Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
14 de junio de 2009

La homilía de Betania


1.- JESÚS EUCARISTÍA

Por José María Maruri, SJ

2.- PAN DE VIDA QUE SE PARTE Y SE REPARTE

Por José María Martín OSA

3.- EL CRISTIANISMO DEL AMOR NO ES UN CRISTIANISMO DE REBAJAS

Por Gabriel González del Estal

4.- SIGNO DE UNA PRESENCIA

Por Gustavo Vélez, mxy

5.- TRIBUTEMOS EL CULTO SUPREMO A JESÚS SACRAMENTADO

Por Antonio García-Moreno

6.- SABOR A DIOS

Por Javier Leoz

7.- JESÚS SIGUE AQUÍ CON NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DÍA DE CORPUS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS EUCARISTÍA

Por José María Maruri, SJ

1.- “Encontrareis un hombre que lleva un cántaro de agua…” Así, en la sencillez de un día en que un hombre vuelve a la fuente llevando el cántaro de agua es como se va a realizar la nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres por medio de la sangre de Cristo. No entre temblores de tierra y erupciones de volcanes como la alianza de Moisés. No en lo alto de un monte con cuchillo, hoguera y víctima humana como la alianza con Abrahán. No después de un diluvio que arrasó la tierra como en tiempos de Noé, si no en la naturalidad de un día ordinario, en una cena de amigos, en una casa de un dueño innominado, en la naturalidad del que coge agua en la fuente del pueblo “Encontrareis un hombre que lleva un cántaro de agua…”

Aquel compartir el pan y el vino convertidos en el cuerpo y la sangre de Jesús que se lo ofrece a los suyos, Dios Todopoderoso hace una última promesa, firma con los hombres su último pacto que ya será eterno, porque la sangre de Cristo que firma el pacto no se derramará más y porque la fidelidad de Dios es inconmovible.

De pactos entre naciones o entre partidos políticos todos sabemos y sabemos los intereses, a veces inconfesables, que tras todo ello hay. El pacto que Dios hace con nosotros es totalmente gratuito, porque Dios no esperada nada para sí, todo lo espera para el hombre. Entre los hombres solo hay un pacto, una alianza semejante a la de Dios, y es la alianza matrimonial (de ahí que se llamen alianzas los anillos), en la que ese lazo de unión es tanto más fuerte cuanto ambas partes buscan menos el bien propio y miran más por el bien de la otra persona.

En cada Eucaristía repetimos “sangre de la alianza nueva y eterna” recordando que el Señor sigue estando a nuestro lado en nuestro día con la sencillez del hombre que lleva un cántaro de agua.

2.- Hoy más especialmente lo que celebramos es ese tener a Dios Eucaristía de nuestro lado, a nuestro lado, aliado nuestro, vecino nuestro, realmente presente a nuestro lado. Con la naturalidad del hombre que trae agua de la fuente. Porque para estar y hablar con el Señor Eucaristía no hay echar instancias, ni pagar pólizas, esperar fechas, ni horas. Está a nuestra disposición día y noche.

Me imagino que esas líneas telefónicas directas que algunos políticos ponen para hablar con los ciudadanos acabarán en fracaso por las limitaciones que tienen las personas que ocupan los cargos. Pues entre el Señor y cada uno de nosotros existe la línea que no es sólo para mí, que solo se conecta si yo llamo, a donde cualquier compañía telefónica no tiene acceso para cortarla o estropearla.

Y todavía es más, porque el trato con el Señor Eucaristía no tiene la lejanía del teléfono. Es semejante a los amigos sentados en la penumbra de la tarde, que saben presentes aunque no se vean, ninguno siente la necesidad de levantarse a dar la luz porque se saben cercanos. Es la cercanía y la certeza de los discípulos a la orilla del Tiberiades después de la pesca milagrosa, cuando “nadie se atrevía a preguntarle Tú quien eres, porque sabían que era el Señor”

3.- Y es que la Eucaristía es la última aparición del Señor Jesús resucitado. A los evangelistas se les olvidó contar entre las apariciones, la nuestra, la mía personal. Como entonces los discípulos le veían diferente y sin embargo que el era el mismo, le veían jardinero, caminante, hasta les pareció un fantasma, pero sabían que el era el Señor. Así nosotros no le vemos en su forma humana pero sabemos que es el Señor. En la Eucaristía, como entonces, el Señor viene a traernos la paz, “la paz con vosotros”, cuantas veces hemos encontrado la paz ante el sagrario.

