1.- DE LOS PLACERES

Por David Llena

Desde un punto de vista natural, los placeres son los mecanismos con que nuestra madre naturaleza procura auto-conservarse. Para conservar al individuo, nos invita a mantener nuestra alimentación y nuestra hidratación por medio de los estímulos del hambre y la sed. Si no fuese apetecible el comer o el beber, si fuese un acto costoso, nuestro cuerpo no tendría futuro y en varios días dejaríamos de ser seres vivos. El hambre o la sed necesitan ser saciadas para que el individuo sobreviva. Del mismo orden, es la necesidad de descanso. El cuerpo nos pide de vez en cuando descansar para poder continuar más tarde su actividad. Todo ser vivo tiene estos estímulos y por tanto nosotros también. También orientado a la conservación del individuo, existe el instinto de supervivencia que nos hace huir si la cosa se pone fea y que nos lleva a procurarnos una seguridad y un hogar.

Los instintos sexuales, sin embargo, están orientados a la supervivencia de la especie. El ser vivo tiene una limitación en el tiempo y la única forma de perpetuarse es reproducirse. La naturaleza “ha programado” que la concepción de un nuevo miembro de la especie se lleve a cabo mediante el placer sexual. Así, todos los animales experimentan este impulso del que se sirve la naturaleza en su necesidad de preservar la especie.

Pero el ser humano, además de un ser vivo, es racional. Posee la libertad para hacer caso a esos placeres o ignorarlos, satisfacerlos o encumbrarlos, esa libertad puede estar guiada por el amor, que es donación, o por el egoísmo que es autocomplacencia.

Y así, todos estos placeres pueden ser atendidos en su justa medida y guiados por el amor, donde las necesidades de los demás se anteponen a las propias, o dejarse llevar por una actitud hedonista cuyo fin es la autosatisfacción. Esta última nos lleva a la obsesión por la comida que puede llevar a trastornos alimentarios como es bien sabido, o a abusar de la bebida (sobre todo alcohólica) o nos lleva a la pereza o a la obsesión por la seguridad.

No se trata de cerrarnos a los placeres de esta vida, sino saber que no son el fin sino el medio. Disfrutar de una buena comida, no es malo, lo malo es cuando solo vivimos para eso, y aquí estoy pensando en los altos ejecutivos que cuentan los días por grandes comidas, claramente eso no es bueno. Tampoco una obsesión por la seguridad es saludable.

En cuanto a los placeres sexuales, no debemos tampoco perder el fin al que están destinados, que como hemos dicho antes es la perpetuación de la especie. Y por ello debe haber unos momentos en los que esté indicado y otros en que no. Al igual que si uno es alérgico a un alimento se abstiene de tomarlo, también en el ámbito sexual es necesaria la abstención si no estamos dispuestos a acoger el fruto de ese acto.

Y en este punto, pongo el acento en esas pastillas que tomadas junto a la comida eliminan el exceso de grasa. Desde el punto de vista en que tratamos en este escrito, es una incoherencia, comer y tomar una pastilla para que esa comida no surta su efecto. Es algo antinatural. Desde este mismo punto de vista hay que mirar la píldora del día después, con el agravante de que no se elimina un poco de grasa, sino que se mata un ser humano.

Así pues, los placeres son naturales y están orientados al bien de la naturaleza y por tantos están para usarlos, el problema es cuando pasamos del uso al abuso.

Ahora, un último apunte. Desde el punto de vista religioso, el amor y la donación al otro puede hacer que rechacemos un alimento para darlo a otro que lo pueda necesitar, este hecho deja de ser natural y pasa al ámbito sobrenatural. Así también cuando se rechaza, libremente desde el amor, la posibilidad de engendrar una descendencia para darse a los demás (sacerdotes y personas consagradas) entramos también en el terreno sobrenatural. Lo importante aquí es como dijimos más arriba, que el sacrificio repercuta en los demás. Por tanto, no tiene esa trascendencia las dietas que uno hace por estar más delgado, ni aquellos que renuncian a los hijos por la comodidad y la falsa libertad.

 

2.- CEREALES

Por Pedrojosé Ynaraja

No es la primera vez que hablo del tema, pero deben perdonárseme las repeticiones, ya que tendré escrito más de 250 artículos dedicados a flora y fauna en la Biblia y es muy difícil ser siempre original.

