Nuestro colaborador –y Escritor del Año 2008—, don Antonio García-Moreno ha escrito estos comentarios al Himno, tan utilizado en nuestra liturgia, que aparece en Efesios 1, 1-14. Nos ha parecido de alto interés consignarlo aquí en la sección de Reportaje. Es un gran texto que, sin duda, contará con el aprecio de nuestros lectores.


Himno cristológico de Ef. 1, 1-14

Por Antonio García-Moreno

En la Proposiciones 6 y 27 que la asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, celebrado en el 2007, se ha presentado al Papa, se contienen unos principios importantes a la hora de interpretar los textos bíblicos. En la proposición 6 se habla del sentido literal y del sentido espiritual de la Sagrada Escritura. Se aclara que el primero “es el significado por las palabras de la Escritura y encontrado a través de los instrumentos científicos de la exégesis crítica”; mientras que el sentido espiritual “concierne también a la realidad de los eventos de los que habla la Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viviente de toda la Iglesia y la analogía de la fe, que comporta la conexión intrínseca de las verdades de la fe entre ellas y en la totalidad del diseño de la Revelación divina”.

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en su intervención en dicho Sínodo, tocó esa cuestión y, a nuestro parecer, dijo lo mismo aunque con una terminología distinta, más sencilla y comprensible. Propuso que se supere el dualismo entre exégesis y teología que, en ocasiones, lleva a una lectura meramente literaria, prescindiendo de la fe de la Biblia. Añadió que es de todo punto necesario evitar el dualismo entre exégesis y teología. Por tanto el Sumo Pontífice, aconsejó introducir dos proposiciones para este Sínodo: desarrollar la exégesis no sólo histórica sino también teológica y, además, preparar a los exegetas para ampliar la visión teológica de la exégesis.

El pasaje que vamos a comentar se contiene en Ef. 1, 1-14. Dice así:

1 1Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso: 2la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

3Bendito sea el Dios y Padre

de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en Cristo

con toda bendición espiritual en los cielos,

4ya que en él nos eligió

antes de la creación del mundo

para que fuéramos santos y sin mancha

en su presencia, por el amor,

5nos predestinó a ser sus hijos adoptivos

por Jesucristo

conforme al beneplácito de su voluntad,

6para alabanza y gloria de su gracia,

con la cual nos hizo gratos en el Amado;

7por quien, mediante su sangre, tenemos la redención,

el perdón de los pecados,

según las riquezas de su gracia,

8que derramó sobre nosotros

sobreabundantemente

con toda sabiduría y prudencia.

9Nos dio a conocer el misterio

de su voluntad,

según el benévolo designio

que se había propuesto realizar

mediante él

10y llevarlo a cabo en la plenitud de

los tiempos:

recapitular en Cristo todas las cosas,

las de los cielos y las de la tierra.

En él, 11por quien también fuimos constituidos herederos, predestinados según el designio de quien realiza todo con arreglo al consejo de su voluntad, 12para que nosotros, los que antes habíamos esperado en el Mesías, sirvamos para la alabanza de su gloria. 13Por él también vosotros, una vez oída la palabra de la verdad -el Evangelio de nuestra salvación-, al haber creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, 14que es prenda de nuestra herencia, para la redención de los que ha hecho suyos, para alabanza de su gloria”.

Esta perícopa podemos dividirla así:

Saludo inicial de la Epístola (vv. 1-2)

Himno cristológico (vv. 3-13)

1-Estrofa 1ª: Alabanza a Dios por la Redención (vv. 3-7)

2-Estrofa 2ª: Revelación del misterio (vv. 8-10)

3-Estrofa 3ª: Elección de los apóstoles (vv- 11-12)

4-Estrofa 4ª: Vocación de los gentiles (v.13-14)

 

Saludo inicial, (vv. 1-2).