4.- Paz que tantas veces ha traído a nuestros corazones la seguridad de estar perdonados, como expiró sobre los discípulos para darles el poder del perdón, sigue expirando en nuestros corazones la paz del perdón. Como se llenaron de alegría al reconocer en ese conocido al Señor, sentimos nosotros la alegría del Señor personalmente. Como mientras nuestros ojos están cegados como los de los discípulos de Emaus, sin embargo como ellos le reconocemos en el ardor de nuestros corazones cuando Él nos habla. Cuantas veces hemos sentido ganas de abrazarnos a sus pies como María, al oírnos llamar por nuestro nombre desde el sagrario.

Y ante ese Dios cercano, vecino, inquilino de una casa en una calle y en un número definido, deberíamos caer postrados ante el sagrario con aquel “Señor mío y Dios mío” de Tomás y nadie debería ser capaz de arrancarnos de allí.

Jesús Eucaristía, nuestra aparición de Jesús resucitado, mío, muy mío, como la de María, la de Pedro, la de Tomás, la de los dos de Emaus.

Pero la Eucaristía tiene necesariamente, por ser pacto entre Dios y su pueblo, por ser comida de hermanos, una dimensión social, plural. Y siempre lo ha interpretado así la Iglesia desde sus comienzos. Eucaristía y amor fraterno los unió Jesús desde su principio.


2.- PAN DE VIDA QUE SE PARTE Y SE REPARTE

Por José María Martín OSA

1.- Celebramos el gran don del Pan partido por nosotros en la celebración de la Eucaristía, que Jesús instituye antes de su pasión y que nos manda celebrar: “haced esto en memoria mía”. No sólo conmemoramos un acontecimiento religioso del pasado, sino que celebramos una realidad presente; por tanto, no somos nosotros los que acompañamos a Cristo por nuestras calles, sino más bien es Él quien nos acompaña por los caminos de nuestra historia. La Eucaristía nos da a Cristo en el tiempo. La Eucaristía es un misterio de presencia. La Eucaristía es el centro y corazón de la Iglesia, por ser el sacramento de la presencia de Cristo, fuente y cumbre de toda vida cristiana.

"Partió el pan y se lo dio". El relato de la última cena siempre es conmovedor. Y más cuando lo escuchamos en la fiesta solemne del Corpus Christi. "Frágil" es "lo que con facilidad se hace pedazos". Y la imagen evangélica que contemplamos es la del Señor que "se hace pedacitos"… de pan y se entrega. En el pan partido -frágil- se esconde el secreto de la vida.¡Qué curioso! La fragmentación, nacida del egoísmo, es el peligro más grande para nuestra vida social y también para nuestra vida interior. En cambio, en Jesús este fragmentarse bajo forma de pan tierno es su gesto más vital, más unificante: para darse entero tiene que partirse! En la Eucaristía la fragilidad es fortaleza. Fortaleza del amor que se hace débil para poder ser recibido. Fortaleza del amor que se parte para alimentar y dar vida. Fortaleza del amor que se fragmenta para compartirse solidariamente. ¡Jesús partiendo el pan con sus manos! ¡Jesús dándose en la Eucaristía! Al Señor que se hace pedazos para darse entero a cada uno le pedimos que nos reconstituya como personas, como Iglesia y como sociedad.

2.- Este don se nos entrega, se nos regala para que lo comuniquemos, ya que “la Eucaristía es principio y proyecto de «Misión», nos decía Juan Pablo II. La Eucaristía es un modo de vivir, de ser, de amar y de servir “que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura”. No tengamos miedo a hablar de Dios ni mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. La Eucaristía, es la escuela donde aprendemos a ser hermanos y solidarios, en ella Dios se hace solidario con los hombres, se hace alimento, para acompañar y consolar nuestro caminar.

3.- El Corpus es el día de Caridad. El lema de este año “Una sociedad con valores es una sociedad con futuro”, invita a que estemos atentos a la situación crítica en la que vivimos. La crisis económica actual pone en evidencia una profunda crisis de valores morales. La dignidad de la persona es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social y económica; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio de servicio de la persona y del desarrollo social. Una de las posibles causas de la crisis es la falta de transparencia, de responsabilidad y de confianza. Estos no son elementos económicos o financieros, sino actitudes éticas, lo cual quiere decir que cerraremos en falso la crisis si no estamos dispuestos a afrontar la crisis ética que la sustenta.

Ante la pobreza de valores, trabajemos con la justicia. El clamor de las familias en paro ha llegado hasta nosotros. Este Día de la Caridad del 2009 ha de ser la ocasión, en esta situación profunda económica y de paro que están padeciendo muchas familias, para tomar conciencia de los derechos que tienen los más pobres a poseer de los bienes que tenemos. Es una oportunidad de rectificar y sentar las bases de la convivencia en valores sólidos capaces de construir un orden económico y social transparente y justo.


