su ausencia de Turquía durante estos días. Ciertamente actitudes de esta naturaleza presta flaco servicio a quien, como Erdogan, se presenta como copromotor de la llamada Alianza de Civilizaciones y llama insistentemente a las puertas de la Unión Europea.

Benedicto XVI con Bartolomé I patriarca ecuménico de la Iglesia ortodoxa

Con todo, el gran sentido de este viaje no era ni es otro que el encuentro del Papa con el patriarca ecuménico de la Iglesia ortodoxa, Bartolomé I, cuya sede patriarcal se halla en Estambul, la antigua Constantinopla bizantina. Ya los Papas Pablo VI y Juan Pablo II habían cursado visitas similares, correspondidas por los patriarcas ortodoxos de entonces con viajes a Roma. En su última jornada Benedicto XVI ofició Éfeso, donde según la tradición, el apóstol San Juan y la Virgen María.

Era el reencuentro con las raíces cristianas, tan hondas y tan abundantes en el territorio de la actual Turquía que era, sin duda, otro de los objetivos de este viaje papal. De Tarso, en la actual Turquía, era San Pablo. En Antioquía, San Pedro estableció la sede primada antes de marchar a Roma. Varias cartas paulinas están dirigidas a comunidades cristianas de la antigua Magna Grecia, hoy Turquía. Y dígase de las cartas del libro del Apocalipsis. En Turquía, en lo que ahora es Estambul, se estableció el apóstol San Andrés, y en esta tierra evangelizó también el apóstol San Felipe. Turcos eran San Ignacio de Antioquia y San Policarpo de Esmirna, dos de los llamados Padres Apostólicos de la Iglesia primitiva, amén de los llamados padres capadocios y los cuatro grandes santos padres de la Iglesia Griega. Y es que la tierra que va a visitar Benedicto XVI merece, sin duda, el sobrenombre de la "segunda Tierra Santa", aunque la efectiva libertad religiosa es más una aspiración que una realidad.

Volviendo a nuestro periplo, a las 12.50 iniciábamos nuestra peregrinación paulina, en el vuelo TK 1858 de Turkish Airlines. Hacia las cinco de la tarde, hora española, las seis, hora turca, llegamos a Estambul. Allí tomamos otro avión para llegar a Adana, al sur de la Capadocia. Al día siguiente nos desplazamos Tarso, ciudad natal de San Pablo. Está situada al sudeste, cerca del mar y frente a la isla de Chipre. Es una de las ciudades más antiguas de Turquía (s. XIV a. de C.). Aparece en la mitología griega. Según el célebre geógrafo Estrabón la ciudad fue fundada por los argonautos durante su expedición en búsqueda de Io, la esposa de Zeus. Pasó por las sucesivas civilizaciones que dominaron aquellos parajes. <foto nº 3. Excavaciones en Tarso>

Después de la muerte de Julio César se convirtió en la capital del país gobernado por Marco Antonio. Por eso allí desembarcó la reina Cleopatra con su espléndida flota para encontrarse con él. Unos restos de una antigua portada atestiguan el hecho. Se le llama la Puerta de Cleopatra y daba al antiguo puerto, hoy desaparecido. De la época San de Pablo tenemos un pozo, venerado como lugar de la casa del Apóstol. Hubo una iglesia bizantina, pero hoy es una mezquita bastante deteriorada. De Tarso se habla en varias ocasiones en el Nuevo Testamento. Pablo se refiere con orgullo a ella, pues era ciudad romana, es decir, sus habitantes eran considerados ciudadanos romanos por razón de su nacimiento allí.

En uno de los momentos en que Pablo es hecho prisionero, los soldados se disponen a azotarlo. Pablo entonces les pregunta si es lícito azotar a un ciudadano romano sin juzgarlo primero. Al oírlo el centurión se lo comunicó al tribuno. Acudió éste a preguntare personalmente si de verdad era romano. Pablo respondió que sí. Entonces dijo el tribuno orgulloso: “Yo adquirí esa ciudadanía por una fuerte suma de dinero. Pablo respondió: “Yo la tengo por nacimiento” (Hch 22, 28). En otras ocasiones volverá el Apóstol a nombrar su ciudad (cfr. Hch 21, 39; 22, 3; etc.).

ANTIOQUIA DE SIRIA

Para iniciar la ruta del primer viaje paulino <foto nº 35: Primer viaje de San Pablo> fuimos a Antioquía de Siria, llamada así por Antíoco, uno de los principales generales que regentaron el imperio de Alejandro Magno. Otras muchas ciudades recibirán el mismo nombre. Entre ella está Antioquía de Pisidia, de la que luego hablaremos. En cuanto a la ciudad que ahora recordamos, está situada en la frontera sur de Turquía con Siria. Aparece muy pronto en el libro de los Hechos de los apóstoles, al hablar de los primeros diáconos, uno de los cuales, Nicolás, era Antioquía de Siria. Tras la muerte de San Esteban, algunos cristianos huyen de Jerusalén y se refugian en Antioquía donde, como ocurría en otras importantes ciudades mediterráneas, había comunidades florecientes de judíos. El apostolado entusiasta de aquellos fugitivos da abundante fruto. Llegada la noticia a Jerusalén, los apóstoles envían a Bernabé para que conozca las nuevas comunidades e informe sobre ellas. Su presencia anima aún más a los recientes discípulos, en aumento cada día. Entonces Bernabé va en busca de Pablo, retirado en Tarso. Ambos siguen la evangelización de Antioquía, lugar donde los discípulos de Jesús comenzaron a llamarse cristianos. Así manifestaban que Jesús el Nazareno era el Cristo o Mesías, algo que nunca reconocieron los judíos, llamando con cierto desprecio a los seguidores de Jesús con el apelativo de nazarenos.

