LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: HONOR Y GLORIA
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

"Tendré gracias a ella gloria entre la gente, y, aunque joven, honor ante los ancianos" (Sb 8,10)

La disertación de Salomón es clara. En general, todo hombre ama la sabiduría, por lo que se considera digno de amor y respeto a todo aquel cuyas palabras son sabias. A los maestros de cuya boca rebosa sabiduría no les falta en absoluto un buen grupo de discípulos.

Podríamos decir que, efectivamente, es así; mas también es necesario puntualizar que lo es siempre y cuando la sabiduría que emana de la boca de los maestros, no atente directamente contra los más profundos y arraigados intereses de los oyentes.

Como ejemplo altamente esclarecedor de lo que estamos afirmando, podemos dirigir nuestra mirada a la primera predicación que Jesucristo hizo en la sinagoga del pueblo donde se había criado, Nazaret. Este pasaje lo encontramos en el capítulo cuarto de Lucas, del versículo 16 en adelante.

Nos dice el evangelista que entró Jesús en la sinagoga y que le pasaron el rollo de un pergamino del profeta Isaías. Jesús, tomándolo en sus manos, proclamó solemnemente la lectura: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor".

Terminada la lectura, Jesús les dirigió una catequesis que culminó con las siguientes palabras: "Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy". Les está, pues, dando a conocer que Él es el Mesías esperado, el enviado del Padre para abrir sus ojos, sus oídos, para librarles de sus opresiones, romper sus cadenas... Les está anunciando (y bien que lo entienden sus oyentes) que es en Él y por Él que le es dado a todo hombre el camino de conversión en espíritu y verdad.

Sabemos que la reacción del auditorio fue en un principio de euforia y aplauso.

Dice Lucas que "estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca". Por su parte, Marcos relata la reacción al mismo acontecimiento en estos términos: "La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: ¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?"

Así pues, los asistentes a la sinagoga quedaron en un principio fuertemente maravillados e impactados por la catequesis de Jesús, y así lo manifestaron. Sin embargo, poco a poco las palabras de aprobación y entusiasmo se fueron acallando y dieron paso a otras de murmuración y rechazo: ¿no es éste el hijo de José?, ¿no es éste el hijo del carpintero?

Nos podríamos preguntar qué fue lo que pasó. ¿Cómo se puede cambiar tan drásticamente de criterio en un abrir y cerrar de ojos? ¿Qué razón oculta se abrió paso en sus mentes para provocar tamaño rechazo?

La razón es meridianamente clara. Lo que Jesús les acaba de decir es que con Él, que es el Mesías, ha llegado la conversión para el hombre. Este anuncio, en vez de provocar la alegría les deja algo así como descorazonados. Digo descorazonados porque a los que son esclavos de la ley, la conversión es un estorbo para sus fines, anhelos y deseos. Es un estorbo la conversión... porque Dios mismo es un estorbo.

Esclavos de la ley y de las formas, tienen el convencimiento de que Dios no ama al hombre, sino que les limita en sus aspiraciones y conceptos de felicidad. Pobre mente la de estos hombres y la de tantísimos otros que han reducido a Dios a un simple producto de laboratorio de sus neurosis. Neurosis que, por una parte, les impiden cortar totalmente con Él, pero que, al mismo tiempo, tampoco están por la labor de reducir las distancias, ya que, según ellos, les coarta sus ansias de felicidad.

Así actuaron los fieles de la sinagoga con respecto a Jesús. Se quedaron con la boca abierta ante sus palabras llenas de gracia y sabiduría. Mas no le tributaron ningún honor y gloria porque atentaban contra sus pequeños y enquistados intereses; de ahí que echaron mano de lo primero que se les ocurrió para desentenderse de Él.

A lo largo de la historia, todos los hombres hemos tenido la tentación satánica de buscar y encontrar pretextos y más pretextos par aparcar, orillar y marginar el Evangelio de Jesús sólo por una cosa: porque en él está nuestra conversión a Dios. Y, al igual que los nazaretanos, tenemos miedo a complicamos y estropear nuestra vida.

Dicho esto, nada, pues, de honor y gloria al Maestro de la Sabiduría, sino un desentenderse de Él como ya lo denunció el profeta Oseas con respecto a Yahvé, su Padre: "Mi pueblo consulta a su madero, y su ídolo le adoctrina, porque un espíritu de prostitución le extravía, y se prostituye sacudiéndose de su Dios" (Os 4,12).