El saludo inicial es similar al de otras cartas paulinas, en las que se repiten algunos aspectos de gran importancia para el Apóstol. Se da a sí mismo el nombre de Pablo, cuando en realidad su nombre es el de Saulo, como se le nombra en los Hechos de los apóstoles hasta Hch 13, 9. En el contexto inmediato anterior a este pasaje, se narra el episodio ocurrido en Pafos, en la isla de Chipre, escala inicial del primer viaje misional de San Pablo. Según narra San Lucas, allí fue bien recibido por el procónsul Sergio Pablo, a pesar del mago Bar-Jesús que se oponía a Bernabé y Saulo. Entonces el Apóstol -llamado también Pablo- se enfrenta contra él y le deja ciego. Con estos datos se puede decir que Saulo, nombre hebreo, recurre a su segundo nombre Pablo, que era un nombre griego, quizás en honor del procónsul, o incluso se pude pensar que fue un modo de expresar su propia poquedad, llevado por la humildad, virtud que también se pone de manifiesto al decir que "en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo” (1 Co 15, 9). Quizás lo más probable es que recurre a su nombre griego, para facilitar su apostolado entre los gentiles. Fue fiel a uno de sus principios elementales de apóstol, hacerse todo para todos, judío con los judíos y griego entre los griegos (1 Co, 9, 20)

Añade que es apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios que le ha elegido. Es una cuestión fundamental que se repite en los saludos iniciales de la 1 y 2 Co, Ga y Col. Este dato tenía enorme importancia para él, pues algunos le acusaban de no ser apóstol por no haber sido elegido por Jesús como ocurrió con Pedro y los primeros apóstoles. Es cierto que no pertenecía al grupo de los Doce, pero lo mismo que Bernabé y Apolo era considerado como apóstol (cfr. 1 Co 9, 1).

Por otra parte en estos versículos se destaca la importancia capital de Jesucristo, cuyo nombre se repite tres veces. Además, por separado se dan al Señor dos apelativos, Jesús y Cristo, cada uno con su propio significado. Por un lado, el nombre de Jesús le fue impuesto en la Anunciación a María por el arcángel Gabriel. Ese nombre, “Yeschuah” en hebreo, viene de la raíz "yaschah” que significa salvar, y por tanto se considera a Jesús como Salvador. En cuanto al nombre de Cristo es más bien una cualidad, la de ser el Ungido, lo cual para los israelitas equivalía a ser el Rey mesiánico. De ahí que los judíos nunca dieron a los seguidores de Jesús el nombre de cristianos. Pues sería reconocer que Jesús es el Ungido, es decir el Mesías. Por eso le llaman “nazareos” o “nazarenos”. Es curioso que en el afán de negar a Jesús la condición de Mesías, aunque para ubicar en el tiempo un hecho, respetan las tradicionales siglas de a. de C., leen antes de la era común, “Comun age” en inglés.

A los destinatarios que están en Éfeso les llama “santos”, (”hagíois”, en griego)), y “fieles” (“pistoîs”). La santidad en estos textos, denota ante todo sacralidad, consagración, ser distinto de lo profano por haber sido santificado, consagrado a Dios. No obstante, como a Dios no se le puede consagrar nada que no sea perfecto, la santidad comporta perfección, es decir, el cristiano desde el Bautismo está consagrado a Dios y por lo tanto, llamado a ser santo, intachable. En cuanto al apelativo de “fieles” denota fidelidad al querer de Dios. Es una cualidad perteneciente a Dios, que es misericordioso y fiel (cfr. Sal 117 y 136), atribuida también a Jesús como sacerdote misericordioso y fiel en Hb 2, 17 y reconocida al siervo que en las parábola de los talentos se les elogia, precisamente por ser bueno y fiel.

En cuanto a la ciudad de Éfeso conviene recordar que en aquel tiempo era capital de la provincia de Asia y una de las ciudades romanas más importantes del Imperio. Allí el Apóstol residió unos tres años y medio. También sufrió de modo especial cuando el motín de los plateros de la diosa Artemisa. En aquella ocasión, una vez más, tuvo que huir para librarse de la muerte.

A los efesios les desea la gracia y la paz. Es una fórmula que repiten otras epístolas. Respecto a la gracia o “cháris” en griego tiene su raíz en la palabra hebrea “”hesed”, que significa fundamentalmente misericordia y que, junto a la fidelidad, es uno de los atributos divinos más frecuentes. En cuanto la paz es el bien mesiánico por excelencia, presente con frecuencia en la Sagrada Escritura. Unas ochenta y cuatro veces en el N. T., mientras que en el V. T. de los LXX se usa unas trescientas sesenta veces. La paz, “shalom” en hebreo, era y es el saludo habitual de los judíos. La Iglesia lo usa en su liturgia, rememorando el saludo de Jesús resucitado. Ese deseo se formula en nombre de Dios, nuestro Padre. La paternidad de Dios, sugiere el tema de la filiación divina, presente en otros escritos neotestamentarios, pero que, sin duda, en San Pablo se destaca de modo particular. En efecto, es él quien nos dice que el Espíritu Santo nos hace clamar Abbá (Rm 8, 15). Padre. También afirma que si el Padre nos entregó a su propio Hijo cómo no nos va entregar todo lo demás (Rm 8, 32).