Aunque el libro de los Hechos no dice nada, la Tradición habla de la estancia de Pedro en Antioquía. En el antiguo calendario litúrgico había un día, el 22 de Febrero, dedicado a conmemorar la Cátedra de San Pedro en Antioquía. San Pablo en la epístola a los Gálatas refiere como en esta ciudad se enfrentó a San Pedro, para recriminarle que se retraía del trato con los gentiles, cediendo a la presión de los judaizantes. Es decir, las prescripciones mosaicas habían sido derogadas por Cristo, y por tanto se podía entrar en casa de un gentil sin contraer una mancha legal. Cuando Pablo vio lo que ocurría se enfrentó a Pedro y le recriminó su conducta, recordándole que la salvación les venía por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley.

Iglesia de San Pedro en Antioquía de Siria

Este dato ha sido interpretado por algunos como una rebeldía de Pablo frente a Pedro. Sin embargo no fue así, sino todo lo contrario. Precisamente porque reconocía la primacía de Pedro, le advirtió su conducta desviada, ya que su autoridad inducía a los demás para hacer lo mismo. Por eso no le dice nada a Bernabé, compañero suyo en el primer viaje, ni a ninguno de los otros, que hacían lo mismo que Pedro. Se supone que Pedro reconocería su fallo y rectificaría. Desde luego no se puede decir que Pablo se rebelara contra Pedro, al que siempre llama con el apelativo arameo de Kefas, el mismo nombre que le puso Jesús para indicar que reconocía su condición de piedra básica en la Iglesia.

En Antioquía de Siria se conservan restos de unas construcciones en la roca, considerada por la tradición como el lugar donde residió San Pedro. Digno de mención es el gran museo de mosaicos, considerado como uno de los mejores del mundo en su género. En gran parte proceden de Dafne ciudad cercana. Datan de los s. II y III. Es la colección más completa e impresionante de este arte en el Oriente Próximo.

SE HICIERON A LA MAR

Según narra san Lucas (cfr. Hch 13), desde Antioquía parten a misionar Bernabé, Pablo y el joven Marcos. Los presbíteros de aquella iglesia oran por ellos, les bendicen imponiéndole las manos y los despiden. Bajan a Seleúcida, el puerto más cercano, y se embarcan en dirección a Chipre. Llegan a Salamina y de allí a Pafos. Atraviesan la isla y, después de unos días, desembarcan en Perge.

Actualmente Perge conserva numerosas ruinas de su pasado esplendor en la época de los seleúcidas, cuando fue fortificada. De esa época se conservan bastante bien dos grandes torres. Es digno de destacar el estadio, con capacidad para doce mil espectadores y uno de los mejores conservados del mundo. También pudimos ver los baños, con sus diferentes estancias para el agua caliente, templada o fría

Desde Perge, Pablo y Bernabé decidieron adentrarse hasta Antioquía de Pisidia. Para ello tenían que atravesar los montes Tauro, empresa ardua por lo abrupto del terreno y el peligro de salteadores, frecuentes en aquellos tiempos. Muchas veces estas altas cordilleras recortaban el horizonte que veíamos desde el autobús. El joven misionero Juan Marcos se asusta, no se atreve a seguir adelante, y se marcha. Fue una cobardía por su parte, uno de esos momentos de debilidadque también los primeros apóstoles o discípulos tuvieron. Pablo no lo olvidará y cuando, años después, organizan el segundo viaje se niega rotundamente a que Marcos vaya con ellos. Por esta razón hay una desavenencia entre Pablo y Bernabé, empeñado en dar otra oportunidad a su sobrino. Terminan rompiendo y cada uno se va por su lado, Pablo con Silas, y Bernabé con Marcos (cfr. Hch 15, 36-41).

TIERRA ADENTRO

Hecho este inciso, sigamos la ruta del primer viaje misionero. Decíamos que se alejan de la costa y llegan a Antioquía de Pisidia. Hoy se llama Yalvaç. Fue fundada hacia 301 a. de C. por Seleuco Nicanor sobre una colonia frigia. Fue la principal ciudad de la región de Pisidia, en la parte central de Anatolia. Era entonces capital de la Galacia (Cfr. Hch 13, 14-52). Hoy se conservan restos de una iglesia bizantina y de una basílica.<foto nº 10. Mosaico en Antioquía de Pisidia>

Nuestros dos misioneros, como era habitual, fueron a la sinagoga el sábado, día en que se reunían los judíos y algunos paganos próximos al judaísmo, esto es, los prosélitos que se sometían a la Toráh, incluida la circuncisión y los temerosos de Dios, simples simpatizantes. Al terminar la lectura desde el ambón, el jefe de la sinagoga invitó, según la costumbre, para que hablara quien quisiera. Pablo se levantó y pronunció el primer discurso que conservamos de él. Como luego hará, habló de Jesús y su doctrina. Concluyó diciendo que en Jesucristo tenemos la salvación. Al salir muchos le rogaron que les siguiera hablando. Al sábado siguiente, de nuevo asistieron Pablo y Bernabé y “casi toda la ciudad se congregó para escuchar la palabra de Dios” (Hch 13, 44).

Pero algunos judíos, al ver el éxito de aquellos predicadores, se llenaron de envidia y empezaron a contradecirles, incluso a insultarles. Además, azuzaron a la multitud contra ellos y los expulsaron de la ciudad. Tuvieron que huir a una ciudad próxima, Icono <buscar fotos>. No obstante, “los discípulos se llenaban de gozo y del Espíritu Santo” (Hch 13, 51).

