En la Fiesta de San Pedro y San Pablo, Antonio Pavía nos ofrece este bello texto sobre la apuesta de amor de quien fue el primer Papa de la Iglesia.


Tú lo sabes todo

Por Antonio Pavía Martín-Ambrosio

Misionero Comboniano

Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. He ahí la respuesta de Pedro a la triple pregunta que Jesús le formuló en las arenas del mar de Tiberiades. La pregunta en cuestión fue: “Pedro, ¿me amas más que éstos?” Vamos a deshojar la historia, el itinerario de fe de Pedro analizando la primera parte de su confesión: “¡Señor, tú lo sabes todo!”

Es más que posible que, al pronunciar Pedro estas palabras, su mente y su corazón se posaran con calma en los acontecimientos de la última cena, aún fresca en sus recuerdos. El apóstol está descubriéndose ante el Maestro: ¡Señor, tú lo sabes todo! Sabes de mí lo que ni yo mismo sería capaz de imaginar lo que pudiera ser. Recorremos con Jesús y con Pedro, y también con los demás apóstoles, el discurrir de aquella cena.

Alrededor de la mesa están celebrando con los demás judíos los memoriales salvíficos del pueblo santo. Hay no poca tensión e incertidumbre en el grupo. Los presagios son tenebrosos, los repetidos anuncios de Jesús acerca de su muerte han tomado cuerpo en los últimos días. A estas alturas la decisión del Sanedrín parece que no tiene vuelta atrás. La situación se toma más y más tensa por momentos. En éstas, Jesús desvela la traición de Judas, quien no sólo no la niega sino que sale del cenáculo para consumarla.

Hecha la puesta en escena, damos protagonismo a Pedro partiendo del pasaje de Juan 13,36-38. A la pregunta de Pedro, ¿dónde vas? ”, Jesús le responde: “A donde yo voy no puedes seguirme ahora”. Sin embargo, le añade una promesa: “me seguirás más tarde”. Pedro oye pero no se entera. No está en absoluto de acuerdo con Jesús de que ahora, hoy, esta noche... no puede seguirle cuando lo ha dejado todo por El. Parece que Jesús no ha valorado lo que ha hecho hasta ahora siguiendo su llamada; de ahí su respuesta que no admite lugar a dudas: “Daré mi vida por ti” Aclaremos una cosa: Pedro no miente. Cree firmemente en lo que acaba de prometer. Ha puesto todo su corazón, toda su vehemencia en estas palabras, no hay vuelta atrás.

El problema, en última instancia, reside en que Pedro no lo sabe todo sobre sí mismo; Jesús sí. De ahí la divergencia radical en sus postulados. Jesús que dice “¡no puedes! “, y Pedro: ¡sí, puedo y quiero, te seguiré hasta la muerte! Respecto al saber de Jesús, decimos que conoce palmo a palmo lo que hay en el armario de Pedro, aquel que todos llevamos..., o quizá es él quien nos lleva a nosotros, y que tenemos cerrado a cal y canto a toda mirada, incluida la nuestra. Por no saber, Pedro ni siquiera sospechaba los miedos que se superponían atropelladamente en las zonas más oscuras de su armario, Jesús sí.

Sea como fuere, los acontecimientos siguen su curso normal. Los miedos ocultos, incluso ignotos de Pedro, salen en estampida de su guarida a la voz autoritaria e imperiosa de... una criada. No fue la subyugante autoridad de un gobernador, un rey o un sumo sacerdote. Fue el cara a cara con una criada quien derribó la fortaleza “inexpugnable” de Pedro. Ni él mismo creía lo que estaba saliendo de su boca: ¡No conozco a ese tal Jesús!, ¡no sé de quién me estás hablando!, y así una y otra vez.

En lo más álgido de su aturdimiento cantó el gallo. Su chirriar le despierta de su sopor y vencimiento como quien es sacudido en el fragor de una terrible pesadilla. En la más lóbrega de sus noches se enciende una luz. La verdad, tozuda como es ella, se va haciendo un hueco en su noble corazón. ¡No he podido! ¡No le he amado! El vencedor de mil batallas contra los mares se rinde ante la verdad que va emergiendo en él. En realidad, el canto del gallo fue la trompeta profética que derribó sus murallas ficticias, las que había construido sobre sí mismo. Su amor incondicional hacia Jesús se había desmoronado. Algo de esto lo había dicho ya el Maestro (Mt 7,26-27). Su pretendido y protestado amor cayó estrepitosamente. Estrepitosamente rompió a llorar.

