¿CUÁNDO YO ME HE EnCONTRADO CON JESÚS?

Por Ángel Gómez Escorial

Se ha definido el ser cristiano como aquella persona que, tras su encuentro personal con Cristo, cambia y modifica su vida para seguir al Maestro. Hace unos 18 años –contaba yo 50 y era julio de 1991— sentí de manera indeleble que había iniciado un camino dentro de la Iglesia católica que ya no podía tener retroceso, que no era posible –gracias a Dios—la marcha atrás. ¿Pero había supuesto eso el encuentro con Jesús de Nazaret? No lo sé. En esas horas tenía una devoción fortísima por San Ignacio de Loyola y por su obra, sobre todo por los Ejercicios Espirituales. Mi devoción “grande” era, además y claramente, trinitaria. Es decir, asumía sin muchas dudas ni problemas que “mi” Dios eres Uno y Trino. Y que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estaban cerca de mí. Comencé a sentir una especial dedicación por el Espíritu. Me agradaba su condición de Persona “que nos lo enseñaría todo”. Es verdad que el testimonio de Jesús mostrando la ternura del Padre, como lo es, como un papaíto, como un “Abba”, me llenó de cercanía y consuelo.

Pero, ¿y Jesús? Creo que le daba ya por conocido, por compañero, por semejante en humanidad. Cierto que algunas biografías me acercaron más y más a Jesús de Nazaret y sobre todo la que escribió mi colega periodista, José Luis Martín Descalzo, que me dio un conocimiento amplio, casi erudito, de la vida de Jesús y de su tiempo. Y la lectura del epílogo de esta tan monumental biografía de Martín Descalzo me hizo llorar de emoción. También me gustó mucho la biografía de Giovanni Papini, muy dura, emocionante y producto de una fe fortísima. Me llamó, asimismo, mucho la atención lo que cuenta Santa Teresa de Jesús sobre su “segunda conversión” a partir de contemplar la “imagen de un Cristo muy llagado”. Lo entendía muy bien, pero no lo vivía. ¿Fue, entonces, con todo ello, un encuentro por medio de terceros?

La lectura de las últimas páginas –hace unos días-- del libro del dominico Jesús Espeja, “¿Ser todavía cristiano?”, me puso delante, como un aldabonazo, esa necesidad del encuentro, personal, intransferible y sin intermediarios, con Jesús de Nazaret. Y he dudado, con toda sinceridad, si, verdaderamente, he tenido ducho encuentro. Y la duda me produce la idea de que todo lo anterior, aunque hermoso y coherente, ha sido como incompleto, como si algo me faltará todavía. La cuestión es, de todos modos, si no me encontrado con Él porque no lo he visto. O es que Él no ha querido pararse junto a mí. Pero creo que habré sido yo, demasiado ocupado por las miles cosas inútiles de esta vida, quien no he reparado en su rostro, reflejado, tal vez, en la cara de cualquier hermano o hermana que sufre. Bueno, tengo tiempo voy a dedicar todo el tiempo a buscarle, a mirar atentamente a mi alrededor. Estos días son buenos para ello. Ya les contaré, amigos lectores, si le he encontrado. Serán ustedes los primeros en saberlo. ¡Ah!, y antes de nada pido disculpas a la audiencia por las continuas y repetidas historias de mi conversión, aunque los que me siguen –si es que hay alguien—reconocerán que es la primera vez que planteo esto.