Iconio se llama hoy Konia, ya nombrada al principio. Fue la capital del imperio seleúcida entre 1071 y 1308. Entre sus ruinas hay restos de la muralla en un montículo. Hoy es una de las ciudades más islamizadas. Ya dijimos el gran número de mezquitas que hay. En esta ciudad está el Mevlana Tekkesi, o convento de Mevlana, un místico musulmán que fundó los derviches giróvagos en 1231. Hay un museo construido en el siglo XVI por orden del sultán otomano Selim II. Mevlana predicó la tolerancia y el perdón, y su poesía ha sido traducida a diversos idiomas. Los derviches giróvagos, o danzantes, tiene un rito que consiste en girar sobre sí mismos. Se revisten de amplias túnicas con mucho vuelos, puestos en pie levantan los brazos, mientras que abren hacia arriba una mano, y la otra hacia abajo. Entonces comienzan a dar vueltas alrededor de ellos mismos. Con giros cada vez más rápidos. Forman una coreografía muy bella con el volante de sus túnicas. Con esa danza los derviches pretenden alcanzar la unión mística con Dios.

En esta ciudad, llamada entonces Iconia, Pablo y Bernabé continuaron su tarea evangelizadora. De nuevo se repiten los hechos. Fueron a la sinagoga, la gente les escuchaba con interés. Ante su éxito, los judíos se llenaron de celotipia y consiguieron suscitar cierto alboroto contra los apóstoles de Cristo. De nuevo la violencia y las amenazas les obligan a pasarse a otras ciudades de la zona. Así llegaron a Listra y Derbe.

FUGA HACIA EL NORDESTE

Listra era una colonia romana, fundada por Augusto hacia el año 6 a. de C. Se destacaban los cultosHermes y a Zeus, de quien se conservan resto de un gran templo. Algunos de los frisos representan cabezas de toros con guirnaldas, representando los animales adornados para los sacrificios. De Listra era Timoteo, al que Pablo escoge a pesar de ser aún muy joven para que le acompañe en su apostolado. Luego, ya anciano, le escribirá dos cartas, recordándole a su familia, a su madre Eunice y a su abuela Loida (cfr. 2 Tm 1, 5). Por temor a los judaizantes, quiso que fuera circuncidado para evitar más problemas. En Listra Pablo curó milagrosamente a un hombre cojo. La gente quedó asombrada y pensó que aquellos dos extranjeros era dioses, Hermes y Zeus, en forma de hombres. Quisieron ofrecerles sacrificios y trajeron procesión toros engalanados con guirnaldas de flores. Pablo y Bernabé, al darse cuenta se rasgaron sus vestidos y gritaron que ellos no eran dioses, sino apóstoles del Dios único y verdadero, que los enviaba para que creyesen en Cristo y alcanzaran la salvación.

La gente se tranquilizó y escuchaba con interés sus palabras. Pero de nuevo llegaron los judíos de las ciudades vecinas y apedrearon a Pablo, dejándolo medio muerto. Los discípulos lo protegieron y le salvaron la vida. Se marcharon a Derbe, otra ciudad de la región. También allí predicaron el evangelio y, al cabo de algún tiempo, dejando una comunidad bastante grande, iniciaron el camino de regreso. Siguieron la misma ruta, pero en sentido contrario. De esa manera volvían a visitar a los nuevos cristianos, animándoles a perseverar en la fe, a pesar de las dificultades.

Pero al llegar cerca de la costa, en Perge, se dirigen a Atalía (llamada hoy Antalya). De Antalya hay que destacar un museo, uno de los más bellos y ricos de Turquía, donde se exhiben obras prehistóricas, helénicas, romanas, bizantinas, selyuquíes y otomanas, presentadas en orden cronológico. Hay un gran sarcófago donde se representan los doce trabajos de Hércules. También se conservan enormes estatuas de diversos dioses o emperadores. Cerca de Antalya está Aspendos, con un teatro romano que rivaliza con cualquier otro de la costa turca. Su capacidad era de quince mil espectadores. Lo construyó Zenón, un joven y afamado arquitecto del lugar. Utilizó un sistema propio para lograr una acústica perfecta, que no ha sido superado. Si se dejaba caer una moneda en el foso de la orquesta se oía desde cualquier galería. Su estado de conservación es magnífico. Se sigue utilizando para festivales de música.

Desde Atalía, Pablo y sus compañeros se embarcaron y se dirigieron directamente a Antioquía de Siria, punto de partida de este primer viaje, cuyas etapas se recorren en las llamadas ruta paulinas. Con la diferencia de que él iba andando o en caballo, a pleno sol, por duros y peligrosos caminos, mientras que nosotros hicimos la ruta por asfalto y con aire acondicionado.

CAPADOCIA, TIERRA DE FANTASÍA

Además de las ciudades del primer viaje paulino, visitamos otros lugares también interesantes por ser escenarios de la expansión de la Iglesia en los primeros siglos. De entre esas regiones empezamos por la Capadocia, donde brillaron figuras como San Gregorio Nacianceno, San Basilio el Grande, San Gregorio de Nisa, etc. Se trata de una región situada en el centro de lo que llamamos hoy la península del Asia Menor <ver fotos>. Es de origen volcánico y se formó hace diez millones de años, cuando la actividad del volcán Argos al noroeste, y del Hagan al sur, provocó una enorme acumulación de cenizas y lodos volcánicos que, al solidificarse, formaron una piedra de toba relativamente blanda. La lluvia, el viento y otros agentes atmosféricos configuraron, a través de los siglos, el paisaje fantástico que hoy se puede contemplar. Los asombrosos pliegues que las torrenteras han formado dan al paisaje un embrujo particular.