3.- EL CRISTIANISMO DEL AMOR NO ES UN CRISTIANISMO DE REBAJAS

Por Gabriel González del Estal

1.- Es difícil hablar de la fiesta del Corpus Christi sin hablar del amor. Pero resulta que oímos por ahí de vez en cuando que lo que los cristianos tenemos que hacer es predicar más la justicia y menos el amor. Mientras que otros, muy cumplidores y muy observantes ellos, nos dicen, por otro lado, que hablamos mucho del amor, pero nos olvidamos de recomendar las prácticas tradicionales de la piedad y de la penitencia cristiana. Es como si nos dijeran que el amor cristiano va en contra de la justicia, o en contra de las prácticas tradicionales de la piedad cristiana. O que el amor cristiano es algo mucho más fácil de cumplir, que la justicia o el rezo del rosario. Y, claro está, esto no sólo no es verdad, sino que es exactamente lo contrario. El amor cristiano es el amor de Cristo, el mismo amor con el que Cristo denunció la injusticia y se retiró por las noches a hablar con su Padre Dios. El amor cristiano es el que gobernó y dirigió toda la vida, pasión y muerte del Señor. La práctica del amor cristiano es la única llave que nos abre las puertas de la santidad cristiana. Si no tengo amor nada soy, repitió muchas veces San Pablo. Pues bien, lo que yo quiero decir es que el amor cristiano, además de ser la virtud más difícil de practicar, es la virtud que da valor y consistencia a todas las demás virtudes. Predicar un cristianismo basado en la práctica del amor cristiano no es predicar un cristianismo fácil o rebajado, sino todo lo contrario. Los santos fueron santos, precisamente porque intentaron seguir lo más fielmente posible a Aquel que nos amó hasta el extremo. No hay nada más difícil en la vida humana, que amar constantemente con amor cristiano a los demás. Porque amar es olvidarse de uno mismo y pensar en los demás. Y amar a los demás como Cristo nos amó es amarlos hasta el extremo, hasta el extremo de dar la vida por ellos. Esto nunca fue algo fácil de cumplir.

2.- La sangre de la Antigua y de la Nueva Alianza. Cuando Moisés quiso demostrarle al Señor que el pueblo estaba dispuesto a cumplir todo lo que Él les mandaba en el documento de la alianza, “mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas como sacrificio de comunión”. La sangre de estos animales rociada sobre el pueblo fue el signo y la señal de la aceptación y cumplimiento de la Antigua Alianza. El pueblo de Israel ofrecía al Señor la sangre de los mejores animales que tenía: vacas, corderos, palomas… Los sacerdotes de la Antigua Alianza ofrecían al Señor algo que, sin duda, era para el pueblo muy valioso y, al mismo tiempo, el pueblo prometía obedecer y cumplir todos los mandatos de la Ley. Enla Nueva Alianza, en cambio, Cristo se constituye en el nuevo y único sacerdote y ofrece al Señor su propia sangre, su vida. La sangre de Cristo, su vida, será, desde entonces, para nosotros la señal de la Nueva Alianza. Cuando nosotros celebramos la eucaristía, Dios hace con nosotros una nueva y eterna alianza, perdonándonos todos nuestros pecados por la sangre de Cristo, por su vida, mientras nosotros prometemos cumplir el nuevo mandamiento que el Señor nos dio: amarnos unos a otros como Él nos amó. Celebrar, pues, la eucaristía es renovar la nueva y eterna alianza que el Señor ha hecho con nosotros, en la sangre, en la vida de su Hijo.

3.- La eucaristía debe crear comunión. Comunión con Dios, nuestro Padre, intentando imitar, aunque sea de lejos, la comunión que siempre existió entre el Padre y su Hijo. Comunión entre todos los cristianos, en Cristo, haciendo que el mismo amor con el que Cristo nos amó nos una a nosotros y haga comunidad entre todos nosotros. Comunión entre todas las personas, porque Dios nos ama a todos y quiere que todos seamos sus hijos. Comunión con la tierra y con el universo entero, porque todo el universo es la casa y el templo de Dios. La eucaristía, en definitiva, es amor, alianza de amor entre Dios y los hombres. Y el amor busca siempre la unión y la comunión.


4.- SIGNO DE UNA PRESENCIA

Por Gustavo Vélez, mxy

“Mientras comía con sus discípulos, Jesús tomó un pan y lo partió, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y cogiendo una copa, les dijo: Esta es mi sangre, sangre de la nueva alianza”. San Marcos, Cáp. 14.