EL POEMARIO DE UNAS LÁGRIMAS

Lágrimas entrañables estas de Pedro. No todas las lágrimas de un hombre caído son iguales. Están las de Pedro, las del hombre caído pero genuinamente noble; y están las de los autosuficientes, los autocomplacientes.

Enternecedoras, entrañables, como he señalado antes, son las de Pedro. Nos llegan a todos al alma, tanto que nos gustaría pedírselas prestadas en nuestras caídas. Responden a un dolor, a un gemido que nos sobrecoge. Repetimos: ¡No le he amado, no le he podido amar como hubiese querido! ¿Quién soy yo en realidad que me ha quedado paralizado en el intento?

Pedro quiso pero no pudo, se dio de bruces con una muralla enorme con la que no contaba. Auténtica fortaleza que se levanta desafiante y hasta burlona y que le puso en su sitio. Desde su atalaya, pregona la diferencia insalvable entre lo que es el hombre y sus pretensiones de seguir los pasos del Señor Jesús. Así de brutal y disuasorio sonó a los oídos de Pedro el canto del gallo.

Sin embargo, y me apetece insistir en esto, Pedro amaba con todo su ser -aún de barro- a Jesús. Y el barro se desató en lágrimas. Presurosas por aliviar tanto dolor, corrieron atropelladamente, huidizas como si quisieran pasar página cuanto antes a tanta vergüenza y hundimiento. Parece como si liberaran una carga y opresión insoportable. De libertad se trata precisamente. Conjurándose entre ellas, forman una corriente que alcanza el punto neurálgico que sostiene la fortaleza insultante que ha humillado su amor. Las lágrimas, en su venganza, se infiltran poco a poco en la base angular de ésta minando su resistencia y haciéndola caer de bruces; exactamente como ella hizo caer a Pedro.

Como, ya he hecho notar, hay otro tipo de lágrimas que corresponden a otro hombre caído. Estas son hijas de la soberbia. El dolor de este hombre no tiene nada que ver con el de Pedro. Es fruto de una frustración, el estigma de un fracaso. Son lágrimas ácidas, agrias, que más que gritar, aúllan: qué bajo he caído, ¿cómo es posible que yo, sí, yo, haya podido actuar así? Estos hombres lloran y se lamentan porque sus sepulcros blanqueados (Mt 23,27) se han deteriorado con su caída. Sepulcros cubiertos con suntuosas losas de mármol que cierran herméticamente el paso al interior, ahí donde es guardado celosamente el armario que, como ya vimos, todos los seres humanos tenemos.

Pedro, hecho un mar de lágrimas, no hace sino repetirse ¡no le he amado! Estos hombres sólo saben decir ¡no he cumplido!, ¡no he estado a la altura! La diferencia entre ambos es abismal. La misma que existe entre un discípulo y un fariseo o, si se me permite, un profesional de la perfección, que es lo mismo.

En realidad, a final de cuentas el fariseo se ha encontrado con la misma muralla que encontró Pedro. Mas su reacción no está movida por el amor sino por la frustración. Ante la muralla contra la que ha chocado se ha quedado perplejo, embotado, incluso hasta embrutecido. La altura de la fortaleza que se ha interpuesto ante él está a la par de la de su jactancia y prepotencia. Hablamos del alzamiento orgulloso de todo su ser.

El alma sepulcral de este hombre se resiste ante esta su realidad. Puede incluso sentir una cierta tentación acerca de la increencia. Con cierto temor se pregunta si no será mentira lo de Dios, Jesús y su Evangelio. Estas dudas que asoman a su mente golpean sus supuestos logros y avances espirituales. Siente pánico. No debería ser así, pues su poner en cuestión lo que hasta ahora ha sido su religiosidad, es por encima de todo una preciosísima gracia de Dios, es su soplo que destruye lo viejo para crear lo nuevo.

UNA MIRADA QUE CREA FIDELIDAD

Se puede enfrentar este paso de Dios de cara, con la elegancia que desprende toda honestidad. La verdad es que es necesario ser muy honesto para permitir que Dios, sin ningún miramiento, -así lo parece- arrase, levante, arroje contra el suelo y rompa en mil pedazos la losa de mármol que con tanto esfuerzo hemos conseguido colocar encima de nuestra conciencia. Hace falta mucho amor a la verdad para permitirle expoliamos de nuestras miserias. La verdad es que nosotros sabemos que lo son, pero el cofre que las esconde es demasiado precioso.