Región de Capadocia

Las excavaciones realizadas muestran rastro de la época neolítica y calcolítica. Los hititas, los persas, los griegos y los romanos, vivieron en esta peculiar región. El periodo de esplendor cristiano se sitúa en la época bizantina (397-1071). Fue escenarios de las luchas iconoclastas. El fervor y la fortaleza de aquellos cristianos preservaron de la destrucción grandes obras del arte bizantino. Una de las características que aumentan la fascinación de esta región es que sus masas pétreas han sido utilizadas como viviendas. La relativa blandura de la piedra volcánica, unida a su solidez, ha permitido que se excavaran espaciosas estancias, abrir ventanas y puertas, hacer gradas en la roca para acceder a las partes superiores. En Uçhisar está el punto más alto de la región. Allí se alza una gran fortaleza en la roca horadada, audaz atalaya que desafía al viento. Existen pasadizos internos, pasillos subterráneos, desplegados por los alrededores para facilitar la defensa.

Por Capadocia pasaba la ruta de la seda, llamada también de las especias. Desde los reinos de Occidente partían grandes caravanas hacia la India y hacia China. Ese intercambio comercial daba vida a la ruta que cruzaba la actual Turquía. Nuestro guía explicaba con entusiasmo aquel rico comercio que, por culpa de los españoles, se acabó. En efecto el descubrimiento de América, hizo innecesaria aquella ruta antigua. No obstante, alcanzó en tiempo de los seleúcidas una importancia extraordinaria. Restos de ese esplendor comercial permanece en los albergues para caravanas, que aún se conservan.

También en Capadocia se encuentran las ciudades subterráneas, una de las riquezas culturales de la región. Están excavadas en una piedra caliza muy porosa y ligera, llamada toba. Nacieron como lugar de refugio ante las invasiones de los enemigos. En algunas ocasiones llegan a los doce piso hacia abajo. Diversos túneles comunican las viviendas. Hoy se conservan cerca de doscientas ciudades subterráneas. En la terrible búsqueda del tristemente famoso Osama Ben Laden, pudimos ver más de una vez las cuevas de las montañas de Afganistán, en especial en la región montañosa de Tora Bora.

El historiador griego Jenofonte en su Anábasis refiere que los helenos pasaban la noche, durante el viaje, en las ciudades subterráneas de Derinkuyu y en Kaymakli. Ésta última fue la que nosotros visitamos. Recorrimos seis plantas hacia abajo por aquellos pasadizos que, en algunos tramos, nos obligaban a caminar encorvados.

Para terminar nuestro recorrido por Capadocia visitamos el valle del Göreme y sus iglesias bizantinas. A finales del s. II vivía en Capadocia un comunidad cristiana bastante numerosa. en el s. IV alcanzó su mayor esplendor. Destacó San Basilio el Grande, cuya doctrina forma parte importante en la tradición de los padres orientales. Fundó pequeñas comunidades como refugio espiritual. En las rocas de la zona se excavaron numerosas iglesias y capillas, decoradas con pinturas murales de gran belleza y misticismo. Con diversas técnicas consiguieron crear un mundo de color y de figuras estilizadas, impregnadas de una profunda espiritualidad. Estos lugares forman el interesante Museo al aire libre de Göreme.

LAS IGLESIAS DEL APOCALIPSIS

El valle del río Lico está cerca de las costas del Mar Egeo. Allí se encuentran las siete iglesias del Apocalipsis

a las que San Juan escribe siete cartas desde su destierro en una pequeña isla de esa costa, Patmos (cfr. Ap 1, 9; 2, 1-3, 22). Esas iglesias son: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes

Gimnasio de Sardes>

, Filadelfia y Laodicea. Sin duda la ciudad más importante es Éfeso. Suhistoria es una de las más ricas en contenido y de las más antiguas en la cuenca del Mediterráneo. Esta amplia región está dominada al nordeste por monte Pion y al sur por la cresta rocosa de del monte Coresos. Es la parte occidental de Anatolia. En ella se han dado cita todas las civilizaciones desde el año 2000 a. de C. Por aquí han pasado los medos, los persas, los espartanos, los atenienses, los macedonios, los seleúcidas y los romanos.

Los dioses de la mitología griega eran venerados en esta ciudad, destacando el culto a Zeus o Júpiter, y a Cibeles, llamada también Diana o Artemisa, nombre con que aparece en el Nuevo Testamento. Aquí estuvo la escuela de Hipócrates, la de Pitágoras y la de Heráclito.

Ha sido escenario de guerras en las que los hombres se han matado con una gran crueldad. Así, en el año 88 al 84 el rey del Ponto, después de conquistar la ciudad, decide masacrar a todos los habitantes de origen romano. Un genocidio que costó la vida a más de ciento veinte mil hombres, incluidos mujeres y niños. Filóstrato, filósofo originario de la isla de Lemno, hacia el 175, describe así la ciudad de Éfeso: “Se la veía inmersa completamente en la arrogancia y el ocio, al punto de se encontraban por doquier hombres tocando el violín o instrumentos parecidos, truhanes de todo tipo, gente lasciva, disoluta, afeminada...”. En suma, era una ciudad de placeres, de vicios.