1.- En el siglo XVI aún no se hablaba esa presencia virtual, que ahora nos ofrece la electrónica. Pero entonces varios teólogos protestantes señalaban que el Sacramento del Altar era apenas un recuerdo del Señor, al igual que la estatua de un prócer, o la fotografía de una novia ausente. Por lo cual, durante el concilio de Trento, la Iglesia ratificó que en la Eucaristía “se contiene verdadera, real y substancialmente a nuestro Señor, el mismo Cristo que está en el cielo a la diestra del Padre”. Surgió así la expresión “Presencia real”. Una forma de indicar que en este Sacramento, Dios nos acompaña de modo peculiar, bajo las formas visibles del pan y del vino.

Esta verdad se apoya en las palabras mismas de Jesús, quien al despedirse de sus discípulos, compartió con ellos el pan y una copa de vino, y les dijo: “Tomad, esto es mi Cuerpo”. “Bebed, este es el cáliz de mi Sangre”. Luego añadió: “Haced esto en memoria mía”. Tres elementos se conjugan entonces en la Eucaristía: Un poco de pan, un sorbo de vino y el cumplimiento del mandato del Señor.

2.- Los pensadores escolásticos se esforzaron por escudriñar racionalmente todas las verdades de la fe. A lo cual respondió la Iglesia modificando su lenguaje, para hacerlo más inteligible a la época. En el caso concreto de la Eucaristía se habló de transubstanciación, de materia y forma, de cómo permanecen allí los accidentes, mientras se cambia la sustancia.

Pero la teología actual, que mantiene sus reservas frente a la razón pura, comprende la Eucaristía desde una óptica existencial, como el “Signo de una presencia”. Un signo real y vital, como sólo Dios puede hacerlo. Y procura no desvincular esta presencia Eucarística de otras muchas presencias que el Señor mantiene: En lo infinitamente pequeño y en lo inconmensurable del cosmos. En la vida que brota por todas partes. En su amor contagioso e irreductible. En su palabra, que sigue resonando bajo todos los meridianos.

Presencias y Presencia. Jesús había ilustrado a sus discípulos sobre ese Pan misterioso que les daría, recordándoles el maná que alimentó al pueblo peregrino en el desierto. Unimos entonces el mandato de Jesús: “Haced esto en memoria mía”, con su promesa final: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

3.- Nuestra solemnidad del Corpus Christi tuvo origen en el siglo XIII, en tiempos de Urbano IV. Este papa de origen francés, estuvo vinculado en su época de presbítero a la ciudad de Lieja, donde empezó a celebrarse esta fiesta. Se quería honrar así al Santísimo Sacramento, lo cual no había sido posible el Jueves Santo, ante la inminencia de la muerte del Señor.

Vale entonces enseñarle a nuestra fe que las cosas de Dios no han de medirse desde nuestros esquemas racionales. Que es necesario llegar con pies descalzos ante La Eucaristía, para sentir con serenidad que somos pequeños. Para alegrarnos de ese “más allá inmenso”, donde Cristo conjuga su poder que ha vencido la muerte, con los novedosos artificios de su amor.


5.- TRIBUTEMOS EL CULTO SUPREMO A JESÚS SACRAMENTADO.

Por Antonio García-Moreno

1.- La sangre de la Alianza.-"Esta es la sangre de la alianza..." (Ex 24, 8). Los ritos ancestrales de la Pascua judía hunden sus raíces en ritos aún más antiguos, aunque adquieren un sentido nuevo y prefiguran al mismo tiempo el sacrificio por excelencia, el sacrificio definitivo, el sacrificio de Cristo. La sangre ha sido siempre un elemento que ha estremecido al hombre, al mismo tiempo que ha visto en ella una fuerza misteriosa. Al relacionarla con la alianza se pone el acento en la unidad. En cierto modo es una realidad que también hoy está en vigor. Y así se dice que los hermanos tienen la misma sangre, o se establece una especial relación entre quien da su sangre y el que la recibe. De esta forma al participar los pactantes de la misma sangre, se establecía entre ellos una estrecha unión.

2.- La Sangre de Cristo.-"No usa sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia..." (Hb 9, 12). El Misterio de la Redención alcanza cotas muy altas en la Eucaristía. Hemos de recordarlo de modo especial hoy, día en que se celebra la gran fiesta del Corpus Christi, en la que los cristianos rendimos adoración al Santísimo Sacramento del altar, le tributamos el culto supremo a Jesús sacramentado. El quiso derramar su sangre en sacrificio de expiación por nosotros. Antes esta realidad el hagiógrafo exclama: "Si la sangre de los machos cabríos... tienen el poder de consagrar a los profanos, cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo"... Sangre de Cristo, embriágame.

3.- Cristo, Cordero de Dios.- "El primer día de los ázimos..." (Mc 14, 12). Los ázimos es el nombre que recibían los panes preparados sin levadura, para comerlos durante los días de la Pascua. El pan de días anteriores, confeccionados con levadura, tenía que haberse consumido ya o ser destruido, pues se consideraba que la fermentación de la masa ludiada era una especie de impureza incompatible con la fiesta pascual.

