LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: YO SOY LA VIDA ETERNA
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

"Pensando esto conmigo mismo y considerando en mi corazón que se encuentra la inmortalidad en emparentar con la Sabiduría..." (Sb 8,17).

A estas alturas de sus reflexiones Salomón da un giro espectacular en lo que concierne a su discurso. Después de extenderse ampliamente acerca de la excelencia y ventajas que la Sabiduría le aportan para poder gobernar con acierto a su pueblo, entra en sí mismo, escruta su propio corazón y descubre que la Sabiduría es justamente la raíz y el fundamento de la inmortalidad del hombre. Ante tal descubrimiento toma la sabia decisión de no separarse nunca de ella, de estrechar sus lazos como a un ser muy cercano y querido. En definitiva, decide emparentarse con ella.

No hay la menor duda de que estas palabras suponen un salto cualitativo respecto a todos los demás hombres ilustres que también han disertado sobre la sabiduría. Aquí hay algo más que un simple conocimiento por muy elevado que sea éste. Estamos hablando de una intervención de Dios en su mente y en su corazón, intervención que, en términos bíblicos, es llamada revelación. Por medio de ésta, Salomón llega a entender que la vocación real del hombre es la inmortalidad, y que ésta le viene dada por medio de la Sabiduría; no cualquier sabiduría sino aquella que es propia de Dios y que se identifica con su Palabra.

No son muchos los textos del Antiguo Testamento que expresan de forma tan clara la inmortalidad como posibilidad para el hombre. Sin embargo, los hay y aparecen intermitentemente por medio de distintos personajes a lo largo de la historia de Israel. Son profecías que, como sabemos, tienen su desarrollo y cumplimiento total en Jesucristo.

El Señor Jesús no sólo habla de la inmortalidad del hombre sino que proclama que todo aquel que acoge su Palabra tiene ya en sí mismo la inmortalidad, la vida eterna: "En verdad, en verdad os digo: El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5,24).

El Padre ha querido damos la vida eterna, y para ello la ha puesto en manos de su Hijo vinculándola a su Palabra. Reforzamos esta tesis recogiendo unos versículos de la catequesis dada por Jesús en la que se define como el buen Pastor que Yahvé había prometido a Israel por medio de los profetas. Escuchamos la proclamación liberadora del Hijo de Dios: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre" (Jn 10,27-29).

Jesucristo no sólo es poseedor y dador de la vida eterna, la inmortalidad, también lo es por esencia (Jn 14,6). Puede decir que tiene, da y es la vida eterna porque Él es la Palabra del Padre hecha carne (Jn 1,14). Jesús tiene esta certeza, y así, con claridad meridiana lo manifiesta. Su certeza le viene del hecho de saber que no habla por su cuenta. sino por la de su Padre; actúa de la forma que actúa porque la Palabra/mandato del Padre es la semilla de la inmortalidad del hombre: "La Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí" (Jn 12,48-50).

Es en el Evangelio del Hijo de Dios en donde convergen como en un solo cauce los miles de ríos de todas las Escrituras. Éstas infunden en nuestro ser el conocimiento del Padre que nace del agua viva de la revelación. Dicho de otra forma: allí donde no llega nuestra mente por muy evolucionada que esté, y no llega en lo que respecta a desentrañar el Misterio de Dios, llega Él mismo con su Palabra y se nos manifiesta.

Este peculiar y único conocimiento de Dios, este penetrar su misterio por medio de la Palabra, tiene un nombre en la boca del Hijo de Dios: la vida eterna. Oigámosle: "Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17,1-3).

Con respecto a nuestra inmortalidad, que implica la transformación de nuestra naturaleza y su elevación a la categoría de lo sobrenatural, vamos a deleitamos con la magistral ponencia de san Cirilo de Alejandría: "Jesucristo se ha formado en nosotros de una manera inefable; no como una criatura superpuesta a otra sino como Dios, en la naturaleza creada, transformando por la fuerza del Espíritu Santo nuestra creación, es decir, a nosotros mismos, elevándola a una dignidad sobrenatural".