No obstante, era una bella ciudad. La más bella de esta parte del imperio romano. Rica en su comercio y en su cultura. También era una ciudad religiosa con un magnífico templo dedicado a la diosa Artemisa o Diana, hija de Zeus, virgen eterna y diosa de la fecundidad, representada con numerosos huevos adosados a su pecho, símbolos de la fecundidad. Tienen apariencia de senos o pechos femeninos

Diosa Artemisa>

. En el museo de Éfeso pueden verse tres estatuas de la diosa. Lleva un vestido muy ceñido al cuerpo, decorado con diversos animales, como abejas, cabezas de león, de ciervo o de toro. La imagen era de oro y su culto fue uno de los grandes obstáculos de la predicación paulina.

Cuando Creso, el rey de Lidia, conquistó la ciudad mandó quemar el templo de la diosa. Sin embargo mandó construir otro mucho más grande, considerado como una de las siete maravillas del mundo antiguo. Era un lugar de peregrinación y con gran afluencia de devotos. Entre ellos estaba Alejandro Magno que, después de la victoria sobre los persas, viene a Éfeso a venerar a la diosa, en cuyo honor organizó un gran desfile militar. La leyenda contaba que Artemisa asistió al nacimiento del gran conquistador griego, como si se tratara de su hada madrina.

El gran templo de Artemisa fue destruido y en su lugar se construyó una gran basílica dedicada a San Juan Evangelista <foto nº 12: Basílica de San Juan>. También este espléndido edificio fue destruido, aunque aún quedan en pie muchas de sus magníficas columnas, así como algunos muros y el trazado de la iglesia, bajo cuyo ábside principal estaba la tumba de San Juan, que hoy se venera en este lugar. Postrado ante ella, le pedí al Discípulo amado que me ayudara a conocer más a Jesús, nuestro Maestro querido, para de ese modo amarle y servirle mejor.

En el año 190 a. de C., Éfeso pasa al dominio del imperio romano, que la gobernó durante mucho tiempo. Bajo el emperador Augusto (63 a. de C. al 14 d. de Cristo), la ciudad vivió un periodo de paz y fue la capital de la provincia romana de Asia. Cuanto hoy se puede admirar como restos de grandes construcciones, pertenece a este tiempo. En el s. III el esplendor de Éfeso comenzó a decaer. En el s. IV era la cabeza de la iglesia local de esta zona, y en el siglo siguiente se celebró un Concilio ecuménico, bajo el patrocinio del emperador Teodosio. Asistieron doscientos obispos y en el se definió el dogma de la maternidad divina de María, proclamándola Theotókos, es decir, la Madre de Dios.

Cerca de la basílica con la tumba de San Juan, en una colina llamada Ayasuluk, hay una gran fortaleza que protegía la ciudad, extendida a sus pies. La Vía del Puerto tiene más de medio kilómetro de longitud, mientras que su anchura es de veintiún metros. Estaba adornada con columnas y, según los arqueólogos, había además una serie de estatuas que era iluminadas por la noche con lámparas de aceite. Al final, ya cerca del mar, había una puerta que todavía conserva parte de su esplendor.

También es digna de mención la biblioteca de Celso, cuya espléndida fachada, aun en pie, conserva gran parte de su majestuosa ornamentación, con bellos frisos y columnas de mármol. Todavía se pueden contemplar cuatro hornacinas con estatuas que representan la Virtud, la Sabiduría, el Destino y el Ingenio. En la parte posterior se encuentra un bello sarcófago de mármol blanco de dos metros y medio, adornado en la parte superior con una serpiente, la diosa Nike (la Victoria), Eros y la Medusa.<foto nº4: Biblioteca de Celso> La Vía de los Mármoles, o Arcadiana, se inicia en la Puerta de Koresos y, con un recorrido de cuatro kilómetros termina en la Puerta de Magnesia. A un lado y otro de esta gran avenida se suceden diversos monumentos con ricos mármoles, adornados con frisos y estatuas, con arcos y columnas de ocho metros de altura. Está la Casa del Amor, el templo de Serápide, un burdel dedicado a Venus, y las termas de Escolástica con una gran estatua de mujer.

Otros importantes edificios y construcciones muestran la magnificencia de los ciudadanos de Éfeso. Hay un auditorio, el Odeón con un aforo de mil quinientas personas que, posiblemente, estaba techado. Pero, sobre todo, a cierta distancia se destaca el gran teatro, con una capacidad para veinticinco mil espectadores. Tiene un diámetro de cincuenta metros. Es un monumento más de ese mundo de esplendor que, sin embargo, fue transido y transformado por la predicación de unos cuantos judíos y griegos que creyeron en Jesús Resucitado, el Cristo e Hijo de Dios, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, como escribió san Juan en estos lugares.

CHOQUE CON LA IDOLATRÍA

Ese gran teatro, antes descrito, fue escenario del choque entre el cristianismo y la idolatría Un platero, Demetrio, fabricaba templetes de Artemisa que las tiendas de recuerdos vendían a los devotos de la diosa. Comprendiendo que la predicación monoteísta de Pablo, así como su doctrina negando el carácter de dioses a los fabricados por manos de hombre, reunió a todos los comerciantes de la ciudad y les advirtió del peligro que corrían sus negocios. Reaccionaron de forma unánime y gritaron: “Grande es Artemisa, la diosa de Éfeso”. La gente se soliviantó y apresaron a Gayo y Aristarco, compañeros de Pablo, los condujeron al gran teatro y allí les maltrataron. Pablo quiso acudir en su ayuda, pero lo disuadieron ya que su presencia empeoraría la situación. Por fin, intervino un magistrado de la ciudad, reconoció la grandeza de la diosa, pero les hizo caer en la cuenta que el problema era más de tipo comercial que religioso. El litigio debía desarrollase ante un tribunal y no allí. Así se pudo disolverla asamblea.