Respecto a Jesucristo, además de lo dicho antes, es importante destacar que, al final del v. 2, se le llama Señor. Para entender bien su significado cuando escribe San Pablo, es necesario tener en cuenta sus raíces en el Antiguo Testamento. El nombre por excelencia que se da a Dios es el de “Yahwéh”, nombre que Dios mismo comunica a Moisés (Ex 3, 14), tan sagrado que ningún israelita lo puede pronunciar (Ex 20, 7), ni siquiera al leer el texto sagrado, de forma que cuando un lector lo proclama en la Sinagoga, cuando llega a esa palabra se encuentra una señal advirtiendo que no ha de decir “Yahwéh”, sino Adonai. En los LXX al traducir el tetragramaton divino, en lugar de decir “Iabé”, se traduce por “Kyrios”, Señor. Por tanto, cuando en el Nuevo Testamento se aplica a Jesús algún texto, referente a Yahwéh, se le está elevando a la categoría de Dios.

En cuanto al mundo greco-romano en el que se mueve San Pablo, a partir de Calígula en el año 37, el nombre del Señor se le aplica al emperador, considerado como hijo de Dios, un dios al que hay, que ofrecer incienso y rendirle adoración. En efecto, los cristianos eran severamente castigados, incluso martirizados si no reconocían el señorío divino del Emperador. De hecho Tertuliano está dispuesto a llamar Señor al emperador, pero sin reconocerlo como Dios (“ut dominum dei vicem dicam“). En las Actas de los mártires se lee que los cristianos al “Señor nuestro el Emperador”, (“dominus noster imperator”) de los paganos, respondían “mi Señor, Rey de reyes y emperador de todas las gentes”, (“Dominus meus, rex regum et imperator omnium gentium”).

Los versículos (1-14) que siguen constituyen unos de los himnos cristológicos de los escritos paulinos. Como ocurre en otros casos la estructura literaria hace pensar en que ya se usaban en la liturgia. Ello no significa necesariamente que el autor de los mismos no sean los hagiógrafos que los intercalan en sus escritos.

De todas formas una vez que se integran un texto, considerado como inspirado por la Iglesia, esos himnos son también Palabra de Dios. Es conveniente aclarar, además, que los Himnos aparecen también en el Antiguo Testamento y, aunque no siempre corresponden al Salterio, son un género similar a cuantos salmos se centran en la alabanza a Dios.

Primera estrofa (vv. 3-7)

Como vimos el texto del himno, según la estructura adoptada, está formado por tres estrofas y una conclusión. La Primera estrofa (vv. 3-7) se inicia con una bendición, elemento frecuente en los Himnos bíblicos (cfr. Sal 8; 19; Dn 2, 20-23; Lc 1, 46-54. 68-78; etc.). En ellos hay una alabanza que brota con entusiasmo, admiración y gratitud ante los beneficios recibidos de Dios, o por las intervenciones prodigiosas de Dios en favor de su pueblo. En nuestro caso, San Pablo alaba a Dios Padre por la salvación realizada por Cristo, que abarca desde el principio con la Creación hasta el fin de los tiempos, cuando la Historia termine y se realiza la recapitulación de todas las cosas en Cristo Jesús.

El concepto de “bendición”, se repite tres veces en el mismo v. 2, al decir: Bendito (“eulogetós”) sea Dios que nos ha bendecido (“eulogésas”) con toda clase de bendición (“eulogía”). El verbo griego “eulogéo” significa alabar, elogiar, hablar bien de, bendecir. Por tanto podríamos parafrasear este versículo y decir: “Alabado sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha beneficiado en Cristo con toda clase de bienes espirituales en los cielos”.