Pero más importante que el pan ázimo era el cordero inmolado en esa fiesta. Se recordaba así la sangre de aquellos corderos con la cual se tiñeron los dinteles de las casas de los hebreos, librándolos así de la muerte...En la nueva fiesta pascual, en la Pascua cristiana, Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como lo recordamos antes de la comunión de su Cuerpo y su Sangre, Alma y Divinidad. En ese momento se nos recuerda, con palabras del Apocalipsis, que estamos invitados a la cena nupcial del Señor.


6.- SABOR A DIOS

Por Javier Leoz

Todavía se sostienen en el aire las palabras de Jesús en Jueves Santo: “tomad y comed; tomad y bebed”. Desde entonces, y han pasado muchos siglos, los cristianos entramos, muy especialmente en comunión con Jesús, por el sacramento admirable del altar. Nos fortalecemos cada vez que lo comulgamos. Nos hacemos fuertes, cuando recibiéndolo, somos conscientes de que automáticamente nos convertimos en sagrarios vivientes: ¡Dios ha entrado en nuestros corazones!

1.- La festividad el Corpus Christi nos da fuerza para seguir adelante. El Señor, en custodia y rodeado de la fidelidad y del cariño de los suyos, nos precede. Nos comunica que se compromete con nosotros. Que avanza a nuestro lado. Que no vive de espaldas a nuestras pesadumbres. En definitiva, cada vez que celebramos esta fiesta, renovamos con emoción y con firmeza lo que el sacramento encierra: Dios está aquí y es “la fuente y la cumbre de nuestra vida cristiana” (L.G.11).

¿Cómo no vamos agradecer tanto al que tanto nos ama? ¿Cómo no vamos a echar el resto, toque de campanas y oraciones, cánticos e incienso, adornos y alfombras con Aquel que tanto fecunda y anima nuestra vida? ¿Qué no nos hemos de quedar en eso? ¡Por supuesto que no! Pero que, ello, no sea justificación para no poner en el centro de este domingo –radiante y espléndido- lo que es vida en nuestra muerte, fuerza en nuestra debilidad, recuperación en nuestro hastío, ilusión en nuestro desencanto, generosidad en nuestra tacañería: LA EUCARISTIA.

2.- El amor de Jesús que fue impresionantemente volcado, a los ojos de los apóstoles en aquel primer Jueves Santo, se derrama, se desparrama un año más en una inmensa patena, en un gigantesco cáliz a través de las calles y plazas. Allá donde los cristianos, siendo patenas que reciben el clamor de los más pobres o cálices que acogen el desconsuelo de las personas, lo hacen en nombre de Jesucristo muerto y resucitado.

¡Qué gran sabor tiene el Corpus Christi! ¡Paladar de Eucaristía! ¡Aroma a Jesús! ¡Gusto a Espíritu! ¡Sabor a Dios!

Al acompañar a Jesús Eucaristía en solemne procesión, nos comprometemos más con su causa. Manifestamos públicamente que somos de los suyos. Que su mensaje no queda bloqueado, y menos atrincherado, en las cuatro paredes de una catedral o de una parroquia.

El Señor, antes de marchar al cielo, nos dijo “ID”. Desde entonces, los cristianos, hemos aprendido la siguiente lección: no nos podemos detener. El Señor nos aguarda en el horizonte; nos espera en el compromiso activo y sin límites en pro de un mundo mejor. Por ello mismo al mirar en este día la custodia, pletórica del Cuerpo de Cristo y rebosante de la Sangre de Cristo, no podemos menos que sentir esa presencia divina que nos reanima, que nos hace valientes y nos alienta a dar razón de nuestra esperanza en un mundo vacío de Dios. Una tierra que, por unas horas, es iluminada por cientos y miles de procesiones eucarísticas con la única presencia real y misteriosa que es Cristo Eucaristía. ¿Nos daremos cuenta de todo esto en este día?

3.- Y, por supuesto, al celebrar el día del Corpus Christi, homenajearemos a Cristo con aquello que bien sabemos mucho le agrada: la caridad. Nuestra vida cristiana, sin gestos de fraternidad, se queda sin brillo. Nuestra aclamación a Jesús, sin la ayuda a los más necesitados, es un grito a medias. Nuestra procesión del Corpus Christi, sin nuestro recuerdo y limosna a favor de los más pobres, es un camino incompleto, una piedad demasiado cómoda, una devoción sin referencia a nuestros hermanos.

Fiesta del Corpus Christi. El Señor está en medio de nosotros. Irá delante de nosotros por la gran encrucijada del mundo. Le escoltaremos con nuestra música, cantos, lágrimas, postrándonos en tierra….y le diremos que, en los que más sufren y necesitan un apoyo moral o económico, también le encontraremos y también le adoraremos. ¡Viva Jesús Sacramentado!