La estancia de San Pablo, como hemos visto, está atestiguada por los Hechos de los apóstoles. Se dice, además, que Pablo permaneció por tres años en la ciudad. A sus habitantes les escribe desde su cautividad una extensa epístola. Sin embargo, apenas si hay indicios arqueológicos de la presencia paulina en esta ciudad, salvo una cueva de una colina cercana en que se representa a San Pablo hablando con Santa Tecla. También de San Lucas parece haber señal de su paso por Éfeso. Al menos, su tumba ha sido identificada en ciertas ruinas. Se trata de un monumento funerario de forma circular. En una de las paredes se encontró esculpido en piedra la figura de un toro, símbolo de San Lucas, así como una cruz. son indicios como se ve muy pobres, insuficientes para asegurar que Lucas murió en Éfeso.

En cambio San Juan, el hijo de Zebedeo, dejó indeleble y profunda huella de su paso por esta región. A él se dedica, como dijimos, una grandiosa basílica para custodiar su tumba

Tumba de San Juan Evangelista>.

En el Nuevo Testamento no se habla nunca de la venida de San Juan a Éfeso. No es de extrañar, ya que tampoco se habla del lugar de la evangelización de los otros apóstoles. Sin embargo, en los evangelios apócrifos tenemos noticias dicha evangelización. Respecto a San Juan, el patriarca de Constantinopla, Fozio, nos dice que un discípulo del Hijo de Zebedeo, llamado Leucio Carino, escribió en la segunda mitad del s. II que San Juan vino a Éfeso, impulsado por una visión en la que recibió la orden de ir a Éfeso, donde proclamaría el Evangelio. Juan respondió con prontitud a la orden recibida. Sería el año cincuenta, una año antes de la llegada de Pablo.

Algunos textos antiguos se refieren a la presencia de Juan en Éfeso. Así, nos dice San Ireneo, en el s. II, en su obra Adversus Haereses, dice que “Juan, el discípulo del Señor, el mismo que reposó en su pecho, ha publicado el Evangelio durante su estancia en Éfeso”. También refiere que los presbíteros de la región de Éfeso le pidieron al Discípulo amado, el Teólogo le llamaban, que pusiera por escrito sus recuerdos sobre Jesús y su enseñanza, a cuyo requerimiento el Apóstol Juan accedió. San Ireneo toma esa noticia de San Policarpo, quien a su vez conoció a San Juan, de quien fue discípulo. De ese modo la cadena de los testigos es continua, parte de Cristo y sigue como eslabones Juan, Policarpo e Ireneo.

Otro de los motivos que atraen a los peregrinos a Éfeso es la posible estancia de la Virgen María en estas tierras. Es sabido que Jesús, cuando agonizaba en la Cruz, le dijo a su madre, a cuyo lado estaba Juan: “He ahí a tu hijo”. Y luego le dijo al discípulo que tanto amaba: “He ahí a tu madre”. El evangelio sigue diciendo que, desde aquel momento, Juan recibe a María en su casa aceptando que la madre de Jesús lo fuera suya también. Es un pasaje de gran contenido teológico y rico significado para la Mariología. Pero dejando esto aparte, lo que se desprende de manera inmediata es que Juan, por encargo de Cristo, acoge a María y la acompaña.

La tradición suple de nuevo la carencia de noticias bíblicas. Y según referencias muy antiguas, María vino a Éfeso acompañando a Juan. Quizás conviene recordar que Jesús no sólo se preocupa en la cruz de que Juan cuide a María, sino también de que su Madre no abandone a Juan y lo proteja. De ahí que no es inverosímil que María viniera a Éfeso para acompañar a Juan. Es cierto que otra tradición habla de que María muere en Jerusalén y desde allí es elevada al cielo. Algunos consideran incompatibles ambas tradiciones y se inclinan bien por una, bien por otra. Sin embargo, pienso que se pueden coordinar si pensamos que María vino a Éfeso y vivió allí unos años. Luego volvería a Jerusalén, en donde terminó sus días sobre la tierra.

Respecto a la tradición efesina hay indicios de que en el Medioevo los cristianos de aquella región venían a rezar a la Virgen María. Por otro lado, existen unas revelaciones privadas de una religiosa de Westfalia, la sierva de Dios, Ana Catalina Emmerik, que en su convento de Münster, revive la pasión y se le reproducen las cinco llagas del Señor. En una de esas revelaciones habla de que María la Virgen vivió en una montaña a tres kilómetros de Éfeso. Algunas excavaciones apoyan de alguna forma las revelaciones de la monja prusiana. Pero es preciso reconocer que son datos sin un valor decisivo. No obstante, sí suficientes para fundamentar la religiosidad popular que ha mantenido su devoción por la humilde casa, donde moró la Virgen con el Discípulo amado de Jesús. También los musulmanes veneran a la Madre de Jesús y llaman a este lugar Meryem Ana Evi, es decir la Casa de la María la madre Esa devoción de los musulmanes por la Virgen hace posible, en esta zona al menos, la convivencia pacífica de cristianos y musulmanes.

Casa de la Virgen.

En cuanto a las demás iglesias advierto que algunas de ellas no se visitan porque están aún sin excavar. Así ocurre con Tiatira, Laodicea y Filadelfia. Esmirna, en cambio está bastante estudiada. Es una ciudad portuaria, asentada en una tranquila y estratégica bahía. Hoy se llama Izmir, tiene cuatro millones de habitantes y es centro comercial de primer orden. Allí nació Homero. También es digno de mención San Policarpo, uno de los padres apostólicos, que fue obispo de Esmirna a fines del s. I y conoció personalmente a San Juan Apóstol y Evangelista. De él dice que escribió su evangelio a petición de los presbíteros de Éfeso.

