LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

LIBRO DE LA SABIDURÍA: EL ALIENTO DE DIOS
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

"Decidí, pues, tomarla por compañera de mi vida, sabiendo que me sería una consejera para el bien y un aliento en las preocupaciones y penas" (Sb 8,9b).

Acabamos de ver, al menos en parte, la función de la sabiduría como consejera de Salomón en vistas a poder gobernar bien y justamente, lo que se traduce en gobierno provechoso para su pueblo. A continuación analizaremos lo que nos quiere decir el autor al considerar que la sabiduría lleva consigo un aliento en orden a inspirar y fortalecer su ministerio en favor de los suyos.

Salomón, indudablemente movido por el Espíritu Santo, describe una de las facetas más imponentes de la sabiduría al considerar que está revestida de un aliento, en clarísima referencia al soplo de Dios. Es cierto que, tanto aliento como soplo, hacen relación en la Escritura al acto creador de Dios. Recordemos, por ejemplo, la culminación de la creación del hombre: "Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2,7).

No es ésta la única interpretación que la Escritura nos ofrece acerca de la palabra aliento; de hecho, este término viene comúnmente asociado al de fortaleza. De aquí que es frecuente encontrar textos bíblicos en los que decir que alguien ha recibido el aliento o el soplo de Dios, viene a significar que ha sido revestido de su fuerza a fin de poder ser apto para la misión que se le ha confiado.

En esta dimensión es muy esclarecedora la experiencia del profeta Daniel. Yahvé abre los ojos del profeta para que pueda contemplar una visión extraordinaria. Nos dice este pasaje que vio a un hombre que irradiaba luz, revestido de fuerza y de poder. Digamos que Dios permite a su profeta contemplar la gloria del Mesías, tal y como siglos más tarde le fue también dado al apóstol Juan, quien nos lo transmitió en estos términos: "Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro..." (Ap 1,12-13s).

Respecto a Daniel, sabemos que el impacto que recibió a causa de la visión de la gloria reflejada en el futuro Mesías, fue tan fuerte que le fallaron las fuerzas casi diríamos hasta el agotamiento: "Levanté los ojos para ver. Vi esto: Un hombre vestido de lino, ceñidos los lomos de oro puro: su cuerpo era como de crisólito, su rostro, como el aspecto del relámpago... Quedé yo solo contemplando esta gran visión; estaba sin fuerzas; se demudó mi rostro, desfigurado, y quedé totalmente sin fuerzas" (Dn 10,5-8).

El pasaje nos dice que el profeta quedó casi desvanecido. Sabe que está ante Yahvé, a quien llama mi Señor. Sacando vigor, no se sabe cómo ni de dónde, consigue dirigirle las siguientes palabras: "Y ¿cómo este siervo de mi Señor podría hablar con mi Señor, cuando ahora las fuerzas me faltan y ni me queda aliento?" (Dn 10,17). A estas alturas, es el mismo Dios el que va a intervenir. Le anima, le hace cobrar fuerzas y aliento diciéndole: "No temas, hombre de las predilecciones; la paz sea contigo, cobra fuerza y ánimo. Y, mientras me hablaba, me sentí reanimado y dije: Hable mi Señor, porque me has confortado" (Dn 10,19).

Entremos en el espíritu de Daniel para escuchar sus murmullos que, seguramente serían de este estilo: Ya me puedes hablar, Señor mío y Dios mío, porque me has dado tu aliento y me has confortado. Esto es lo que está testificando: que Dios es el que le conforta, el que le fortalece, el que arroja sobre él su aliento para poder cumplir la misión que le ha sido confiada.

Otro texto bíblico en el que se presenta a Yahvé como aquel que conforta y da su aliento, lo encontramos en el salmo 23, uno de los más conocidos por toda la cristiandad y que nos muestra a Yahvé bajo la figura del Buen Pastor. Esta bellísima oración, también bellísimo poema, refleja la profunda experiencia de amor entre un fiel israelita y Dios. Por supuesto que este israelita es figura del Mesías; de hecho sabemos que Jesús sintió siempre, a lo largo de su misión, la compañía de su Padre, viendo en Él a su Buen Pastor.

Entresacamos algún pasaje de este salmo en el que, bajo las palabras confortar, acompañar u otras también significativas, lo que la sabiduría de Dios nos quiere transmitir es que el Mesías -y por extensión también cada uno de sus discípulos- podrá cumplir su misión porque lleva corno escudo y coraza el aliento protector y fortalecedor de Dios. Veamos algunos detalles: "Yahvé es mi pastor, nada me falta...", "Él conforta mi alma...", "Tú vas conmigo, no temeré mal alguno..." "Tu gozo y tu gracia me acompañarán todos los días de mi vida..."

Todo esto nos indica que Dios envía a su Hijo al mundo y que su aliento va con él, le acompaña, le fortalece en momentos en los que la debilidad propia de su ser hombre le pueden golpear con especial virulencia. Veamos cómo en el Huerto de los Olivos Jesús experimentó que no estaba solo, que su Padre -su aliento y su fortaleza- estaba con Él: "Puesto de rodillas oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba" (Le 22,41-43).