4.- ¡ESTÁS AQUÍ, SEÑOR!

Y, ante un mundo indiferente a tu presencia,

nuestras voces aclaman lo que el corazón siente:

¡Estás aquí Señor, como alimento y vida!

No permanezcas al margen de nuestra existencia;

te necesitamos como báculo que ofrezca firmeza a nuestro caminar

No nos dejes de tu mano

a pesar de que, el hombre, haya replegado la suya

No permitas, Señor,

que otros soles sean más potentes

que los rayos de tu verdad y de tu justicia

Sí, Señor;

¡ESTAS AQUÍ, Y NOS BASTA!

Y manifestamos públicamente que, nada ni nadie,

podrá ofrecernos la alegría que Tú nos das

Y cantamos, a los cuatro vientos,

que tu voz, por ser divina y humana,

habla en medio de nuestras miserias

o nos levanta en tantos instantes de decadencia.

Sí, Señor;

ESTAS PRESENTE EN EL PAN Y EL VINO

Para que, la mesa de nuestra vida,

cuente siempre con el principal sustento:

la fe, la esperanza, la Palabra, el Misterio

Para que, el paladar de nuestra existencia

saboree siempre de un manjar

que, sin saber de qué manera ni cómo,

se convierte en Cuerpo y Sangre de Cristo

¡ESTAS AQUÍ Y TE DAMOS GRACIAS!

Porque te haces ofrenda por el hombre

y compartes sus preocupaciones y necesidades

Y sales, con tu mano poderosa,

bendiciendo sus inquietudes y anhelos

Y miras, desde esa blanca hostia,

con ojos de ternura y de misericordia

con ojos de amor y de amigo que nunca falla

con ojos que saben mirar

más allá de lo que el hombre con los suyos alcanza

¡ESTAS AQUÍ, SEÑOR, Y NOS BASTA!

Eres salvación… ¡Sálvanos!

Eres amigo… ¡Acompáñanos!

Eres fuerza… ¡Fortalécenos!

Eres vida… ¡Danos vida!

Eres amor… ¡Ámanos!

Eres Dios… ¡Te adoramos, Señor!

Eres Cristo… ¡Te bendecimos, Señor!

Eres Espíritu… ¡Llénanos de Ti!

Amén


7.- JESÚS SIGUE AQUÍ CON NOSOTROS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Si celebramos una solemnidad dedicada al Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo no debemos enmarcarla solamente en sus aspectos más formales, que, sin duda, son muy importantes. En muchos lugares, por ejemplo, se hacen bellísimas procesiones con gran fervor popular. También es un día dedicado al amor fraterno, a la solidaridad entre todos nosotros, lo que sin duda hace falta en estos tiempos de una crisis económica muy severa. Nada es tan apropiado para un cristiano como intentar amar y ayudar a sus hermanos. Esto es así. Pero no podemos olvidar un milagro permanente que rodea nuestra vida y que, a veces, la rutina quita importancia.

Y es que hoy es un día muy especial para reflexionar sobre ese milagro, sobre un signo que Jesús hizo ante sus discípulos hace más de 2000 años y que permanece. Nos referimos a su presencia real en la Eucaristía. Y, obviamente, a nosotros, aquí y ahora, lo que más nos interesa es ese pensamiento fuerte sobre la presencia de Jesucristo es el Sacramento del Altar. No puede eludirse el hecho de que Dios se ha quedado en la Tierra en forma aparente de pan y vino y que está dispuesto para ser alimento espiritual de las almas. Esto puede dar un cierto rubor "modernista" el afirmarlo de manera tajante, pero, sin embargo, dejarlo fuera, o atenuarlo en una especie de valoración legendaria, es una dejación absurda. Incluso, de una manera muy cabal bien podría decirse que si tenemos una cosa buenísima por qué vamos a prescindir de ella. La recepción del Cuerpo del Cristo, el diálogo íntimo con el Recién Recibido, las charlas --internas y distendidas-- en la proximidad del sagrario y la profunda convicción de la presencia de Dios en ese pan y vino de vino es, en sí mismo, un grandísimo bien que preside nuestra vida de cristianos. Y si alguno le faltase fe, al respecto, la solución es muy fácil: pedir a quien se quiso quedar en la Eucaristía que nos aumente la fe.