Los restos arqueológicos de Esmirna no son muchos, debido sobre todo a la ubicación de la nueva ciudad que ha cubierto a la antigua. No obstante, hay parte de las ruinas del Ágora antiguo. En la carta correspondiente del Apocalipsis, encontramos una de las frases más bellas de este libro verdaderamente estimulantes para nuestra lucha ascética: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2, 10).

En cuanto a Pérgamo, pasó al dominio de Roma a mediados del s. II d. de C. y alcanzó su esplendor cinco siglos más tarde. Llegó a ser, junto con Alejandría, uno de los centros culturales más importantes de la antigua Roma, con una biblioteca de doscientos mil volúmenes, muchos en pergamino, es decir escritos sobre pieles curtidas, una técnica que sustituyó a los papiros y que tiene su origen en Pérgamo, de donde toma el nombre de pergamino. Su acrópolis se conserva en gran parte. Hay restos de un bello templo dedicado a Atenea, también hay un altar a Zeus cuyos hermosos frisos fueron depredados por los invasores alemanes, que los exhiben hoy en el museo Berlín. Es también impresionante el graderío del teatro, cercano a la acrópolis, cuya capacidad era de diez mil espectadores sentados.

En Sardes tenemos una de las ciudades más ricas en restos arqueológicos. Vivió su mayor esplendor con el rey Cresos, en el s. VII a. de C. Sus enormes riquezas le hicieron famoso. Según Herodoto contribuyó con diez toneladas de oro para construir el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Visitamos los restos de un gran gimnasio, cuya entrada y palestra se conservan en parte. También es digna de mención la sinagoga, la mayor de las encontradas hasta hoy. Los mosaicos del suelo y los de las paredes están primorosamente elaborados con pequeñas piezas de mármol. La carta correspondiente a Sardes habla de su esplendor: “tienes nombre de viviente pero estás muerto”. Le exhorta a la conversión y penitencia por sus pecados.

CASTILLOS DE ALGODÓN

Hierápolis y Afrodisias, aunque no figuran en el Nuevo Testamento. son ciudades de interés histórico. Esta ciudad es una de las más bellas e interesante de Anatolia, dada la riqueza y abundancia de sus vestigios arqueológicos. Vivió su época de esplendor durante la dominación romana. Se distinguió por su culto a Afrodita, cuyo templo es del s. IV a. de C. Es de estilo jónico y aún conserva su elegancia de líneas. También el teatro se conserva en gran parte.

En cuanto a Hierápolis fue evangelizada por San Felipe Apóstol, cuya tumba es venerada aquí. Por otro lado, Hierápolis nos sugiere enseguida el nombre de uno de sus obispos de los primeros siglos (s. I-II), Papías. En los estudios introductorios a los evangelios, y en especial en de San Mateo y de San Juan, siempre se cita su testimonio, uno de los pocos que, en ese periodo de los padres apostólicos, habla de los cuatro evangelios y de sus autores.

Entre los restos de esta ciudad está una inmensa necrópolis que abarca desde la época romana, s. II a. de C., hasta el periodo bizantino. Se destaca también su teatro, así como las termas. Parece ser que sus aguas, además de termales, tenían cualidades curativas. De hecho el nombre de la ciudad, Hierápolis, se puede traducir como Ciudad de la salud. Junto a Hierápolis hay un gran acantilado de gran belleza, llamado Pamukkale. Este nombre turco significa castillos de algodón. Es una acantilado de más de cien mts. de altura, que desciende al valle en terrazas. Las aguas termales bajan de la montaña y van formando a su paso un paisaje de rara belleza, casi surrealista. Al caer en torrenteras suaves se van cristalizando y forman hermosas cortinas blancas de piedra que cuelgan de las distintas terrazas. Ello se debe a la abundancia de cal que tiene el agua, que al fluir forma bordes y contornos totalmente blanco, mientras que de un nivel a otro los chorros del agua se convierten blancas estalactitas de formas múltiples<foto nº 29: Zona termal de Pamukkale>

AL FRENTE, ESTAMBUL

Otras dos ciudades de primer orden en los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, son Nicea y Estambul. Para desplazarnos hasta la región norteña tomamos un avión desde Izmir (Esmirna). Aunque pernoctamos en Estambul, empezamos la jornada por Nicea. Para llegar allí fue preciso pasar de Europa a Asia, atravesando el Mar de Mármara en un “ferry”, y luego seguir en el autobús. Actualmente Nicea se llama Iznik y es sólo un pueblecito típico a orillas de un lago. Sin embargo algunos vestigios arqueológicos nos hablan de su glorioso pasado. Se conservan las murallas romanas con sus cuatro portales, así como la basílica de Santa Sofía, prácticamente abandonada. Fue sede de dos concilios ecuménicos. En el primero, del año 325, se abordó la doctrina de Arrio que se había extendido, sobre todo por oriente. Este sacerdote defendía que el Verbo ha sido creado y que, por tanto, no es Dios. San Atanasio, obispo de Alejandría se opuso defendiendo la divinidad de Cristo, atestiguada en el Nuevo Testamento. La disensión fue cada vez más virulenta. Ante esta situación el emperador Constantino decide convocar a todos los obispos del mundo en una reunión, llamada por eso llamada concilio ecuménico, modalidad repetida luego a lo largo de la historia. Estudiada la doctrina de Arrio se la condenó como contraria a la fe de la Iglesia que defendía que el Verbo era de la misma naturaleza (homoousios en griego) divina que el Padre. Además de San Atanasio, se destacó entonces como defensor de la recta doctrina Osio, el Obispo de Córdoba,

En las ruinas de la basílica de Santa Sofía de Nicea celebramos la Eucaristía. Un momento de especial emoción fue cuando recitamos el Credo de la Misa, llamado precisamente Nicenoconstantinopolitano, porque fue aquí y en Constantinopla donde tuvo su origen.

