1.- LA VOCACIÓN DE LOS CRISTIANOS

La jornada mundial y pontificia que celebramos hoy en toda la Iglesia católica esta más dedicada a las vocaciones ministeriales. Se trata de orar por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Pero, obviamente, la jornada se llama por “las vocaciones”, sin “apellido” y por eso no podemos –ni debemos—dejar fuera las vocaciones cristianas de todo el mundo, de todas las personas. Es cierto que elministerio sacerdotal y diaconal forman parte de una entrega muy específica y especializada al servicio de Dios a través de la atención a los hermanos, que su función es muy necesaria y que, además, hoy por hoy escasean esas vocaciones. Por eso es más que conveniente que la Iglesia universal dedique toda una jornada a pedir a Dios obreros para trabajar en su mies.

Pero, sin quitar un ápice de intensidad al deseo de tener muchas vocaciones ministeriales no queremos dejar de señalar que el pueblo de Dios, todo, necesita también de vocación para seguir adelante con la enseñanza de Cristo. Y esta vocación a llevar la Buena Nueva de Jesús a todo sitio y lugar marca el desarrollo de la fe, de la esperanza y de la caridad a todos y cada uno en su ambiente, en su profesión o en su condición de casado o célibe. Dediquemos pues este día a trabajar por la extensión sin límites del Reino de Dios.

 

2.- ¿SOMOS RAROS LOS CRISTIANOS?

Situados en un entorno creciente de descreídos, el intento de los cristianos para ser coherentes con las enseñanzas de Jesús nos da en un punto de diferencia e, incluso, de rareza frente al resto. Somos muy raros. Y por eso algunos cristianos, disimulan y no son sinceros a la hora de presentarse como personas de fe. Este no es un problema específico de España, ni tampoco de cualquier otro país de mayoría católica. Incluso, se da en sociedades "multicristianas" en las que, aunque convivan de varias confesiones, se produce el mismo efecto. Los fenómenos contrarios a la doctrina de Jesús son generales y se resumen en una falta de amor a Dios y ausencia de cariño y respeto por el prójimo. Y, a partir de ahí, podemos reflejar todo lo que es contrario: violencia, avaricia, desamor, egoísmo, explotación, tortura, ataque básico a la vida, uso explotador de la sexualidad, etc.

LA ADORACIÓN AL DINERO

Pero, además, la sociedad actual tiene "deificados" y asume con falso prestigio muchos de estos comportamientos deshumanizados. Hay violencia justificada que va desde la represión ideológica y religiosa hasta el terrorismo y su "validación" política. El fenómeno de la avaricia --o de la adoración al dinero-- es muy importante en, por ejemplo, la España de las últimas tres décadas. El dinero es lenitivo para cualquier conducta injusta o escandalosa y de aquí surgen muchos males económicos y sociales que conllevan explotación y abuso. La avaricia ha sido, sin duda, la causa de la crisis financiera que ahora vivimos. Solo por avaricia se pudo llegar a crear y lanzar productos opacos de ahorro que, más tarde o más temprano, tenían que estallar –como una bomba con temporizador—y produciendo mucho mal

Por otro lado, está claro que no es posible dejar de lado el culto al sexo. En la mayoría de los casos se trata, además, de situaciones marcadas por la explotación económica, y alimentadas por un claro enloquecimiento de muchos de sus practicantes. No se trata ya de pasiones desatadas o de amores tumultuosos con los que --valga el ejemplo-- pecaban nuestros antepasados. Ahora son comportamientos ya muy cercanos a la obsesión patológica que, paradójicamente, afloran en una época de libertades. Intentar oponerse en público a cualquiera de los abusos anteriormente citados supone ser marcados por una diferenciación que, en muchos casos, es producto de, como poco, burlas y chanzas. A su vez, ese mundo tan distinto al ideal que los amigos de Cristo hemos elegido puede llegar a producirnos desánimo y preocupación.