2.- Y si Jesús está ahí. Y lo está de manera real y fehaciente no deberíamos olvidarlo y hacernos presentes en su cercanía para hablar con Él, para contarle nuestras cosas, para intimar con Él. Muchas de las personas que son habituales en su permanencia ante el sagrario reconocen esa comunicación con Jesús, de la que pueden dudar algo los que no practican esa visita a Jesús Sacramentado. Es lo mismo que en el efecto que, en nuestro cuerpo y en nuestra alma, se siente cuando le recibimos. Probablemente el mayor error de un cristiano es “no dejar sitio” a Jesús en nuestra vida, sobre todo poco después de comulgar y, también, en las visitas al sagrario. La prisa o la tensión de la jornada no deben atenuar esas sensaciones claras de presencia y cercanía.

3.- Y en cuanto al contenido litúrgico de nuestra celebración de hoy hemos de decir que esta solemnidad comenzó a celebrarse en Bélgica, en Lieja, en 1246. Sería el Papa Urbano VI quien motivo que de extendiera por toda la Iglesia. El Pontífice buscaba que esa idea, generalizada y admitida en toda la cristiandad, de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, tuviese mayor resonancia por la dedicación de una fiesta universal. No obstante, ya en esos tiempos, se celebraban las procesiones eucarísticas que han llegado a nuestros días. El Papa Urbano VI deseaba que hubiese un día específico para reflexionar en ese acto de generosidad de Cristo que es quedarse realmente junto a nosotros. Con la perfección en los contenidos que marca siempre la Sagrada Liturgia tenemos que decir las lecturas que hemos proclamado ayudan a mejor comprender el misterio que hoy, especialmente, adoramos. Y en el Libro del Éxodo, en su capítulo 24, leemos una frase que va a recordar bastante la consagración que hizo Jesús en la Cena del Jueves Santo. Son palabras de Moisés que dice: “Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos esos mandatos.” El Amigo de Dios, el gran Moisés estaba profetizando, al menos la forma, de lo que sería la alianza más directa de Dios con el hombre. La sangre de su Hijo Unigénito sería el principio de una nueva Alianza de Amor y de permanencia física en el mundo, a través de todos los tiempos. A su vez en la Carta a los Hebreos, se plasma una de las grandes novedades realizadas por Cristo en las relaciones con Dios Padre Todopoderoso. Su sacrificio va a ser el último y el definitivo dirigido a Dios. Por un lado se clausura una acción litúrgica sacrificial y se abre el nuevo culto con el recuerdo y presencia permanente de Jesús, que es víctima y altar. Dice la Carta a los Hebreos que Jesús “no usa sangre de macho cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna”

4.- El Evangelio de San Marcos nos narra con su brevedad y precisión acostumbradas todos los momentos de la celebración de Sagrada Cena con la consagración eucarística dicha en su final. Y los términos utilizados por Jesús en el relato de Marcos enlazan directamente con los otros textos bíblicos leídos hoy que marcan esa nueva alianza de amor y de reconciliación, oficiada por el Hijo, y admitida por el Padre. Todos los días, a todas las horas, celebramos y festejamos la Eucaristía, la presencia real de Jesús en el pan y el vino consagrados, pero en esta fiesta grande del Cuerpo y de la Sangre del Señor debemos de hacer un esfuerzo para tener ese misterio mas cerca de nosotros y que nos sirva de alimento para el complejo camino diario del seguimiento de Nuestro Señor Jesús.

Y es necesario tener la valentía de asumir la presencia real del Maestro junto a nosotros. Y desde ahí hacerle saber que le necesitamos. Como decíamos al principio hoy es una buena jornada para profundizar en el milagro de la Eucaristía, en el amor que nos tiene Jesús Eucaristía que no nos ha abandonado y permanece muy cerca de nosotros. Se trata de hacer esa idea nuestra y grabarla con el fuego del amor en nuestras almas. Es más que probable que la rutina, los problemas, la continua valoración de lo económico, de los problemas inmediatos, algunos no muy importantes, nos alejen de Jesús. Eso es un gran fallo cuando Él esta muy cerca y a plena disposición a toda hora. Descansemos un rato, todos los días, en su cercanía, en su presencia, recibiéndolo en nosotros y acompañándole junto al sagrario. Y si lo hacemos descubriremos con facilidad que estamos ante un milagro prodigioso.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


DÍA DE CORPUS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Conservo de esta fiesta ingenuos y felices recuerdos infantiles. Tengo muy presente que miraba y remiraba la Sagrada Hostia, situada en el centro de una espectacular y rica Custodia. Estoy refiriéndome a la procesión a la que siempre acudíamos en familia y con total respeto religioso. Nos arrodillábamos a su paso. Debo añadir que se repetía la experiencia al cabo de unos días, cuando se celebraba tal acto en un monasterio cisterciense, esto ocurría en Burgos y la tal comunidad era la de las Huelgas. Aquello era bonito, precioso. La Eucaristía también debía serlo, se nos inculcaba tal concepto, sin saberlo, mediante estas celebraciones. Vosotros, mis queridos jóvenes lectores, seguramente no habéis vivido momentos semejantes, pero cualquier día podéis gozar de esta realidad sacramental de Jesús, si os acercáis a un convento de adoración continua. Las podréis encontrar en el centro de vuestra ciudad, en el corazón del Pirineo, en un país pobre de África. O en Belén, muy cerca de donde apresuradamente pasan los peregrinos, o en Lourdes. Os advierto que este mensaje lo leerán, por ejemplo, en Burkina Faso, monjas que, cuando eran jóvenes, no se diferenciaban mucho de lo que ahora podáis ser vosotros.

