LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: SABIDURÍA Y FORTALEZA
Por Antonio PavÍa. Misionero Comboniano.

"Vuelto a casa, junto a ella descansaré, pues no causa amargura su compañía ni tristeza la convivencia con ella, sino satisfacción y alegría" (Sb 8,16a)

El texto que se nos ofrece nos hace ver la estrecha relación existente entre la sabiduría y la fortaleza interior, aquella que mantiene al hombre en pie ante toda adversidad y lo capacita para poder hacer la voluntad de Dios.

Releemos con atención el texto para apoyar lo que acabo de expresar: que la sabiduría y la fortaleza interior se interrelacionan, se ayudan mutuamente. Al decir que se ayudan, me refiero a que cuanto mayor es la sabiduría más crece la fortaleza, y viceversa.

Dice el autor acerca de Salomón que llegado a su casa, su deseo es descansar junto a ella, la sabiduría. Todo hombre de Dios que, como tal, es testigo de la verdad, sufre cada día en su propia carne los embates y contradicciones del mundo que, como sabemos, tienen su propio príncipe y al que Jesús le da el nombre de padre de la mentira (Jn 8,44).

La presión continua de la mentira y sus hijos contra los testigos de la Verdad provoca un desgaste que terminaría por hacemos caer por tierra si el mismo Dios no los acogiera, sostuviera y multiplicara sus fuerzas. Esta acción amorosa de Dios sobre sus hijos nos viene aquí bellamente presentada cuando hemos leído que, después de una jornada de trabajo, Salomón necesita descansar junto a la sabiduría.

A la luz del Nuevo Testamento lo podemos interpretar así: Después de un día de anuncio y testimonio del Evangelio y de su Señor Jesucristo, todo discípulo necesita llenarse de Él, de su Palabra, de su Sabiduría..., necesita descansar junto al Maestro para ser fortalecido por Él en el desgaste que ha sufrido a causa del mal del mundo.

El hecho de ser probados por nuestra adhesión a Dios no es ninguna novedad o algo extraordinario que sucede a algunas personas nada más. Es inherente a todo hombre que quiere vivir en obediencia y servicio a Dios, tal y como se nos anuncia repetidamente a lo largo de toda la Escritura.

Veamos, por ejemplo, la enseñanza que nos transmite el autor del libro del Eclesiástico: "Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme, y no te aceleres en la hora de la adversidad. Adhiérete a él, no te separes, para que seas exaltado en tus postrimerías" (Si 2,1-3).

Como habremos podido observar, es un texto que no ofrece duda alguna. Todo aquel que quiera servir a Dios tiene que abrir bien sus ojos. No va a encontrar aprobación a su alrededor sino oposición y obstáculo. De ahí el consejo que acabamos de escuchar: Si quieres servir a Dios prepara tu alma para la prueba. Prepara tu alma, llénala de sabiduría porque ella será tu fortaleza.

Es fundamental tener en cuenta que el autor de este texto ha colocado dos verbos en indisoluble correlación: servir y adherir. Si alguien quiere servir a Dios ha de adherirse a Él, no sea que las pruebas hagan desfallecer su alma y su corazón. Es un adherirse que le enseña a descansar, a descansar en Él, a alimentarse de su sabiduría para así fortalecerse. Ha de confiar en Dios de la misma forma que confía, descansa y se nutre un niño en brazos de su madre, como oímos en el salmo 131: "Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre..."

Todo hombre de Dios así alimentado y fortalecido emprende cada día su combate contra la Mentira con las armas que le hacen vencedor. La primera es la de haber aprendido a descansar en Dios. El Salterio nos ofrece el testimonio de un fiel israelita, imagen del Mesías, que testifica que Dios es su Roca y su Fortaleza justamente porque ha aprendido a descansar en Él: "En Dios sólo descansa mi alma, de él viene mi salvación; sólo él es mi roca, mi salvación, mi ciudad fuerte, no he de vacilar..." (S.62, 2-3).

No he de vacilar. He ahí el testimonio de este fiel israelita que nos recuerda al apóstol Pablo cuando anuncia la fortaleza y firmeza de todo discípulo del Señor Jesús, ante las embestidas de las fuerzas del mal y de la mentira: "Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos mas no abandonados; derribados mas no aniquilados ..." (2Co 4,8-9).

La segunda arma, de la que queremos hablar y que nos garantiza la victoria, es la promesa de Dios de que nunca permitirá que prueba alguna tenga poder para abatir a sus amigos, llamados en este texto justos: "Muchas son las pruebas del justo, pero de todas ellas le libra Yahvé" (Sal 34,20).