Una cosa que he descubierto no hace demasiados años, es que la costumbre de consumir pan en todas las manducas, no es universal. Tal vez podría dividirse la humanidad en dos conjuntos: la cultura del trigo y la del arroz. Y que nadie me venga con distingos, que ya sé que exagero. Pues sepan los que no residen en la cuenca mediterránea y sus confines, que cualquiera que sea el menú, nosotros los que sí vivimos en ella, siempre acompañamos todo con pan. Y que, como el agua, siempre se suponen en cualquier mesa.

Al decir pan a secas, siempre pensamos que es de trigo. Esto es así para el común de la gente, no para los sibaritas. Hoy en día se encuentra en el comercio, una gran cantidad de variedades. Lo curioso del caso es que se han ido abandonando, seguramente por razones económicas, las especies de trigo comunes de otros tiempos. Estoy pensando en el riquísimo pan candeal de mis tierras castellanas. El nuestro cotidiano, se elabora con harina más barata, se somete a fermentación rápida y a cocción no siempre en hornos de leña. Incluso puede llegarle al tendero semielaborado, a baja temperatura, faltándole únicamente la última operación, la de cocción, que la realizará en horno eléctrico, con temperatura y duración reguladas automáticamente. Añora uno entonces antiguas hogazas pueblerinas

No era esta la realidad de los tiempos bíblicos. Diariamente, la mujer israelita molía el grano, haciendo circular monótonamente una piedra redonda sobre otra. Pasaba el resultado por un cedazo, amasaba la harina con agua y una pequeña parte de la masa del día anterior, la dejaba fermentar lentamente y, en el mismo domicilio, la horneaba. Maniobra que modificaba en los días de pesaj, que ni añadía levadura, ni la dejaba fermentar.

Se consumía pan de cebada los días ordinarios, en las fiestas siempre de trigo. Esto era así porque el precio del primer cereal era inferior al del segundo. Ocurre lo contrario ahora. En casa se guardaba el grano en silos, al abrigo de ladrones y roedores. Lo mejor, la flor de harina en términos bíblicos, era para exclusivo consumo humano o para ofrecerla en el Templo. En este lugar, y por obra de levitas, se elaboraban los Panes de la Proposición. Harina y aceite entraban en su composición, algo así como nuestras galletas. Eran depositados en el altar de oro, en el Lugar Santo, junto con incienso y se renovaban semanalmente.

Existían otros cereales aptos para la panificación. La Biblia hace referencia a algunos. Concretamente cita la espelta, un trigo de baja calidad, propio de épocas de carestía o de familias pobres. Hubiera desaparecido del mapa, si no fuera porque, pese a su baja calidad, resistía climas adversos y, debido a ello, ha llegado hasta nosotros, procedente de regiones del centro de Europa. Hoy lo puede uno encontrar en establecimientos refinados dedicados a productos de calidad. Me han contado que se vende pan de este cereal a precios elevados, atribuyéndosele no sé cuantas propiedades saludables. ¡Paradojas de la historia!

Acabo reflexionando. Explícitamente nos dice el evangelio, que los panes de la multiplicación eran de cebada. La descripción del milagro, obviamente posterior al hecho, se hace con tintes eucarísticos, añádase que no se ponen de acuerdo los autores sobre el día que se celebró la Santa Cena, será, pues, legitimo preguntarse: el pan del Jueves Santo, ¿de qué cereal era? Si no se celebró en día festivo, correspondía ser de cebada, y fermentado, no así, si fue un auténtico “seder de pesaj”, claro que en este caso ocurrió la anomalía de la ausencia del cordero inmolado ritualmente en el Templo. He sido siempre fiel a las normas de la Santa Madre Iglesia y la pregunta que me hago no es disciplinaria. Es un simple interrogante histórico: el pan de la primera misa ¿no pudo ser de cebada? o, si era de trigo, ¿quien nos asegura que no improvisaron los preparativos cociendo humilde espelta? En el decorado del acontecimiento, domina una descripción de ambiente apresurado, sin remilgos, debido a la clandestinidad en la que se celebraba. Analizar y sacar consecuencias prácticas, no es cosa inútil. Quien lea, entienda