LOS CAMINOS TORCIDOS DE DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

Me vuelvo a referir a un tema que me apasiona derivado de sendas frases en el acerbo cultural cristiano. Una es la de “Dios escribe derecho con renglones torcidos” y la otra, de una carta de San Pedro, “mil años son como un día para Dios”. Y en este umbral entre abril y mayo, pensando yo en el 1 de Mayo, en la festividad de San José Obrero, meditaba yo en torno a la figura del bendito padre adoptivo del Señor Jesús. Y me quedé bastante tiempo detenido en el relato de esos días –u horas—de angustia de José de Nazaret, cuando descubre que su amada esposa, María, está embarazada sin su concurso. La tradición dice que todos los pasos que María y José dieron para contraer matrimonio estuvieron jalonados por el pulso de Dios. Y, sin embargo, ocurría aquello… El ángel –claro está—lo aclaró todo, pero, ¿y hasta entonces?

HECHOS INEXPLICABLES

Cuántas veces en nuestra vida acontecen hechos inexplicables que parecen estar en contra con lo que nosotros creemos que son los designios de Dios. Aunque, algunas veces, lo único que ocurre es que queremos que lo que la vida nos envía, en esos momentos, se adapte a nuestros gustos y a nuestras ideas. Y si no coinciden achacamos al Señor “una falta de cumplimiento”. De todos modos, tiene que haber –sin duda—momentos de una inquietud manifiesta, de la acumulación de hechos incompresibles, en muchas ocasiones de extraordinario dolor. Pero ahí aparecerán los famosos renglones torcidos de Dios, que nos resultan en los momentos difíciles casi imposible de comprender. ¿No fue excesiva la prueba que Dios marcó a Abrahán con el presunto sacrificio de su hijo? ¿Y no parece que la fe y obediencia del patriarca de todos los creyentes no fue ilógica e irracional? La respuesta tiene que estar en aquello de que Dios, Nuestro Señor, nunca en envía una prueba que no podamos soportar. Y eso es así, sin duda, aunque en los momentos difíciles parezca que todo se hunde. Hay que pensar que siempre va a estar el Ángel del Señor cerca para evitar que nos equivoquemos.

LOS MIL AÑOS DE DIOS

La lectura de la Biblia demuestra que los caminos, las sendas, los plazos de Dios no son los nuestros. Lo de Pedro con los mil años está muy bien expresado. Por eso hemos de intentar tener un análisis completo de los hechos, una meditación y contemplación del tiempo con una gran perspectiva. Aunque para sobrepasar la inmediatez y duración de nuestros plazos hemos de tener mucha confianza en Dios y saber –o intuir—que no nos enviará nada definitivamente malo. En todos esos hechos de turbación, de duda, de desolación que nos ocurren aparece otro ingrediente que no nos ayuda. Es la aparición del mal en nuestras vidas. Esa presencia permanente de lo malo y del Maligno que complica aún más las cosas. De todos modos, hay –a mi entender—una regla de oro para descubrir al Malo: las tentaciones, los malos deseos, los recorridos hacia el mal, se basan en la mentira, en una subjetividad interna que nos encamina hacia el mal, sin que eso tenga demasiado que ver con la realidad. La objetividad, la búsqueda de la verdad, el rigor contra la mentira –a veces ni siquiera merece la pena la llamada mentira piadosa--, son instrumentos de gran utilidad e importancia.

TENER CONFIANZA

Pero por encima de todo, la confianza en el Señor. Cuando algo que nos circunda parece muy malo y presente un devenir muy grave, hemos de elevar el corazón al Altísimo y decirle que, casi, casi, estamos al borde de nuestras fuerzas. Pero, en ninguno de los casos, lo que no debemos hacer es tirar piedras contra el cielo: la fuerza de la gravedad nos las devolverá sobre nuestras cabezas. Admitamos pues que Dios escribe con reglones torcidos y que sus plazos no son los nuestros, confiemos en Él a toda hora y la explicación a nuestros problemas llegará pronto.