¿No sería mejor que fundaran una ONG y enviaran dinero, medicinas, material escolar, etc., a sitios tan necesitados y que tanto precisan las gentes del Tercer Mundo? Pues ya lo veis, muchos y muchas, piensan que no. Y son gente respetable. Están convencidos de que el Amor a Dios y el Servicio a los hombres, lo realizan, adorando la Eucaristía. Y no se trata de gente estrambótica. He conocido a un fornido vasco, que profesando en la Compañía de Jesús en el centro de África, decidió que su servicio misionero, lo cumplía mejor en la Cartuja y allí se fue.

2.- Os he explicado todo esto para que os convenzáis de la importancia de la Eucaristía. Seguramente a vosotros lo que os inquiete, sea la cuestión de la presencia personal divina, en un minúsculo fragmento de pan. Es uno de tales misterios que existen. A muchos de vosotros, jóvenes de hoy, os interesa saber como funciona todo. Tal vez os atrevéis a despanzurrar vuestro ordenador, observando su interior, y os gustaría poder hacer algo semejante con una Hostia Consagrada. No es mala ocurrencia. Pero añado yo que, por mucho que miréis la placa base de vuestro PC, continuará siendo un misterio su funcionamiento. Y no por eso prescindiréis de él. Os pondré otro ejemplo, que tal vez solo os guste a los varones. Conseguid que un mecánico os enseñe el funcionamiento del diferencial de un coche. Os explicará como se mueven los satélites y los planetarios. Quedaréis fascinados, sin lograr entenderlo del todo. Al cabo de poco rato, olvidaréis lo aprendido.

Cuando marchéis del lugar en coche, no importa que hayáis olvidado como funciona el diferencial, lo importante es que toméis las curvas con pericia. El enigmático artilugio mecánico, funcionará por su cuenta y llegaréis a vuestro destino. Se acepta el mecanismo y se respeta y a uno le va bien. Algo parecido, y con todos los respetos, debe ocurriros con muchas cosas sagradas. Incluida la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo, en realidad sacramental.

3.- Si no disponéis de ningún artilugio electrónico: calculadora, reloj o grabadora, viviréis sin duda, pero tendréis dificultad para resolver vuestros problemas escolares. Así una vida si Eucaristía no es imposible, pero si difícil.

¡Cuanta paja y cuan poco trigo! tal vez sea esta la opinión que tengáis de este mi mensaje- homilía. No niego que podáis tener razón. Pero quisiera que aceptarais mi esfuerzo para que el misterio que rodea la Comunión no os alejara de ella. En la vida ordinaria debemos aceptar muchos pequeños misterios, si queremos aprovechar los adelantos y vivir bien la actualidad. Os he puesto algún ejemplo.

4.- Uno de los aspectos importantes de la Eucaristía es que nos da buenos resultados. Que comulgando debidamente, se atesora vigor y se nota que uno goza de ayuda personal y personalizada. Nadie se explicará de donde sacáis la fuerza para ser constantes y fieles. Nadie entenderá como podéis ser felices en medio de tantas dificultades. Vosotros mismos quedaréis asombrados de que vuestra comunión se hace ayuda para tantos que esperan vuestros servicios.

No os oculto, mis queridos jóvenes lectores, que cada semana, después de haber clicado la tecla “enviar” de mi PC, me voy junto al Sagrario que está a pocos metros de donde os escribo a dirigir mi oración por vosotros. Y es que el sagrario no es solo estancia de Jesús entre nosotros para utilidad de prisioneros y enfermos, es también permanencia que facilita nuestra oración. Al día siguiente, en la celebración de la misa, envío al Padre Eterno, envuelto en el sacrificio de su Hijo, que se hace presente en el altar, mi súplica por vosotros. Estoy convencido de que os llegara ayuda, derivada de esta presencia misteriosa, pero real. Si no hiciera esto, mi escrito sería una composición literaria, más o menos bien lograda. Estas afortunadas dadivas se le ofrecen al hombre siempre. El día de Corpus las recordamos, como el buen mecánico revisa de cuando en cuando manuales, para ejercer mejor su oficio.