Despojados y desnudos de nuestros pretendidos méritos, estos hombres tienen acceso a la libertad de los que buscan el Absoluto, de los que ambicionan y aspiran al Todo. La libertad de los que, levantados por El y hacia El, les es dado ver, desde la altura de Dios, los mármoles abandonados confundidos con los guijarros y arenas de las playas.

Por supuesto que hay quienes se ponen al abrigo del soplo de Dios en el vano intento de proteger sus tesoros. Lo absurdo es que su corazón sabe que no tienen más consistencia que un castillo de naipes. Esto es lo trágicamente descabellado: que acepten ser hijos de la mentira y del absurdo (Jn 8,44).

Ante el soplo de Dios, Pedro se puso de frente. Dejó caer su castillo. Su amor valía mucho, muchísimo más; por eso lo dejó caer. En realidad, sólo llega a amar así a Dios el que ya no tiene nada que perder. El que, como dice Madeleine Delbrél, va al Evangelio como quien ya no tiene otra esperanza. Este es Pedro. Cayeron, sin ninguna tentativa de arreglar nada, sus pretensiones: ¡Aunque todos te abandonen, yo no, yo te seré fiel!

Cuando cantó el gallo, Jesús vino en ayuda de este hombre torpe pero inmensamente noble. Le miró: “En aquel momento, estando aún hablando cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro...” (Lc 22,60-6 1). Dos pares de ojos se cruzaron. Los que le estaban dando la vida, ojos cargados de amor, y los del apóstol, que instantáneamente se cargaron de lágrimas. Con gran alivio dejó caer sus pretensiones. Ni siquiera intentó salvar los muebles de todo lo que se le estaba desmoronando. Por primera vez amó verdaderamente a Jesús.

El Señor Jesús muere, resucita como había anunciado, y va al encuentro de sus discípulos. Quizá el más bello de estos encuentros es uno de los que nos relata Juan. Están los discípulos faenando en el mar. Vuelven a su trabajo anterior como si todo hubiera terminado. En esto, Jesús les grita desde la orilla. Su palabra produce, una vez más, una pesca abundante.

Alguien, el discípulo amado, aquel justamente que, porque es amado como es amado y porque ama como ama tiene una luz especial en sus ojos que le permiten mirar, divisar, distinguir y reconocer más que a los otros, fuera de sí de alegría empezó a gritar: “ ¡Es el Señor!” (Jn 21,7).

El grito resuena como un bramido que atraviesa el alma de Pedro. No necesita ni quiere oír ni saber más. No pregunta... va a lo suyo; parece ausente de todo y de todos. Nunca se sintió tan torpe para vestirse, consigue como puede ajustarse la túnica y, como ya he dicho, va a lo suyo; toma impulso y se echa de bruces al mar. No puede ni quiere esperar a que la barca maniobre para poner rumbo a la playa; cada segundo es un mundo para él. Lleva demasiado tiempo, demasiadas horas —cada una de ellas una eternidad- con el deseo de apoyarse, y para siempre, en el hombro del que ama su alma. Arde en ansias de dejar correr por las mejillas del que le amó con su mirada, las lágrimas que aún le quedan. Es como si recogiera el anhelo de la esposa del Cantar de los Cantares cuando salió en busca de su amado (Ct 5,6). Se arrojó primero al mar..., después a sus brazos. Se estrechó contra El.

Hicieron fuego, asaron unos pescados y comieron. Al terminar dice Jesús a Pedro: ¿Me amas? Pedro le respondió: Señor, tú lo sabes todo, conoces hasta lo más escondido de mi conciencia... sabes también que te amo Jesús, que es siempre el mismo a pesar de nuestros miedos y caídas, le dice: Te prometí que te haría pescador de hombres (Le 5,10). Hoy cumplo mi palabra: ¡Apacienta mis ovejas!

Le está pasando el testigo del Buen Pastor a él y a cada discípulo de todos los tiempos. Ante un amor así, ante tanta confianza depositada en él, ¿qué podría decir Pedro?, ¿hay alguien que se pueda resistir a un amor así? Sólo se puede balbucir ¡te quiero, te amo, Señor Jesús! Parece sonar como un susurro casi imperceptible, mas en realidad retumba como un trueno que deja vacíos los infiernos.