La expresión “bendito sea Dios” es un reconocimiento de la grandeza y bondad, al tiempo que manifiesta la alegría y gratitud por los bienes recibidos, éstos son el conjunto de los dones destinados a nuestra salvación, que nos llegan desde el Cielo y a través de Cristo resucitado.

Esos bienes estaban ya en la mente de Dios antes de la Creación del mundo. Entonces ya entraba en el proyecto divino nuestra elección, para que fuéramos santos y sin mancha ante Él por el amor. La elección implica una preferencia de Dios que, entre otras posibles criaturas, nos eligió a nosotros. Ese término “elegir” (“eklégomai” en griego) aparece también en el caso de Israel, según la versión los LXX. Por eso la “Lumen gentium” n. 2, habla de que la Iglesia, como “prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua alianza, constituida en lo tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu, y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos”.

Se da la razón de esa elección y se explica su finalidad, para que seamos santos y sin mancha en su presencia. Esta referencia a ser santos en la presencia de Dios, recuerda el “Benedictus” donde Zacarías habla de servir a Dios “en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días” (Lc 1, 74). En el texto paulino la santidad alude, por una parte, a la sacralidad que por la unción del bautismo adquirimos y nos consagra a Dios, de forma que hemos sido señalados con ese carácter sacramental que nos marca para siempre en el alma, de manera indeleble, exclusiva de los hijos de Dios.

Pero junto a esa sacralidad se advierte que, para que ello sea posible, hemos de estar sin mancha alguna en su presencia, es decir hemos de ser santos en el sentido ordinario de perfección que tiene este término y, además, lo hemos de ser a los ojos de Dios, en su presencia, de verdad. La santidad es un don gratuito de Dios, pero al mismo tiempo ha de ser mantenido y acrecentado mediante el amor que nos lleva a amar a Dios sobre todas las cosa y al prójimo como a nosotros mismos. Es una tarea ardua pero no imposible, pues si imploramos la ayuda divina y luchamos conseguiremos, a pesar de las posibles batallas perdidas, ganar la guerra.

De todas maneras, el Señor nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo. Dios determinó desde la eternidad que los miembros del pueblo de Dios alcanzaran la santidad mediante el don de la filiación adoptiva. Esa adopción es análoga a la adopción que se hace por un niño. Sin embargo es esencialmente diversa. En la adopción humana se transmite un apellido y unos bienes, incluso un cariño paterno y materno. Sin embargo, esa adopción nunca le podrá transmitir su propia vida.

En cambio en el caso de la filiación divina adoptiva el hombre es regenerado, adquiere una vida nueva que le viene de Dios. Así lo enseña el Apóstol cuando, en Rm 6, 3-5, habla de que somos sepultados por el bautismo para participar en la muerte de Cristo, para que como el resucitó “también nosotros vivamos una vida nueva”.

Esa realidad es motivo para alabanza de la gloria de su beneplácito, que nos concedió en el Amado, es decir en Jesucristo su Hijo amado en quien el Padre tiene todas sus complacencias. No obstante, todos los cristianos participamos de ese amor. Por eso el Apóstol llama también a los cristianos amados de Dios (cfr. 1 Ts 1, 4; Co 3, 12).

Termina esta estrofa recordando que junto a esa nueva vida, se nos ha concedido el perdón de los pecados, gracias a su sangre. Se alude al carácter expiatorio del sacrificio de Cristo en la cruz. Es necesario recordar que la sangre es fuente de vida, ese don tan sagrado que sólo pertenece a Dios. Esa era la razón de no comer ni beber la sangre que, precisamente por estar ligada estrechamente a la vida servia para expiar el pecado, pues así como éste comportaba la muerte, de la misma manera la sangre devolvía la vida. En esa línea sabemos que Cristo fue constituido Pontífice, penetrando en un tabernáculo más perfecto, no hecho por la sangre de los animales sacrificados, sino por su propia sangre, realizando la redención eterna (cfr. Hb 9, 11-15).

Segunda estrofa (vv.8-10)

La siguiente estrofa enlaza con la anterior y dice que el perdón de los pecados se nos ha otorgado según las riquezas de su gracia, es decir según la magnitud de su amor. Así lo expresa al afirmar que la “derramó sobre nosotros sobreabundantemente”, pues el verbo griego usado “perisseúo” significa dar con abundancia. Se añade que lo hizo “con toda sabiduría y prudencia”, para subrayar el valor del don otorgado.