Ruinas de la iglesia de Nicea>

Y, por fin, Estambul. A pesar del cansancio de tantos días de rodar de un lado para otro, esta ciudad nos cautivó a todos. Su origen se remonta al s. VII a. de C. Su fundador, un griego llamado Byzas, le dio el nombre de Bizancio. En el s. IV el emperador romano Constantino la convierte en capital del imperio y la llama Constantinopla. Está a caballo entre Europa y Asia, separada por el estrecho del Bósforo. En la parte europea tiene una bella y alargada bahía, llamada el Cuerno de oro, porque cada atardecer la puesta de sol pone tonos dorados en sus aguas y sus hermosas orillas. Dos grandes puentes colgantes unen Europa con Asia.

Comenzamos la visita por la iglesia de San Salvador in Kora. Es del s. V y más bien pequeña. Sin embargo, es de una gran riqueza en mosaicos y frescos en los que se pueden contemplar escenas de la vida de Cristo, no sólo según los cuatro evangelios canónicos. sino también con algunos pasajes de la vida de la Virgen y de la infancia de Cristo referidos en los evangelios apócrifos.

Constantino engrandeció la nueva capital del imperio. Entre sus construcciones destaca la basílica de Santa Sofía que el emperador Justiniano reconstruye y enriquece en el año 537. Tiene una estructura casi cuadrada (77x71 mts), con una gran cúpula de 51 mts de altura y 33 de diámetro. Los musulmanes la convirtieron en mezquita y ahora, además, es en museo. La mayoría de sus ricos mosaicos están cubiertos con estuco de escayola desde la época iconoclasta. Alguna parte está al descubierto y muestra tímidamente el esplendor de sus colores. Otras de las mezquitas de gran valor artístico son la de Soleimán y la Mezquita azul.

Las Cisterna Yerebataán o de Justiniano es realmente impresionante. Es un depósito subterráneo de agua, un gran aljibe cuyo techo sostienen 336 columnas de mármol, casi todas de estilo corintio y procedentes de diversos templos. Tienen ocho mts de alto, sustentando los arcos y cúpulas bizantinas que forman la techumbre. Otro de los lugares típicos y famosos de Estambul es el Gran bazar

Gran Bazar de Estambul>

. Todo un laberinto de calles cubiertas en las que se exponen toda clase de mercancía, desde alfombras hasta joyas de gran valor, desde olorosas especias hasta los más exquisitos dulces de Turquía. Un mundo polícromo donde se vende de todo y nada a precio fijo. El regateo es obligatorio y todo un arte, en el que los turistas se divierten y siempre salen perdiendo.

Palacio de Topkapi>

El palacio de Topkapi es visita obligada, según explicó nuestro guía. Se encuentra construido en la confluencia del Cuerno de oro y el Bósforo. Fue residencia de los sultanes otomanos. Hoy es un museo donde se expone el esplendor de la época gloriosa de los turcos. Se conserva muy bien y sus jardines están muy cuidados. El Harén es un laberinto de salas, pasadizos y gabinetes. Allí llegaron a vivir, y a conspirar, hasta quinientas mujeres. El Tesoro lo forma un conjunto de cuatro salas donde se exponen muebles, vestidos, utensilios y joyas, entre las que destaca un gran diamante de 86 kilates llamado del cucharero, así como puñales adornados con rica pedrería. En definitiva, un exponente del llamado lujo asiático.

“Valía la pena ir hasta Estambul aunque sólo fuera para ver las bellezas del Bósforo. Ningún estrecho del mundo es tan bello e interesante...”. Así dice una de las guías que tengo a mano. Está editada en Turquía y quizás exagera un poco. Pero la verdad es que se trata de un paseo muy grato en un barco de vapor, una especie de modesto crucero durante el que se pueden contemplar las orillas europea y asiática. Como se sabe, este estrecho une el Mar de Mármara con el Mar Negro. A lo largo de sus costas se miran en el agua edificios antiguos y modernos de gran belleza, hermosas murallas de la antigua Constantinopla, residencias de verano, bellos parques floridos, las diversas mezquitas con sus afilados y esbeltos alminares. Cerca de quinientos minaretes hay en esta ciudad de casi siete millones de habitantes. Entre los papeles que nos entregaron los organizadores está la Canción del pirata, joya del romanticismo y obra de mi entrañable paisano José de Espronceda, nacido como todos los extremeños saben en Almendralejo, donde celebran este año el bicentenario de su nacimiento. La razón de esta cita poética la ofrecen unos encendidos versos, cuando dice el pirata:

“La luna en el mar riela,

y en la lona gime el viento,

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y ve el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa

y allá en el frente Estambul”.

Al recordar estos versos pensaba, por extraño que parezca en Juan Pablo II. En su Carta apostólica Tertio millennio ineunte, donde habla remar mar adentro (Duc in altum¡), mira con esperanza e ilusión hacia Asia, y sueña con su evangelización como objetivo del tercer milenio. Es consciente de lo arduo de la tarea, pero al mismo tiempo cree firmemente que es posible la paz y la concordia entre los hombres que se forjan en el nuevo milenio. Apoyado en su esperanza y fortaleza, termino con otros versos de ese hermoso poema antes citado:

“Navega velero mío, sin temor,

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza,

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor...

“Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad,

mi ley la fuerza del viento,

mi única patria la mar”.