"NO TENGÁIS MIEDO"

Pero todo lo anterior es una primera impresión. Luego nos encontraremos a mucha gente que está cercana, en todo y en parte, a nosotros. Algunos de ellos ni siquiera serán practicantes de la religión, pero la bondad y el Espíritu está en sus corazones. El "No tengáis miedo" que dice Cristo es posible. La ventaja de las sociedades democráticas es que cualquiera puede defender sus postulados sin mayor problema. La sociedad parece que persigue por esas diferencias, pero a la hora de la verdad hay mucha base para ejercer un oficio de convencimiento, de apostolado o, simplemente, de información sobre nuestros puntos de vista. Y ese puede ser el principio del fin del mal. Y aunque el final-final de todos los males --de los enemigos de Dios-- solo llegará al final de los tiempos, podemos empezar a trabajar por cambiar lo más urgente y doloroso.

Para ello debemos estar convencidos de lo que decimos y en lo que creemos. Pero no es difícil. El cristianismo es un camino de amor para con Dios y nuestros hermanos que es más sencillo, alegre y hermoso que esa otra dirección en la que el aislamiento, el desamor, el odio, la insolidaridad, la violencia lo hace verdaderamente difícil de soportar. Es más fácil amar que odiar. Es más sencillo dar que quitar. Es más emocionante abrazar que golpear.

ATAQUE PERMANENTE AL CRISTIANISMO

Hay además un camino permanente de desprestigio hacia los seguidores de Jesús. Y se acomete dicho camino por ignorancia o maldad. Y es que, desde fuera del cristianismo, suele tildarse a éste de confuso, lleno de mitos, subjetivo, antiguo, etc. Hay gente que, antes de convertirse o cuando todavía no estaba a punto, incidía en dichos prejuicios. Y la gran sorpresa se produce cuando advertimos que ha aparecido en nosotros un camino de objetividad luminosa que antes no habíamos experimentado. Esa dirección nos la trae el discernimiento honrado fuera de cualquier tapujo y componenda.

El cristiano está evaluando constantemente su conducta y la naturaleza de sus actos como medio para la búsqueda del bien. Ya San Ignacio de Loyola recomendaba un examen de conciencia frecuente a practicar varias veces al día. De hecho, ese ejercicio puede parecer obsesivo, pero no es otra cosa que el análisis rápido de nuestras horas. Y como sería absurdo que intentáramos engañarnos a nosotros mismo, surge, como decíamos, el juicio objetivo de nuestros hechos. Es cierto que se busca la verdad y el bien, pero como solo estos ingredientes son posibles no hay engaños, ni componendas.

Antes de convertirnos, nuestros análisis personales respondían más bien al esfuerzo de quedar bien con nosotros mismos. Si habíamos hecho algo mal, eso se quedaba así, no se entraba en racionalizar el comportamiento y se buscaban argumentos justificatorios. Entrábamos en un subjetivismo feroz por el cual nosotros quedábamos siempre justificados y los demás se aparecían como los culpables permanentes. En situaciones difíciles esta práctica llevaba a ser muy problemática pues según se iba empeorando nuestra conducta respecto --por ejemplo-- a los hermanos, más nos alejábamos de ellos por considerarlos falsamente nuestros enemigos.

OBJETIVIDAD Y SINCERIDAD

Ahora sabemos como es nuestra vida, y cuales son los ingredientes contrarios o favorables que se deben a nosotros y los que, eventualmente, son achacables a los demás. Lo que se consigue es juzgar los hechos con claridad, con verdad. A veces, ese camino de objetividad, que no sólo afecta al comportamiento, puede llegar al discernimiento --grande o pequeño-- de las verdades de la fe. No es necesario practicar la fe del carbonero, porque con la ayuda de Dios, sentido común y honradez nos apercibimos de muchas cosas que antes nos parecían difíciles, imposibles o lejanas.