Gracias al sacrificio de Cristo, hemos obtenido no sólo el perdón de nuestros pecados, sino que además se nos ha revelado su plan de salvación universal. Hasta la venida del Mesías, el proyecto divino estaba oculto y el manifestarlo es una nueva bendición de nuestro Dios y Padre. Ese misterio, además de la constitución de la Iglesia y el don de la filiación divina (v.6), abarca también la recapitulación (“anakefalaiosis”, en griego) de todas las cosas en Cristo.

De la “anakefalaiosis” –dice la Const. Dogm. “Lumen gentium”, n. 48- que se desarrolla por disposición divina en diversas fases o tiempos (“kayrós”) a lo largo de la Historia, hasta llegar a la plenitud. Esta se inicia con la Encarnación del Hijo de Dios, “nacido de mujer, nacido bajo la Ley –dice Ga 4, 4-”, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción”. Desde ese instante se abre el camino hacia el momento final. Así, pues, por medio de la redención y salvación, Jesucristo ha hecho realidad que los tiempos sean reconducidos a Dios. Este misterio ha sido revelado a la Iglesia que, a su vez, es instrumento para el desarrollo y culminación del designio divino.

“La plenitud de los tiempos ha llegado pues hasta nosotros (cfr. 1 Co, 10,11) –dice también la “Lumen gentium”, n.48-, y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia, aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad. Y mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que tenga su morada la santidad (cfr. 2 Pe 3, 13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este mundo que pasa, y Ella misma vive entre las criaturas que gimen entre dolores de parto hasta el presente, en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cfr. Rm., 8, 19-22)”.

El sentido de la recapitulación puede entenderse en el sentido de restaurar la creación llevándola a la perfección inicial, o en sentido de una renovación total. De todas formas la cabeza de todo ello es Jesucristo. De esa forma todo se reagrupa y se conduce a Dios. El mundo que estaba disperso por el pecado encuentra en Cristo su vínculo de unidad.

San Josemaría Escrivá comenta el texto “recapitular en Cristo todas las cosas” y dice que lo “da como lema San Pablo a los cristianos de Efeso; informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. “Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Jn 12, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazaret, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura” (Es Cristo que pasa, n. 105).

Tercera estrofa (vv. 11-12)

Sigue el texto refiriendo la realización concreta del misterio, que aparece en el mundo como fruto de la redención de Cristo, primero de los judíos (vv. 11-12) y luego de lo gentiles (vv. 13-14). En cuanto a los judíos, ahora pueden contemplar como su gran esperanza se cumple en Cristo, pues con él llega el reino de Dios con todos sus bienes mesiánicos, destinados en primer lugar a Israel como su herencia. Sin embargo, esa preferencia tiene la finalidad, por una parte de ser motivo para alabar a Dios por su generosidad y fidelidad a lo prometido. Pero por otro lado, al gozar de dicha preferencia Israel es testigo ante las naciones de la esperanza mesiánica extensiva también a los gentiles.

Cuarta estrofa (vv. 13-14)

Termina el himno afirmando que también los gentiles participan de la herencia de los bienes mesiánicos. Ello es así porque después de haber escuchado la palabra de la verdad, el Evangelio de nuestra salvación, han sido sellados con el Espíritu Santo prometido. Como dice el mismo San Pablo la fe viene por el oído. Una vez que esa palabra es aceptada mediante la fe, Dios sella al creyente con el Espíritu. El sello viene a ser como una prenda o señal, que anticipa la participación en la herencia de las promesas. También se considera ese sello como unas arras que garantizan la posesión definitiva. El sello del Espíritu Santo se concede mediante el Bautismo que, en la nueva alianza incorpora al cristiano a la Iglesia.

Así, pues, este himno cristológico se cierra con el don del Espíritu Santo, que habita en el alma del cristiano en gracia. Desde Pentecostés, cuando congregó a los primeros cristianos, el Paráclito vivifica y anima a la Iglesia en su misión apostólica. Toda esta grandiosa realidad, una vez descubierta y comprendida, provoca en el hombre la necesidad de alabar, bendecir, amar, servir y gozar a Dios.